Los Invisibles Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Porque modificar sus procedimientos puede resultar demasiado costoso. Otros mantienen costumbres heredadas o temen perder sus medios de subsistencia. No siempre se trata de ignorancia o indiferencia.

—Entonces debemos considerar las circunstancias en que toman sus decisiones —comenté.

—Exactamente. Si solamente observamos el resultado, podemos interpretar de manera incorrecta sus motivaciones.

Khael asintió y presentó su propia investigación geológica. Había estudiado formaciones minerales, procesos tectónicos y técnicas humanas de extracción de recursos.

—La historia geológica de la Tierra es extraordinaria —afirmó—. Pero también he comprobado que sus recursos naturales influyen profundamente sobre la organización de las sociedades.

Xandor se mostró especialmente interesado. Durante varios minutos intercambiaron observaciones sobre la relación entre minerales, economía, conflictos territoriales y poder político.

Mientras los escuchaba, comprendí que nuestras investigaciones estaban mucho más conectadas de lo que habíamos previsto.

Los recursos condicionaban decisiones políticas; aquellas decisiones modificaban ecosistemas y condiciones de vida; y esas circunstancias influían sobre las relaciones humanas que yo estudiaba.

Cuando llegó mi turno, activé una representación de los resultados obtenidos durante mi trabajo como psicóloga.

—He observado que los vínculos familiares, amorosos y sociales influyen profundamente sobre la construcción de la identidad —expliqué—.

Las experiencias infantiles pueden continuar afectando las relaciones adultas, mientras que el rechazo, la pérdida y la necesidad de aceptación modifican la manera en que algunos individuos se perciben a sí mismos.

Presenté patrones generales sin identificar a mis pacientes. Hablé sobre las responsabilidades familiares, los límites personales, la confianza y la permanencia de los vínculos después de la separación o la muerte.

—Una de las características más interesantes —continué— es que los humanos pueden mantener una relación psicológica con alguien que ya no está presente. Las palabras de una persona fallecida o de un familiar con quien dejaron de convivir pueden seguir influyendo sobre sus decisiones durante años.

Nevara recordó las respuestas de apego que había observado en algunos animales. Zireth preguntó por la capacidad humana para recuperarse de experiencias dolorosas.

—Es considerable, aunque varía entre individuos y circunstancias —respondí—. He conocido personas que consiguieron modificar determinadas creencias y recuperar actividades que habían abandonado. Sin embargo, algunos procesos requieren acompañamiento prolongado.

Khael me observó atentamente.

—¿Encontraste dificultades para mantener la objetividad científica?

Consideré la pregunta.

—Identifiqué una respuesta que no esperaba. Después de concluir mi trabajo en el consultorio, descubrí que deseaba conocer cómo continuarían las vidas de algunos pacientes, incluso cuando ya no formaban parte de mi investigación.

Zireth sonrió.

—Parece que les tomaste cariño.

—Onix opina lo mismo.

Mi asistente levantó la mirada con evidente satisfacción.

—Porque es verdad.

Xandor frunció ligeramente el ceño.

—Si completaste las observaciones y organizaste la continuidad de los tratamientos, ¿por qué necesitarías seguir conociendo sus vidas?

—Desde una perspectiva estrictamente científica, no es indispensable —admití—. Sin embargo, recuerdo determinadas conversaciones y me interesa saber qué sucederá con esas personas.

—¿Ha interferido con tu investigación? —preguntó Khael.

—No he identificado alteraciones importantes en mis procedimientos. Pero considero necesario continuar observando esa respuesta.

Khael asintió.

—La convivencia directa puede introducir variables que no aparecen en los estudios realizados a distancia. Reconocerlas es parte del trabajo. No necesitas resolver todas tus preguntas durante una misma etapa.

Aquella respuesta me resultó satisfactoria. Mi curiosidad por la evolución de mis pacientes no invalidaba los conocimientos obtenidos. Simplemente constituía un fenómeno adicional que todavía no comprendía por completo.

Cuando terminaron las presentaciones, continuamos conversando de manera informal. Fue entonces cuando descubrí que mis compañeros habían experimentado situaciones semejantes.

Nevara admitió que esperaba con interés la aparición diaria del perro que estudiaba.

—¿Y qué ocurriría si dejara de aparecer? —preguntó Azael.

—Preferiría que continuara haciéndolo.

—Entonces creo que tu investigación está avanzando de manera semejante a la de Anuki.

Nevara lo observó con fingida severidad.

—Reconocer a un individuo no constituye necesariamente una implicación afectiva.

—Naturalmente —respondió Azael.

Zireth comenzó a reír.

Azael también reconoció que disfrutaba de las conversaciones con determinados agricultores y que había comenzado a interesarse por sus historias familiares, no solamente por sus conocimientos sobre las plantas.

Zireth recordó a algunas personas que había conocido en los hospitales y confesó que continuaba pensando en ellas después de terminar sus jornadas.

