Capítulo 7 #2
Cada paciente recibió información sobre las alternativas disponibles y la posibilidad de continuar su tratamiento con profesionales humanos.
Preparé los registros necesarios, respetando las autorizaciones correspondientes, y dediqué especial atención a quienes requerían seguimiento sostenido, como Brian y Valentina.
Sin embargo, pronto descubrí que la parte más difícil de aquella transición no era administrativa.
Eran las despedidas.
Podría haber comunicado el cierre del consultorio mediante un procedimiento sencillo, pero recordé cuánto le había costado a Brian confiar en alguien y cómo Elena interpretaba las ausencias. Decidí hablar personalmente con cada paciente.
Marissa fue una de las primeras en recibir la noticia.
—¿Se va de la ciudad? —preguntó.
—Voy a comenzar una nueva etapa profesional.
Su expresión cambió.
—Qué pena. Me estaba haciendo muy bien venir.
—Has conseguido avances importantes, Marissa. No dependen solamente de nuestras conversaciones, sino de las decisiones que estás tomando.
—Lo sé. Pero voy a extrañarla.
Aquellas palabras me produjeron una sensación inesperada.
Antes de marcharse, se detuvo junto a la puerta.
—Cuando vine por primera vez, pensé que usted iba a enseñarme a ser una madre mejor. Nunca imaginé que me ayudaría a entender que no tenía que poder con todo.
Sonrió.
—Gracias, doctora.
La observé salir. Durante varios minutos continué pensando en aquella conversación.
Brian recibió la noticia con mayor dificultad.
—¿Voy a tener que contar toda mi historia otra vez? —preguntó.
—No necesariamente. Con tu autorización, prepararé un resumen para el profesional que continúe acompañándote. Podrás decidir qué deseas compartir y a qué ritmo.
Pareció aliviado.
Revisamos juntos los pasos de la transición. Cuando se levantó, permaneció unos instantes junto al sillón.
—Gracias por no tratarme como si estuviera arruinado —murmuró.
Lo miré.
—Nunca he considerado que lo estuvieras, Brian.
Bajó la mirada y sonrió ligeramente antes de marcharse.
Sentí el impulso de llamarlo para recordarle cuánto había avanzado, aunque ya habíamos hablado de ello. No existía ninguna razón profesional para prolongar el encuentro. Simplemente deseaba que se marchara sintiéndose mejor.
Elena fue mi última paciente.
Cuando le expliqué que dejaría de atender, permaneció pensativa.
—Las personas siempre terminan siguiendo su camino, ¿verdad?
—A veces los caminos cambian. Pero eso no significa que lo compartido deje de tener valor.
Sonrió.
—Eso mismo me dijo usted sobre mi marido.
Después abrió el bolso y extrajo una fotografía. En ella aparecía sentada junto a su nieta, ambas con las manos cubiertas de tierra y una sonrisa luminosa.
—La sacamos el domingo. Fue una tarde preciosa.
Observé la imagen.
—Me alegra mucho verte así, Elena.
—A mí también.
Guardó la fotografía y comenzó a levantarse, pero antes de marcharse volvió a mirarme.
—¿Sabe qué fue lo más lindo de ese día?
—¿Qué?
—Que por un ratito no estuve pensando en lo que me faltaba. Estuve disfrutando de lo que todavía tengo.
No encontré una respuesta inmediata.
Elena sonrió, me agradeció el acompañamiento y se despidió.
Aquella fue nuestra última consulta.
Cuando abandonó el consultorio, permanecí inmóvil durante varios minutos. Había pasado casi tres meses escuchando historias de personas que sufrían por sus relaciones, sus pérdidas y sus temores. Ahora algunas comenzaban a construir experiencias diferentes y yo ya no estaría allí para conocerlas.
Completé los últimos registros y confirmé que las derivaciones estuvieran organizadas. Al finalizar la jornada, apagué las luces y observé por última vez la habitación.
Los sillones continuaban enfrentados. La mesa conservaba los mismos objetos y la luz del atardecer ingresaba por la ventana. Todo parecía igual que el día de mi llegada.
Sin embargo, yo ya no observaba aquel espacio de la misma manera.
Recordé a Marissa, Brian, Elena, Gabriel, Lucía, Valentina y Ricardo. También a otras personas que habían confiado en la doctora Ana Andrómeda sin sospechar que procedía de una civilización distante.
Habían compartido conmigo fragmentos auténticos de sus vidas. Sus decisiones continuarían produciendo consecuencias después de mi partida, aunque yo no pudiera observarlas.
Abrí mi archivo científico y redacté el informe de aquella primera etapa.
La observación de vínculos humanos en contextos terapéuticos permitió identificar la influencia prolongada de las relaciones familiares, amorosas y sociales sobre la identidad y el bienestar individual.
Los procesos de cambio resultaron diversos y dependieron de las experiencias, los recursos y las circunstancias de cada persona.
Después añadí una observación personal que mantuve separada del informe.
He comenzado a preocuparme por el bienestar de determinadas personas incluso fuera de nuestras conversaciones. Todavía no puedo establecer si se trata de una consecuencia habitual de la convivencia prolongada o de una forma de implicación afectiva que requiere mayor estudio.
Releí aquellas palabras.
No eran una conclusión. Eran otra pregunta.
Cerré el archivo, apagué la última luz y abandoné el consultorio.
Aquella noche regresé a la nave auxiliar. Onix me recibió junto a una representación tridimensional de la ciudad.
—¡Anuki! ¿Terminaste?
—Sí. He cerrado la primera etapa de mi investigación.
Me examinó atentamente.
—¿Estás triste?
—No exactamente.
—¿Entonces?
Consideré la pregunta.
—Creo que voy a extrañar a algunas de las personas que conocí.
Onix sonrió de inmediato.
—¡Lo sabía!
—¿Qué sabías?
—Que les habías tomado cariño.
—Todavía no estoy segura de que esa expresión describa completamente lo que experimento.
—Pero acabas de decir que vas a extrañarlos.
—Es una descripción aproximada.
—A veces las palabras humanas son menos complicadas de lo que tú intentas hacerlas.
Sonreí.
—Lo que me resulta extraño es saber que sus vidas continuarán y que probablemente nunca conoceré lo que sucedió después.
Onix se acercó.
—Eso ocurre con muchas personas que conocemos, Anuki. No podemos acompañarlas siempre.
—Lo sé.
—Pero podemos desear que estén bien.