Los Invisibles Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Onix me esperaba junto a la consola principal. Sus grandes ojos negros recorrieron mi figura, comprobando que no presentara lesiones.

—Has regresado más tarde de lo previsto.

—La noche resultó más interesante de lo que imaginaba.

—Eso suele significar que algo salió mal.

—No necesariamente.

Le relaté mis observaciones en la cafetería y el restaurante, las interacciones del pub y el encuentro con Adrián.

Cuando mencioné sus palabras, Onix permaneció inmóvil.

—¿Un desconocido te dijo que no parecías de este planeta?

—Sí.

—¿Utilizó exactamente esa expresión?

—Exactamente.

Mi asistente inclinó ligeramente la cabeza.

—Eso es preocupante.

—Podría tratarse de una expresión humana para describir a alguien poco común.

—¿Y tú crees que fue eso?

Reflexioné.

—No lo sé.

—¿Detectaste alguna característica física o fisiológica inusual?

Recordé su cabello oscuro, su voz tranquila y aquellos ojos de tonalidad plateada.

—Nada que pudiera identificar como incompatible con los parámetros humanos.

—Entonces quizás sea un individuo especialmente perceptivo.

—Es posible.

Onix me observó.

—Pero no pareces convencida.

Me acerqué a la superficie panorámica.

—Porque me miraba de una manera que no había experimentado anteriormente. No parecía interesado solamente en mi apariencia o en mi profesión. Era como si intentara descubrir algo que yo no había revelado.

—Los humanos pueden ser extraordinariamente intuitivos.

—Lo sé.

—Eso no significa que haya descubierto tu identidad.

Asentí. Su razonamiento era correcto.

—¿Y qué sucedió después de abandonar el establecimiento? —preguntó.

Le expliqué el incidente del parque.

Cuando terminé, Onix permaneció callado durante varios segundos.

—Anuki, has utilizado nuevamente tus capacidades físicas frente a humanos.

—Una mujer estaba siendo asaltada.

—Comprendo la situación. Y me alegra que esté a salvo. Pero debemos considerar las consecuencias.

—Lo sé.

—Primero el estudiante. Ahora esta mujer. Si continúas interviniendo de esa manera, tarde o temprano alguien podría comenzar a hacer preguntas.

Recordé inmediatamente la voz de Adrián.

¿Alguna vez te han dicho que no pareces de este planeta?

—Quizás ya han comenzado a hacerlas —murmuré.

Onix levantó la mirada.

—¿Qué quieres decir?

—Nada. Solo estoy pensando.

Mi asistente se acercó y permaneció junto a mí mientras contemplábamos la ciudad.

—¿Te arrepientes de haber intervenido?

Consideré su pregunta.

—No. Pero necesito encontrar una manera de proteger a quienes están en peligro sin comprometer nuestra identidad.

—Eso sería lo ideal.

—Y tendré que prestar más atención a la posibilidad de que alguien esté observándome.

Onix asintió.

—Especialmente ese hombre del pub.

Lo miré.

—¿Por qué especialmente él?

—Porque parece haberte observado mejor de lo que tú observaste a los demás.

Su respuesta me hizo sonreír.

—Eso mismo estaba pensando.

Abrí mis registros científicos y resumí las observaciones de aquella jornada.

Los encuentros informales habían revelado distintas maneras de construir y mantener relaciones.

La apariencia física influía sobre las primeras interacciones, aunque no determinaba necesariamente el interés que una persona podía despertar.

También había comprobado que las expresiones de gratitud y el deseo de protección podían surgir entre individuos que no compartían ningún vínculo previo.

Después abrí mi archivo personal.

Esta noche conocí a un hombre llamado Adrián.

Su comportamiento fue diferente del de los demás individuos que se acercaron a mí.

Observó aspectos de mi conducta que yo había procurado mantener discretos y formuló una pregunta que, aunque podría considerarse una expresión habitual entre humanos, se aproximó demasiado a mi verdadera identidad.

Permanecí contemplando aquellas palabras antes de continuar.

No detecté una amenaza concreta. Sin embargo, experimenté una inquietud que todavía no consigo explicar. Quizás se deba al temor de que descubra mi procedencia. No puedo descartar que existan otros factores.

Guardé el archivo.

Onix me observó desde la consola.

—¿Estás preocupada?

—Un poco.

—¿Por el incidente del parque?

—Por varias cosas.

—Quizás deberías descansar.

—Probablemente.

Me despedí de él y regresé a mi espacio de descanso. Sin embargo, antes de cerrar los ojos, recordé nuevamente a Adrián.

Su sonrisa discreta.

La tranquilidad con la que había formulado sus preguntas.

La manera en que sus ojos plateados permanecieron sobre los míos.

Durante toda la noche había observado a desconocidos que ignoraban el verdadero propósito de mi presencia. Había estudiado sus palabras, sus gestos y sus reacciones.

Adrián, en cambio, había advertido que yo también estaba observando.

No sabía qué conclusiones había extraído de nuestro encuentro ni por qué su opinión despertaba en mí una inquietud diferente de la que habían provocado los demás hombres.

Pero había algo que no podía ignorar.

Por primera vez desde mi llegada a la Tierra, alguien había conseguido que dejara de preguntarme qué podía descubrir sobre los humanos.

Y comenzara a preguntarme qué había descubierto él sobre mí.