Los Invisibles Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Si representáramos la Tierra mediante una esfera de un centímetro de diámetro, necesitaríamos una de aproximadamente un metro y nueve centímetros para representar el Sol.

Tomás contempló la pequeña esfera.

—Qué humillante.

—Ser pequeño en comparación con algo no significa carecer de importancia —respondí.

—¿Vio? Primero nos destruye la autoestima y después nos la arregla.

Las carcajadas interrumpieron la actividad durante unos instantes. Yo también sonreí.

Comencé a reconocer diferencias entre los estudiantes.

Tomás utilizaba el humor para intervenir constantemente, aunque sus preguntas demostraban que seguía las explicaciones con atención.

Sofía mostraba una curiosidad más reflexiva y solía investigar por su cuenta.

Otros preferían observar antes de participar.

Algunos aparentaban indiferencia, pero resolvían correctamente las actividades cuando trabajaban de manera individual.

Aquellas diferencias me recordaban que no debía interpretar una conducta aislada como una descripción completa de una persona.

Una mañana, Sofía se acercó antes de comenzar la clase.

—Profe, ayer vi un video sobre la Vía Láctea. Decía que estamos moviéndonos todo el tiempo, aunque parezca que estamos quietos. ¿Es verdad?

—Sí. Nuestro planeta gira sobre su eje, se desplaza alrededor del Sol y forma parte de un sistema que también se mueve dentro de la galaxia.

—Entonces nunca estamos realmente quietos.

—Depende del sistema de referencia que utilices.

Cuando llegaron los demás, aproveché aquella pregunta para explicar el movimiento terrestre y la manera en que los astrónomos estudian objetos que se desplazan a escalas extraordinarias.

Tomás escuchó durante varios minutos antes de intervenir.

—O sea que estoy sentado aquí, pero en realidad voy viajando por el espacio.

—Exactamente.

—¿Y no nos mareamos?

—Porque compartimos el movimiento de la Tierra y no percibimos su velocidad constante como percibiríamos un cambio brusco de movimiento.

—Qué decepción. Pensé que tenía una excusa para irme a casa.

Sofía comenzó a reír y varios compañeros la imitaron.

En otra clase hablamos sobre la galaxia de Andrómeda. Les mostré una imagen y expliqué que se encontraba aproximadamente a dos millones y medio de años luz.

—¿Entonces esa galaxia también se llama como usted? —preguntó Tomás.

—Mi apellido coincide con su nombre.

—Tiene familiares por todas partes.

Su comentario me produjo una diversión particular.

Mi verdadero hogar se encontraba muchísimo más lejos, en una región del universo que los humanos todavía no podían alcanzar.

Por un instante imaginé lo que ocurriría si les explicara que mi familia pertenecía a una civilización capaz de viajar entre galaxias.

—El universo es bastante amplio —respondí.

—Eso ya nos quedó claro, profe.

Sofía continuaba observando la imagen.

—Es hermosa —murmuró.

La miré. Para mí, Andrómeda era una galaxia entre innumerables otras que había estudiado. Para ella representaba algo extraordinario que acababa de descubrir.

Aquella diferencia comenzó a interesarme tanto como sus preguntas científicas.

Días después preparé una actividad sobre la observación del cielo nocturno. Apagué parcialmente las luces del aula y proyecté una imagen de la Vía Láctea vista desde una región terrestre alejada de la contaminación lumínica.

—Imaginen que se encuentran en un lugar completamente oscuro —les propuse—. No hay edificios iluminados ni vehículos. Levantan la mirada y descubren miles de estrellas.

El aula quedó en silencio.

—Esa franja luminosa que atraviesa el cielo es parte de nuestra propia galaxia. Cuando la observamos, estamos mirando hacia regiones donde se concentra una enorme cantidad de sus estrellas.

Sofía levantó la mano.

—Es como estar dentro de algo gigantesco y poder ver una parte desde adentro.

—Exactamente.

—Parece que el cielo nos rodeara —añadió.

—Es una manera hermosa de expresarlo.

Tomás observó la imagen durante varios segundos.

—Profe, ¿es verdad que cuando miramos las estrellas estamos viendo el pasado?

—Sí. La luz necesita tiempo para viajar. Cuando observamos una estrella situada a cien años luz, recibimos luz que salió de ella hace aproximadamente cien años.

—Entonces el cielo es una máquina del tiempo.

Sonreí.

—En cierto sentido, observar objetos astronómicos lejanos nos permite estudiar cómo eran en el pasado.

Por primera vez desde que había ingresado a aquella institución, Tomás permaneció varios minutos sin hacer una broma. Los demás estudiantes también contemplaban la proyección en silencio.

Cuando llegó el momento de terminar, comenzó a guardar sus materiales, pero volvió a levantar la mano.

—Profe, ¿podemos dejar la imagen un rato más?

Observé a los veintisiete jóvenes frente a mí. Algunos parecían maravillados; otros simplemente disfrutaban de la oscuridad y la imagen. No podía conocer sus pensamientos, pero ninguno mostraba prisa por abandonar el aula.

—Por supuesto.

Mantuve la proyección mientras recogían sus pertenencias.

Aquella escena permaneció en mi memoria durante los días siguientes.

Las preguntas se multiplicaron. Querían saber si existían planetas semejantes a la Tierra, cómo nacían las estrellas, qué ocurría cuando morían y si algún día los humanos podrían viajar hacia otros sistemas.

La posibilidad de vida extraterrestre despertaba un interés particular.

—Yo digo que tiene que haber alguien más —afirmó Tomás durante una clase.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque sería demasiado raro que en todo el universo estuviéramos solamente nosotros.

Sofía intervino.