Capítulo 3
La primera vez que intenté comportarme como una humana, fracasé al comprar una bebida.
Habíamos reproducido un establecimiento comercial terrestre mediante uno de nuestros sistemas de simulación.
El ejercicio parecía sencillo: debía entrar, solicitar un producto, intercambiar algunas palabras con la persona que me atendiera y retirarme sin despertar sospechas.
Conocía el idioma, las costumbres de aquella región y los procedimientos habituales de compra. No esperaba ninguna dificultad.
—Buenos días —me saludó la mujer detrás del mostrador—. ¿En qué puedo ayudarte?
—Necesito adquirir uno de los productos alimenticios que se encuentran en el segundo compartimento de refrigeración.
La mujer me observó desconcertada.
—¿Una bebida?
—Exactamente.
—¿Cuál?
Señalé el producto y describí su composición.
—¿Quieres uno de estos? —preguntó finalmente.
—Sí. Eso es lo que intentaba comunicarle.
La simulación se interrumpió. Sobre la superficie apareció una evaluación que calificaba mi comportamiento como innecesariamente formal y poco natural.
Examiné el resultado con incredulidad. Había utilizado expresiones correctas, mantenido una actitud respetuosa y conseguido comunicar lo que deseaba.
—Porque nadie habla así para comprar una bebida —comentó Xandor desde el otro extremo de la sala.
—Mi comunicación fue precisa.
—Demasiado precisa.
—La precisión no debería constituir un inconveniente.
—Entre los humanos, aparentemente, sí.
Zireth, que había presenciado el ejercicio, sonrió.
—Quizás el problema no sea lo que dijiste, sino cómo lo dijiste. Los humanos interpretan las palabras según el contexto y la relación que mantienen con quien las pronuncia.
—Entonces tendré que aprender a ser menos precisa.
—Tal vez solamente debas aprender cuándo la precisión deja de ser lo más importante.
Aquella observación me resultó más interesante que la evaluación del sistema. Había estudiado numerosos idiomas y comprendía perfectamente sus estructuras, pero comenzaba a descubrir que conocer una lengua no garantizaba utilizarla de manera natural.
Durante los ciclos siguientes, nuestra preparación se concentró en situaciones cotidianas.
Khael había organizado simulaciones de conversaciones, desplazamientos urbanos, actividades comerciales y encuentros sociales.
No necesitábamos aprender nuevas profesiones ni adquirir conocimientos que nuestra formación ya nos proporcionaba.
El desafío consistía en adaptarnos a costumbres humanas sin llamar la atención.
Xandor encontró especialmente desconcertante el humor.
En una de las sesiones examinamos dos conversaciones prácticamente idénticas. En ambas, una persona realizaba un comentario crítico sobre otra. Sin embargo, mientras una provocaba una discusión, la segunda terminaba entre risas.
—Las palabras son casi las mismas —observó—. ¿Por qué reaccionan de manera diferente?
—Porque no están respondiendo solamente a las palabras —propuse—. En la segunda conversación parecen conocerse desde hace mucho tiempo.
—¿Eso modifica el significado?
—Modifica la interpretación. Un comentario puede considerarse ofensivo si procede de un desconocido y afectuoso si lo hace alguien con quien existe confianza.
Xandor volvió a examinar las imágenes.
—Complicado.
—Interesante —lo corregí.
—Ambas cosas —intervino Zireth.
Las sesiones se volvieron más entretenidas de lo que había previsto.
Cada investigador interpretaba las situaciones desde su especialidad, y aquellas diferencias producían discusiones que difícilmente habrían surgido durante nuestras investigaciones individuales.
Yo encontraba particularmente fascinante que los humanos pudieran transmitir mensajes distintos mediante palabras semejantes, silencios o pequeños gestos.
Nuestra semejanza física con ellos facilitaría la integración.
Los Aelunari poseíamos proporciones corporales y rasgos que podían confundirse con los de determinados grupos humanos.
Sin embargo, nuestros sentidos, nuestra resistencia y nuestra velocidad de reacción eran considerablemente superiores.
Aquellas capacidades, que en Naurea utilizábamos con naturalidad, debían permanecer controladas durante la misión.
Khael aprovechó una sesión para mostrarnos registros históricos de antiguos contactos entre nuestra civilización y la Tierra.
Algunas expediciones aelunari habían visitado el planeta en épocas remotas y ciertos individuos habían establecido vínculos con sus habitantes.
En determinados casos, aquellas relaciones habían dado lugar a descendencia.
—¿Eso significa que algunos humanos podrían compartir parte de nuestro linaje? —pregunté.
—Es posible —respondió Khael—. Pero no debemos atribuir su diversidad biológica a esos contactos. La historia de la humanidad es mucho más extensa y nuestros registros documentan solamente algunos encuentros.
Nevara examinó las imágenes con curiosidad.
—¿Conservarán recuerdos de aquellas visitas?
