Capítulo 7
—Le traje algo, doctora.
Marissa dejó una pequeña bolsa de papel sobre mi escritorio. Al abrirla, descubrí varios bizcochos recién comprados.
—Pasé por una panadería y pensé en usted —explicó.
La observé con curiosidad. Durante los casi tres meses que llevaba trabajando como Ana Andrómeda, había recibido numerosas muestras de agradecimiento, pero aquella me resultó especialmente significativa.
Marissa había llegado a mi primera consulta agotada, convencida de que necesitar descanso la convertía en una mala madre.
Ahora tenía el cabello suelto, una expresión más tranquila y tiempo suficiente para detenerse en una panadería por iniciativa propia.
—Gracias, Marissa. Es un gesto muy amable.
Se acomodó en el sillón y sonrió.
—¿Sabe qué hice el otro día? Me tomé un café mientras mi marido jugaba con los niños. Había platos para lavar y ropa para guardar, pero decidí dejarlos para después.
—¿Y cómo te sentiste?
—Al principio, culpable. Después terminé el café tranquila. ¡Y no pasó absolutamente nada! Mi marido ni siquiera se dio cuenta de que los platos seguían ahí.
Soltó una carcajada.
—Parece una tontería, pero para mí fue un logro enorme.
—No parece una tontería. Estás aprendiendo a reconocer tus necesidades sin interpretarlas como una falta de amor hacia tu familia.
—Eso mismo pensé. Además, ¿sabe qué? Mis hijos también tienen que aprender que mamá necesita descansar.
Aquella última observación me interesó particularmente. Marissa no solamente había modificado una conducta; comenzaba a interpretar su maternidad de otra manera. Ya no consideraba que su bienestar y el de sus hijos fueran necesariamente incompatibles.
Cuando se marchó, permanecí unos instantes observando la bolsa. Los bizcochos eran un obsequio sencillo, pero ella había pensado en mí fuera del consultorio. Me pregunté cuánto tiempo había dedicado a elegirlos y qué la había llevado a asociar aquel pequeño gesto con nuestras conversaciones.
Después guardé la bolsa y continué trabajando.
Durante aquellos meses había atendido a numerosas personas.
Algunas avanzaban rápidamente; otras necesitaban más tiempo para modificar comportamientos profundamente arraigados.
Sus historias enriquecían mis registros científicos, aunque comenzaba a ocurrir algo que no había previsto: recordaba a determinados pacientes incluso cuando no estaba revisando sus expedientes.
Brian era uno de ellos.
Había llegado a mi consulta convencido de que no merecía la atención de nadie.
Las descalificaciones de su padre continuaban influyendo sobre su manera de interpretar las relaciones y sus síntomas depresivos exigían un seguimiento cuidadoso.
Sin embargo, durante una de nuestras sesiones recientes me sorprendió con una noticia.
—Salí a comer con un compañero del trabajo —anunció.
Levanté la mirada.
—¿Cómo surgió?
—Me invitó. Al principio pensé que lo hacía por compromiso, pero después recordé algo que hablamos. Si siempre digo que no porque creo que los demás van a rechazarme, nunca voy a saber si realmente quieren pasar tiempo conmigo.
—¿Y cómo resultó?
—Bien. Hablamos bastante. Incluso me invitó a salir otra vez.
Una sonrisa breve apareció en su rostro.
—Creo que a veces espero que todos me traten como me trataban en mi casa —añadió—. Pero no todos son así.
—Es un descubrimiento importante, Brian.
—Todavía me cuesta. Cuando alguien tarda en responderme un mensaje, pienso que hice algo mal.
—Reconocer ese pensamiento ya te permite considerar otras explicaciones. No necesitas resolverlo todo de inmediato.
Asintió. Sus dificultades no habían desaparecido, pero estaba comenzando a distinguir entre las experiencias de su infancia y las relaciones que podía construir en el presente.
Después de su partida revisé mis anotaciones.
Había registrado sus avances con una satisfacción que no conseguía atribuir únicamente al éxito de la intervención.
Deseaba que continuara mejorando. Más aún, me desagradaba imaginar que pudiera volver a sentirse tan solo como durante nuestras primeras conversaciones.
No incluí aquella reacción en el informe científico. Todavía necesitaba comprenderla.
Elena también había comenzado a recuperar una parte de su vida. Durante meses evitó acercarse al jardín que había compartido con su esposo fallecido, hasta que una mañana decidió retirar las hojas secas y comprobar si sus flores seguían creciendo.
—Lloré muchísimo —me contó—. Pero después me quedé un rato allí, mirando las plantas. Era como volver a compartir un momento con él.
Me mostró una fotografía de varias flores abiertas.
—Eran sus favoritas. Ahora a veces me siento afuera y le cuento cómo están creciendo.
—¿Te ayuda hacerlo?
—Algunos días sí. Otros termino llorando. Pero ya no quiero evitar ese lugar.
También me habló de una tarde que había pasado con su nieta. Trabajaron juntas en el jardín, compartieron una merienda y se rieron tanto que Elena terminó sintiéndose culpable.
—Después recordé lo que hablamos —añadió—. Seguir viviendo no significa dejar de quererlo.
