Capítulo 4
—Ana.
No respondí.
—Doctora Andrómeda.
Continué examinando la ciudad que se extendía bajo nuestra nave.
—Anuki —insistió Onix.
Me volví inmediatamente.
—¿Qué sucede?
Sus grandes ojos negros se fijaron en mí.
—Eso es precisamente lo que debemos corregir. Si alguien te llama Ana y no respondes, tu identidad humana durará muy poco.
Observé la representación que flotaba sobre la consola.
Debajo de mi rostro aparecía un nombre que nunca había utilizado: doctora Ana Andrómeda.
Según los registros terrestres, aquella mujer tenía una residencia, una trayectoria académica y autorización para ejercer como psicóloga.
Todo había sido preparado por Onix mientras yo completaba las últimas etapas de nuestra expedición.
—¿Por qué Andrómeda? —pregunté.
—Me pareció apropiado.
—¿No despertará sospechas?
—Los humanos tienen apellidos mucho más extraños. Lo he comprobado.
—¿Y Ana?
—Es breve, frecuente y fácil de recordar. Aunque, por lo visto, no tan fácil de reconocer para ti.
Volvió a pronunciarlo.
—Ana.
Esta vez respondí.
—¿Sí?
Onix pareció satisfecho.
—Mucho mejor. Ahora solamente debes hacerlo sin esa expresión de quien acaba de descubrir que tiene otro nombre.
Sonreí. Comenzaba a comprender que mi asistente poseía una manera particular de señalar los errores.
Nos encontrábamos sobre una ciudad costera de la Tierra.
Habíamos abandonado la plataforma oceánica poco después de que Khael distribuyera las zonas de investigación y nos recordara las condiciones de nuestra misión.
Cada integrante del equipo trabajaría de manera independiente, aunque continuaríamos compartiendo información y manteniendo reuniones periódicas.
Tharira y Zehiran permanecerían en la nave madre, responsables de las comunicaciones y del apoyo operativo.
Mi destino había sido seleccionado por la diversidad de sus habitantes.
La ciudad reunía personas de diferentes edades, ocupaciones y condiciones sociales, una combinación especialmente favorable para estudiar los vínculos humanos.
Desde nuestra posición distinguía avenidas iluminadas, edificios de distintas alturas y pequeñas figuras que se desplazaban entre establecimientos todavía abiertos.
Era de noche, pero la actividad no se había detenido.
—¿Todos esos individuos necesitan permanecer despiertos? —pregunté.
Onix se acercó a la superficie panorámica.
—Algunos trabajan. Otros se divierten. Hay quienes regresan a sus hogares y quienes apenas están comenzando sus actividades.
—Su organización del descanso parece poco uniforme.
—Es posible. Aunque sospecho que muchos humanos tampoco están satisfechos con ella.
Observé un vehículo detenerse frente a un edificio. Una mujer descendió y otra salió a recibirla. Se abrazaron antes de entrar juntas.
Había visto innumerables escenas semejantes en los archivos. Ahora ocurrían delante de mí, sin una cámara de investigación que seleccionara el encuadre ni un informe que explicara su contexto.
—¿Conoces a esas personas? —preguntó Onix.
—No.
—Llevas varios instantes observándolas.
—Intento determinar qué relación mantienen.
—Tal vez sean familiares.
—También podrían ser amigas o una pareja.
—Entonces tendremos que acercarnos un poco más para averiguarlo.
Lo miré.
—No podemos investigar a cada individuo que aparezca bajo nuestra nave.
—Eso esperaba escuchar. De lo contrario, nunca terminaríamos de instalarte.
Su comentario me recordó que todavía debíamos revisar varios detalles de mi nueva vida.
La nave auxiliar que compartíamos era pequeña en comparación con la unidad que nos había transportado desde Naurea, pero disponía de todo lo necesario para nuestra investigación: sistemas de navegación, laboratorio, espacio de descanso y un centro de comunicaciones.
Durante el día, su camuflaje la haría parecer una formación nubosa; por la noche, un punto luminoso compatible con el firmamento terrestre.
Los instrumentos humanos tampoco podrían identificarla mediante sus sistemas habituales de detección.
Onix había comprobado su funcionamiento repetidas veces.
Lo conocía desde los preparativos de la misión, aunque apenas habíamos conversado antes de nuestra llegada a la plataforma.
Era pequeño, de piel grisácea, extremidades delgadas y una cabeza ligeramente mayor en proporción con su cuerpo.
Sus ojos negros ocupaban buena parte de su rostro y expresaban una vivacidad que no siempre conseguía interpretar.
Pertenecía a una especie cuya historia estaba vinculada con la expansión antigua de los Aelunari.
Sus antepasados habían habitado un mundo incorporado al dominio de nuestra civilización y, con el transcurso de las generaciones, muchos de sus descendientes habían pasado a desempeñar funciones de asistencia especializada.
Onix había sido asignado para acompañarme, ocuparse de los sistemas técnicos y facilitar mi integración en la Tierra.
Era extraordinariamente eficiente. También mucho más conversador de lo que había previsto.
—He preparado tu apartamento —anunció, activando una nueva proyección—. Está cerca del consultorio y de varios establecimientos comerciales. Podrás desplazarte a pie si lo deseas.
Ante mí apareció una vivienda luminosa, con una sala de estar, cocina, dormitorio y ventanas desde las que se distinguía parte de la ciudad. Había libros, plantas, muebles de líneas sencillas y pequeños objetos decorativos.
—¿Por qué hay una fotografía de un paisaje sobre esa mesa?
—Porque los humanos suelen conservar imágenes de lugares que les gustan.
—¿Aunque no tengan ninguna utilidad práctica?
—Para ellos, recordar algo puede ser una utilidad.
Consideré la respuesta.
—¿Y si alguien me pregunta dónde fue tomada?
—He preparado una historia compatible con tu identidad.
—¿No sería más sencillo retirarla?
—Sería más sencillo. Pero un apartamento sin ningún objeto personal podría resultar extraño.
Amplié la representación. Onix había procurado que la vivienda pareciera habitada por una persona real, no preparada exclusivamente para una inspección. Incluso había dejado algunos libros sobre una mesa, como si su propietaria los hubiera utilizado recientemente.
—También encontrarás ropa para diferentes ocasiones —continuó—. He seleccionado prendas apropiadas para el consultorio, para salir y para permanecer en casa.
La proyección cambió y aparecieron varios conjuntos.
—¿Realmente necesitan tantas opciones?
—Algunos humanos consideran muy importante elegir qué ponerse.
—Podría investigar ese comportamiento.
—Preferiría que no dedicaras toda la expedición a estudiar sus armarios.
Solté una breve risa. Onix inclinó la cabeza, satisfecho de haber provocado aquella reacción.
Había algo interesante en su manera de comunicarse. Mientras yo tendía a formular preguntas para obtener información, él parecía disfrutar de los intercambios que no perseguían ningún objetivo concreto. A veces hacía comentarios únicamente para observar mi respuesta.
Tal vez aquella disposición resultara útil al estudiar a los humanos.
—¿Has trabajado antes con investigadores especializados en vínculos sociales? —pregunté.
—No. He participado en otras expediciones, pero esta será mi primera experiencia acompañando a alguien que estudia por qué las personas se quieren, discuten y luego vuelven a buscarse.
—Esa descripción es demasiado general.
—Lo sé. He leído tus trabajos. Los humanos son mucho más complicados.
—¿Qué te hace pensar eso?
Onix apoyó una mano sobre la consola.
—Dicen que no necesitan ayuda cuando la necesitan. Se alejan de alguien esperando que esa persona los busque. A veces ocultan lo que sienten y después se entristecen porque nadie lo descubre.
—Son comportamientos que también he identificado.
—Entonces espero que encuentres una explicación.
—Para eso estamos aquí.
—Yo espero, además, que no tengamos demasiados problemas.
—Si cumplimos los protocolos, no debería haberlos.
Onix permaneció en silencio unos instantes.
—Eso suelen decir los investigadores antes de que ocurra algo inesperado.
No encontré razones para compartir su preocupación. Habíamos previsto los principales riesgos y disponíamos de recursos suficientes para afrontar numerosas situaciones. Sin embargo, comenzaba a sospechar que Onix no necesitaba identificar un peligro concreto para imaginar que podía presentarse.
La última parte de nuestra preparación estaba relacionada con mi actividad profesional.
Khael había seleccionado la psicología porque me permitiría conversar directamente con humanos de diferentes edades y circunstancias.
A diferencia de otras ocupaciones, una consulta psicológica ofrecía la posibilidad de escuchar relatos personales sobre relaciones familiares, amistades, pérdidas, conflictos y decisiones que los individuos difícilmente compartirían con desconocidos.
Había estudiado sus principales teorías, métodos y procedimientos.
Mi formación y nuestras capacidades de aprendizaje me permitían comprender conocimientos que los humanos adquirían durante años de preparación.
Onix, por su parte, había construido los registros académicos y profesionales necesarios para que mi identidad resultara verificable.
No tendría que aprender a ejercer desde cero. Tendría que aprender a hacerlo sin revelar cuánto sabía ni de dónde procedía.
—Tu consultorio está listo —anunció Onix.
Apareció una habitación de tonos suaves, con dos sillones enfrentados, una mesa pequeña, libros y una planta junto a la ventana. El lugar parecía cómodo, aunque su distribución despertó mi curiosidad.
—¿Por qué no hay un escritorio entre los sillones?
—Porque los humanos suelen sentirse más cómodos cuando pueden hablar sin una barrera física importante.
—¿Y la planta?
—Ayuda a que el espacio resulte agradable.
—¿La biblioteca?
—Refuerza tu identidad profesional.
—¿Y los cuadros?
Onix me miró.
—Anuki, no todos los objetos necesitan justificar su presencia mediante una función científica.
—Estoy intentando comprender las decisiones que tomaste.
