Los Invisibles Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Después de una discusión que duró varios minutos, los niños decidieron llamarlo Capitán Patas. Durante el resto de la semana permaneció sobre una repisa y se convirtió en una especie de mascota improvisada del grupo.

El viernes llegó mucho antes de lo que esperaba.

Cuando les expliqué que su maestra regresaría el lunes, varios manifestaron su descontento.

—¿Ya no va a volver? —preguntó Lucía.

—No lo sé.

—Pero usted es muy divertida —comentó Samuel.

—Y muy alta —añadió Mateo.

—Eso también —respondí.

Emma se acercó y me entregó una hoja doblada. En ella había dibujado dos personas tomadas de la mano. Una era considerablemente más alta que la otra.

—Somos nosotras —explicó.

Observé la imagen.

—Es preciosa, Emma. Muchas gracias.

La niña me abrazó sin previo aviso.

Permanecí inmóvil durante una fracción de segundo antes de corresponder al gesto. Poco después otros niños se acercaron y terminé rodeada por un abrazo colectivo acompañado de risas y pequeñas disputas sobre quién había llegado primero.

Al abandonar la escuela llevaba varios dibujos, una tarjeta, una piedra terrestre que Mateo continuaba considerando extraordinaria y un insecto de plástico que los niños habían insistido en regalarme.

Aquellos objetos carecían de valor material significativo.

Sin embargo, no deseaba desprenderme de ninguno.

Esa noche los mostré a Onix.

Mi asistente examinó el dibujo de Emma.

—Tus proporciones físicas están considerablemente exageradas.

—Los niños parecen percibirme como alguien muy alta.

—En comparación con ellos, lo eres.

Le mostré la piedra de Mateo.

—También me regalaron esto.

Onix la examinó.

—Es una roca terrestre común.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué la conservas?

Permanecí observándola.

—Porque para Mateo era especial.

Onix levantó la mirada.

—Comienzas a valorar los objetos por lo que representan para otras personas.

Sonreí.

—Creo que sí.

Pocos días después inicié una nueva etapa de investigación.

Había estudiado los vínculos humanos durante la infancia, la adolescencia y la edad adulta. Ahora deseaba observar cómo se transformaban durante los últimos años de vida.

Onix encontró una residencia para adultos mayores que necesitaba personal de acompañamiento y asistencia cotidiana. Mi documentación humana permitía incorporarme sin dificultades, aunque mis funciones no incluirían tratamientos médicos ni intervenciones psicológicas.

La residencia se llamaba Los Olivos y estaba rodeada de jardines. Era un edificio amplio, con habitaciones luminosas, salas de actividades y un comedor donde los residentes compartían sus comidas.

Beatriz, la directora, me recibió en su oficina.

—Necesitamos personas pacientes —explicó—. Algunos residentes requieren ayuda con actividades sencillas, pero todos necesitan sentirse tratados con respeto.

—Lo comprendo.

—Hay familias que vienen constantemente. Otras aparecen muy poco. Y algunos residentes atraviesan situaciones emocionales difíciles.

—Me interesa especialmente acompañar a personas mayores.

Beatriz revisó mi documentación.

—Veo que tienes experiencia en psicología.

—Sí.

—Eso puede ser útil, aunque aquí trabajarás como acompañante. Contamos con profesionales especializados para las necesidades médicas y psicológicas.

—Por supuesto.

Después de recorrer las instalaciones y conocer al personal, acepté el puesto.

Desde el primer día descubrí que aquel entorno sería muy diferente de la escuela primaria. Los niños hablaban constantemente sobre lo que deseaban hacer cuando fueran mayores. En Los Olivos, muchos residentes compartían recuerdos de acontecimientos ocurridos varias décadas atrás.

Conocí a Mercedes, una mujer de ochenta y cuatro años que había sido profesora de música. Conservaba una memoria extraordinaria para las melodías y disfrutaba tocando el piano de la sala principal.

—La música tiene algo maravilloso —me explicó una tarde—. A veces escuchas una canción y regresas a un momento de tu vida.

—¿Te sucede con frecuencia?

—Todo el tiempo. Algunas melodías me recuerdan a mi esposo.

—¿También era músico?

Mercedes sonrió.

—Cantaba terriblemente mal. Pero siempre me pedía que tocara sus canciones favoritas.

Su expresión cambió ligeramente.

—Murió hace doce años. Y todavía hay momentos en que escucho una canción y siento que está a punto de entrar por aquella puerta.

Observé la entrada de la sala.

—Debes extrañarlo mucho.

—Muchísimo. Pero también agradezco todos los años que compartimos.

Su respuesta me recordó a Elena, mi antigua paciente. Ambas habían perdido a sus esposos después de muchos años de convivencia, pero habían encontrado maneras diferentes de relacionarse con aquella ausencia.

Mercedes continuaba disfrutando de la música que había compartido con él.

También conocí a Roberto, un carpintero jubilado de ochenta y nueve años que conservaba pequeñas cicatrices en las manos y una memoria extraordinaria para los muebles que había construido.

Una tarde observábamos una mesa del comedor cuando comentó:

—Antes las cosas se hacían para durar.

—¿Crees que los objetos han perdido calidad?

—Algunos sí. Pero no hablo solamente de los objetos.

