Los Invisibles Capítulo 12
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Capítulo 12

—¿Va a volver algún día, profesora?

Tomás permanecía junto a mi escritorio mientras los demás estudiantes terminaban de guardar sus materiales. Acababa de comunicarles que aquella sería nuestra última clase: la profesora titular regresaría antes de lo previsto y mi suplencia había llegado a su fin.

—No lo sé, Tomás. Pero estoy segura de que continuarán aprendiendo cosas extraordinarias.

—Eso dicen todos los profesores cuando se van.

—¿Y qué preferirías que dijera?

Reflexionó unos segundos.

—Que va a volver para enseñarnos a viajar por el espacio.

—Me temo que todavía tendrías que esperar bastante para eso.

—Bueno, pero no se olvide de nosotros cuando descubra un planeta nuevo.

Sonreí.

—No lo haré.

Sofía se acercó con una tarjeta firmada por varios compañeros. En el frente habían dibujado estrellas, planetas y una figura que pretendía representarme frente al pizarrón.

—Es para usted —explicó—. Nos gustaron mucho sus clases.

Abrí la tarjeta y leí los mensajes. Algunos agradecían las explicaciones; otros incluían bromas sobre extraterrestres, agujeros negros y mi apellido.

—Es un regalo precioso. Muchas gracias.

Nicolás esperó hasta que los demás se alejaron para acercarse.

—Profesora, quería decirle que estoy mejor.

Lo observé con atención.

—Me alegra escucharlo.

—La directora sigue pendiente de lo que pasó. Y ahora tengo compañeros con quienes trabajar.

—Eso es importante. Recuerda que puedes pedir ayuda si vuelves a sentirte amenazado.

Asintió.

—Gracias por lo de aquel día.

—No tienes que agradecerme por haberte protegido.

—Igual quería hacerlo.

Sonrió antes de despedirse.

Cuando abandoné la institución, llevaba conmigo la tarjeta y una sensación difícil de describir.

Había llegado para estudiar las relaciones adolescentes y enseñarles astronomía durante un período limitado.

Sin embargo, al marcharme descubrí que no deseaba olvidar sus rostros, sus preguntas ni las pequeñas historias que habíamos compartido.

Aquella noche mostré la tarjeta a Onix.

—Parece que tus estudiantes te apreciaban mucho —comentó.

—Yo también disfruté de su compañía.

—¿Y ahora qué harás?

Observé los registros de mis investigaciones. Había convivido con adultos durante mis meses como psicóloga y con adolescentes mientras enseñaba astronomía. Para comprender mejor el desarrollo de los vínculos humanos, todavía necesitaba observar dos etapas fundamentales: la infancia y la vejez.

—Quiero trabajar con niños pequeños —respondí—. Me interesa descubrir cómo comienzan a construir sus relaciones.

Onix activó una proyección.

—Existe una escuela primaria que necesita una maestra suplente durante una semana. Los estudiantes tienen entre siete y ocho años.

—Perfecto.

—Debo advertirte algo.

—¿Qué cosa?

—Los niños de esa edad pueden formular preguntas inesperadas, cambiar de actividad constantemente y expresar sus emociones sin demasiados filtros.

Sonreí.

—Después de convivir con adolescentes, creo que podré adaptarme.

Onix me observó con una expresión que conocía demasiado bien.

—Eso mismo dijiste antes de tu primera consulta.

La escuela primaria estaba rodeada de árboles y sus paredes exhibían dibujos, letras de colores y trabajos realizados por los alumnos. La directora, Teresa, me recibió con amabilidad y me explicó las actividades previstas.

—Son veinticuatro niños —comentó mientras me entregaba una carpeta—. Es un grupo encantador, aunque bastante inquieto.

—Estoy segura de que nos entenderemos.

—Eso espero. Son muy curiosos con las personas nuevas.

Descubrí cuánto apenas entré al salón.

Veinticuatro rostros se volvieron hacia mí. Durante unos segundos reinó un silencio absoluto, hasta que una niña de cabello oscuro levantó la mano.

—¿Usted es una gigante?

Varias risas estallaron inmediatamente.

—No lo creo. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque es muy alta.

—Mi papá también es alto —intervino un niño—, pero usted parece más alta.

—Entonces supongo que tengo una ventaja cuando necesito alcanzar objetos que están en lugares elevados.

—¡Qué suerte! —exclamó otro—. Mi mamá no me deja subirme a las sillas.

Una niña rubia levantó la mano.

—¿Y por qué es tan bonita?

La pregunta provocó nuevas carcajadas.

—Gracias por el cumplido —respondí—. Pero creo que lo más interesante es que todos tenemos características diferentes.

—Mi mamá dice que las personas bonitas tienen suerte —comentó un muchacho.

—¿Y tú qué piensas?

Reflexionó seriamente.

—Que también tienen que hacer la tarea.

Esta vez reí con ellos.

Escribí mi nombre en el pizarrón.

—Soy Ana Andrómeda y estaré con ustedes durante esta semana.

Un niño levantó la mano con entusiasmo.

—¿Andrómeda como la galaxia?

—Exactamente.

—Mi hermano tiene un libro sobre el espacio. ¿Usted vive en esa galaxia?

—Vivo en esta ciudad.

El niño pareció decepcionado.

—Qué lástima. Habría sido genial tener una maestra extraterrestre.

Contuve una sonrisa. Había conseguido mantener mi identidad oculta frente a investigadores humanos, adolescentes curiosos y personas que me habían observado detenidamente. Sin embargo, aquellos niños formulaban preguntas que se acercaban a la verdad con una espontaneidad desconcertante.

