Capítulo 8
—Xandor ha descubierto que los humanos pueden defender públicamente una idea y actuar de manera contraria a ella —anunció Onix mientras preparaba nuestra nave para el descenso.
—Eso no parece un descubrimiento exclusivo de la política.
—Él tampoco está satisfecho con esa respuesta.
Sonreí. Después de tres meses de investigaciones independientes, Khael nos había convocado a la base interestelar para compartir los resultados de nuestra primera etapa en la Tierra.
Tenía especial interés en conocer las experiencias de mis compañeros.
Durante la preparación de la expedición habíamos formulado numerosas hipótesis, pero la convivencia directa con los humanos nos estaba proporcionando información que ninguno había previsto.
Nuestra nave abandonó la ciudad bajo la apariencia de un pequeño punto luminoso.
Desde la superficie panorámica observé cómo las calles y los edificios se reducían hasta formar una red de luces junto al océano.
Reconocí el sector donde había vivido, las avenidas que recorría para llegar al consultorio y algunos establecimientos que comenzaban a resultarme familiares.
—¿Sucede algo? —preguntó Onix.
—Estaba pensando en lo diferente que me parece esta ciudad.
—¿Ha cambiado mucho?
—No. He cambiado la información que asocio con ella. Antes conocía sus características geográficas y demográficas. Ahora recuerdo conversaciones que mantuve en determinados lugares.
Onix contempló la costa.
—Los humanos dicen que algunos sitios les recuerdan a ciertas personas.
—Quizás sea una descripción bastante precisa.
Poco después dejamos atrás las últimas luces terrestres y descendimos hacia la plataforma oculta bajo el océano.
Los sistemas de acceso reconocieron nuestros códigos y una abertura se formó ante nosotros.
La oscuridad del agua dio paso a corredores iluminados, estructuras suspendidas y numerosas naves procedentes de diferentes regiones del universo.
Reconocí algunas de las unidades que había observado durante nuestra llegada, aunque otras eran nuevas. Entre ellas destacaba una nave triangular, de superficie oscura y sin aberturas visibles.
—Esa llegó hace dos ciclos terrestres —comentó Onix—. Sus ocupantes no han establecido contacto con nosotros.
—¿Conocemos su procedencia?
—Pertenecen a una civilización con la que existen acuerdos de tránsito, pero no mantenemos relaciones científicas directas.
—¿Sabemos qué están haciendo aquí?
—No.
La observé mientras pasábamos frente a su plataforma. Su estructura y los materiales que parecían componerla despertaron mi curiosidad, pero carecía de información suficiente para formular una hipótesis razonable.
—¿Podríamos solicitar acceso a sus registros? —pregunté.
—Podríamos. Aunque no tenemos motivos para pensar que aceptarían.
Asentí. La existencia de aquella nave me recordó que incluso entre civilizaciones capaces de recorrer grandes distancias podían existir desconocimiento y reserva. Compartir una instalación no significaba comprender las intenciones de sus ocupantes.
Onix condujo nuestra unidad hasta el sector asignado a los Aelunari.
Descendimos y recorrimos los corredores que comunicaban la plataforma con la nave madre.
Al ingresar, reconocí inmediatamente la arquitectura de Naurea: superficies nacaradas, líneas curvas y una iluminación suave que parecía integrarse con cada estructura.
Experimenté una tranquilidad inesperada.
—¡Anuki! —nos recibió Tharira—. Me alegra volver a verte.
—También me alegra encontrarte. ¿Cómo han transcurrido estos meses?
—Sin dificultades importantes. Hemos realizado algunos ajustes en los sistemas de monitoreo, pero la expedición continúa según lo previsto.
Zehiran apareció poco después y examinó mis registros.
—Parece que te has adaptado correctamente a las condiciones terrestres. Aunque tus períodos de descanso han disminuido.
Miré a Onix. Él apartó la mirada.
—He tenido mucho trabajo —respondí.
—Precisamente por eso deberías descansar —intervino mi asistente.
—Lo tendré presente.
—Eso también lo dijiste la última vez —añadió Onix.
Tharira sonrió y nos acompañó hasta la sala principal, donde los demás investigadores ya se encontraban reunidos.
Zireth fue la primera en acercarse. Me abrazó brevemente y comenzó a preguntarme por mi experiencia. Nevara y Azael conversaban animadamente sobre los ecosistemas terrestres, mientras Xandor permanecía frente a una proyección de información política.
—Anuki —me saludó—. Espero que tus humanos hayan resultado más coherentes que los míos.
—No estoy segura de que la coherencia sea una característica predominante de los vínculos humanos.
—Entonces quizás estemos estudiando el mismo problema desde perspectivas diferentes.
Khael ingresó poco después y nos pidió que ocupáramos nuestros lugares. Una representación tridimensional de la Tierra apareció sobre la mesa central.