Xandor nos observó desconcertado.

—Parece que todos están desarrollando vínculos con los individuos que estudian.

—Tú también —respondió Azael—. Continúas discutiendo con tus políticos incluso cuando no están presentes.

—Porque sus decisiones siguen siendo contradictorias.

—Quizás necesites tres siglos para comprenderlas.

—Tres siglos serían un período de observación razonable.

Todos reímos.

Aquella conversación resultó tan valiosa como nuestros informes. Cada uno había regresado con descubrimientos relacionados con su especialidad, pero también con experiencias que no podían describirse únicamente mediante datos. Los humanos comenzaban a ocupar un lugar concreto en nuestros recuerdos.

Al finalizar la reunión, Tharira anunció que los sistemas de comunicación intergaláctica estaban disponibles para establecer contacto con Naurea.

Me dirigí inmediatamente hacia la sala correspondiente. Había intercambiado mensajes con mis tutores durante aquellos meses, pero todavía no habíamos mantenido una conversación directa desde mi llegada.

La imagen de Aeliria apareció frente a mí. Reconocí sus jardines suspendidos, las construcciones luminosas y las suaves tonalidades de nuestra capital. Después surgieron Tharion y Naureia, sentados en una habitación que conocía desde mis primeros ciclos.

—¡Anuki! —exclamó Naureia—. Qué alegría verte.

—También me alegra muchísimo encontrarlos.

Tharion me observó con su serenidad habitual.

—Parece que la Tierra te está proporcionando abundante material de investigación.

—Mucho más del que imaginaba.

Les relaté algunos de mis descubrimientos y las conexiones que habíamos identificado durante la reunión. Naureia se mostró especialmente interesada en los cambios que comenzaba a reconocer en mis propias respuestas.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó.

—Bien. Estoy disfrutando de la experiencia, aunque todavía tengo numerosas preguntas.

—¿Y has encontrado aquello que esperabas?

—He encontrado información importante. Pero también preguntas que nunca había considerado.

Naureia sonrió.

—Entonces tu investigación está avanzando.

Les expliqué que algunos humanos podían sufrir profundamente por sus relaciones y, aun así, continuar buscándolas. Otros conservaban durante décadas recuerdos de personas ausentes o sacrificaban necesidades personales por temor a perder el afecto ajeno.

—Sus vínculos parecen convertirse en una parte fundamental de lo que consideran su propia identidad —concluí.

—Eso también ocurre en otras especies —observó Tharion—. Aunque sus manifestaciones pueden ser muy diferentes.

—Lo sé. Pero me sorprende cuánto pueden sufrir por experiencias que comprenden racionalmente.

Naureia me miró con atención.

—Conocer las causas de una emoción no siempre significa haber aprendido a vivir con ella, Anuki.

Consideré sus palabras. Nuestra educación incluía herramientas avanzadas para reconocer y regular las respuestas emocionales, pero las experiencias humanas comenzaban a mostrarme circunstancias que nunca había necesitado enfrentar personalmente.

—También he descubierto que me importa lo que suceda con algunas personas que conocí —admití—. Incluso después de finalizar mi trabajo con ellas.

—¿Eso te preocupa? —preguntó Naureia.

—Me sorprende. No esperaba desarrollar ese interés.

—Conocer a otros individuos puede modificar nuestras preguntas —respondió—. Lo importante es que distingas tus experiencias personales de las conclusiones científicas que obtienes.

Asentí.

Tharion permaneció pensativo antes de intervenir.

—Hay algo que quiero recordarte, Anuki. Perteneces al Linaje Celeste.

Aquella expresión había acompañado toda mi formación. Representaba nuestra historia, nuestros conocimientos y las generaciones de exploradores que habían recorrido regiones extraordinarias del universo.

—Lo sé, Tharion.

—Nuestro linaje ha alcanzado un desarrollo que numerosas civilizaciones todavía desconocen. Pero esa historia también contiene errores. Hubo épocas en las que confundimos nuestra capacidad tecnológica con el derecho a decidir sobre otros pueblos.

Reconocí inmediatamente la referencia.

—Los antiguos períodos de expansión.

—Exactamente.

Había estudiado aquella etapa durante mi formación. Los registros describían la incorporación de diferentes especies a las estructuras de nuestra civilización, los conflictos que habían surgido y los acuerdos que posteriormente permitieron reorganizar aquellas relaciones.

—Conocemos esa historia —respondí.

—Conocemos nuestros registros sobre ella —precisó Tharion—. Y hemos dedicado mucho tiempo a examinar nuestras decisiones. Pero recuerda que otros pueblos también conservaron sus propias experiencias.

Pensé en Onix. Su especie había formado parte de aquellos procesos de expansión y, aunque conocía numerosos datos históricos sobre su civilización, nunca le había preguntado cómo interpretaba personalmente aquel pasado.