Los Invisibles Capítulo 11
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Capítulo 11

—¿Y si esta noche dejas de estudiar a los humanos y simplemente intentas disfrutar de su compañía? —preguntó Onix.

Lo observé desde el espejo mientras terminaba de acomodarme el cabello.

—Ambas actividades no son incompatibles.

—Para ti, probablemente no. Pero sospecho que los humanos no suelen salir a divertirse con la intención de elaborar un informe científico.

—Precisamente por eso quiero conocerlos fuera de sus actividades habituales.

Onix inclinó su pequeña cabeza.

—Entonces procura recordar que no todas las conversaciones necesitan convertirse en una investigación.

Sonreí. Llevaba varias semanas trabajando como profesora de astronomía y había descubierto que los vínculos humanos se desarrollaban de maneras muy diferentes según el entorno.

En el instituto, las relaciones estaban condicionadas por la convivencia diaria, la necesidad de pertenencia y las jerarquías entre estudiantes.

En el consultorio había conocido a personas que buscaban ayuda para enfrentar conflictos personales.

Sin embargo, todavía me faltaba observar algo esencial: qué sucedía cuando los humanos elegían compartir su tiempo sin que ninguna obligación los reuniera.

Había comenzado aquella investigación durante los días anteriores.

En una cafetería escuché a una mujer consolar a su amiga después de una separación.

No intentó convencerla de que dejara de sufrir ni ofreció soluciones inmediatas; simplemente permaneció junto a ella mientras conversaban.

En otra mesa, una hija visitaba a su padre sin ningún motivo especial, más allá del deseo de pasar tiempo juntos.

También había conocido a una camarera que me habló brevemente de su agotamiento. Por un instante estuve a punto de ofrecerle algunas recomendaciones, hasta que comprendí que no me había pedido orientación. Solo había compartido una pequeña parte de su jornada.

Aquellas observaciones me llevaron a una conclusión provisional: no todas las conversaciones humanas buscaban resolver problemas. Algunas parecían tener valor por el simple hecho de producirse.

Durante una cena en un restaurante observé algo semejante.

Un grupo de amigos celebraba el ascenso profesional de uno de sus integrantes.

El logro ya se había producido, pero compartirlo parecía aumentar la satisfacción del homenajeado.

Cerca de ellos, una pareja mayor comía casi en silencio.

El hombre colocó una porción de su plato frente a su esposa y ella sonrió.

—Siempre recuerdas lo que me gusta.

—Después de tantos años, sería preocupante que no lo hiciera.

No necesitaron decir nada más.

Recordé a Elena y las pequeñas costumbres que había compartido con su esposo fallecido. Comprendí por qué algunos gestos aparentemente insignificantes podían adquirir tanta importancia después de una pérdida.

Sin embargo, todavía deseaba experimentar un encuentro social en el que las personas no se conocieran previamente. Onix me recomendó varios establecimientos nocturnos y elegí un pub frecuentado por adultos jóvenes.

Para aquella ocasión seleccioné un vestido negro de líneas sencillas, que dejaba mis hombros descubiertos. Llevé el cabello claro suelto y un maquillaje discreto que destacaba mis ojos.

—¿Es apropiado? —pregunté.

Onix examinó mi apariencia.

—Completamente. Aunque probablemente atraigas bastante atención.

—Será interesante observar cómo influye la apariencia física sobre las primeras interacciones.

—Solo recuerda que puedes rechazar cualquier invitación.

—Lo sé.

—Y marcharte cuando quieras.

Lo miré con una sonrisa.

—Onix, conozco las normas básicas de convivencia humana.

—También las conocías cuando intentaste comprar aquella bebida durante nuestras simulaciones.

No pude evitar reír.

—No vas a dejar que olvide ese incidente, ¿verdad?

—Jamás.

Me despedí y abandoné el apartamento.

El pub tenía una iluminación cálida, música suficientemente alta para crear un ambiente animado y pequeños sectores donde las personas podían conversar. Había grupos de amigos, parejas y algunos individuos que permanecían solos junto a la barra.

Apenas ingresé, advertí varias miradas dirigidas hacia mí.

Elegí un asiento desde el cual podía observar gran parte del establecimiento y pedí una bebida sin alcohol. A mi izquierda, tres hombres discutían sobre una cita que uno de ellos había tenido recientemente.

—Todo iba perfectamente hasta que empezó a hablar de su exnovia —se quejó.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó otro.

—Casi una hora.

—Eso no fue una cita. Fue una sesión de terapia gratuita.

Las carcajadas fueron inmediatas. Sonreí al recordar mi antigua profesión.

En otra mesa, dos mujeres observaban discretamente a un grupo de hombres.

—El de la camisa azul no deja de mirarte —comentó una.

—Ya lo vi.

—¿Y qué piensas hacer?

—Nada. Si quiere hablar conmigo, que venga.

Aquella respuesta despertó mi interés. Los humanos parecían utilizar señales indirectas para manifestar atracción y, en ocasiones, esperaban que la otra persona asumiera el riesgo de iniciar el contacto.

No tardé en comprobarlo personalmente.

Un hombre ocupó el asiento libre a mi derecha.

—Buenas noches. No recuerdo haberte visto antes por aquí.

—Es la primera vez que vengo.

—Entonces elegiste bien. ¿Puedo invitarte a algo?

