Capítulo 9
—Recuerda que los adolescentes humanos no siempre expresan sus pensamientos de manera diplomática —me advirtió Onix mientras terminaba de preparar mis materiales.
—He estudiado sus patrones de comportamiento. Estoy preparada.
—Eso mismo dijiste antes de comenzar a atender pacientes.
—Y aquella experiencia resultó satisfactoria.
—Tus pacientes acudían voluntariamente a escucharte. Estos jóvenes están obligados a permanecer en el aula.
Consideré la diferencia.
—Entonces tendré que conseguir que deseen escucharme.
Onix levantó sus grandes ojos negros.
—Exactamente. Y, según mis registros, eso podría ser más difícil que atravesar un campo de asteroides.
Sonreí antes de despedirme. Había pasado casi tres meses trabajando como psicóloga y ahora comenzaría una nueva etapa de investigación como profesora sustituta de astronomía.
Conocía perfectamente los contenidos que debía enseñar, pero me interesaba especialmente observar cómo se relacionaban los adolescentes dentro de un grupo, qué importancia concedían a la aceptación de sus compañeros y cómo construían sus propias ideas sobre el mundo.
La institución se encontraba en una zona residencial.
Era un edificio amplio, con grandes ventanas, patios interiores y espacios deportivos.
Al aproximarme, observé grupos de estudiantes que conversaban, reían o caminaban pendientes de sus dispositivos.
Algunos parecían deseosos de ingresar; otros avanzaban con una lentitud que sugería escaso entusiasmo.
Patricia, la coordinadora académica, me recibió en la dirección. Era una mujer de aproximadamente cincuenta años, de expresión amable y movimientos enérgicos.
—La profesora a la que vas a sustituir acaba de comenzar su licencia por maternidad —me explicó mientras recorríamos los corredores—. Los estudiantes la quieren mucho, así que probablemente te comparen con ella.
—Lo comprendo.
—No te preocupes si al principio están un poco inquietos. Son buenos chicos, aunque tienen sus momentos.
Una carcajada resonó desde una de las aulas, seguida por una voz masculina que exigía silencio.
Patricia sonrió.
—Como te decía, tienen sus momentos.
Me presentó a varios docentes, me mostró la biblioteca, el laboratorio y la sala de profesores. Finalmente nos detuvimos frente a una puerta detrás de la cual se escuchaba una conversación especialmente animada.
—Este será tu primer grupo. Tienen entre quince y dieciséis años. Mucha suerte, Ana.
Entré.
Veintisiete estudiantes ocupaban el aula. Algunos conversaban entre sí; otros permanecían inclinados sobre sus escritorios. Un pequeño grupo dejó de reír cuando advirtió mi presencia. Deposité mis materiales sobre la mesa y esperé hasta que el ruido disminuyó.
—Buenos días. Soy Ana Andrómeda y estaré a cargo de sus clases de astronomía durante las próximas semanas.
Un muchacho de cabello oscuro levantó inmediatamente la mano.
—Profe, ¿Andrómeda es su apellido de verdad?
—Sí.
—¿Como la galaxia?
—Exactamente.
—Qué conveniente —comentó otro estudiante—. Yo me apellido Rodríguez y nunca me dieron una materia sobre Rodríguez.
Las carcajadas recorrieron el aula.
—Quizás todavía no hayan descubierto una galaxia con ese nombre —respondí.
—Si la descubren, ¿me aprueba?
—Si eres capaz de descubrir una galaxia nueva, tendremos bastante más que una calificación para discutir.
Las risas aumentaron. Algunos estudiantes que hasta entonces parecían desinteresados levantaron la mirada.
Una muchacha de cabello rizado preguntó si tendrían evaluaciones. Cuando respondí afirmativamente, el entusiasmo disminuyó de inmediato.
—¿Y si no nos interesa la astronomía? —preguntó el primer muchacho.
—Entonces tendremos que descubrir si realmente no les interesa o si todavía no han encontrado algo que despierte su curiosidad.
—A mí me interesa dormir.
—Es una actividad importante para el funcionamiento del organismo. Pero tendremos que buscar otro momento para practicarla.
Esta vez se rieron incluso quienes habían permanecido callados.
Mientras respondía preguntas sobre las clases, observé sus interacciones.
Algunos esperaban la reacción de sus amigos antes de hablar; otros utilizaban comentarios humorísticos para atraer la atención.
Una muchacha levantó la mano dos veces, pero la bajó cuando comenzaron a conversar cerca de ella.
Aquellos pequeños gestos me ofrecían información sobre la influencia del grupo.
Finalmente, el joven que había intervenido varias veces volvió a levantar la mano.
—Profe, hablando en serio, ¿para qué nos sirve saber de estrellas? Ninguno de nosotros va a ir al espacio.
—¿Cómo te llamas?
—Tomás.
—Es una buena pregunta, Tomás. Pero antes quiero hacerles otra. ¿Cuántos saben en qué galaxia vivimos?
Varias manos se levantaron.
—¡La Vía Láctea! —respondió una estudiante.
—Correcto. ¿Y qué es exactamente una galaxia?
—Un montón de estrellas —aventuró alguien.
—Es un comienzo.
Me acerqué al pizarrón y dibujé un pequeño círculo.
