Capítulo 5
—Recuerda que no todos los humanos que acuden a una consulta esperan encontrar una respuesta inmediata —me advirtió Onix.
Me encontraba frente al espejo de mi apartamento, ajustando los últimos detalles de mi apariencia. Era mi primera jornada como la doctora Ana Andrómeda y había revisado cuidadosamente los antecedentes de los tres pacientes que atendería.
—Conozco los procedimientos terapéuticos —respondí.
—No lo dudo. Solo digo que, a veces, necesitan que alguien los escuche.
—Escuchar es una parte fundamental de la evaluación.
Onix inclinó la cabeza.
—Supongo que sí. Aunque no me refería exactamente a eso.
No insistí. Durante nuestra preparación había comprobado que mi asistente atribuía una importancia particular al bienestar de los humanos, incluso cuando todavía no los conocía.
Yo compartía el propósito de ofrecerles una atención adecuada, pero también reconocía el extraordinario valor científico de sus experiencias.
Los tres casos habían sido seleccionados por Onix según los objetivos de mi investigación.
Marissa, de treinta años, manifestaba agotamiento relacionado con la maternidad y las responsabilidades familiares.
Brian, de veinticinco, presentaba síntomas depresivos y antecedentes de una infancia marcada por el maltrato.
Elena, de sesenta y tres, intentaba adaptarse a la muerte de su esposo después de cuarenta y dos años de matrimonio.
Tres personas en etapas diferentes de la vida. Tres vínculos que parecían influir profundamente sobre su bienestar.
—¿Por qué Marissa se siente culpable por estar cansada? —pregunté mientras recogía mis pertenencias.
—Porque cree que una buena madre debería disfrutar de cada momento con sus hijos.
—El agotamiento no demuestra ausencia de afecto.
—Estoy de acuerdo.
—Entonces su interpretación es incorrecta.
—Quizás puedas ayudarla a comprenderlo. Pero procura no decírselo como si estuvieras corrigiendo una operación matemática.
Lo observé.
—¿Consideras que mi manera de expresarme resulta poco apropiada?
—Considero que todavía estás aprendiendo a hablar con humanos que no están participando voluntariamente en un debate científico.
Su comentario me pareció exagerado, aunque decidí tenerlo presente.
Salí del apartamento y caminé hacia el consultorio.
La ciudad comenzaba a despertar. Los vehículos circulaban entre edificios, los establecimientos abrían sus puertas y numerosos individuos se desplazaban con evidente prisa.
Cerca de una esquina, un niño se resistía a avanzar mientras una mujer intentaba convencerlo de continuar.
Él deseaba quedarse; ella necesitaba llegar a algún lugar.
Ambos parecían considerar que su necesidad era la más importante.
Observé la escena unos instantes. Incluso una interacción tan sencilla contenía un conflicto de intereses dentro de un vínculo afectivo.
Cuando llegué al consultorio, comprobé que Onix había organizado cada detalle. Los sillones estaban dispuestos frente a frente, había pañuelos de papel sobre una mesa pequeña y la luz natural ingresaba por una ventana amplia. Me senté, revisé la agenda y aguardé.
A las nueve en punto llamaron a la puerta.
Marissa entró apresuradamente. Llevaba el cabello castaño recogido sin demasiado cuidado y un bolso del que sobresalían pequeños objetos infantiles. Tenía ojeras pronunciadas y sus movimientos transmitían una tensión que parecía acompañarla incluso después de sentarse.
—Perdón por llegar así —dijo—. Mi hija no quería quedarse con su padre y después no encontraba las llaves. Ha sido una mañana horrible.
—No necesitas disculparte. Puedes acomodarte.
Dejó el bolso a su lado y miró alrededor.
—Nunca había venido a una psicóloga. No sé muy bien qué tengo que decir.
—Podemos comenzar por lo que te hizo buscar ayuda.
Marissa respiró profundamente.
—Estoy agotada.
Esperé.
—Tengo dos hijos. El mayor tiene cuatro años y la pequeña, dieciocho meses. Los amo más que a nada, pero siento que no puedo más. Me levanto cansada, paso el día corriendo y me acuesto pensando en todo lo que quedó sin hacer. Siempre hay alguien que necesita algo de mí.
Mientras hablaba, retorcía una de las correas del bolso.
—A veces quisiera encerrarme en el baño y que nadie me hablara durante una hora. Después miro a mis hijos y me siento horrible por haber pensado eso.
—¿Qué es lo que te hace sentir horrible?
—Que una madre no debería querer escapar de sus propios hijos.
—¿Consideras que necesitar descanso significa quererlos menos?
Me miró con desconcierto.
—No sé. Supongo que no, pero siento que debería poder con todo.
—¿Quién espera eso de ti?
Marissa abrió la boca y volvió a cerrarla. Permaneció varios segundos en silencio.
—No lo sé —admitió—. Mi madre podía con todo. Al menos eso parecía. Y veo a otras mujeres que trabajan, cuidan a sus hijos, tienen la casa impecable... Yo apenas consigo llegar al final del día.
—Estás comparando lo que experimentas con lo que alcanzas a observar de las vidas de otras personas.
Bajó la mirada.
—Nunca lo había pensado así.
