Los Invisibles Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Cuando le expliqué que enseñaba astronomía, su expresión reveló un interés auténtico.

—Eso explica algunas cosas.

—¿Cuáles?

—Tu manera de mirar.

Fruncí ligeramente el ceño.

—No comprendo.

—Parece que siempre estás buscando algo más allá de lo evidente.

Lo observé en silencio.

—No es una crítica —aclaró.

—No lo he interpretado como tal.

Adrián sonrió.

—Entonces, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Ya me has hecho varias.

Soltó una carcajada.

—Es verdad. Pero esta podría resultar un poco extraña.

—Adelante.

Inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Alguna vez te han dicho que no pareces de este planeta?

Durante una fracción de segundo evalué numerosas posibilidades.

¿Había advertido alguna característica física incompatible con mi identidad humana? ¿Había reconocido una reacción poco habitual? ¿Se trataba simplemente de una expresión metafórica?

Mantuve una sonrisa tranquila.

—Es una afirmación bastante peculiar.

—Lo sé.

—¿Por qué lo dices?

Adrián me observó detenidamente.

—Porque hay algo en ti que no consigo identificar. Tu manera de hablar, de responder, de observar a las personas... Es como si todo te resultara familiar y desconocido al mismo tiempo.

Mi ritmo cardíaco volvió a modificarse.

Aquello era diferente de los cumplidos que había recibido durante la noche. Adrián no parecía interesado únicamente en mi apariencia. Estaba intentando comprender aspectos de mi comportamiento que yo había procurado mantener discretos.

—Quizás simplemente no me conoces —respondí.

—Eso es evidente.

—Entonces sería prematuro sacar conclusiones.

Sonrió.

—Tienes una manera muy particular de responder.

—¿Eso también te parece extraño?

—No. Me parece fascinante.

Aquella palabra me produjo una reacción inesperada.

Otros hombres me habían dedicado elogios semejantes, pero ninguno había conseguido despertar la misma inquietud. No comprendía si se debía a la precisión de sus observaciones, a la posibilidad de que sospechara algo o a algún factor que todavía no había identificado.

—¿Siempre haces tantas preguntas a las personas que acabas de conocer? —pregunté.

—Solo cuando encuentro a alguien que despierta mi curiosidad.

—¿Y eso sucede con frecuencia?

—No.

Su respuesta fue inmediata.

Permanecimos observándonos durante unos segundos. Por primera vez aquella noche tuve la impresión de que yo también me había convertido en objeto de estudio.

—Creo que debería marcharme —dije finalmente.

Adrián no intentó detenerme.

—¿Dije algo que te incomodó?

—No. Simplemente se ha hecho tarde.

—Es una explicación razonable.

Recogí mis pertenencias.

—Ha sido agradable conversar contigo.

—Para mí también.

Me alejé unos pasos, pero escuché nuevamente su voz.

—Ana.

Me volví.

—No pretendía incomodarte. Solo quería decirte que eres una mujer poco común.

Sonreí discretamente.

—Quizás todos lo somos cuando alguien se toma el tiempo de observarnos.

Adrián sostuvo mi mirada.

—Puede ser. Aunque sigo pensando que contigo es diferente.

No respondí. Me despedí y abandoné el establecimiento.

El aire nocturno me recibió con una frescura agradable. Caminé durante varios minutos intentando comprender la inquietud que aquella conversación había despertado en mí.

Adrián no había realizado ninguna afirmación que constituyera una amenaza. Sus preguntas podían interpretarse como una manifestación de curiosidad o interés personal. Sin embargo, su manera de observarme había sido extraordinariamente precisa.

Y sus ojos...

Había algo singular en aquella tonalidad plateada.

Decidí regresar a la nave para analizar la experiencia con Onix. Para alcanzar el punto donde podía activar discretamente mi transporte, debía atravesar un parque situado entre varios edificios residenciales.

A aquella hora los senderos estaban casi desiertos. Una pareja caminaba cerca de la entrada y, a lo lejos, un hombre paseaba con un perro. Las copas de los árboles proyectaban sombras irregulares sobre el suelo.

Avanzaba repasando mentalmente mi conversación con Adrián cuando escuché una voz femenina.

—¡Por favor, déjenme tranquila!

Me detuve inmediatamente.