—Gracias, pero ya tengo una bebida.

—Podría ser la siguiente.

—Prefiero pagar mis propias bebidas.

Su sonrisa perdió parte del entusiasmo.

—¿Esperas a alguien?

—No.

—Entonces podríamos hacernos compañía.

—Agradezco tu ofrecimiento, pero prefiero permanecer sola.

El hombre me observó unos segundos y finalmente se alejó.

Poco después se acercó otro.

—Perdona que te interrumpa, pero tenía que decirte que eres la mujer más hermosa que he visto esta noche.

—Gracias.

—¿Te gustaría bailar?

—No, gracias.

—¿No te gusta la música?

—Sí, me gusta.

—Entonces, ¿por qué no bailamos?

—Porque prefiero escucharla desde aquí.

El hombre soltó una carcajada.

—Eres difícil de convencer.

—No estoy intentando ser convencida.

Su expresión cambió durante un instante. Después sonrió y regresó con sus amigos.

A lo largo de la siguiente hora recibí varias invitaciones semejantes.

Algunos hombres intentaron impresionarme mediante cumplidos; otros hablaron de sus profesiones, sus propiedades o sus viajes.

La mayoría aceptó mis negativas sin dificultad, aunque unos pocos parecían considerar que mi decisión necesitaba una explicación.

Uno incluso preguntó si tenía pareja, como si la existencia de otro individuo constituyera una razón más válida para rechazarlo que mi propia voluntad.

Aquella observación me incomodó.

También descubrí que participar continuamente en interacciones semejantes podía resultar agotador. Había acudido para estudiar los mecanismos de acercamiento entre desconocidos, pero comenzaba a desear unos minutos de tranquilidad.

Fue entonces cuando reparé en el hombre sentado a pocos lugares de distancia.

Era alto, de hombros anchos y cabello oscuro. Vestía una camisa negra con las mangas ligeramente remangadas. Su rostro tenía rasgos definidos y una expresión serena que contrastaba con el movimiento constante del establecimiento.

Lo que más llamó mi atención fueron sus ojos.

Tenían una tonalidad gris plateada poco habitual y parecían reflejar la luz de una manera singular.

No había intentado acercarse ni atraer mi atención. Permanecía junto a la barra, observando ocasionalmente el ambiente. Sin embargo, cuando nuestras miradas coincidieron, comprendí que también llevaba algún tiempo prestándome atención.

No apartó los ojos inmediatamente.

Después levantó ligeramente su vaso en un saludo discreto.

Respondí con una pequeña inclinación de cabeza.

Pocos minutos más tarde escuché su voz.

—Debes de estar agotada.

Me volví hacia él.

—¿Por qué?

—Por la cantidad de veces que tuviste que decir que no esta noche.

Su comentario me hizo sonreír.

—No ha sido particularmente difícil.

—Eso noté.

Hablaba con tranquilidad, sin aquella urgencia que había percibido en algunos de mis anteriores interlocutores.

—¿Has estado escuchando mis conversaciones? —pregunté.

—Resultaba difícil no hacerlo. Algunos de tus admiradores hablaban lo suficientemente alto como para que los escuchara todo el establecimiento.

—Supongo que tienes razón.

—Lo curioso es que ninguno parece haberte interesado demasiado.

—No he venido a buscar compañía.

—Eso también lo noté.

Lo observé con mayor atención.

—Entonces eres un observador atento.

Una sonrisa breve apareció en su rostro.

—Podría decir lo mismo de ti.

Aquella respuesta despertó inmediatamente mi curiosidad.

—¿Por qué?

—Porque llevas bastante tiempo observando a todos los que están aquí. Escuchas conversaciones, estudias expresiones y prestas atención a detalles que la mayoría pasa por alto.

Permanecí inmóvil durante una fracción de segundo.

No había considerado que mi comportamiento pudiera resultar tan evidente.

—Quizás simplemente me gusta observar a las personas.

—Eso está claro.

—¿Y te parece extraño?

—No. Me parece interesante.

Giró ligeramente su asiento hacia mí.

—La mayoría viene a divertirse, conversar o conocer gente. Tú pareces estar intentando comprender cómo funciona todo.

Sentí una leve alteración en mi ritmo cardíaco.

Su observación se aproximaba demasiado a mi verdadero propósito.

—Quizás esa sea mi manera de divertirme —respondí.

—Quizás.

Sus ojos plateados permanecieron sobre los míos.

—¿Cómo te llamas?

—Ana.

—¿Solo Ana?

—Ana Andrómeda.

Levantó ligeramente las cejas.

—Un nombre interesante.

—Es mi nombre.

Soltó una risa suave.

—No lo pongo en duda. Simplemente parece apropiado para alguien que mira el mundo como si estuviera descubriéndolo.

Aquella afirmación me produjo una inquietud inesperada.

—¿Y tú cómo te llamas? —pregunté.

—Adrián.

—Mucho gusto, Adrián.

—Igualmente, Ana Andrómeda.

Pronunció mi nombre completo con una naturalidad que, por alguna razón, me resultó desconcertante.

Continuamos conversando. Me preguntó cuánto tiempo llevaba viviendo en la ciudad y a qué me dedicaba. Respondí con los datos correspondientes a mi identidad humana, evitando ofrecer información innecesaria.