18
La grabación es bastante buena para estar hecha de forma subrepticia. Apenas hay ruidos de fondo. Se escucha a dos personas: a Víctor Zamora, el hombre que murió en la habitación del hotel Emperador, y a una mujer. A Marimar. Su madre.
—No te preocupes por mi marido, no te hará nada —dice ella.
—Alberto es un mafioso, y si no le pago todo lo que le debo, no me va a romper las piernas, no. Me mandará a uno de sus sicarios para meterme un tiro en la cabeza.
—Mi marido lo único que quiere es cobrar, y los muertos no pagan.
—Soy un imbécil. ¿Por qué me metí en aquella timba? —suena desesperada la voz de Víctor—. ¿Por qué me piqué con el puto colombiano de los cojones?
—Ya está, Víctor, no te fustigues. Yo te voy a ayudar a salir de esta.
—Es un millón de euros, cariño. ¿Cómo vas a hacerlo? Estoy jodido. Da igual que me vaya a la otra punta del mundo. Me encontrará. El muy cabrón me encontrará.
—¿Por qué le dijiste que habías robado un millón de la caja? ¿Por qué no le dijiste que era menos?
—Me tenían grabado con las cámaras del casino. El colombiano que me desplumó quería la pasta o me mataba allí mismo. Fue lo único que se me ocurrió.
—Pero en las cámaras no se ve cuánto cogiste.
—Da igual. Alberto sabe cuánto había, ¿te crees que puedo engañarlo con eso? No hay nada que le guste más que el dinero.
—De acuerdo, un millón. Es mucho dinero, pero te voy a ayudar. Eso sí, me tienes que prometer que no vuelves a jugar.
—No he tocado ni una carta desde esa noche. Pero no sé qué hacer, tu marido me ha dado un ultimátum, tengo que pagarle antes del martes.
—Dale largas. Necesito unas semanas más. Alberto está a punto de hundirse, hay que ganar tiempo.
—No se va a hundir mientras tenga al lado a la Hermana Mei.
—La Hermana Mei ha perdido mucho dinero con las apuestas y no se quedará de brazos cruzados. No importa que lleven juntos toda la vida; si Alberto no es rentable, lo dejará solo. Y le ha fallado muchas veces en los últimos tiempos.
—Tu marido cree que hay un topo que se las revienta. No sé si sospecha de mí.
—Él sabe que no puedes ser tú. No tienes la información que hace falta.
—Si pudiera decirle quién es, quizá me perdonaría la deuda.
Hay una pausa, da la impresión de que Marimar piensa en si debe hablar o no, contar lo que sabe. Se oye el ruido de un tráfico lejano. Puede que estén hablando en una casa cerca de una carretera.
—Soy yo, Víctor, el topo soy yo —le confiesa Marimar—. Paso información a los Huérfanos, ellos sobornan al deportista, lo amenazan o lo que sea, eso es cosa suya, y revientan el negocio de Alberto.
Otra vez unos segundos de silencio, los que se toma Víctor para digerir la revelación. No son más de cinco o diez, pero se hacen eternos.
—¿Por qué? —pregunta, desconcertado.
Laura detiene la grabación. Nota un dolor punzante, como si un millón de esquirlas de cristal se le clavaran en los pulmones, en la garganta; cada bocanada de aire ha sido una tortura desde que salió de aquel poblado de chabolas donde se escondía Gorbachov. Se obliga a mantener la entereza.
—Contesta a esa pregunta, mamá. ¿Por qué hacías eso?
Marimar ha escuchado su propia voz y la de Víctor con los ojos entrecerrados y una respiración sibilante, como si se ahogara ante la mirada de rabia de su hija.
Mira a su alrededor antes de responder, una pequeña habitación de paredes pintadas al gotelé, sucia y escasa de luz y ventilación, solo tiene un ventanuco cerca del techo.
Fuera debe de hacer frío, el cielo está tan nublado que parece de noche.
Un globo de cristal amarillento por los años cuelga del techo y derrama una luz mortecina.
Laura ha solicitado al personal de la clínica tener un encuentro privado con su madre, y este cuartucho es todo lo que le han podido ofrecer.
—Porque quería destrozarlo —responde al fin Marimar—. Porque lo odio. Porque me había apartado. ¿Sabes que él no estaría donde está si no es por mí? Y, de repente, me echó al trastero, como si fuera una maleta vieja. Me dejó de querer.
Laura golpea con ambas palmas en la mesa de formica que las separa, pero su madre no muestra ninguna reacción, como si fuera una figura de piedra.
Se levanta, no aguanta mirar a los ojos a esa mujer.
Sabe que no es cierto, que es la ansiedad, pero cada vez que traga saliva siente que se le abre una herida en el esófago que supura sangre.
Tiene que respirar con aspiraciones breves, el pecho le va a estallar.
—¿Me mentiste?