Observé la fotografía. Elena no estaba intentando olvidar a su esposo. Estaba aprendiendo a conservar su recuerdo sin renunciar a las experiencias que todavía podía disfrutar.
Al despedirse, me agradeció el acompañamiento. Cuando cerré la puerta, pensé en Tharion y Naureia. Por un instante imaginé cómo sería regresar a Naurea y descubrir que alguno de ellos ya no se encontraba allí.
La posibilidad me resultó desagradable.
Aparté aquella imagen de mis pensamientos, aunque tardé más de lo habitual en recuperar la concentración.
Los demás pacientes también mostraban cambios, cada uno a su ritmo.
Gabriel y Lucía habían conseguido conversar con mayor claridad sobre sus necesidades, aunque continuaban sin resolver la diferencia que amenazaba su matrimonio.
Él no quería perderla, pero tampoco estaba seguro de renunciar a la posibilidad de establecer relaciones con otras mujeres.
Ella deseaba conservar su matrimonio sin abandonar el acuerdo de exclusividad que consideraba fundamental.
—No quiero que tengas que esconder lo que sientes —le dijo Lucía durante una sesión—. Pero tampoco puedo aceptar algo que me lastima solamente porque tengo miedo de que te vayas.
Gabriel guardó silencio. Por primera vez pareció escuchar aquella afirmación sin intentar refutarla.
Comprendí que algunas conversaciones no conducían necesariamente a una reconciliación. En ocasiones permitían reconocer una incompatibilidad que ambos habían evitado enfrentar.
Valentina, por su parte, había vuelto a reunirse con sus amigas. Continuaba teniendo dificultades con su imagen corporal y necesitaba acompañamiento, pero comenzaba a recuperar actividades que había abandonado por miedo a las opiniones ajenas.
—Al principio pensé que todos me estaban mirando —me contó—. Después empezamos a conversar y me olvidé de cómo me veía. Fue lindo.
Ricardo también había conseguido enfrentar una conversación que llevaba semanas evitando. Había hablado con su esposa sobre la infidelidad y todavía desconocía si continuarían juntos.
—Pero por primera vez estoy pensando en lo que quiero yo —admitió—, no solamente en lo que van a decir los demás.
Aquellas experiencias confirmaban que los vínculos humanos podían modificarse de maneras muy diferentes.
Algunas personas recuperaban relaciones que creían perdidas; otras descubrían que necesitaban establecer límites o aceptar separaciones.
Los cambios no siempre eliminaban el dolor, pero podían transformar la manera de enfrentarlo.
Y yo comenzaba a reconocer que deseaba conocer el resultado de aquellos procesos, incluso cuando ya disponía de información suficiente para mis registros.
Una tarde, mientras organizaba las próximas consultas, recibí una comunicación de Onix.
—Anuki, tenemos que revisar el calendario.
Su pequeño rostro apareció sobre la superficie del dispositivo.
—¿Ha ocurrido algo?
—No. Estamos llegando al final de tu primera etapa de investigación. Queda poco más de una semana para completar la transición.
Observé la fecha. Habían transcurrido casi tres meses desde mi llegada a la Tierra.
El trabajo en el consultorio siempre había sido temporal.
Khael había establecido que debía estudiar los vínculos humanos en diferentes entornos y, después de aquella primera experiencia, correspondía ampliar la investigación.
Conocía perfectamente la planificación. Sin embargo, al mirar los expedientes abiertos sobre mi escritorio, advertí que no deseaba abandonar inmediatamente aquella actividad.
—Algunos pacientes todavía necesitan tratamiento —respondí.
—Lo sé. He identificado profesionales que pueden continuar acompañándolos. Podemos organizar las derivaciones y preparar la documentación necesaria.
—Quiero asegurarme de que ninguno quede sin atención adecuada.
—Por supuesto.
Onix permaneció observándome.
—¿Te preocupa dejarlos?
—Me preocupa que la interrupción afecte sus avances.
—Eso no fue exactamente lo que pregunté.
Levanté la mirada.
—¿Qué quieres decir?
—Que quizás también te preocupe no volver a verlos.
Consideré su observación. Hasta entonces había pensado principalmente en la continuidad de los tratamientos, pero no podía negar que imaginar el consultorio sin aquellas personas me provocaba cierta incomodidad.
—He desarrollado un interés personal por su bienestar —admití.
Onix sonrió.
—Creo que les has tomado cariño.
—No estoy segura de que esa sea la expresión adecuada.
—¿Por qué?
—Porque son mis pacientes. Mi responsabilidad consiste en acompañarlos profesionalmente, no en establecer relaciones personales.
—Lo entiendo. Pero preocuparte por ellos no significa necesariamente que estés haciendo mal tu trabajo.
Guardé silencio.
—Quizás tengas razón.
Sus grandes ojos se abrieron ligeramente.
—¿Acabas de darme la razón?
—He dicho que es posible.
—Para mí es suficiente.
Sonreí. Onix tenía una capacidad extraordinaria para transformar conversaciones serias en intercambios inesperadamente divertidos.
Durante los días siguientes organizamos las derivaciones.