Capítulo 6
—¿Por qué los humanos necesitan tanto la aprobación de los demás? —preguntó Onix mientras revisábamos las consultas de aquella mañana.
—La aceptación social favorece la pertenencia y la cooperación. Es una necesidad comprensible en una especie que ha dependido históricamente de la vida en comunidad.
—Eso lo entiendo. Lo que no comprendo es por qué algunos permiten que la opinión de otras personas decida cómo deben vivir.
Observé los tres expedientes que había preparado.
Gabriel y Lucía llevaban dieciséis años juntos, pero discrepaban sobre las condiciones de su matrimonio.
Valentina, una adolescente de dieciséis años, había comenzado a rechazar su propia apariencia después de sufrir humillaciones en las redes sociales.
Ricardo, de cuarenta y cinco, había descubierto una infidelidad y temía tanto perder a su familia como enfrentar el juicio de quienes lo rodeaban.
—Precisamente eso intentaremos comprender —respondí.
—Espero que también puedas ayudarlos.
—Ambos objetivos son compatibles, Onix.
Sus grandes ojos negros se fijaron en mí.
—Me alegra escucharlo.
Finalicé la comunicación y me preparé para recibir a mis primeros pacientes.
Habían transcurrido varios días desde que comencé a ejercer como Ana Andrómeda y ya no necesitaba recordarme constantemente que debía responder a mi nombre humano.
Sin embargo, todavía encontraba desconcertante la facilidad con la que los habitantes de la Tierra podían transformar una relación importante en una fuente de sufrimiento.
Gabriel y Lucía llegaron juntos, aunque su comportamiento sugería que preferirían encontrarse en lugares diferentes.
Él era un hombre alto, de cuarenta y un años, cabello oscuro y expresión inquieta.
Ella tenía treinta y nueve, vestía con discreta elegancia y mantenía los labios apretados.
Se sentaron en extremos opuestos del sofá.
—Soy la doctora Ana Andrómeda —me presenté—. Me gustaría que ambos me contaran qué los trae hasta aquí.
—Llevamos dieciséis años juntos —comenzó Gabriel—. Doce de casados. Últimamente estamos teniendo algunos problemas.
Lucía soltó una risa amarga.
—Mi marido quiere acostarse con otras mujeres.
—No es exactamente eso —protestó él.
—Entonces explícalo tú.
Gabriel respiró profundamente.
—Le propuse que consideráramos una relación abierta. No quiero separarme ni he dejado de amarla. Tenemos una vida juntos, pero siento que todo se ha vuelto demasiado predecible. Quisiera experimentar cosas diferentes.
—Para mí, eso significa terminar con nuestro matrimonio —respondió Lucía.
—Ni siquiera estás dispuesta a hablarlo.
—Estamos aquí, Gabriel. Estamos hablando. Lo que no estoy dispuesta es a aceptar algo que no quiero.
Observé cómo ambos se miraban. Gabriel parecía frustrado porque Lucía rechazaba su propuesta; ella, en cambio, interpretaba aquella misma propuesta como una amenaza al compromiso que habían construido.
—Me gustaría comprender qué significa para cada uno esa posibilidad —intervine—. Gabriel, ¿qué esperas encontrar en una relación abierta?
—Novedad. Emoción. No sé cómo explicarlo. Nos queremos, compartimos una casa, amigos, proyectos... Pero hacemos siempre lo mismo. Trabajamos, cenamos, miramos televisión y nos acostamos. Los fines de semana repetimos las mismas actividades. Siento que dejamos de sorprendernos.
—¿Y relacionarte con otras mujeres resolvería esa sensación?
—Creo que podría ayudar.
Lucía bajó la mirada.
—¿Y yo qué hago mientras tanto? ¿Te espero en casa?
—Tú también podrías conocer a otros hombres.
—Pero no quiero conocer a otros hombres. Quiero estar contigo. Pensé que eso era lo que habíamos elegido los dos.
Su voz se quebró. Gabriel intentó responder, pero le pedí que esperara.
—Lucía, ¿qué es lo que más te preocupa?
—Que se enamore de otra mujer. Que descubra que ella es mejor que yo. Que deje de elegirme. Pero también me preocupa aceptar algo que va en contra de lo que deseo solamente para no perderlo.
—¿Qué necesitarías para sentirte segura dentro de esta relación?
—Exclusividad. No pretendo que todas las parejas piensen igual, pero para mí el matrimonio significa elegirnos mutuamente. Prefiero divorciarme antes que aceptar otra cosa.
Gabriel se inclinó hacia delante.
—¿De verdad tirarías dieciséis años por la borda?
—No sería yo quien estaría cambiando las condiciones de nuestro matrimonio.
Permanecieron en silencio. La duración de su relación parecía tener significados diferentes para cada uno. Gabriel consideraba que los años compartidos justificaban explorar nuevas posibilidades; Lucía creía que confirmaban un compromiso que deseaba mantener.
—Ambos tienen derecho a expresar lo que desean —les expliqué—. Gabriel puede proponer una relación abierta y Lucía puede rechazarla. Ninguno está obligado a aceptar un acuerdo que no desea. Lo que necesitamos descubrir es si todavía existe una forma de relación que ambos puedan elegir libremente.
—Yo no quiero divorciarme —afirmó Gabriel.