Le habría gustado gritar, pero todo lo que ha podido articular es una pregunta ingenua, como si todavía fuera una niña. Marimar asiente, sin fuerzas.
—Lo siento.
—¿Qué pasó esa noche en el hotel? Cuéntamelo todo, mamá. Sin más mentiras.
Marimar menea la cabeza, parece incapaz de revivir aquella pesadilla.
Su gesto se tuerce en una mueca de dolor, pero Laura tiene una revelación y se da cuenta de que ese sufrimiento es fingido.
No le duele nada. No tiene miedo a revivir su asesinato.
Y, de pronto, como si se abriera una compuerta de su memoria, desfilan por su cabeza las muchas veces que su madre se ha comportado así, la rapidez para convertirse en la víctima principal de cualquier incidente, de cualquier avatar de la vida, sus miradas huidizas si su padre le ordenaba algo, la falsa congoja si un hijo se negaba a hacer lo que ella pedía.
El miedo con el que aterrizó en Madrid aquella noche: una puesta en escena más de victimismo con el único propósito de conseguir lo que quería.
Que Laura la acogiera, que sus hijos se pusieran de su parte.
—Víctor grababa nuestras conversaciones. Me utilizó. No estábamos enamorados, no soy tan ingenua, pero sí éramos amantes. Teníamos un pacto. Yo estaba dispuesta a hundir a tu padre para librarlo de su deuda. Me lo estaba jugando todo por él y el muy cabrón me grababa.
—¿Lo mataste tú?
—Nos divertimos en el Cock. Víctor siempre tenía alguna anécdota con la que hacerme reír.
Fuimos al hotel y... estuvimos juntos. Pedimos el servicio de habitaciones para cenar.
Todo iba bien hasta que me volvió a pedir dinero.
Era mentira que hubiera dejado de jugar.
Además del millón de euros que le debía a tu padre, había perdido otros doscientos mil en una partida de póquer.
Me di cuenta de que siempre iba a ser así, que tenerlo al lado era un lastre.
Le dije que no. Que se olvidara de que yo pagara todas sus deudas y que lo nuestro había terminado, pero no me dejó irme de la habitación.
Entonces, me puso la grabación. La misma que me acabas de poner tú.
Me dijo que le diera el millón doscientos o le enseñaba la grabación a Alberto.
Yo no tenía ese dinero, y, aunque lo hubiera tenido, ¿cómo sabía que Víctor no volvería a chantajearme cuando se lo gastara todo en las cartas?
Tampoco podía marcharme: habría llamado a tu padre.
Las lágrimas resbalan por sus mejillas, pero su expresión ya no es la de antes: es un rostro relajado, sin sombra de dolor o de culpa, como su mirada, tan fría como la de un reptil. Laura tiene la sensación de estar viendo por primera vez en su vida el verdadero rostro de su madre.
—Fue un arrebato, pero sí. Lo maté. —Marimar no se enorgullece de su confesión, pero tampoco le duele destapar la verdad: se lo ha dicho con la misma ligereza con la que le confesaría un olvido intrascendente.
—Le arrancaste los ojos para desviar las sospechas hacia Gorbachov. ¡Eso no es un arrebato!
Laura grita porque le exaspera la pasividad de su madre, porque necesita transformar esta conversación en un drama, no solo para ella, sino también para Marimar.
¿Cómo puede asumir el crimen así sin más?
¿Por qué no se rompe por dentro como se está rompiendo ella?
Contiene las náuseas como puede. Está mareada, pero no va a sentarse, no quiere componer una estampa cálida junto a su madre.
—Esa noche fue horrible. Pensé en cómo podía salir de esa.
Llamé a Gorbachov y lo contraté para que entrara en casa de Víctor y se llevara su ordenador.
Tenía allí la copia de seguridad de la grabación.
También le dije que hablara con Putin, que le dijera que Alberto Pastor lo había contratado para hacer un trabajo en Madrid y que, luego, desapareciera de Marbella durante un tiempo.
Fui construyendo mi coartada poco a poco: por eso le saqué los ojos a Víctor, sí.
Para que cuando yo dijera que me lo había cruzado en la Gran Vía...
Bajé a desayunar y tiré a una alcantarilla el cuchillo de la cena con el que...
Estuve fuera de la habitación el tiempo suficiente para que alguien pudiera haber entrado y matado a Víctor.
Y, luego, tú. Sabía que no me dejarías sola, que creerías todo lo que te dijera.
Eres fiscal, ibas a remover el caso y ofrecer una duda razonable para sacarme de este lío.
Te dije que tu padre estaba detrás de todo para darte un empujón. Sé que lo odias tanto como yo.
—¿Tú te escuchas, mamá? ¿Tú eres consciente de lo que has hecho? Me has usado para encubrir un asesinato.
—De un chantajista. Sí.
—Has hecho mucho más que eso. Nos has traicionado a mí y a papá.
