Los Invisibles Capítulo 10
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Capítulo 10

—Profesora, si la Tierra gira, ¿por qué cuando salto caigo en el mismo lugar?

Reconocí la voz de Tomás antes de doblar la esquina del pasillo.

—Porque no saltas lo suficientemente alto —respondió uno de sus compañeros.

—¿Y si salto desde un edificio?

—Entonces tendrás problemas mucho más importantes que la rotación terrestre.

Me detuve junto a ellos.

—Les recomiendo no utilizar edificios para comprobar ninguna de sus hipótesis.

Tomás se volvió, sorprendido, y después sonrió.

—¡Profesora! Justamente estábamos hablando de astronomía.

—Eso he escuchado.

—¿Y cómo piensa que vamos a aprender si nos prohíbe hacer experimentos?

—Intento que sobrevivan para realizar otros mejores.

Los tres comenzaron a reír. Continué caminando hacia la sala de profesores mientras pensaba que aquellas conversaciones espontáneas me enseñaban tanto sobre los adolescentes como las horas que compartíamos en el aula.

Había descubierto que una institución educativa era mucho más que un lugar destinado a transmitir conocimientos.

Durante los descansos, los pasillos y los patios se convertían en escenarios de una organización social extraordinariamente compleja.

Allí surgían amistades, rivalidades, alianzas y conflictos que no siempre resultaban visibles para los adultos.

Mi capacidad auditiva me permitía distinguir conversaciones a distancias superiores a las habituales para un humano. Aquella ventaja resultaba valiosa para mi investigación, aunque debía evitar reaccionar ante comentarios que, desde mi posición, una profesora humana no habría podido escuchar.

Una mañana, tres muchachas conversaban cerca de las escaleras.

—Te aseguro que no volveré a escribirle —afirmó una de ellas.

—Eso dijiste ayer, Martina.

—Pero ayer era diferente.

—¿Qué cambió?

—Que ahora estoy realmente enojada.

—¿Y si él te escribe?

Martina guardó silencio.

—Depende de lo que me diga.

Sus amigas estallaron en carcajadas. Las tres continuaron caminando mientras yo reflexionaba sobre aquella decisión que parecía firme hasta que apareció la posibilidad de recuperar el contacto.

En otra ocasión escuché a dos jóvenes lamentarse porque una amiga había comenzado una relación amorosa y ya no pasaba tanto tiempo con ellas. No habían dejado de apreciarla; simplemente sentían que el lugar que ocupaban en su vida había cambiado.

Aquellas situaciones me recordaban las consultas que había realizado durante mis primeros meses en la Tierra.

Los conflictos de los adultos no surgían repentinamente al alcanzar determinada edad.

Muchos de los temores relacionados con el rechazo, la pertenencia y la pérdida comenzaban a manifestarse mucho antes.

Sin embargo, no todos los estudiantes experimentaban sus relaciones de la misma manera.

Algunos parecían moverse con seguridad entre diferentes grupos; otros dedicaban enormes esfuerzos a conseguir aceptación.

También había jóvenes que preferían permanecer solos y otros cuya soledad parecía provocarles sufrimiento.

La diferencia más interesante estaba en el uso del humor. Tomás lo utilizaba para acercarse a sus compañeros y transformar casi cualquier situación en un momento divertido. Otros recurrían a las bromas para ridiculizar a quienes consideraban más vulnerables.

Al principio ambas conductas podían parecer semejantes.

Sus consecuencias, en cambio, eran profundamente distintas.

Aquella diferencia también aparecía entre los profesores.

La sala docente era un espacio amplio, con una mesa central, varios armarios y una máquina de café que parecía constituir el punto de encuentro de la mayoría. Allí escuché opiniones muy diferentes sobre los estudiantes.

—Cada año llegan peor preparados —declaró Ernesto una mañana, dejando una carpeta sobre la mesa—. No escuchan, no estudian y después preguntan si todo estará incluido en el examen.

Silvia, una profesora de Matemáticas, levantó la mirada.

—Eso lo hacen desde hace años.

—Antes, por lo menos, mostraban algo de vergüenza. Ahora parece que todo les da igual.

Una docente más joven intervino desde el otro extremo de la sala.

—Tampoco podemos esperar que se interesen si entramos convencidos de que son todos unos inútiles.

Ernesto la observó con evidente molestia.

—Cuando tengas veinte años de experiencia, podremos hablar.

—Tengo doce —respondió ella—. Y todavía creo que vale la pena intentarlo.

La conversación terminó sin que ninguno modificara su postura.

No podía determinar si Ernesto había comenzado su carrera con aquella actitud o si la había desarrollado como consecuencia del cansancio y las dificultades acumuladas. Sin embargo, sus comentarios contrastaban con los de otros docentes.

Clara, profesora de Literatura, llevaba diecisiete años enseñando y continuaba hablando de sus estudiantes con entusiasmo. Una tarde la encontré organizando varias novelas sobre una mesa.

—¿Cómo te estás adaptando, Ana?

—Muy bien. Los estudiantes me resultan especialmente interesantes.

—Son tremendos, ¿verdad?

