Los Invisibles Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—Pero que haya tantos planetas no significa que todos tengan vida.

—Ambas observaciones son interesantes —respondí—. La enorme cantidad de planetas permite investigar muchas posibilidades, pero todavía necesitamos pruebas para confirmar la existencia de vida fuera de la Tierra.

Tomás me observó con una sonrisa.

—Eso suena a respuesta de profesora.

—Es una consecuencia de mi trabajo.

Los estudiantes rieron.

Mientras los escuchaba discutir, recordé que nuestra nave permanecía oculta sobre la ciudad y que Onix probablemente estaba revisando mis registros.

Allí, frente a mí, veintisiete humanos debatían sobre la existencia de seres procedentes de otros mundos sin imaginar que una de ellos les estaba enseñando astronomía.

La situación me resultaba cada vez más divertida.

Aquella noche, cuando regresé a la nave, Onix me esperaba junto a la consola principal.

—¿Cómo estuvo tu día?

—Muy divertido.

Sus grandes ojos negros se abrieron.

—¿Divertido?

—Muchísimo. Los estudiantes formulan preguntas inesperadas y encuentran aspectos humorísticos en casi cualquier explicación.

—¿Incluso cuando les hablas de astronomía?

—Especialmente entonces.

Onix revisó los registros.

—Al principio muchos manifestaban escaso interés por la materia.

—Ha comenzado a cambiar.

—¿Cómo lo conseguiste?

Reflexioné.

—Creo que necesitaban descubrir que el universo no es solamente un conjunto de conceptos que deben memorizar para aprobar una evaluación. Cuando comprenden que observar una estrella lejana significa mirar hacia el pasado, comienzan a formular preguntas que antes no se habían planteado.

—Entonces estás enseñándoles a observar el universo de otra manera.

—Quizás. Pero también estoy aprendiendo algo de ellos.

—¿Qué cosa?

Me acerqué a la superficie panorámica y contemplé el firmamento.

—Que un conocimiento puede adquirir un significado diferente cuando lo compartimos con alguien que lo descubre por primera vez.

Onix permaneció unos instantes en silencio.

—Eso parece importante.

—Lo es.

Durante toda mi formación había estudiado galaxias, sistemas planetarios y fenómenos que los humanos todavía no podían investigar directamente.

Para mí, muchas de aquellas explicaciones eran conocimientos elementales.

Sin embargo, observar a Sofía descubrir las dimensiones de la Vía Láctea o escuchar a Tomás describir el cielo como una máquina del tiempo me permitía contemplarlos desde una perspectiva diferente.

No necesitaba desconocer algo para disfrutar de su descubrimiento.

—Creo que estoy comenzando a disfrutar mucho de este trabajo —admití.

—Eso ya lo había observado.

—¿Cómo?

—Porque últimamente regresas de la institución sonriendo.

Su respuesta me sorprendió. No había prestado atención a aquella costumbre.

—¿Y eso te parece extraño?

—No. Me parece agradable.

—¿Por qué?

Onix inclinó ligeramente la cabeza.

—Porque cuando tú estás contenta, yo también me siento contento.

Lo observé con curiosidad. Había estudiado respuestas semejantes entre humanos que mantenían vínculos afectivos importantes. Sin embargo, Onix pertenecía a otra especie, con una historia y una organización social diferentes.

—¿Siempre te sucede eso? —pregunté.

—¿Qué cosa?

—¿Sentirte contento cuando otra persona está contenta?

—No con cualquier persona.

—¿Entonces?

—Con quienes me importan.

Permanecí contemplándolo. Desde el comienzo de la expedición habíamos trabajado juntos, compartido conversaciones y resuelto dificultades. Conocía sus capacidades y numerosas características de su personalidad, aunque todavía existían aspectos de su historia que desconocía.

Nunca había considerado necesario preguntarle qué significaba nuestra relación para él.

—Comprendo —respondí finalmente.

Onix regresó a sus controles, satisfecho con aquella respuesta.

Yo abrí mis registros y redacté las conclusiones de las primeras semanas de enseñanza.

Los adolescentes mostraban una fuerte necesidad de pertenencia grupal y reconocimiento social.

Algunos utilizaban el humor para atraer la atención o protegerse de situaciones incómodas, mientras otros evitaban participar por temor a la valoración de sus compañeros.

También había comprobado que la manera de presentar un conocimiento podía modificar considerablemente su disposición a aprender.

Antes de cerrar el archivo, añadí una observación personal:

He descubierto que disfruto de la curiosidad de mis estudiantes. Sus preguntas me permiten reconocer aspectos extraordinarios en conocimientos que, para mí, forman parte de la vida cotidiana. Compartir una explicación puede resultar tan interesante como obtenerla por primera vez.

Guardé el registro y observé nuevamente las estrellas.

En algún lugar, mucho más allá de la Vía Láctea, se encontraba Naurea. No había olvidado mi mundo ni dejado de sentirme orgullosa del Linaje Celeste. Continuaba siendo una investigadora aelunari, preparada para estudiar fenómenos que los habitantes de la Tierra todavía desconocían.

Pero ahora tenía frente a mí a veintisiete jóvenes que comenzaban a descubrir el universo a su manera.

Y esperaba con entusiasmo escuchar qué preguntarían al día siguiente.