17
Una nube de polvo envuelve el coche de Strummer.
Aras y Laura han bajado del Dacia y se acercan con prevención.
Distinguen la sangre en el suelo, en el asiento, en el interior del coche.
El parabrisas y las ventanillas están hechos añicos.
Trevor Strummer es un colador, el golpe y las balas le han deformado el rostro.
Su boca mellada está abierta en una mueca ridícula.
No hace falta ser forense para certificar que está muerto.
Laura respira acelerada, la rabia no encuentra un lugar en el que posarse.
Tiene ganas de arremeter contra el guiñapo sanguinolento en que se ha convertido el irlandés.
Tiene ganas de golpear a Sergio, de descargar su ira contra el coche acribillado, contra las personas que se han detenido en el arcén para observar el destrozo.
Uno de ellos está pidiendo ayuda por el móvil.
—Joder, esto es la guerra —dice Laura nerviosa—. ¿Te has fijado en el coche desde el que han disparado?
—Era un Toyota, sin nada de particular, los hay a montones. De la matrícula solo he visto las letras: NDJ.
—¿Y de los ocupantes?
—No he visto nada.
—Llevaban un arma de guerra. Una puta automática.
Laura mira la carretera sin asfaltar que iba a coger Strummer. ¿Hacia dónde conduce esa vía?
—No es un camino muy importante. ¿Llevará a un pueblo?
—O quizá a una finca. Aquí hay gente suficiente y la policía viene de camino. ¿Quieres que la sigamos? —le ofrece Aras, más por retrasar su derrota que porque tenga la esperanza de descubrir algo.
—Vamos a ver adónde iba el loco de Strummer.
Aras y Laura suben al coche y enfilan el camino de tierra.
Se fijan en el entorno, en posibles escondites, una caseta abandonada, una cueva, un refugio.
No hay nada, es un páramo. Sin iluminación, es como una mancha de petróleo.
Pero en algún lugar cercano tiene que estar Gorbachov.
En algún sitio debía de haberse citado con Strummer.
—Mira ahí... Tira por ese camino.
Han llegado a una bifurcación de la que parte un sendero muy estrecho.
El Dacia no es el mejor coche para andar por esas pistas.
Aras reduce la velocidad y conduce con cuidado hasta llegar a una zona más despejada.
Al fondo hay un poblado chabolista, ocupado, con toda seguridad, por temporeros de la vendimia.
Lo iluminan unas luces temblorosas que cuelgan de las chabolas, algunas construidas con chapas de uralita, deben de estar enganchados a un grupo electrógeno o a algún poste de la luz.
Sin embargo, no alumbran lo suficiente como para disipar las sombras que inundan los callejones entre esas viviendas paupérrimas.
El lugar está desierto, menos por tres africanos que se calientan junto a una hoguera.
Laura no sabe si es la adrenalina la que le da el arrojo suficiente para bajar del coche e interrogarlos, pero es lo que hace.
Tal vez se sienta más segura con Aras a su lado.
—Buscamos a Gorbachov, un ruso calvo, con una mancha en la frente.
Los africanos se miran entre sí. Parecen incómodos con los intrusos, con su curiosidad.
—Ni idea —dice uno de ellos.
Aras saca cincuenta euros del bolsillo.
—No sabemos quién es —insiste el que lleva la voz cantante.
Pero uno de sus compañeros coge el billete y se lo guarda.
—Allí —dice.
Señala una construcción endeble de madera, cartones y planchas de cinc a modo de techumbre.
Aras y Laura avanzan por el enjambre de chabolas hasta llegar a la casa.
Se asoman por una ventanita llena de mugre y son testigos de una estampa que los deja descolocados.
Allí dentro está Gorbachov, no hay duda.
Cincuenta y algo, calvo, fuerte, con una mancha en la frente.
El hombre al que tanto han perseguido, el asesino de Víctor Zamora, ha elegido su escondite entre los más marginados de la sociedad, allí donde nadie buscaría a un sicario de lujo.
Sentado en un bidón de plástico, Gorbachov le está dando un puré, cucharada a cucharada, a una mujer de casi ochenta años, enjuta, sentada en una silla de ruedas.
La escasa luz de una bombilla de poca potencia baña a las dos figuras, que parecen muy delicadas.
Laura no se deja engañar por el cuadro. Ese hombre es Gorbachov, un asesino.
Y es el hombre que puede condenar a Alberto Pastor y salvar a su madre.