—¿Estarías dispuesto a mantener la exclusividad si Lucía no desea modificar ese acuerdo?
Tardó en responder.
—No lo sé.
Lucía cerró los ojos.
—Gracias por decirlo. Al menos ahora sé que no estás seguro de querer seguir conmigo como antes.
—No he dicho eso.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
Antes de que retomaran la discusión, decidí explorar la monotonía que Gabriel había mencionado.
—¿Cuándo fue la última vez que hicieron algo diferente juntos?
Se miraron.
—No recuerdo —admitió él.
—Nos fuimos de vacaciones hace dos años —comentó Lucía—. Aunque terminamos haciendo prácticamente lo mismo de siempre.
—¿Y cuándo fue la última vez que conversaron sobre algo que no estuviera relacionado con el trabajo, la casa o sus responsabilidades?
El silencio fue más prolongado.
—Antes hablábamos durante horas —recordó Lucía—. Teníamos proyectos, ideas, cosas que queríamos conocer. Ahora parece que solamente administramos una casa.
Gabriel la observó.
—Es verdad.
—Nunca me dijiste que extrañabas eso —añadió ella—. Me hablaste directamente de estar con otras mujeres.
—Pensé que ibas a rechazar cualquier cambio.
—¿Cómo podías saberlo si nunca me preguntaste?
Por primera vez, ambos parecieron interesados en escuchar la respuesta del otro.
Gabriel había identificado la monotonía como un problema y las relaciones con otras mujeres como una posible solución, pero comenzaban a surgir necesidades que no dependían necesariamente de modificar la exclusividad.
Aquello no invalidaba su deseo ni obligaba a Lucía a reconsiderar sus límites.
Simplemente mostraba que todavía había aspectos de su matrimonio que ninguno había expresado con claridad.
Antes de finalizar, les propuse que escribieran por separado qué consideraban indispensable en una relación, qué estaban dispuestos a negociar y qué límites deseaban conservar.
También les sugerí reservar un momento para conversar sobre cómo se habían sentido durante los últimos años, sin interrumpirse ni intentar convencer al otro.
—¿Y si descubrimos que queremos cosas incompatibles? —preguntó Gabriel.
—Entonces tendrán que decidir qué hacer con esa diferencia. A veces las relaciones encuentran nuevos acuerdos. Otras veces, no. Lo importante es que ninguno se vea obligado a renunciar a algo esencial para conservar al otro.
Se marcharon juntos, todavía distantes, pero con menos hostilidad que al llegar.
Registré una primera conclusión: la permanencia de un vínculo no garantiza que sus integrantes continúen deseando lo mismo. También observé que los acuerdos compartidos podían adquirir un valor tan profundo que modificarlos se interpretaba como una amenaza a la propia identidad.
Mi siguiente paciente llegó poco después del mediodía.
Valentina tenía dieciséis años y entró acompañada de su madre. Caminaba ligeramente detrás de ella, abrazando un bolso contra el pecho. Su cabello oscuro le cubría parte del rostro y apenas levantó la mirada cuando las saludé.
—Antes era una chica alegre —explicó su madre—. Salía con sus amigas, se sacaba fotos, participaba en todo. Ahora no quiere ir a ningún lado. Dice que es horrible y que todos la miran.
Valentina apretó los labios.
Después de explicarles el funcionamiento de las consultas y los límites de la confidencialidad correspondientes a su edad, le pregunté si deseaba conversar a solas. Asintió y su madre salió del consultorio.
—No sé para qué vine —murmuró.
—Podemos comenzar por lo que tú piensas, no solamente por lo que preocupa a tu madre.
Me observó con desconfianza.
—Ella cree que exagero.
—¿Y tú cómo te sientes?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Horrible. No me gusta nada de mí. Mi cara, mi cuerpo, mi pelo... Mis amigas son lindas y yo parezco un desastre al lado de ellas.
—¿Recuerdas cuándo comenzaste a sentirte así?
—Hace bastante, pero empeoró después de una fiesta.
Me contó que alguien había publicado una fotografía en la que aparecía al fondo, sin saber que estaba siendo retratada. Un compañero escribió un comentario cruel sobre su aspecto y otros comenzaron a burlarse.
—Uno dijo que parecía un monstruo —susurró—. Después todos se reían. Algunos ni siquiera me conocían.
—Debió de ser muy doloroso.
—Todos dicen que no les haga caso, pero no puedo. Cada vez que me miro al espejo pienso que tenían razón.
Recordé a Brian, uno de mis primeros pacientes.
Había aprendido a verse mediante las descalificaciones de su padre.
Valentina estaba incorporando opiniones de otros adolescentes a la imagen que tenía de sí misma.
Las circunstancias eran diferentes, pero ambas experiencias mostraban cuánto podía influir una valoración externa sobre la identidad.
—Valentina, ¿qué demuestra realmente el comentario de ese chico?
—Que soy fea.
—¿O demuestra que decidió humillarte públicamente?
Permaneció pensativa.
—Supongo que las dos cosas.
—Entiendo que lo sientas así. Pero una opinión cruel no se convierte en una descripción verdadera por el hecho de que otras personas se rían.
Se secó las lágrimas.
—Usted no entiende. Todas las chicas de mi edad parecen perfectas en las redes.
—¿Crees que las fotografías muestran siempre cómo son esas personas?