Capítulo 10 #2
Tenía aproximadamente quince años y asistía a una de mis clases. Participaba poco, aunque sus trabajos demostraban que comprendía los contenidos. Durante los descansos solía permanecer solo.
Damián intercambió una mirada con sus compañeros.
—Ahí viene.
Nicolás se aproximó sin advertir inicialmente la presencia de los tres jóvenes. Cuando llegó al descanso, Mauro se interpuso en su camino.
—Oye, Nico. ¿A dónde vas con tanta prisa?
—A clase.
—Todavía falta.
—Tengo que entregar unos trabajos.
Damián se acercó lentamente.
—Siempre tan aplicado.
Nicolás bajó la mirada.
—Déjenme pasar.
—¿Qué pasa? ¿Ya no saludas a tus amigos? —preguntó Federico.
La palabra amigos provocó una carcajada entre los tres.
Nicolás apretó los libros contra el pecho. Su respiración se aceleró y adoptó una postura defensiva que me hizo comprender que aquella situación probablemente no era nueva para él.
—No quiero problemas —murmuró.
—Entonces no los tengas —respondió Damián.
Mauro extendió una mano hacia su mochila. Nicolás intentó apartarse, pero Federico se desplazó para impedirle el paso.
—Déjenme tranquilo.
Su voz había perdido firmeza.
Me encontraba a pocos metros. Podía intervenir utilizando mi autoridad como profesora, sin recurrir a ninguna capacidad extraordinaria.
—Muchachos —comencé.
Pero mi voz coincidió con un movimiento brusco de Damián. El joven arrebató uno de los libros de Nicolás y lo lanzó al suelo. Nicolás giró instintivamente para recuperarlo y quedó peligrosamente cerca del primer escalón.
Mauro aprovechó aquel instante.
Vi cómo adelantaba un pie y extendía ambos brazos hacia su espalda.
La trayectoria del movimiento era inequívoca.
Iba a empujarlo.
Mi organismo reaccionó antes de que pudiera completar una evaluación consciente de todas las alternativas.
Percibí la contracción de sus músculos y avancé con una rapidez superior a la humana.
Conseguí moderar parcialmente el desplazamiento, pero no lo suficiente para ocultar por completo mis capacidades.
Sujet é a Nicolás por el antebrazo y lo aparté hacia el interior del descanso justo cuando Mauro completaba el movimiento.
El muchacho perdió el equilibrio al no encontrar el cuerpo que esperaba empujar y terminó apoyándose torpemente contra la pared.
Los cuatro estudiantes quedaron inmóviles.
—¿Qué están haciendo? —pregunté con firmeza.
Nicolás permanecía junto a mí, respirando agitadamente.
—Nada, profesora —respondió Damián—. Estábamos jugando.
—Lo que acabo de presenciar no fue un juego.
—No íbamos a hacerle nada —insistió Mauro.
—Estaban intentando empujarlo por las escaleras.
Los tres intercambiaron miradas.
—Era una broma —murmuró Federico.
—Una caída desde aquí podría provocar lesiones graves. No voy a discutir si consideran divertido poner en peligro a un compañero. Vamos a dirigirnos a la dirección ahora mismo.
Damián frunció el ceño.
—Pero no sucedió nada.
Lo observé directamente.
—No sucedió nada porque intervine a tiempo.
El muchacho abrió la boca, pero finalmente guardó silencio.
Me volví hacia Nicolás.
—¿Estás bien?
Asintió, aunque sus manos continuaban temblando.
—Sí, profesora.
—¿Te lastimaron?
—No.
Recogí sus libros y se los entregué. Nicolás los sostuvo contra el pecho mientras miraba de reojo a los tres jóvenes.
Había conseguido evitar la caída, pero su temor no había desaparecido.
—Camina conmigo —le indiqué.
Acompañé a los cuatro hasta la dirección. Durante el trayecto escuché comentarios de dos estudiantes que habían presenciado parte del incidente.
—¿Viste cómo apareció la profesora?
—Te aseguro que estaba al otro lado del pasillo.
—Yo ni siquiera la vi acercarse.
Reconstruí mentalmente mi desplazamiento. Había reaccionado demasiado rápido para los parámetros humanos habituales. Ninguno había visto una manifestación inequívoca de mi naturaleza, pero los comentarios podían despertar una curiosidad inconveniente.
Tendría que informar a Onix.
Patricia nos recibió con preocupación. Después de escuchar lo sucedido, solicitó la presencia de otro integrante del equipo directivo y organizó que Nicolás permaneciera en un lugar tranquilo mientras se contactaba a las familias de los estudiantes involucrados.
Damián intentó minimizar el incidente, pero mantuve una descripción precisa de los hechos.
—Los escuché planificarlo y observé el intento de empujón —expliqué—. Nicolás estaba junto al inicio de las escaleras. El riesgo era real.
Patricia me miró seriamente.
—Gracias por intervenir, Ana. Vamos a ocuparnos de esto.
Antes de retirarme, pedí hablar unos minutos con Nicolás.
Lo encontré sentado en una pequeña oficina, con la mochila sobre las rodillas.
—¿Cómo te encuentras?
—Bien.
Su respuesta no coincidía con la tensión que todavía mostraban sus manos.
—Nicolás, lo que ocurrió no fue una broma. Quiero que sepas que hiciste bien en intentar alejarte.
Bajó la mirada.
—Siempre hacen lo mismo.
Me senté frente a él.