A todos tus hijos. Los pusiste en peligro pasándoles información a los irlandeses y, después, te han dado igual las consecuencias de que yo entrara en tu juego.
Solo has pensado en ti, pero por tu culpa la hija y la exmujer de Aras están muertas.
Casi matan a Dani y a Ingrid. Putin, Gorbachov, Strummer...
¡Papá está en el hospital, intubado! ¡Has provocado una puta guerra!
—El error no fue mío. El error fue de tu padre —le responde con cinismo—. Se creyó que podía dejarme de lado.
—Eres una enferma. Una psicópata.
—No olvides que tu padre es un asesino. —Marimar aprieta los labios.
Laura saca el anillo del bolsillo y lo pone sobre la mesilla con fuerza. El brillo del diamante y los reflejos dorados acentúan el aire lúgubre de la estancia. Marimar se queda mirando la joya y sonríe con una melancolía que resulta absurda, anacrónica, fuera de lugar.
—Lo sé todo, mamá. Tú mandaste matar al colombiano. Y me hiciste creer que había sido papá. Tú lo encargaste. ¿Fuiste tú también la que convirtió a papá en lo que es? A lo mejor, hasta estás orgullosa de eso. Como lo estarás de haberme dejado que lo odiase durante veinte años. Me das asco.
Con torpeza, Laura recoge su abrigo, su bolso. Ese pequeño cuarto con el aire viciado está envenenándola. No aguanta un segundo más la cercanía de Marimar.
—Soy una víctima. No me dejes sola ahora, hija.
—Yo no tengo madre.
Algo dentro de Laura estalla. Como si hubiera reventado un globo lleno de agua y una cascada fría y pura se distribuyera por todo su cuerpo, limpiándola, sanándola, llevándose esos cristales que le impedían respirar.
Se siente fuerte, sin cadenas que la aten, pero tampoco se engaña: el efecto de la liberación será fugaz.
Se retirará como una marea y, entonces, volverá la culpa por lo que ha hecho para defender a una asesina, y también el repaso pormenorizado de toda una vida: desde los recuerdos infantiles hasta la adolescencia en la que se forjó el trauma con Alberto Pastor.
Todo tendrá que ser reescrito, porque se da cuenta de que ningún recuerdo es fiable, porque depositó su amor en el lugar equivocado.
Será doloroso reformular los instantes felices con su madre como lo que eran, una pantomima de Marimar, una manipulación.
La luz del techo titila bajo el efecto de una caída de la corriente eléctrica. Laura comprende que debe escapar de ese cuartucho, que si se queda un minuto más va a perder la cordura. Coge el anillo y cierra la puerta como si encerrara a su madre en una caja para siempre.
El malestar que temía la aborda tan pronto sale de la clínica.
Tiene que sofocarlo, no puede conducir de vuelta hasta Marbella en ese estado.
Podría llamar a Guillermo y curar las heridas en su abrazo, pero no es con él con quien quiere estar.
Prefiere regresar al sur, al lado de Aras, al lado de su padre.
Intenta poner música relajante en el coche.
De pronto advierte que la rabia ha dado paso al dolor, a una tristeza insondable.
Los últimos ciento cincuenta kilómetros los hace llorando.
Es el comienzo de la montaña rusa que serán sus emociones a partir de ahora.
Aparca en el hospital y sube a la planta donde está ingresado su padre, pero, antes de que pueda pasar a su habitación, la aborda una figura encorvada, envuelta en una bata.
Tarda unos segundos en reconocer a la Hermana Mei.
—Se ha despertado. Llevará tiempo. Recuerda: tienes que ser tú. Solo voy a confiar en ti. Mira la que ha liado tu hermano.
No necesita recordarle los términos de su acuerdo, la sangre de Laura en la boca de Mei.
Qiang viene de la UCI donde sigue su padre y, después de un leve saludo, se aleja acompañando a la china por el pasillo.
Juntos se pierden entre los visitantes del hospital como si fueran fantasmas.
Laura se pregunta si ese encuentro ha sucedido en realidad o lo ha creado su mente enferma.
A Alberto le han quitado el tubo, ahora tiene unas gafas nasales que lo ayudan a respirar.
El cráneo está rapado y en la frente luce un vendaje.
Le han cogido una vía y está conectado a un monitor de latidos.
Su aspecto es terrible, pero al ver a Laura sonríe con amor y consigue extender la mano hacia ella.
—Te quiero mucho, hija —dice débilmente.
Laura lo mira con ojos nuevos. El rencor, la repulsión que llegó a sentir en su cercanía, se han disipado y, dentro de ella, nace un afecto contradictorio: no olvida todo lo que ha hecho en su vida, pero Alberto es su padre y está convencida de que su cariño ha sido honesto, no como el de su madre.
Que si las presiones de Marimar no lo hubieran torcido, quizá, sus vidas habrían sido muy diferentes, y la posibilidad de volver a amarlo ya no le resulta tan imposible.