—Tienen una capacidad extraordinaria para formular preguntas inesperadas.

Clara sonrió.

—Y para hacerte perder el hilo de una explicación en menos de treinta segundos. Pero cuando consigues que uno descubra algo que le apasiona, sientes que todo vale la pena.

Me contó que conservaba cartas de antiguos alumnos. Algunos habían continuado estudios relacionados con la literatura; otros habían elegido caminos completamente diferentes.

—Lo más hermoso es cuando alguno regresa y te dice que recuerda algo que conversaron en clase —explicó—. A veces ni siquiera era parte del programa. Puede haber sido un consejo o una conversación que tú ya olvidaste.

—¿Consideras que un profesor puede influir sobre aspectos de la vida de sus estudiantes que no están relacionados directamente con el aprendizaje?

—Por supuesto. Pasan muchísimas horas con nosotros. A veces somos los adultos con los que más hablan fuera de sus hogares.

—Eso representa una responsabilidad considerable.

—Muchísima. Y no siempre estamos a la altura. También nos cansamos, tenemos problemas y cometemos errores. Pero intento recordar que ellos todavía están aprendiendo a vivir.

Aquella frase permaneció en mis pensamientos.

Verónica, profesora de Historia, me mostró otra perspectiva. Había comenzado su carrera llena de entusiasmo, pero las exigencias laborales y los conflictos cotidianos habían reducido su motivación.

—Hay días en que preparas algo hermoso y nadie parece interesado —me confesó—. Intentas cambiar las actividades, conversar con las familias, resolver problemas de convivencia... Y llega un momento en que sientes que eres la única persona intentando que las cosas funcionen.

Reconocí un agotamiento semejante al que había observado en Marissa durante mis primeras consultas. Verónica no despreciaba a sus estudiantes; parecía necesitar recursos y apoyo para continuar desempeñando una actividad que todavía consideraba importante.

Julián, profesor de Educación Física, tenía una manera diferente de abordar los conflictos. Una mañana presencié cómo intervenía cuando dos muchachos comenzaron a discutir después de un partido.

—Vamos a ver, campeones. ¿Estamos discutiendo por una pelota o por una herencia millonaria?

Los jóvenes lo observaron desconcertados.

—Profesor, hizo trampa —protestó uno.

—Y tú me empujaste —respondió el otro.

—Perfecto. Tenemos dos acusaciones y ningún juez. ¿Qué hacemos?

El comentario redujo la tensión lo suficiente para que ambos explicaran lo ocurrido. Julián los escuchó, señaló las responsabilidades de cada uno y consiguió que acordaran cómo continuar.

Cuando se alejaron, me acerqué a él.

—Has resuelto el conflicto con bastante facilidad.

—No siempre resulta tan sencillo.

—¿Cuál es tu estrategia?

—Escucharlos antes de reprenderlos. A veces llegan preocupados por cosas que no tienen ninguna relación con lo que acaba de suceder.

—¿Y el humor?

—Ayuda a bajar la tensión. Después puedes hablar en serio.

Observé a los estudiantes que regresaban al patio.

—Parecen confiar mucho en ti.

Julián sonrió.

—Intento tratarlos como personas. Son adolescentes, no extraterrestres.

Tuve que contener una carcajada.

—Es una perspectiva interesante.

Aquellas experiencias me permitieron comprender que la autoridad de un profesor no dependía únicamente de su posición dentro de la institución.

Algunos conseguían establecer relaciones basadas en el respeto y la confianza sin renunciar a los límites.

Otros interpretaban casi cualquier conducta como una provocación.

Todavía no imaginaba cuánto podía influir aquella diferencia sobre la vida de un estudiante.

La situación ocurrió una tarde, después de terminar una clase con un grupo de alumnos mayores.

Caminaba por el corredor del segundo nivel cuando escuché tres voces procedentes de una escalera lateral.

—Te aseguro que pasará por aquí —susurró un muchacho.

—¿Y si viene alguien?

—No vendrá nadie. A esta hora todos están abajo.

—Cuando llegue, tú lo distraes y nosotros hacemos el resto.

Me detuve.

La conversación no parecía corresponder a una broma inocente. Me acerqué discretamente y distinguí a tres estudiantes junto al descanso de las escaleras.

Reconocí a Damián, un joven de diecisiete años, alto y de complexión robusta, que acostumbraba desplazarse acompañado por un pequeño grupo. Junto a él estaban Mauro y Federico, dos compañeros que parecían seguir sus iniciativas con frecuencia.

—Cuando llegue, le quitas la mochila —indicó Damián.

—¿Y después? —preguntó Federico.

—Lo empujamos un poco. Bajará rodando como una pelota.

Mauro soltó una carcajada.

—Se llevará un susto terrible.

—Es para que aprenda a no creerse tan importante —respondió Damián.

Observé la escalera. Sus peldaños eran rígidos y el descanso se encontraba varios metros por encima del nivel inferior. Una caída podía provocar lesiones graves.

Me dispuse a intervenir, pero entonces escuché pasos que se aproximaban desde el corredor opuesto.

Un muchacho delgado apareció con varios libros entre los brazos y una mochila sobre un hombro.

Era Nicolás.