—Lo sé. Por eso te he respondido las primeras tres preguntas.
Sonreí y continué observando el consultorio.
—Comenzarás con pocos pacientes —explicó—. He seleccionado los primeros casos teniendo en cuenta los objetivos de tu investigación y la necesidad de que te familiarices con la atención humana. Después podremos ampliar tu actividad.
—¿Qué tipo de situaciones presentan?
—Dificultades familiares, pérdidas y conflictos personales. Sus experiencias son diferentes, pero todas están relacionadas con los vínculos que deseas estudiar.
Aquello confirmó que la elección profesional había sido acertada. No tendría que limitarme a interpretar escenas observadas a distancia. Los propios humanos podrían explicarme qué creían sentir, por qué habían tomado determinadas decisiones y qué esperaban conseguir al buscar ayuda.
Onix desactivó la proyección, pero no se apartó.
—Hay algo que quiero decirte antes de que comiences.
—Te escucho.
—Esas personas no sabrán quién eres. Para ellas serás una psicóloga y algunas te confiarán cosas que no se atreven a contar a nadie más.
—Conozco las normas de confidencialidad.
—No me refiero solamente a las normas.
Lo observé.
—¿Entonces?
—Cuando alguien te entrega algo que considera importante, aunque sean solamente palabras, debes tener cuidado de no hacerle daño con ello.
Su comentario me sorprendió. Onix parecía preocupado por personas a las que todavía no conocíamos.
—Mi intención es comprenderlas y desempeñar correctamente mi función —respondí—. No tengo motivos para perjudicarlas.
—Lo sé —contestó con suavidad—. Solo quería recordártelo.
No insistió. Regresó a sus controles y comenzó a preparar nuestro descenso.
Mientras lo observaba, pensé que su manera de interpretar las relaciones humanas era diferente de la mía.
Yo veía en aquellos futuros pacientes una oportunidad extraordinaria de investigación.
Onix, en cambio, parecía pensar primero en lo que podían experimentar al encontrarse frente a una desconocida.
Registré mentalmente aquella diferencia. Quizás también tuviera algo que aprender de él.
Onix dirigió la nave hacia una zona apartada, desde donde podría acceder a la ciudad sin ser observada. Antes de descender, verificó mi sistema de comunicación y me recordó que permanecería disponible durante toda la jornada, aunque procuraría no interrumpir mis conversaciones.
—También he preparado tu agenda para mañana —añadió—. Tu primera paciente llegará a las nueve.
—¿Cuántas personas atenderé?
—Tres. Consideré conveniente que comenzaras con casos diferentes y dispusieras de tiempo suficiente para registrar tus observaciones.
—Excelente.
—Y, por favor, recuerda que debes responder cuando te llamen Ana.
—Lo recordaré.
—¿Ana?
—¿Sí, Onix?
—Ahora sí estamos preparados.
La nave descendió silenciosamente. Cuando la compuerta se abrió, una corriente de aire húmedo ingresó en el interior.
Percibí el aroma del océano, el movimiento del viento entre los árboles y sonidos procedentes de calles cercanas.
Regulé mi percepción para evitar que los estímulos más distantes interfirieran con los inmediatos.
Onix permaneció junto a la consola mientras me acercaba a la salida.
—Anuki —me llamó.
Me volví.
—¿Qué sucede?
Levantó una de sus pequeñas manos.
—Quiero desearte una buena experiencia.
Tomé su mano con suavidad.
—Gracias, Onix. Confío en que realizaremos una investigación extraordinaria.
—Yo también. Y espero que los humanos te traten bien.
Su preocupación volvió a resultarme curiosa.
—No tienen motivos para hacer lo contrario.
—Eso espero.
Descendí de la nave y mis pies tocaron por primera vez el suelo terrestre.
Durante unos instantes observé la vegetación que me rodeaba, las pequeñas variaciones de temperatura y la iluminación distante de la ciudad.
Había estudiado aquel planeta durante numerosos ciclos, pero ninguna representación conseguía reproducir completamente la experiencia de encontrarme allí.
Detrás de mí, la nave comenzó a elevarse hasta desaparecer de mi vista. Onix permanecería cerca, oculto entre las formaciones del cielo, mientras yo iniciaba una existencia que, para los humanos, no tendría nada de extraordinaria.
Caminé hacia la ciudad. En algún lugar de aquellas calles me esperaba un apartamento que todavía no conocía y un consultorio donde pronto escucharía las experiencias de personas que jamás imaginarían mi verdadero origen.
Había llegado a la Tierra para estudiar sus vínculos. Mi formación me permitía analizar sus emociones, reconocer patrones de comportamiento y comprender los mecanismos que influían sobre sus decisiones. No consideraba necesario experimentar personalmente aquellos sentimientos para investigarlos.
Al día siguiente, tres humanos acudirían a mi consulta buscando respuestas sobre sus propias vidas.
Yo también tenía preguntas.
Y estaba convencida de que, al escucharlos, comenzaría a encontrar las respuestas que había venido a buscar.