Le pregunté cómo distribuían las responsabilidades familiares. Su esposo trabajaba muchas horas y, aunque colaboraba cuando estaba en casa, Marissa evitaba pedirle más ayuda porque también lo consideraba cansado.
—¿Él sabe cómo te sientes? —pregunté.
—Le digo que estoy cansada.
—¿Le has explicado cuánto?
Negó con la cabeza.
—No quiero que piense que no soy feliz con nuestra familia.
—Entonces intentas protegerlo de una preocupación mientras esperas que comprenda una necesidad que no has expresado completamente.
Marissa soltó una risa breve.
—Dicho así, suena absurdo.
—No necesariamente. Tal vez temes que interprete tu agotamiento como una falta de amor.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Eso es exactamente lo que me pasa.
Le ofrecí un pañuelo y aguardé mientras recuperaba la calma.
—Marissa, amar a tus hijos y necesitar descansar no son experiencias incompatibles. Podemos trabajar para que reconozcas tus límites sin interpretarlos como un fracaso.
—Me gustaría mucho poder hacerlo.
Hablamos sobre las tareas que asumía, los momentos en que el cansancio se volvía más intenso y las posibilidades reales de compartir responsabilidades.
Antes de finalizar, acordamos que intentaría conversar con su esposo de manera concreta, pedirle que se encargara de acostar a los niños algunos días y reservar pequeños espacios de descanso sin esperar a terminar todas sus obligaciones.
También le sugerí que consultara con un médico si el agotamiento persistía.
—Me va a costar —admitió—. Siempre siento que debería estar haciendo algo.
—No necesitamos cambiarlo todo esta semana. Podemos comenzar por una sola decisión.
Marissa se levantó con el mismo bolso y el mismo cansancio con los que había llegado. Sin embargo, antes de salir, se detuvo junto a la puerta.
—Gracias, doctora. Vine pensando que había algo malo en mí.
—Lo que estás viviendo merece atención, Marissa. No tienes que esperar a estar completamente desbordada para pedir ayuda.
Cuando se marchó, abrí su registro.
Lo más interesante no era que Marissa estuviera agotada.
Sus responsabilidades explicaban buena parte de aquella condición.
Lo extraordinario era que interpretara una necesidad física como una falla moral.
Amaba a sus hijos y, precisamente porque los consideraba esenciales, sentía que cualquier deseo de alejarse momentáneamente de ellos la convertía en una mala madre.
Registré una pregunta: ¿por qué los humanos asociaban con tanta frecuencia el valor de sus vínculos con la cantidad de sacrificios que estaban dispuestos a realizar?
No tuve demasiado tiempo para profundizar en ella. Mi siguiente paciente estaba por llegar.
Brian entró sin levantar completamente la mirada. Era un joven delgado, de cabello oscuro y ropa sencilla. Se sentó en el borde del sillón y mantuvo las manos entrelazadas.
—Hola, Brian. Soy Ana.
—Hola.
—¿Cómo te sientes hoy?
Se encogió de hombros.
—No sé. Mi médico me dijo que tenía que venir.
—¿Y tú qué piensas?
—Que no tengo ganas de nada. Trabajo porque necesito pagar las cuentas, pero después llego a casa y me encierro. No quiero ver a nadie. Hay días en los que ni siquiera me interesa levantarme.
Su voz era baja y parecía medir cada palabra.
Le pregunté desde cuándo experimentaba aquellos síntomas, cómo dormía, si había notado cambios en su alimentación y qué actividades había dejado de disfrutar.
También exploré su seguridad y la presencia de pensamientos de hacerse daño, como parte de la evaluación clínica.
Sus respuestas indicaban un malestar que requería seguimiento, no una conclusión apresurada.
—¿Recuerdas cuándo comenzaste a sentirte así? —pregunté.
Brian permaneció callado durante varios segundos.
—Mi padre era una persona difícil.
Esperé.
—Bueno, difícil es una forma amable de decirlo. Se enojaba por cualquier cosa. Nunca sabías cómo iba a llegar a casa. A veces gritaba, otras rompía cosas... Y había días en los que era mejor no cruzarse con él.
Su respiración se volvió más superficial.
—Siempre me decía que yo no servía para nada. Que era inútil. Que nunca iba a conseguir nada.
Se frotó las manos.
—Lo peor es que creo que tenía razón.
Aquella afirmación despertó mi interés. Brian había alcanzado la edad adulta, trabajaba y vivía por su cuenta. Sin embargo, continuaba utilizando las palabras de su padre para definir su propia identidad.
—Quiero preguntarte algo —dije—. Cuando afirmas que no sirves para nada, ¿estás describiendo algo que has comprobado o repitiendo una idea que escuchaste muchas veces?
Me miró por primera vez directamente.
—No sé.
—Me has contado que trabajas, que has conseguido vivir de manera independiente y que hoy has venido a buscar ayuda, aunque hablar de ti te resulta difícil. Esos hechos no parecen compatibles con la idea de que eres incapaz de hacer cualquier cosa.
—Eso no significa que sea bueno en algo.
—No intento convencerte de que seas extraordinario. Me interesa que podamos distinguir entre lo que haces y lo que alguien te enseñó a creer sobre ti.
Brian bajó la mirada. Sus ojos estaban húmedos.