Los Invisibles Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—¿Crees que nuestros registros son incompletos? —pregunté.

—Toda reconstrucción histórica depende de las fuentes disponibles y de las preguntas que se formularon al estudiarlas. No significa que debas desconfiar de todo lo que aprendiste. Significa que siempre puede existir otra perspectiva que merezca ser examinada.

Naureia asintió.

—Recuerda quién eres, Anuki, pero no utilices tu origen para limitar lo que puedes aprender.

Aquella observación no disminuía mi orgullo por Naurea. Continuaba reconociendo los logros extraordinarios de nuestra civilización y los principios que guiaban nuestra investigación. Sin embargo, la posibilidad de acceder a testimonios diferentes despertó inmediatamente mi interés científico.

Les conté que pronto comenzaría a trabajar como profesora sustituta de astronomía en una institución de enseñanza secundaria.

—Será una experiencia muy diferente —comentó Naureia—. Estudiarás a jóvenes que todavía están construyendo muchas de sus ideas sobre el mundo.

—Precisamente por eso me interesa.

Tharion sonrió.

—Procura no explicarles todo lo que sabes sobre el universo.

—Onix ya me ha preparado una extensa lista de conocimientos que debo evitar mencionar.

Ambos parecieron divertirse.

Antes de despedirnos, Naureia me observó con aquella expresión que conocía desde mi infancia.

—Quiero pedirte algo, Anuki.

—¿Qué cosa?

—No te concentres tanto en estudiar a los humanos que olvides observar lo que está sucediendo contigo.

Permanecí en silencio.

—Has viajado para conocer otra civilización, pero también estás viviendo experiencias nuevas. No temas reconocerlas.

—Lo intentaré.

La comunicación finalizó y la imagen de Aeliria desapareció lentamente. Durante unos instantes permanecí observando la superficie vacía.

Había disfrutado profundamente de aquella conversación. Ver nuevamente a mis tutores y las construcciones de nuestra ciudad había despertado recuerdos de lugares donde había estudiado, paseado y compartido innumerables experiencias.

Me pregunté si aquella sensación se aproximaba a lo que los humanos llamaban nostalgia.

Cuando abandoné la sala, encontré a Onix esperándome junto al corredor principal.

—¿Fue agradable hablar con tus tutores?

—Mucho. Tharion me recordó algunos aspectos importantes de nuestra historia.

—¿Del Linaje Celeste?

—Sí. Hablamos sobre los antiguos períodos de expansión y sobre la importancia de conocer diferentes perspectivas.

Onix disminuyó ligeramente el paso.

—Tu tutor parece muy sabio.

—Lo es. ¿Has leído sus trabajos?

—Algunos.

—¿Y qué opinas?

Permaneció callado unos instantes.

—Creo que las historias pueden contarse de maneras diferentes dependiendo de quién las haya vivido.

Lo observé con atención.

—¿Tu civilización conserva una versión distinta de los períodos de expansión?

—Conservamos nuestros propios registros.

—¿Difieren de los archivos aelunari?

—En algunos aspectos.

Su respuesta fue breve. Habitualmente Onix disfrutaba explicándome todo cuanto sabía, pero ahora parecía elegir cuidadosamente sus palabras.

—¿En cuáles? —pregunté.

Miró hacia el corredor.

—Depende del acontecimiento.

Advertí que no deseaba profundizar en aquel momento. Podía consultar archivos históricos y solicitar información adicional a Tharion, pero la experiencia de Onix le pertenecía. Si quería conocerla mediante su propio relato, tendría que permitirle decidir cuándo compartirla.

—Nunca te he preguntado demasiado sobre tu mundo —admití.

Levantó sus grandes ojos negros.

—Hemos estado muy ocupados con la investigación.

—Es verdad. Conozco numerosos datos sobre tu especie, pero muy poco sobre cómo recuerdan ustedes mismos su historia.

Onix permaneció en silencio.

—Si alguna vez deseas contarme más, me gustaría escucharte —añadí.

Me observó durante unos instantes.

—Quizás algún día.

Asentí y continuamos caminando.

Hasta entonces había considerado nuestra relación principalmente a través de las funciones que desempeñábamos. Yo dirigía la investigación y Onix organizaba las actividades, preparaba información y resolvía dificultades técnicas. Trabajábamos extraordinariamente bien juntos.