—Han transcurrido tres meses desde nuestra llegada —comenzó—. Quiero conocer sus resultados, pero también las dificultades que hayan encontrado. Es importante que identifiquemos relaciones entre nuestros campos de estudio y revisemos las hipótesis iniciales cuando sea necesario.
Xandor fue el primero en presentar su informe. Había estudiado instituciones políticas, mecanismos de representación y conflictos entre comunidades humanas. Proyectó imágenes de reuniones parlamentarias, manifestaciones y campañas electorales.
—Lo más desconcertante —explicó— es que algunos individuos continúan apoyando a sus representantes incluso después de reconocer que han cometido errores importantes. Otros defienden principios que posteriormente contradicen mediante sus propias decisiones.
—¿Qué razones ofrecen? —pregunté.
—Lealtad, confianza, identidad colectiva y pertenencia.
Aquellas palabras despertaron mi interés.
—Quizás no estén evaluando únicamente las decisiones políticas. Tal vez también estén defendiendo su relación con un grupo al que consideran parte de su identidad.
Xandor me observó.
—¿Una relación afectiva con una estructura política?
—Con las personas, ideas o símbolos que representa. Durante mis investigaciones he observado que algunos humanos conservan vínculos incluso cuando les provocan sufrimiento. Reconocer un error puede resultarles más difícil si consideran que hacerlo amenaza su pertenencia.
—Eso no explica por qué rechazan información que contradice sus creencias.
—No completamente. Pero podría ayudarnos a comprender por qué interpretan ciertos datos como ataques personales.
Khael asintió.
—Es una conexión que merece estudiarse.
Xandor examinó nuevamente sus registros.
—Entonces una discusión política puede convertirse en una discusión sobre quiénes creen ser.
—Exactamente —respondí.
Mi compañero parecía satisfecho de haber encontrado una nueva línea de investigación, aunque todavía lo desconcertaban las contradicciones humanas.
Zireth presentó después sus observaciones sobre las instituciones sanitarias. Había estudiado tratamientos, procedimientos médicos y diferencias en el acceso a la atención. Sin embargo, lo que más había llamado su atención no era la tecnología.
—He conocido familias que permanecen durante horas junto a personas gravemente enfermas —explicó—. Algunas saben que su presencia no modificará el resultado clínico, pero continúan acompañándolas.
—¿Qué hacen durante ese tiempo? —preguntó Nevara.
—Les hablan, les sostienen las manos, acomodan sus mantas. A veces simplemente permanecen sentadas junto a ellas.
—¿Contribuye a su recuperación? —preguntó Xandor.
—En determinadas circunstancias puede favorecer su bienestar, pero no siempre cambia la evolución de la enfermedad.
—Entonces, ¿por qué lo hacen?
Zireth me miró.
—Eso mismo me pregunté.
Recordé a Elena y las conversaciones sobre su esposo fallecido. También a otros pacientes que habían descrito la importancia de sentirse acompañados durante situaciones dolorosas.
—Quizás no siempre pretendan modificar lo que está sucediendo —propuse—. A veces permanecer junto a alguien puede ser una manera de comunicarle que no tendrá que atravesarlo solo.
Zireth asintió.
—Eso explicaría algunas de las expresiones que escuché: «Estoy aquí», «No te voy a dejar solo», «Te acompaño».
Permanecimos unos instantes en silencio. Aquellas palabras no describían una solución médica, pero parecían representar algo importante para quienes las pronunciaban y para quienes las recibían.
Nevara continuó con sus investigaciones sobre la fauna terrestre. Había estudiado especies silvestres y domésticas, sus mecanismos de adaptación y la influencia humana sobre sus hábitats. Su descubrimiento más interesante estaba relacionado con los animales que convivían con las personas.
—Muchos humanos los consideran integrantes de sus familias —explicó, mostrando imágenes de perros y gatos—. Les proporcionan cuidados, destinan recursos a su bienestar y experimentan un sufrimiento profundo cuando mueren.
—Entonces sus vínculos afectivos no se limitan a individuos de su propia especie —observé.
—Exactamente. Y algunos animales también desarrollan relaciones de apego con sus cuidadores.
Nos mostró la grabación de un perro que esperaba cada tarde junto a la entrada de una vivienda.
—Reconoce la llegada de una persona determinada antes de que aparezca. He comprobado que no responde de la misma manera ante otros integrantes del hogar.
—¿Qué sucede cuando esa persona no regresa a la hora habitual? —pregunté.
—Continúa esperando.
Aquella observación ampliaba mis preguntas sobre el origen evolutivo del apego. Algunos mecanismos que estudiaba en los humanos podían existir también en otras especies, aunque sus manifestaciones fueran diferentes.
Azael presentó después sus registros sobre flora y ecosistemas. Había trabajado junto a agricultores que conocían profundamente las plantas de sus regiones y podían reconocer cambios ambientales mediante años de observación.
—Lo que más me sorprendió —explicó— es que algunos conocen prácticas que podrían proteger mejor sus tierras, pero no siempre pueden aplicarlas.
—¿Por qué? —preguntó Xandor.