16
Baresi y Ballotelli. Los recuerda a ambos, estaban en el sótano de la casa en Sierra Blanca el día de la fiesta del cumpleaños de su sobrino Miguel.
Dos ejecutores fríos, implacables. Cree que Ballotelli era el negro.
Esos sicarios se interponen en sus planes ahora que está tan cerca de encontrar a Gorbachov, aunque, en realidad, el que se ha metido en medio es Sergio.
No entiende cómo su hermano ha podido convertirse en un hombre acomplejado que destila tanta amargura.
De niño era travieso, divertido, lleno de vida.
La hacía rabiar muchas veces, ella entraba al trapo de sus bromas, de sus travesuras, se enfurruñaba con él, pero jugaban juntos, se querían.
De joven, en la Facultad de Derecho, no era el mejor estudiante, pero sí el chico más popular.
Tenía don de gentes, caía bien a todo el mundo, organizaba quedadas, montaba fiestas, contaba chistes.
¿Qué ha sobrevivido de esa personalidad tan luminosa?
Quizá algún destello pálido cuando está con Candela.
Por lo demás, se ha transformado en un hombre tenso, serio, con la inteligencia aplastada por la ambición.
—Strummer ha entrado en el polígono de la Ermita. ¿A que el muy cabrón quiere echar un polvo?
—¿Puedes entrar y ver qué hace?
—Lo intento, espero que no me vea.
Los callejones entre naves están casi a oscuras, hay rejas oxidadas, grafitis; todavía se oye el zumbido cercano de la autovía.
En los descampados, tras las ventanillas empañadas de los coches, tienen lugar los encuentros sexuales.
Es imposible saber si Trevor Strummer está en uno de esos coches, y si ha ido a echar un polvo o a cumplir con el encargo de sus hermanos.
Da una vuelta por el polígono y de pronto ve al irlandés bajándose de su Porsche y cruzando el descampado.
—Creo que se lo quiere hacer con un camionero —susurra acercando el móvil a su boca.
—¿Habrá quedado con Gorbachov? —sugiere Laura.
—Todo es posible...
—¿Conoces a Baresi y a Ballotelli?
—¿Los futbolistas?
—¿Cómo que los futbolistas?
—Sí, Baresi y Ballotelli son dos futbolistas italianos, uno blanco y otro negro.
—Entonces supongo que son apodos, pero sí, son uno blanco y otro negro, dos matones que trabajan para mi familia. Cuidado si los ves por ahí rondando, tienen el encargo de matar a Strummer. Voy de camino, llego en unos diez minutos. Llámame si hay novedades.
—Estoy en el aparcamiento de los camiones, deja el coche fuera, no llegues con los faros encendidos.
Aras ha perdido de vista a Strummer, que ha desaparecido entre dos camiones.
A la hipótesis de una urgencia sexual del irlandés añade otra: un posible ajuste de cuentas.
No puede descartar nada, ese hombre está loco.
Y hay una tercera opción que le ha sugerido Laura, quizá la más sencilla de todas: tal vez ha quedado allí con Gorbachov.
Tiene que acercarse a los camiones lo máximo posible, sin hacer ruido.
Cuando ya está cerca de la explanada, oye una voz a su espalda.
—Hola, machote.
Se da la vuelta con miedo, esperando encontrar a un sicario que lo encañona, pero ante él hay una transexual con un maquillaje grotesco que brilla en la oscuridad.
Es muy alta, puede medir un metro noventa con los zapatos de tacón, y luce un vestido con un escote tremendo.
Habla con acento sudamericano, aunque Aras no identifica de dónde.
—Yo soy Gladys. ¿Buscas compañía, guapo?
—No, no...
—¿Eres de los que prefiere hacérselo con un camionero? Yo te puedo hacer lo mismo que ellos y soy más cariñosa.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Yo cobro por todo lo que hago. Si no ganara dinero no estaría aquí; estaría en casa viendo una serie en Netflix.
—¿Veinte euros?
—Hacer la pregunta es gratis, lo que cuesta es la respuesta. Dime qué quieres saber y te digo cuánto cuesta.
—¿Conoces a Gorbachov?
—Eso es fácil, veinte euros son suficientes. El dinero.
Aras le da el billete.
—Gorbachov, claro que sí. Creo recordar que se llamaba Mijaíl. Fue presidente de la Unión Soviética a finales de los noventa, se hizo famoso por la perestroika. Mi padre era comunista y lo odiaba, decía que por su culpa se hundió la Unión Soviética. Ah, tenía una mancha de nacimiento en la frente.
—Ese no me interesa, Gladys. El Gorbachov que busco también tiene una mancha en la frente, pero vive en Marbella y tiene de comunista lo que yo de cura.
—No sé de quién me hablas.
—¿Y a Trevor Strummer, el irlandés?
La frivolidad se esfuma del rostro de Gladys.
—De ese no quiero hablar. Ni aunque me pagues mil euros.
—¿Lo has visto?
—Te doy un consejo gratis: no te acerques a ese tipo. