Los Huérfanos 19
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Lleva varios días sin dormir. Las palabras de Laura se alojaron en el cerebro de Dani y se repiten en bucle, como una canción pegadiza.

«Estás haciendo infeliz a los tres». No es capaz de sacudirse ese mantra horrible.

Y, lo que es peor, ahora mira a Ingrid bajo una nueva luz, la de la culpa y la compasión, una luz menos favorecedora que la del amor.

¿Se está castigando? ¿Se niega el amor hacia Estrella solo porque no se siente con derecho a ser feliz?

Últimamente, llora cuando está solo y, en presencia de Ingrid, tiene que hacer un esfuerzo para no romperse.

Estrella le pilló un día en el almacén, en uno de sus ataques de llanto.

Estaba tardando demasiado en regresar a la tienda con unas bombonas de oxígeno, entró para ver si le pasaba algo, si se había desmayado, si tenía algún problema con el material de buceo.

Él se quedó de espaldas para recomponer el ánimo, pero ella lo comprendió todo como si estuviera de frente.

Se acercó por detrás y lo abrazó. No dijo nada, no le pidió explicaciones, solo lo confortó con un abrazo que era una declaración de amor, un abrazo que él no puede olvidar desde entonces, que lo hace llorar más todavía.

Esta noche, al ayudar a Ingrid a ponerse el camisón, y tras acomodarla en la cama, decide que es el momento de hablar con ella.

No puede seguir viviendo esta mentira. Tiene que darle a ella la posibilidad de ser feliz lejos de un hombre que está enamorado de otra mujer.

Ingrid lo mira con una expresión extraña, tal vez intuya lo que va a suceder a continuación.

—Quiero hablar contigo de algo importante —dice Dani casi en un susurro, como si entendiera que las cosas graves de la vida hay que pronunciarlas a media voz.

—Yo también —contesta ella.

Él se sorprende de su respuesta y de la sonrisa trágica que esboza. ¿Es posible que lo haya percibido todo, como suponía Laura? ¿Le va a allanar el terreno en esta conversación tan delicada?

—¿De qué quieres hablar? —pregunta.

Ingrid toma aire y sonríe con dulzura.

—Todos estos días en el hospital me han hecho pensar en mi vida. Supongo que el accidente te hace ver las cosas de otra manera.

—Ingrid...

—Déjame hablar. He estado a punto de morir. Y me he dado cuenta de que hay que vivir la vida de otra forma, como si cada día fuera el último. Que no se puede vivir con miedo.

Dani anticipa lo que ella va a decir con palabras bonitas, escogidas: que él ha sido un gran compañero, que lo ama profundamente, pero que quiere algo más porque no se siente correspondida.

Que es mejor que separen sus caminos y conserven el recuerdo de unos años maravillosos. Pero no es eso lo que ella dice.

—Quiero perder el miedo al mar. Quiero dar paseos en barco, quiero bañarme, no vivir con miedo por culpa del trauma del accidente.

Él, desconcertado, la coge de la mano. En unos segundos de confusión, coloca las piezas en el lugar correcto, la expresión temerosa de ella respondía a la decisión de enfrentarse a su gran fobia, el mar. No a una vida sin él. A ella se le humedecen los ojos de la emoción y él la abraza.

—¿Quieres que naveguemos mañana mismo?

—Sí, cuanto antes. Mañana.

Es incapaz de dormir. Por la mañana llama a Estrella para organizar la excursión. Le pide que se ocupe de una clase que tenía programada a las once, le explica que necesita el barco durante un par de horas. Ella, como siempre, se muestra colaboradora.

Dos horas después, cuando Dani empuja la silla de ruedas hasta el muelle, Estrella los espera con una nevera portátil en la que ha metido agua y cerveza y una cestita de mimbre con unos hojaldres que ha comprado de camino en la panadería.

—No tendrías que haberte molestado —dice Ingrid.

—Hoy es un día grande para ti —sonríe Estrella—. Tu primer paseo en barco desde el accidente. Me alegro mucho de que te lances.

—Dice que se quiere bañar —informa Dani.

—¿En serio? Pues espera, que traigo los trajes de neopreno.