—¿Te han molestado anteriormente?
Asintió.
—Desde hace meses.
—¿Has podido contárselo a algún adulto?
—Una vez se lo dije a un profesor, pero me respondió que no les diera importancia.
Aquella información modificó considerablemente mi evaluación. No se trataba de un conflicto aislado. Nicolás llevaba meses experimentando intimidaciones y había intentado buscar ayuda sin obtener una respuesta adecuada.
—Lo que te está sucediendo merece atención —le expliqué—. No tienes que soportarlo ni resolverlo solo.
Levantó la mirada.
—Si digo algo, después es peor.
—Comprendo que tengas miedo. Vamos a procurar que la institución tome medidas para protegerte y evitar que esto vuelva a suceder. También es importante que puedas hablar con alguien de confianza en tu familia.
Permaneció pensativo.
—Gracias por ayudarme, profesora.
—Me alegra haber llegado a tiempo.
Nicolás me observó durante unos segundos.
—¿Cómo lo hizo?
—¿A qué te refieres?
—Estaba lejos. Yo la vi cuando me sujetó del brazo, pero antes no estaba allí.
Mantuve una expresión tranquila.
—Vi que estaban demasiado cerca de las escaleras y reaccioné rápidamente.
—Pero fue demasiado rápido.
—A veces reaccionamos con mucha rapidez cuando vemos que alguien puede lastimarse.
No pareció completamente convencido, aunque tampoco insistió.
Al abandonar la oficina descubrí que los comentarios ya comenzaban a circular. Algunos estudiantes aseguraban que había aparecido prácticamente de la nada; otros habían incorporado detalles que nunca ocurrieron.
Tomás fue uno de los primeros en acercarse.
—Profesora, dicen que salvó a Nicolás de caerse por las escaleras.
—Intervine cuando vi que estaba en peligro.
—¿Y es verdad que sujetó a Mauro en el aire?
—No. Eso no sucedió.
—Ah, porque también dicen que practica artes marciales.
—Tampoco practico artes marciales.
Sofía, que se encontraba junto a él, intervino:
—Mi amiga dice que la vio correr y que nunca había visto a nadie moverse tan rápido.
—Todo ocurrió muy deprisa. Es posible que resultara difícil distinguir los movimientos.
Tomás me observó con una sonrisa.
—Profesora, ¿usted tiene algún secreto?
Recordé las advertencias de Onix.
—Todos tenemos cosas que los demás todavía no conocen, Tomás.
El muchacho abrió mucho los ojos.
—¡Sabía que respondería algo misterioso!
Sofía comenzó a reír.
—Déjala tranquila. Lo importante es que ayudó a Nicolás.
Aquella observación me produjo una satisfacción inesperada.
—Exactamente. Y espero que todos comprendan que intimidar o empujar a alguien no es una broma.
Tomás asintió, esta vez sin sonreír.
—Sí, profesora. Eso estuvo muy mal.
Lo observé con interés. El mismo joven que convertía cualquier conversación en una oportunidad para provocar risas reconocía perfectamente la gravedad de lo sucedido.
El humor podía acercar a las personas o utilizarse para humillarlas.
La diferencia estaba en lo que cada uno elegía hacer con él.
Durante los días siguientes, la institución inició un seguimiento formal. Los responsables de convivencia entrevistaron a los estudiantes involucrados, contactaron a sus familias y establecieron medidas para evitar nuevas intimidaciones.
Aquellas acciones no garantizaban una solución inmediata. Las relaciones entre adolescentes podían modificarse fuera de la presencia de los adultos, y Nicolás continuaba necesitando protección y acompañamiento.
Sin embargo, comenzaron a producirse pequeños cambios.
Sofía se sentó junto a él durante una actividad y Tomás lo invitó a participar en un trabajo grupal. En una de mis clases los observé conversar sobre las características de un planeta que debían analizar.
Nicolás señaló algo en el material.
—Creo que aquí confundieron la atmósfera con la superficie —comentó.
Tomás examinó la información.
—Entonces nuestro planeta tiene un problema bastante serio. No sé si sus habitantes sobrevivirán al informe.
Nicolás sonrió.
La escena duró apenas unos segundos, pero recordé su expresión junto a las escaleras y experimenté una alegría difícil de ignorar.
No sabía si aquellos gestos serían suficientes para que volviera a sentirse seguro. Tampoco podía determinar cuánto influiría lo ocurrido sobre sus relaciones futuras.
Pero me alegraba verlo participar.
En la sala de profesores, el incidente provocó opiniones diferentes.
—Esos tres siempre han sido problemáticos —comentó Ernesto—. No sé por qué se sorprenden.
Clara levantó la mirada.
—Que hayan tenido problemas antes no significa que debamos acostumbrarnos.
—Hace tiempo que digo que con esos muchachos no se puede hacer nada.
—Siempre podemos intentar algo —respondió ella—. Y, mientras tanto, tenemos la obligación de proteger a los demás.
Verónica permanecía sentada junto a la ventana.
—Lo que más me preocupa es que Nicolás haya estado pasando por esto durante meses y no nos hayamos dado cuenta.
—Quizás algunos sí lo sabían —intervine.
Los tres me observaron.
—Nicolás me contó que había intentado hablar con un adulto, pero no sintió que su situación fuera tomada en serio.
Clara dejó lentamente su taza sobre la mesa.
—Eso es terrible.
Ernesto suspiró.
—A veces exageran cualquier cosa.
Lo miré.