Los Invisibles Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—No. Sé que usan filtros y editan las imágenes.

—¿Y aun así te comparas con ellas?

Asintió.

—Todo el tiempo.

Me explicó que revisaba fotografías durante horas, examinaba su cuerpo frente al espejo y evitaba reuniones por miedo a que otros la observaran. Algunas mañanas se probaba numerosos conjuntos de ropa y terminaba llorando antes de ir a clases.

—Siento que todos van a pensar que soy ridícula —confesó.

—¿Y qué haces cuando aparece ese pensamiento?

—Me cambio otra vez. O me quedo en casa.

—Entonces evitar salir te proporciona alivio durante un momento, pero también impide que descubras si aquello que temes realmente sucedería.

Valentina guardó silencio.

—Nunca lo había pensado así.

Le pregunté qué cosas disfrutaba antes de comenzar a sentirse de aquella manera. Mencionó la música, el baile y las reuniones con sus amigas. Habló de una actividad escolar a la que deseaba asistir, pero que había rechazado porque temía aparecer en nuevas fotografías.

—¿Te gustaría volver a hacer esas cosas?

—Sí. Pero no quiero que me miren.

—Podemos trabajar para que recuperes actividades importantes sin exigirte que dejes de sentir miedo de un día para otro.

Exploramos sus hábitos digitales y acordamos reducir gradualmente el tiempo dedicado a comparar su apariencia con la de otras personas.

También le propuse registrar los pensamientos que aparecían cuando se miraba al espejo y buscar evidencias que permitieran examinarlos de una manera menos cruel.

Antes de terminar, conversamos sobre cómo podía buscar apoyo frente a las burlas y acordamos continuar evaluando el impacto que aquellas experiencias tenían sobre su bienestar.

—¿Usted cree que algún día voy a gustarme? —preguntó.

—Creo que puedes aprender a relacionarte contigo misma de una manera menos dolorosa. No necesitas considerar perfecta tu apariencia para reconocer que mereces respeto.

Valentina bajó la mirada, pero esta vez sonrió ligeramente.

Cuando se marchó, permanecí unos instantes pensando en su caso. Los humanos habían desarrollado tecnologías capaces de comunicar a millones de individuos, pero también habían creado espacios donde una opinión cruel podía difundirse y permanecer accesible mucho después de haber sido pronunciada.

Valentina sabía que muchas imágenes estaban modificadas. Conocía la existencia de filtros y procedimientos digitales. Sin embargo, aquella información no impedía que se comparara con ellas.

El conocimiento no siempre bastaba para modificar una respuesta emocional.

Recordé una de las enseñanzas de Tharion: conocer una consecuencia no significa estar dispuesto a evitarla. Comenzaba a reconocer que aquella afirmación podía aplicarse a comportamientos mucho más cotidianos que los conflictos entre civilizaciones.

Mi última consulta correspondía a Ricardo.

Llegó con el rostro cansado y una expresión que parecía combinar rabia y preocupación. Tenía cuarenta y cinco años, llevaba casi dos décadas casado y era padre de dos hijos. Se sentó frente a mí, entrelazó las manos y permaneció callado.

—Puedes comenzar cuando te sientas preparado —le indiqué.

Respiró profundamente.

—Mi esposa me está engañando.

Esperé.

—Lo descubrí hace tres semanas. Vi unos mensajes. Al principio pensé que estaba entendiendo mal, pero después encontré otras cosas. No tengo dudas.

—¿Has hablado con ella?

Negó con la cabeza.

—No sabe que lo descubrí.

—¿Qué te ha impedido conversar sobre ello?

Ricardo soltó una risa sin humor.

—Tengo miedo de escuchar la respuesta. Tenemos dos hijos, una casa, una vida. No quiero perder todo eso.

Me contó que llevaba semanas durmiendo mal, revisando conversaciones antiguas e imaginando distintos escenarios. A veces deseaba enfrentarla inmediatamente; otras, prefería fingir que nada había sucedido.