—Tranquila, voy yo.

Dani entra en el almacén y coge dos trajes, aunque intuye que no los van a utilizar.

Le parece demasiada audacia para el primer día.

También coge las llaves del barco. Al salir de la tienda, se detiene al ver a Estrella en el muelle.

Se ha agachado para estar a la altura de Ingrid y le está colocando detrás de las orejas un par de mechones.

Comprende de golpe que tiene que hablar con Ingrid, que ese paseo en barco va a ser el corolario de su relación.

Se va a alejar de la costa, fondeará no muy lejos.

Se bañará con ella, si finalmente se anima, y al volver al barco se tomarán el aperitivo.

Y luego le dirá, con todo el dolor de su corazón, que está enamorado de Estrella.

De pronto se siente animado por la sensación de que ella lo va a entender, de que se alegrará por él y de que seguirán siendo amigos.

Algo gracioso ha debido de decir Estrella, porque Ingrid se está riendo con su risa característica de conejo, moviendo los hombros arriba y abajo.

Dani se dispone a cruzar el paseo hacia el muelle, pero se detiene para dejar pasar una moto Harley que viene a toda velocidad.

Al ver asomar el cañón de un arma, intenta utilizar los trajes de neopreno para protegerse.

Pero es un escudo precario para la ráfaga de disparos que lo acribilla.

El petardeo de la moto en su huida amortigua los gritos de Estrella y de Ingrid.

Cuando Laura llega al puerto encuentra la zona precintada.

El cadáver de Dani está cubierto por una manta dorada que refleja la luz del sol y por momentos parece una hoguera.

Siente que le fallan las piernas. Reconoce a Pino, el agente de la UCO, que está serio, hundido; distingue a Sergio entre la multitud, a Estrella llorando, ve a la jueza de instrucción hablando con un inspector y también cómo dos camilleros suben el cadáver a una ambulancia.

Lejos de ese enjambre humano, en el muelle, está Ingrid, sola, en su silla de ruedas, como una vieja maleta olvidada.

Laura sabe que la imagen de esa mujer con las manos aferradas a una cesta de mimbre se está insertando en su cabeza para siempre.

Le gustaría tener fuerzas para acercarse a ella y darle un abrazo.

O para encararse con su hermano Sergio y gritarle a la cara lo que piensa de él.

No lo ha hecho cuando él la ha llamado para darle la noticia.

En ese momento ha pegado un salto y ha salido corriendo del hospital.

Pero no dejará que evite su responsabilidad.

Es el culpable directo de la muerte de Dani.

La ejecución de Trevor Strummer no podía quedar sin respuesta.

No tiene fuerzas para abrirse paso entre la multitud, para traspasar el precinto policial y abalanzarse contra la camilla en la que yace su hermano tan querido.

No quiere derramar sobre ese cuerpo inerte sus últimas lágrimas.

Es una imagen que no va a permitir que se grabe en su memoria.

Para Laura, Dani siempre será ese chico sonriente con el pelo enredado por la sal, bronceado, el hermano que, descalzo, se sentaba a su lado en el jardín, el niño que corría detrás de ella en los pasillos de la casa, pidiéndole juegos, pidiéndole amor.

Se nota al borde del desmayo. Se aleja del puerto y camina como una sonámbula hasta parar un taxi que la lleva a la casa de su padre. Jasmina comprende que ha pasado algo grave al ver el rostro blanco de Laura.

—¿Es el señor? —pregunta.

Ella no contesta. Cruza el salón despacio para no caerse, recorre el pasillo y empuja la puerta del despacho de su padre.

Se sienta en el sillón que siempre ocupa Alberto Pastor.

Desde el ventanal contempla la piscina, el seto que delimita la propiedad y, más allá, la ciudad de Marbella, llena de encantos y desmanes, de fiestas, lujo y dolor, mucho dolor.

Nota cómo algo va creciendo dentro de ella, esa violencia que antes temía y a la que ahora no quiere poner barreras. Forma parte de sí misma, es una Pastor, no tiene sentido reprimirla, la necesita.

Esta ciudad le ha quitado lo que más amaba y esta ciudad tendrá su castigo.