—Tal vez fragmentos transformados en relatos —contestó Khael—. Pero no todas las historias sobre seres que descendieron del cielo tienen necesariamente un origen extraterrestre.
La posibilidad me intrigó. Había estudiado numerosas leyendas humanas y nunca había considerado que algunas pudieran contener recuerdos de acontecimientos reales relacionados con nuestra especie.
Aun así, comprendía que debíamos evitar interpretaciones precipitadas.
La existencia de visitantes procedentes de otros mundos no convertía cada mito en un registro histórico.
Las diferencias físicas representaban una preocupación más inmediata. Durante una simulación urbana descubrí hasta qué punto nuestros sentidos podían complicar una actividad aparentemente sencilla.
El sistema reprodujo una calle concurrida.
Había vehículos, conversaciones, establecimientos comerciales y personas desplazándose en diferentes direcciones.
Apenas ingresé, distinguí sonidos que los humanos no percibían: vibraciones mecánicas, dispositivos electrónicos y conversaciones desarrolladas a considerable distancia.
También identifiqué numerosos olores y pequeñas variaciones ambientales.
Me detuve para procesar la información.
—Anuki, estás inmóvil —advirtió Zehiran mediante el sistema de comunicación.
—Estoy evaluando el entorno.
—Llevas demasiado tiempo haciéndolo. Los humanos están comenzando a observarte.
Miré a mi alrededor. Varias figuras simuladas habían tenido que modificar su trayectoria para esquivarme.
—Hay demasiados estímulos.
—Regula tu percepción. No necesitas registrar todo lo que sucede.
Reduje voluntariamente la intensidad con la que procesaba determinados sonidos y olores. Las conversaciones lejanas dejaron de competir con las más próximas y el entorno comenzó a parecerse al que experimentaría una persona humana.
—Mucho mejor —comentó Zehiran—. Ahora intenta caminar sin analizar cada objeto que encuentres.
Reanudé el desplazamiento. La experiencia resultó considerablemente más sencilla cuando dejé de prestar atención simultánea a todos los estímulos disponibles.
Aquella sesión me permitió identificar un problema que no había previsto: nuestras capacidades podían delatarnos tanto por lo que hacíamos como por la manera en que reaccionábamos.
Un movimiento demasiado rápido, una percepción imposible para un humano o una respuesta física desproporcionada bastarían para despertar sospechas.
Khael insistió en que evitáramos utilizar nuestras habilidades extraordinarias frente a los habitantes de la Tierra.
También nos recordó que nuestra capacidad de recuperación no nos convertía en seres invulnerables.
Nevara y Zireth habían identificado organismos y sustancias terrestres que podían representar riesgos, mientras Azael estudiaba las condiciones ambientales de las regiones donde desarrollaríamos nuestras investigaciones.
Sin embargo, la advertencia más importante llegó durante nuestra última sesión preparatoria.
—No hemos viajado para demostrar que sabemos más que los humanos —nos recordó Khael—. Si convierten cada conversación en una explicación científica, terminarán modificando aquello que pretenden observar.
—¿Y si nos preguntan algo que sabemos responder? —preguntó Xandor.
—Respondan de una manera compatible con su identidad y con los conocimientos disponibles para ellos.
—Eso significa que tendremos que permitir que continúen equivocados en determinadas circunstancias.
—Significa que no somos sus instructores.
Khael nos observó uno por uno.
—Escuchen más de lo que hablan. Y recuerden que una conversación no siempre constituye una solicitud de información. A veces, los humanos solamente desean compartir una experiencia.
Pensé en los registros de personas que permanecían reunidas durante horas sin intercambiar datos aparentemente relevantes. Había supuesto que aquellas conversaciones cumplían funciones sociales, pero todavía no comprendía por qué la simple compañía podía resultar tan importante.
Una vez completadas las evaluaciones, Khael nos convocó en el centro de navegación interestelar de Aeliria.
La nave que nos transportaría a la Tierra permanecía suspendida sobre una plataforma de estabilización.
Tenía una estructura alargada, superficies nacaradas y líneas curvas que reflejaban suavemente la luz del entorno.
Conocía sus características técnicas y los principios científicos que permitían recorrer distancias inmensas, pero nunca había contemplado una unidad semejante sabiendo que pronto viajaría en su interior.
—Impresionante, ¿verdad? —comentó Azael, que se había detenido a mi lado.
—Conozco sus especificaciones.
—No te pregunté eso.
Lo observé.
—¿Entonces?
—Si te parece impresionante.
Volví a contemplar la nave. Pequeñas variaciones luminosas recorrían su superficie mientras los sistemas de preparación completaban las últimas verificaciones.
—Sí —admití—. Mucho.
Azael sonrió.
—A veces resulta agradable observar algo sin explicar inmediatamente cómo funciona.
Recordé a Naureia. Comenzaba a sospechar que mis compañeros encontraban particularmente entretenida mi tendencia a analizarlo todo.
Ingresamos por uno de los accesos laterales.