—Lo peor es que todavía la amo —confesó—. Y me da vergüenza admitirlo.

—¿Por qué te avergüenza?

—Porque siento que debería dejarla. Mis amigos siempre dicen que nunca perdonarían una infidelidad. Que un hombre que acepta algo así no se respeta.

—¿Y tú qué deseas?

Permaneció en silencio.

—No lo sé. Quisiera que nada de esto hubiera pasado.

—Eso es comprensible, pero no podemos modificar lo que ya sucedió. Podemos trabajar para que decidas cómo enfrentarlo.

Ricardo se frotó el rostro.

—No quiero que mis hijos sufran. Tampoco quiero convertirme en el hombre del que todos se burlan porque su esposa lo engañó.

Su temor tenía dos dimensiones. La primera estaba relacionada con la pérdida de confianza y la posible ruptura familiar. La segunda dependía de cómo imaginaba que otras personas interpretarían su decisión.

—Ricardo, ¿consideras que permanecer o separarte debería depender de lo que opinen tus amigos?

—No, pero es difícil no pensar en eso.

—¿Qué necesitarías para decidir de acuerdo con tus propios valores?

Reflexionó.

—Necesito que ella me diga la verdad. Saber si quiere continuar conmigo, si está dispuesta a terminar esa relación y si todavía podemos recuperar algo de lo que teníamos.

—Entonces, antes de decidir si deseas continuar, necesitas mantener una conversación que has estado evitando.

—Tengo miedo de perder el control.

Hablamos sobre la posibilidad de preparar ese encuentro.

Le propuse organizar por escrito lo que sabía, distinguirlo de aquello que sospechaba y reconocer las preguntas que necesitaba formular.

También acordamos que buscara un momento privado, sin involucrar a sus hijos, y que interrumpiera la conversación si sentía que la intensidad emocional le impedía continuar de manera respetuosa.

—¿Y si me dice que quiere irse? —preguntó.

—Sería una posibilidad dolorosa. Pero evitar la conversación tampoco te permitirá conocer sus intenciones.

—Creo que lo que más miedo me da es descubrir que nuestra vida ya no significa lo mismo para ella.

Aquella frase me recordó a Gabriel y Lucía. Ambos matrimonios compartían una historia prolongada, pero sus integrantes podían atribuir significados diferentes a los compromisos construidos. En el caso de Ricardo, además, existía una ruptura de confianza que todavía no había sido abordada.

—No conoces completamente cómo interpreta ella lo sucedido —señalé—. Sabes que hubo una traición, pero todavía no sabes qué desea hacer con el matrimonio. Es importante distinguir lo que has comprobado de lo que temes descubrir.

Ricardo asintió lentamente.

—Llevo tres semanas imaginando todas las respuestas posibles.

—¿Eso te ha ayudado?

—No. Cada día imagino algo peor.

Antes de finalizar, trabajamos sobre maneras de reconocer sus emociones sin convertirlas inmediatamente en decisiones.

Le propuse registrar cuándo aparecían la rabia, la tristeza y la vergüenza, y practicar una técnica de regulación que pudiera utilizar antes de conversaciones difíciles.

También hablamos de la posibilidad de buscar apoyo en alguien de confianza y de considerar una terapia de pareja si ambos deseaban participar.

Cuando se levantó, Ricardo permaneció unos instantes frente a mí.

—Doctora, ¿usted cree que soy débil por no querer dejarla?

—No creo que el valor de una persona dependa de decidir quedarse o marcharse. Lo importante es que puedas elegir sin sentirte obligado por el miedo o por las expectativas de los demás.

Sus ojos se humedecieron.

—Gracias. Necesitaba escuchar eso.

Lo acompañé hasta la puerta y regresé a mi escritorio.

Había atendido a tres personas cuyas dificultades parecían diferentes, pero que compartían una característica importante.

Lucía temía dejar de ser suficiente para su esposo.