Pronto descubrí que enseñarles requería estrategias diferentes de las utilizadas en secundaria.

Necesitaban moverse, participar y relacionar las explicaciones con objetos o situaciones familiares.

Una exposición prolongada provocaba distracciones inmediatas, pero bastaba introducir una actividad práctica para recuperar su atención.

También comprobé que sus preguntas no siempre estaban relacionadas con lo que intentaba enseñar.

—Maestra, ¿usted tiene hijos? —preguntó Mateo durante una actividad de lectura.

—No.

—¿Y esposo?

—Tampoco.

—¿Y novio?

Algunos compañeros comenzaron a reír.

—Mateo —intervino una niña—, esas cosas no se preguntan.

—¿Por qué? Mi abuela siempre las pregunta.

—Podemos conversar sobre muchas cosas —respondí—, pero ahora necesitamos terminar la lectura.

Mateo asintió. Durante unos minutos pareció concentrarse, hasta que volvió a levantar la mano.

—¿Tiene perro?

—No.

—¿Entonces con quién vive?

Pensé en Onix.

—Tengo un compañero que me ayuda mucho.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Es un robot?

—No exactamente.

—¿Un gato?

—Tampoco.

—¿Un extraterrestre?

Las carcajadas llenaron el salón.

—Mateo, tienes una imaginación extraordinaria.

—Mi mamá dice que hago demasiadas preguntas.

—Las preguntas son importantes. Solo debemos aprender cuándo es el momento adecuado para hacerlas.

Aquella respuesta pareció satisfacerlo, al menos durante el resto de la actividad.

Con el paso de los días comencé a reconocer las particularidades del grupo.

Lucía disfrutaba ayudando a repartir materiales; Samuel encontraba motivos para hacer bromas incluso durante las tareas más sencillas; Emma prefería observar antes de participar.

Mateo, por su parte, parecía convencido de que cualquier pensamiento merecía convertirse inmediatamente en una pregunta.

Pero pronto descubrí que aquella espontaneidad no significaba que sus relaciones estuvieran libres de conflictos.

Una mañana encontré a Emma sentada sola bajo un árbol. Sus compañeros jugaban a pocos metros, pero ella permanecía inmóvil, observándolos.

Me acerqué y me senté en un banco cercano.

—¿No quieres jugar?

Negó con la cabeza.

—¿Prefieres descansar?

—No.

Esperé unos instantes. Finalmente habló.

—Mis amigas ya no quieren jugar conmigo.

—¿Te dijeron por qué?

—Porque no quise prestarles mis lápices nuevos.

—¿Y tú querías prestárselos?

—No. Me los regaló mi abuelo.

Su voz se quebró ligeramente.

—Ahora dicen que soy egoísta.

Comprendí que los lápices representaban mucho más que unos materiales escolares. Emma temía perder la amistad de sus compañeras por intentar proteger un regalo importante para ella.

—Puedes cuidar algo especial sin ser una mala amiga —le expliqué—. Compartir es un gesto bonito cuando nace de tu decisión, pero también tienes derecho a establecer límites.

Emma levantó la mirada.

—¿Entonces no soy mala?

Aquella pregunta me produjo una incomodidad inesperada.

—No, Emma. Tener un desacuerdo con tus amigas no te convierte en una mala persona.

—¿Y si nunca vuelven a jugar conmigo?

—Quizás puedan conversar y encontrar otra actividad que disfruten juntas. Una amistad también necesita aprender a respetar lo que cada persona siente.

Permaneció pensativa antes de levantarse.

—Voy a preguntarles.

La observé acercarse al grupo. Después de una conversación breve, las niñas comenzaron a jugar nuevamente.

Aquella reconciliación no significaba que sus conflictos hubieran desaparecido, pero me permitió observar cómo una diferencia aparentemente pequeña podía despertar un temor intenso al rechazo.

Era un mecanismo que había encontrado también en adolescentes y adultos, aunque sus manifestaciones fueran distintas.

La semana estuvo llena de descubrimientos semejantes.

Lucía me regaló un dibujo en el que aparecía rodeada de estrellas. Samuel escribió mi nombre dentro de un corazón enorme y aclaró que también dibujaba corazones para su abuela. Mateo me entregó una piedra que había encontrado en el patio.

—Creo que vino de la Luna —anunció.

La examiné.

—¿Por qué piensas eso?

—Porque tiene agujeros.

—Es una hipótesis interesante. Aunque lo más probable es que sea una roca terrestre.

Mateo suspiró.

—Qué aburrido.

—En nuestro planeta también existen cosas extraordinarias.

Me observó con escepticismo.

—Sí, pero la Luna es mejor.

Decidí no discutir.

También descubrí que los niños podían combinar muestras de afecto con una considerable inclinación por las travesuras. Una mañana, al abrir el cajón de mi escritorio, encontré un insecto de plástico de dimensiones exageradas.

Varios alumnos permanecieron inmóviles, esperando mi reacción.

Lo examiné cuidadosamente.

—Qué ejemplar tan interesante.

Samuel abrió mucho los ojos.

—¿No le da miedo?

—No. Parece estar fabricado con plástico.

Las risas fueron inmediatas.

—¡Te dije que no iba a funcionar! —exclamó Mateo.

—¡Pero con la otra maestra sí funcionó! —protestó Samuel.

Coloqué la figura sobre el escritorio.

—Entonces tendremos que buscarle un nombre.