Capítulo 12 #3
—Porque aquí puedo conocer a mis pacientes de una manera diferente. En el hospital muchas veces todo sucede demasiado rápido. En Los Olivos tengo la oportunidad de acompañarlos durante más tiempo.
—¿Consideras importante establecer una relación personal con ellos?
—Muchísimo. A veces necesitan un tratamiento, pero otras veces necesitan que alguien se siente cinco minutos a escucharlos.
Recordé a Mercedes, Roberto y Teresa.
—He observado algo semejante.
Adrián sonrió.
—Entonces seguramente te adaptarás muy bien.
Una enfermera se acercó para informarle que un residente lo esperaba. Antes de marcharse, volvió a mirarme.
—Me alegra encontrarte nuevamente, Ana.
—A mí también.
Su sonrisa se amplió ligeramente.
—Espero que esta vez no desaparezcas tan rápido.
—No tengo previsto desaparecer.
Adrián soltó una pequeña carcajada.
—Me alegra saberlo.
Lo observé alejarse por el corredor.
Durante nuestro primer encuentro, sus preguntas me habían provocado inquietud. Ahora, aunque continuaba sin comprender por completo aquella mirada plateada, descubrí que me alegraba volver a verlo.
Los días siguientes comenzamos a coincidir con frecuencia.
Adrián realizaba visitas médicas, revisaba tratamientos y conversaba con los residentes. Pronto comprobé que mantenía una relación especialmente cercana con muchos de ellos.
Mercedes lo recibía siempre con una sonrisa.
—Aquí viene mi médico favorito.
—Eso espero, Mercedes. Soy el único que está aquí en este momento.
—No seas presumido. También me gusta el otro.
Adrián reía antes de preguntarle cómo se encontraba.
Roberto acostumbraba discutir con él sobre los ejercicios que debía realizar.
—A mi edad ya he trabajado suficiente —protestaba.
—Precisamente por eso necesitamos que continúes moviéndote.
—¿Y si prefiero descansar?
—Entonces descansaremos después de caminar un poco.
Observaba aquellas conversaciones con creciente interés. Adrián conseguía combinar la autoridad profesional con el humor y una cercanía que parecía facilitar la confianza de los residentes.
Una tarde coincidimos en el jardín mientras acompañaba a Teresa.
—¿Cómo se encuentra hoy? —preguntó él.
—Muy bien, doctor. Ana me está enseñando a reconocer algunas plantas.
Adrián me miró con una sonrisa.
—¿También sabes de botánica?
—Tengo algunos conocimientos.
—Empiezo a sospechar que sabes de muchas cosas.
Teresa nos observó alternativamente.
—¿Ustedes dos son amigos?
La pregunta me sorprendió.
Adrián respondió con tranquilidad.
—Estamos comenzando a conocernos.
Teresa sonrió.
—Pues hacen una pareja muy bonita.
Sentí una reacción inesperada.
—Teresa, nosotros solamente...
—No la incomodes —intervino Adrián—. Ana todavía está decidiendo si soy una persona agradable.
La mujer soltó una carcajada.
—Entonces tendrás que esforzarte, doctor.
—Eso parece.
Cuando Teresa regresó al interior de la residencia, Adrián permaneció junto a mí.
—Espero que no te haya incomodado.
—No. Simplemente me sorprendió su interpretación.
—Teresa disfruta imaginando historias románticas.
—Lo he notado.
Sonrió.
—¿Y tú? ¿Disfrutas de las historias románticas?
Reflexioné.
—Me interesa comprenderlas.
Adrián soltó una pequeña carcajada.
—Esa es una respuesta muy tuya.
—¿Qué significa eso?
—Que incluso cuando hablamos de sentimientos, parece que estás realizando una investigación.
Lo observé.
—Quizás porque los sentimientos humanos son complejos.
—Lo son —admitió—. Pero no siempre necesitamos comprenderlos completamente para experimentarlos.
Sus palabras me recordaron las conversaciones con Naureia.
Durante toda mi formación había estudiado las emociones mediante modelos científicos y registros de otras civilizaciones. Ahora un médico humano me ofrecía una perspectiva semejante a la de mi mentora: comprender una experiencia y vivirla no siempre eran procesos equivalentes.
—Es una perspectiva interesante —respondí.
Adrián sonrió.
—Algún día tendrás que dejar de decir eso cada vez que alguien te sorprende.
Lo miré con desconcierto.
—¿Lo digo con frecuencia?
—Bastante.
No pude evitar reír.
A partir de entonces nuestras conversaciones comenzaron a extenderse más allá de los asuntos relacionados con la residencia.
Coincidíamos durante los descansos, compartíamos ocasionalmente un café y hablábamos sobre medicina, educación, música y literatura.
Descubrí que Adrián poseía una curiosidad considerable por el comportamiento humano y que sus años de experiencia le habían enseñado a prestar atención a circunstancias que no siempre aparecían en los registros clínicos.
—A veces un paciente llega preocupado por un síntoma —me explicó una tarde—. Lo examinamos, realizamos estudios y encontramos una explicación médica. Pero cuando conversas un poco más, descubres que también está atravesando un duelo, una separación o un problema familiar.
—¿Consideras que las emociones influyen sobre la salud física?
—Por supuesto. No explican todas las enfermedades, pero pueden influir en cómo las vivimos y en nuestra capacidad para afrontar los tratamientos.
Aquella observación coincidía con parte de mis investigaciones anteriores.
—He conocido personas que experimentaban síntomas físicos relacionados con situaciones de estrés prolongado —comenté.
Adrián asintió.
—Entonces sabes de lo que hablo.
Continuamos conversando hasta que una enfermera solicitó su presencia.
Antes de levantarse, me miró con una sonrisa.
—Me gusta hablar contigo, Ana.
Su afirmación me sorprendió.
—A mí también me resultan agradables nuestras conversaciones.
Soltó una carcajada.
—Algún día conseguiré que respondas algo menos formal.
—No sabía que mis respuestas fueran formales.
—Lo son. Pero empiezan a parecerme parte de tu encanto.
Lo observé alejarse.
Aquella tarde descubrí que había disfrutado de nuestra conversación incluso después de obtener la información que me interesaba.
Durante las semanas siguientes nuestra relación adquirió una naturalidad que no había previsto. Adrián comenzó a saludarme cada mañana cuando coincidíamos en los pasillos. A veces conversábamos brevemente en el jardín y otras compartíamos algunos minutos de descanso.
Me resultaba agradable su sentido del humor, pero sobre todo su manera de escuchar. No insistía cuando yo evitaba responder determinadas preguntas personales y parecía aceptar mis silencios sin interpretarlos como una ofensa.
Una tarde observábamos a varios residentes durante una actividad musical. Mercedes interpretaba una melodía al piano y algunos compañeros la acompañaban con palmas.
—¿Te gusta trabajar aquí? —preguntó Adrián.