Lo miré con interés.

—¿A qué te refieres?

—A las relaciones. Antes, cuando algo se complicaba, muchas personas intentaban arreglarlo. Ahora parece que algunos prefieren reemplazarlo.

Consideré sus palabras.

—¿Crees que todas las relaciones deberían conservarse?

Roberto negó lentamente.

—No. Algunas hacen daño y es mejor dejarlas atrás. Pero otras se abandonan sin intentar comprender qué salió mal.

Aquella observación me recordó las diferencias entre Gabriel y Lucía, mis antiguos pacientes. Sin embargo, comprendí que Roberto hablaba desde su propia experiencia y que su interpretación no podía considerarse una descripción universal de las relaciones humanas.

Le pregunté cómo había cambiado su manera de entender el amor con los años.

—Cuando eres joven, crees que todo lo importante tiene que suceder inmediatamente —respondió—. Después descubres que algunas de las mejores cosas necesitan tiempo.

Permanecimos conversando hasta que llegó la hora de la cena.

No todas las historias de Los Olivos estaban acompañadas por aquella serenidad.

Teresa, una residente de ochenta y un años, esperaba diariamente la visita de su hijo. Después del desayuno elegía cuidadosamente su ropa, se arreglaba el cabello y se sentaba cerca de una ventana que daba al estacionamiento.

—Hoy vendrá —me aseguró una mañana.

—¿Te lo confirmó?

—No. Pero hace tiempo que no viene. Seguramente encontrará un momento.

Al caer la tarde, cuando comprendió que su hijo no aparecería, regresó lentamente a su habitación.

—Debe estar muy ocupado —murmuró.

No supe qué responder.

La residencia contaba con personal atento y Teresa participaba en algunas actividades, pero nada de aquello parecía sustituir la presencia de la persona que esperaba.

Una tarde la acompañé al jardín. Nos sentamos bajo un árbol mientras me contaba historias sobre la infancia de su hijo.

—Era un niño muy cariñoso —recordó—. Siempre quería estar conmigo.

—¿Y ahora?

Permaneció en silencio.

—Ahora tiene su propia vida.

Observé sus manos, apoyadas sobre el regazo.

—Eso no significa necesariamente que haya dejado de quererte.

Teresa sonrió con tristeza.

—Lo sé, querida. Pero a veces una necesita algo más que saberlo.

Aquella frase permaneció en mi memoria.

Comprendí que conocer racionalmente la existencia de un vínculo no siempre bastaba para sentirse acompañado por él.

Durante mi segunda semana en Los Olivos volví a encontrarme con Adrián.

Había acompañado a Mercedes hasta su habitación y caminaba por el corredor principal cuando escuché una voz masculina que reconocí inmediatamente.

—Buenos días, Beatriz. ¿Cómo ha evolucionado el señor Ramírez?

Me detuve.

Al girar hacia el sector de enfermería, lo encontré conversando con la directora. Vestía una bata médica sobre una camisa clara y llevaba un estetoscopio alrededor del cuello.

Su cabello oscuro conservaba aquel aspecto ligeramente despeinado que recordaba de nuestro encuentro en el pub.

Adrián.

Levantó la mirada mientras Beatriz continuaba hablando y nuestros ojos coincidieron.

Primero apareció la sorpresa. Después, aquella sonrisa discreta que había permanecido en mis recuerdos durante las últimas semanas.

—Vaya —comentó—. Parece que la ciudad es más pequeña de lo que imaginaba.

Beatriz nos observó alternativamente.

—¿Se conocen?

—Nos encontramos hace unos días —respondió Adrián.

—Qué coincidencia. Ana acaba de incorporarse al equipo de acompañantes.

Él volvió a mirarme.

—¿Ana Andrómeda?

—La misma.

Beatriz sonrió.

—Adrián es uno de nuestros médicos. Trabaja con nosotros desde hace varios años.

Aquella información me sorprendió.

—No sabía que eras médico —comenté.

—Y yo no sabía que trabajabas aquí.

—Comencé hace poco.

—Eso explica por qué no te había visto antes.

Beatriz se disculpó y regresó a su oficina.

Durante unos instantes permanecimos en silencio.

—Debo reconocer que no esperaba encontrarte aquí —comentó Adrián.

—Yo tampoco.

—La última vez que nos vimos estabas observando a medio establecimiento desde la barra de un pub.

—Y tú estabas observándome a mí.

Soltó una carcajada.

—Parece que ambos tenemos dificultades para ignorar lo que sucede a nuestro alrededor.

Sonreí.

—Quizás.

Adrián me observó con curiosidad.

—¿Ya no enseñas astronomía?

—Mi suplencia terminó. Después trabajé una semana en una escuela primaria y ahora estoy aquí.

Levantó ligeramente las cejas.

—Tienes una trayectoria profesional bastante variada.

Sentí una leve inquietud. Sus observaciones volvían a ser demasiado precisas.

—Me interesa adquirir experiencias diferentes.

—Eso comienza a quedarme claro.

Decidí dirigir la conversación hacia él.

—¿Siempre has trabajado con personas mayores?

—No. También trabajo en un hospital, pero llevo varios años colaborando con esta residencia.

—¿Por qué elegiste hacerlo?

Reflexionó brevemente.