Sin embargo, aquella conversación me recordó que su historia no comenzaba con nuestra misión. Pertenecía a una civilización que había vivido acontecimientos importantes mucho antes de que nos conociéramos, y su manera de interpretar el Linaje Celeste podía ser diferente de la mía.

Después de despedirnos de Tharira y Zehiran, regresamos a nuestra nave auxiliar. Onix inició el ascenso y, poco después, emergimos del océano bajo el cielo nocturno.

Durante el trayecto hacia la ciudad revisé mentalmente las conversaciones de aquella jornada.

Mis compañeros habían encontrado conexiones inesperadas entre sus investigaciones.

Tharion me había recordado que una civilización no debía confundir sus conocimientos con el derecho a decidir sobre otras.

Y Onix había dejado entrever que la historia de su pueblo podía contener perspectivas que yo desconocía.

Pensé en Gabriel y Lucía, mis antiguos pacientes.

Ambos habían compartido muchos años de matrimonio y, sin embargo, interpretaban de manera diferente determinados compromisos.

No pretendía comparar una relación humana con la historia de varias civilizaciones; sus dimensiones y consecuencias eran profundamente distintas.

Pero existía una pregunta que podía aplicarse a ambas situaciones: ¿era posible compartir los mismos acontecimientos y conservar recuerdos diferentes sobre ellos?

Cuando regresamos a la ciudad, Onix proyectó el horario de mi siguiente actividad.

—Todo está preparado para mañana. Comenzarás como profesora sustituta de astronomía.

Observé la imagen del centro educativo. Los estudiantes aparecían distribuidos en pequeños grupos; algunos conversaban, otros reían y varios permanecían apartados.

—¿Has revisado sus antecedentes académicos?

—Sí. También sus horarios, los contenidos de enseñanza y las normas de la institución. Y he preparado una lista de preguntas que podrían formularte.

—¿Cuántas?

Onix guardó silencio.

—Muchas.

Sonreí.

—Eso me agrada.

—A mí me preocupa un poco.

Revisamos el programa. Incluía el sistema solar, las estrellas, las galaxias y los principios de la exploración espacial humana. Los contenidos me resultaban familiares, pero tendría que explicarlos utilizando exclusivamente los conocimientos públicos de la Tierra.

—He marcado los temas que requieren especial cuidado —anunció Onix.

—Recuerdo las limitaciones de la misión.

—Lo sé. Pero los adolescentes parecen tener una capacidad extraordinaria para formular preguntas inesperadas.

—Precisamente por eso será interesante trabajar con ellos.

Mi asistente inclinó la cabeza.

—Sabía que responderías eso.

Continuamos revisando los materiales y las características generales del grupo.

Algunos estudiantes mantenían amistades desde hacía años; otros se habían incorporado recientemente a la institución.

Había diferencias importantes en sus intereses y participación, pero todavía no disponíamos de información suficiente para comprender las relaciones que mantenían entre ellos.

Aquella nueva etapa ampliaría considerablemente mi investigación.

Durante los últimos tres meses había escuchado principalmente a adultos que buscaban ayuda para enfrentar dificultades personales.

Ahora observaría a jóvenes mientras aprendían, discutían, establecían amistades y comenzaban a definir aspectos importantes de su identidad.

Cuando terminamos, Onix me miró con curiosidad.

—¿Crees que también les tomarás cariño?

Recordé a Marissa, Brian y Elena.

—No lo sé. Supongo que dependerá de lo que suceda.

—Entonces tendremos que descubrirlo.

Me acerqué a la superficie panorámica. Bajo nosotros, la ciudad permanecía iluminada y miles de humanos continuaban sus actividades sin imaginar que una investigadora procedente de Naurea se preparaba para enseñarles astronomía.

La idea despertó mi entusiasmo.

Pero aquella noche había incorporado otra pregunta a mis registros. No estaba relacionada con los humanos ni con sus vínculos.

Estaba relacionada con mi propia civilización.

Durante toda mi existencia había conocido la historia del Linaje Celeste mediante los archivos de Naurea. Ahora deseaba comprender cómo recordaban aquellos mismos acontecimientos los pueblos que habían vivido nuestra expansión desde otra posición.

Pensé en Onix y en su silencio cuando le pregunté por el pasado de su especie.

Al día siguiente comenzaría a estudiar una nueva etapa de la vida humana. Sin embargo, por primera vez desde mi llegada a la Tierra, una de las historias que más deseaba conocer era la de alguien que viajaba conmigo.