La voz procedía de un sendero secundario, parcialmente oculto por los árboles.

—Entrega el bolso y no hagas escándalo —ordenó un hombre.

—¡Ya les dije que no tengo dinero!

—Entonces danos el teléfono.

Activé discretamente mis capacidades sensoriales y distinguí a tres personas. Dos hombres rodeaban a una mujer de aproximadamente cuarenta años. Uno sujetaba su bolso mientras el otro intentaba arrebatarle el teléfono.

Me acerqué con rapidez, moderando mis movimientos para no superar de manera evidente los parámetros humanos.

—Suéltenla —ordené.

Los tres se volvieron hacia mí.

Uno de los hombres soltó una carcajada.

—Sigue tu camino, preciosa. Esto no tiene nada que ver contigo.

Evalué sus posiciones, las distancias y los posibles movimientos. No detecté armas de fuego, aunque uno llevaba un objeto metálico plegable en el bolsillo.

—Les he pedido que la suelten —repetí.

El segundo hombre me observó de arriba abajo.

—¿Y qué vas a hacer si no queremos?

Antes de que pudiera responder, la mujer intentó recuperar su bolso. Uno de los asaltantes la empujó bruscamente.

Intervine.

Avancé, sujeté la muñeca del agresor y desvié su brazo con un movimiento preciso. El hombre soltó el bolso y retrocedió sorprendido. Su compañero intentó sujetarme por un costado, pero utilicé su propio impulso para desequilibrarlo.

Terminó arrodillado sobre el sendero.

Todo ocurrió en unos segundos.

—¡¿Qué demonios eres?! —exclamó el primero.

No respondí.

El segundo intentó incorporarse, pero retrocedió al verme avanzar.

—¡Vámonos!

Ambos huyeron entre los árboles.

Esperé hasta comprobar que se alejaban y me volví hacia la mujer. Se encontraba junto a un banco, con una mano apoyada sobre el pecho y la respiración acelerada.

—¿Se encuentra bien?

Asintió.

—Creo que sí.

Observó el sendero por el que habían escapado los hombres y después volvió a mirarme.

—¿Cómo hizo eso?

Reconocí inmediatamente la dificultad.

—He aprendido algunas técnicas de defensa personal.

—Pero... ni siquiera pudieron tocarla.

—Lo importante es que usted está a salvo.

La mujer intentó responder, pero su voz se quebró.

—Si usted no hubiera aparecido...

Me acerqué con tranquilidad.

—¿Hay alguien a quien pueda llamar para que venga a acompañarla?

—Mi esposo. Está en casa.

—Sería conveniente que lo llamara. También debemos informar lo sucedido a las autoridades.

Permanecí junto a ella mientras realizaba la llamada. Poco después llegaron agentes de seguridad y proporcioné una descripción prudente de los acontecimientos, sin mencionar la verdadera precisión de mis movimientos.

Antes de despedirnos, la mujer sujetó brevemente mi mano.

—No sé quién es usted, pero esta noche fue mi ángel de la guarda.

Aquella expresión despertó mi curiosidad. Conocía numerosas creencias humanas relacionadas con seres protectores de origen celestial, algunas de las cuales podían guardar semejanzas con relatos sobre civilizaciones desconocidas.

Sin embargo, comprendí que ella no estaba formulando una hipótesis sobre mi procedencia.

Simplemente estaba agradecida.

—Me alegra haber podido ayudarla —respondí.

Cuando finalmente abandoné el parque, experimenté una mezcla de satisfacción y preocupación.

Había evitado que una mujer resultara herida, pero nuevamente había utilizado capacidades que excedían las posibilidades humanas.

Primero Nicolás, en las escaleras del instituto.

Ahora aquella mujer, en un parque nocturno.

En ambos casos había reconocido un peligro real y actuado para impedirlo. También había despertado preguntas que podían comprometer la discreción de nuestra misión.

Mientras caminaba hacia un lugar apartado, activé la comunicación.

—Onix, necesito regresar a la nave.

Su respuesta llegó inmediatamente.

—¿Ha sucedido algo?

—Sí. He intervenido en otro incidente.

Se produjo un silencio.

—Anuki...

—Estoy bien.

—Eso no responde a mi pregunta.

Sonreí ligeramente.

—Te explicaré todo cuando llegue.