—Imaginemos que este punto representa la Tierra. El lugar donde viven, estudian, se enamoran, discuten con sus familias y se preocupan por las calificaciones.
—Sobre todo por las calificaciones —comentó Tomás.
—Especialmente cuando no han estudiado.
Algunos sonrieron. Dibujé un segundo círculo y después numerosos puntos a su alrededor.
—La Tierra gira alrededor del Sol. Pero nuestro Sol es solamente una de las cientos de miles de millones de estrellas que forman la Vía Láctea.
Activé el proyector y mostré una representación de nuestra galaxia.
—Tiene una estructura espiral barrada. Nuestro sistema solar se encuentra lejos del centro galáctico, en una región de uno de sus brazos.
Tomás observó la imagen.
—¿Y nosotros estamos ahí adentro?
—Exactamente.
—Entonces, ¿quién le sacó la foto desde afuera?
Su pregunta me sorprendió gratamente.
—Excelente observación. Nadie ha enviado una cámara fuera de la Vía Láctea para fotografiarla desde esa perspectiva. Lo que están viendo es una representación construida a partir de observaciones y modelos científicos.
—O sea que no sabemos exactamente cómo se ve —comentó una muchacha.
—Conocemos muchas de sus características, pero no disponemos de una fotografía externa tomada por nosotros.
Es como intentar dibujar una ciudad enorme sin poder salir de ella.
Podemos recorrer sus calles, estudiar sus edificios y construir un mapa, aunque nunca la hayamos observado completa desde arriba.
La explicación despertó nuevas preguntas. Hablamos sobre cómo los astrónomos estudiaban la distribución de estrellas, gas y otras estructuras de nuestra galaxia. Después les propuse imaginar las distancias que separaban a los diferentes sistemas estelares.
—La luz viaja aproximadamente a trescientos mil kilómetros por segundo —expliqué.
—Con eso llego temprano al liceo —comentó Tomás.
—Sin duda. Aunque tendrías dificultades para detenerte frente a la entrada.
El grupo volvió a reír.
Les expliqué que, incluso a esa velocidad extraordinaria, la luz necesitaba más de cuatro años para viajar desde la estrella más cercana al Sol hasta la Tierra.
—Pero nadie vive tanto como para viajar por toda la galaxia —observó una estudiante.
—Con las tecnologías humanas actuales, los viajes interestelares presentan dificultades enormes —respondí.
Tomás levantó la mano.
—¿Y si construimos una nave que vaya a la velocidad de la luz?
—Según la física que conocen actualmente, una nave con masa no puede alcanzar exactamente esa velocidad. Pero tu pregunta nos permite comprender uno de los grandes desafíos de la exploración espacial.
Conocía tecnologías capaces de superar las limitaciones de los desplazamientos convencionales.
Había viajado desde Elarion hasta la Tierra utilizando sistemas que aquellos jóvenes todavía no podían imaginar.
Sin embargo, mi tarea consistía en enseñarles a comprender el universo mediante los conocimientos disponibles para su civilización, no en revelar los nuestros.
Una muchacha llamada Sofía levantó la mano.
—Profe, ¿es verdad que hay un agujero negro en el centro de nuestra galaxia?
—Sí. Se llama Sagitario A* y es un agujero negro supermasivo.
Tomás frunció el ceño.
—¿Y si se despierta?
—Los agujeros negros no duermen, Tomás.
—Menos mal. Porque con ese tamaño debe de despertarse de muy mal humor.
Las risas fueron inmediatas.
Cuando terminó la clase, varios estudiantes se acercaron a mi escritorio.
—¿La próxima vez vamos a hablar de agujeros negros? —preguntó Sofía.
—Podemos dedicarles una clase.
—¿Y de extraterrestres? —intervino Tomás desde la puerta.
—También podemos estudiar qué condiciones podrían permitir la existencia de vida fuera de la Tierra.
—¡Esa sí va a estar buena!
Los observé abandonar el aula. Había comenzado la jornada con veintisiete adolescentes que parecían considerar la astronomía una obligación. Al terminar, algunos deseaban continuar hablando sobre ella.
No podía atribuir aquel cambio únicamente a mi intervención.
La curiosidad podía surgir por numerosas razones, y necesitaría observar si el interés se mantenía durante las siguientes semanas.
Pero había descubierto que las preguntas inesperadas y el humor podían convertirse en recursos extraordinarios para enseñar.
Durante los días siguientes modifiqué algunas actividades. En lugar de limitarme a presentar información, procuré que los estudiantes formularan hipótesis, compararan magnitudes y descubrieran por sí mismos las limitaciones de sus primeras respuestas.
Una mañana llevé al aula varios objetos de diferentes tamaños.
—Hoy vamos a representar las proporciones del sistema solar.
Tomás examinó los materiales.
—¿Vamos a jugar a las bolitas?
—Vamos a comprobar cuánto espacio ocupa realmente nuestro planeta en comparación con otros cuerpos del sistema solar.
—Qué lástima. Lo otro parecía más divertido.
Elegí una pequeña esfera para representar la Tierra y otra considerablemente mayor para Júpiter.
Sofía abrió los ojos.
—¿Júpiter es tanto más grande?
—Su diámetro es aproximadamente once veces el terrestre.
—Entonces la Tierra es diminuta —comentó Tomás.
—Depende de con qué la compares.
—¿Y el Sol? —preguntó otro estudiante.