Aunque los dos aguantan la respiración y se cuidan de no hacer el menor ruido, el rumor del viento o el afiladísimo sexto sentido de los prófugos hace que el ruso se gire hacia el ventanuco.
Por suerte, se retiran a tiempo y avanzan hacia la puerta de la chabola.
Aras coge un trozo de tubería de hierro que encuentra en el suelo, intuye que necesitará un arma para reducir al tipo. Laura nota el corazón desbocado.
—Espera fuera —le pide el armenio.
Entra con sigilo. La vieja está en la silla de ruedas, un grumo de puré resbala por su barbilla. Pero no hay rastro de Gorbachov. No le da tiempo a buscarlo porque recibe un fuerte golpe por la espalda que lo tira al suelo y, con el impacto, pierde la tubería.
Cae sobre Aras una lluvia de patadas, pisotones y puñetazos.
De pronto, el ruso saca una pistola y lo encañona.
Aras está hecho polvo, se siente apaleado, apenas puede moverse.
Le sangra la nariz y solo ve por un ojo, pero está acostumbrado a encajar tundas y sabe sacar fuerzas de flaqueza.
Logra impulsarse desde el suelo y clava la suela en la rodilla de Gorbachov, que cruje como una rama rota.
Después lo desarma de un manotazo. Rueda la pistola por la tierra.
El ruso trata de alcanzarla, pero sufre un placaje de Aras, que se ha recuperado y lo estrella contra una estantería de hojalata.
Una lluvia de botes y latas de conserva cae sobre ellos.
Aras busca el espacio suficiente para armar el brazo y golpear a Gorbachov, pero el ruso se agarra a su cuello, le tira del pelo e intenta clavarle un rodillazo en el estómago en un forcejeo sucio.
Aras consigue inmovilizarlo con una llave, lo coge de la cabeza, podría romperle el cuello y matarlo.
Si no lo hace es porque lo necesita vivo.
Gorbachov parece adivinar sus dudas, se recompone y le suelta un puñetazo para, acto seguido, arrastrarse en busca de la pistola.
Está a punto de alcanzarla cuando una mano llega al arma antes que la suya.
Es Laura quien la ha cogido. Ha entrado en la chabola y ahora tiene la sartén por el mango. Pero no apunta a Gorbachov. Apunta a la anciana.
—O te estás quieto o le reviento la cabeza a tu madre.
Aras no esperaba esa resolución de Laura, su mirada fría de asesina implacable.
O es una gran actriz o es una caja de sorpresas que no puede dejar de admirar.
Gorbachov tiene que elegir, ¿es un farol o esa mujer delgada como un junco será capaz de matar a su madre?
Aras cojea hasta llegar al lado de Laura.
—Dame la pistola.
—Apártate, Aras. No te la voy a dar.
Gorbachov todavía mide de qué será capaz, ella puede notarlo en su mirada.
Se fija en el rostro consumido de la anciana, que no parece consciente de nada de lo que sucede a su alrededor.
El mentón manchado por el puré, los pelos que brotan de un enorme lunar en la mejilla, sus ojos acuosos, indefensos.
Laura siente una repentina oleada de pánico.
No porque la situación la esté superando, sino porque es perfectamente consciente de que no le costaría nada apretar el gatillo y atravesar la frente de la anciana con una bala.
No sentiría pena ni culpa. El monstruo que anida en su interior, el veneno de los Pastor.
—Por favor, mi madre no ha hecho nada —suplica Gorbachov. El ruso se ha dado cuenta de que en las amenazas de Laura no hay ningún farol.
—No hacen falta presentaciones. Sé que tú sabes quién soy. Ahora, cuéntame qué pasó en tu viaje a Madrid —le exige ella—. ¿Mataste a Víctor Zamora para culpar a mi madre?
Él guarda silencio, consciente de que esa confesión le traerá otros problemas.
Laura siente la mirada de Aras en su nuca.
Puede que el armenio esté barajando la posibilidad de quitarle el arma y tomar el control, así que da dos pasos hacia la anciana, amartilla la pistola y la pega a la frente de la mujer, que empieza a llorar de forma patética, como una niña a la que han castigado sin postre.
—A lo mejor piensas que no sé disparar. Y tienes razón, pero a esta distancia no voy a fallar.
—¡No le hagas nada a mi madre!
—Laura, por favor —interviene Aras.
—Habla o te juro que le reviento la cabeza.
La anciana llora entre temblores. Alarga una mano huesuda hacia Laura, como si quisiera acariciarle la cara.
Y entonces ella lo ve: la mujer lleva un anillo de oro en el dedo anular.
Un anillo con un diamante engastado. Reconoce ese anillo como si lo hubiera visto ayer: es el que lucía su madre la noche que la intentaron violar, un regalo de aniversario de bodas que le hizo Alberto.
—Ese anillo es de mi madre... —balbucea, y todo se nubla a su alrededor.
No es capaz de registrar la sonrisa trágica de Gorbachov ni el gesto de preocupación de Aras.
Su cerebro busca una explicación lógica: puede que el ruso se lo robara cuando estuvo en Madrid.
Entonces, recuerda que Marimar le reconoció que había salido de Marbella sin una sola joya.
Sus manos estaban desnudas cuando llegó a su casa y así siguieron el resto del tiempo.
La razón la está empujando a una respuesta que no se quiere dar a sí misma.
Coge la mano de la anciana, con delicadeza, y acaricia el anillo—. ¿Por qué lo tiene tu madre?
La pregunta es casi inaudible porque a Laura se le quiebra la voz. Y al verla tan desesperada, Gorbachov comprende que ella es más peligrosa que nunca, que es capaz de hacer cualquier cosa, disparar a su madre, dispararle a él y hasta quitarse la vida allí mismo.
—Con ese anillo me pagó mi primer trabajo.
—¿Mi madre? —Laura no se da cuenta de que está llorando. En realidad, no necesita una respuesta porque todo su cuerpo se está resquebrajando por dentro al intuir la verdad—. ¿Qué trabajo?
—Matar al colombiano que te intentó violar.
Laura agarra con fuerza la pistola. Le da la sensación de que se le va a resbalar de la mano, que su equilibrio es precario, que se va a desmayar en cualquier momento.
Ya no está en la chabola, su memoria la ha transportado a la casa de Marbella, a la mañana en la que estaba desayunando y descubrió por las noticias de la tele que el colombiano había sido asesinado.
Recuerda con extraña nitidez la mirada que le lanzó a su padre.
Él derramó el café porque no soportaba el odio en los ojos de su hija, eso es lo que ella pensó.
Pero también aparece en su recuerdo la reacción de su madre, que mojó el cruasán en el café y siguió desayunando como si nada.
Ahora descifra la escena con una claridad aterradora, como si la niebla se disipara de golpe para mostrar la belleza de un paisaje.
Su padre no abandonó el comedor para evitar el castigo de su hija favorita; se marchó al comprender que estaba casado con una asesina.
—Baja el arma, por favor —implora Gorbachov.
—¿Te contrató mi padre para matar a Víctor Zamora? —pregunta Laura con desesperación, como si necesitara mantener a toda costa la imagen negativa de Alberto Pastor.
Gorbachov menea la cabeza y habla con cuidado, temiendo contrariarla todavía más.
—Fue tu madre.
—No puede ser...
Laura repasa su historia en el hotel, las conversaciones recientes con Marimar, teñidas de desamparo, las palabras pronunciadas se mezclan en su cabeza en un torbellino delirante.
Siente que se va a volver loca, que va a perder la conexión con la realidad.
Da un respingo al sentir la mano de Aras en su brazo.
—Laura, ya está bien. Dame la pistola...
—¡Déjame! Quiero que lo cuente todo.
—Fue tu madre, te lo juro —insiste el ruso—.
Pero no me contrató para matar a nadie. Yo solo tenía que decirle a Putin que me iba a Madrid para hacer un encargo de Alberto Pastor.
Y luego entrar en la casa de Víctor y llevarme su ordenador.
Solo eso. Yo no maté a ese tío, nunca estuve en Madrid ni entré en ningún hotel.
—No te creo. No tiene sentido. Te estás riendo de mí.
No sabe por qué se rebela ante la verdad que ya cristaliza en su interior.
Laura agarra del pelo a la anciana, la fuerza a abrir la boca y le mete la pistola hasta la garganta.
Se ha abierto un enorme agujero dentro de ella.
Tiene ganas de disparar. De matar a esa mujer y al ruso. De dispararse a ella misma.
—¡¡Te estoy diciendo la verdad!! —gime Gorbachov—. Lo puedo demostrar.
—¡Escúchalo, Laura! ¡Deja a esa mujer! —le grita Aras.
Presionar el gatillo. Acabar con todo. Con todos. Es la única manera de frenar esta caída al infierno. El dedo de Laura tiembla.
—Está todo grabado, lo saqué del ordenador de Víctor. Es una conversación con tu madre. ¡¡Puedes escucharla tú misma!!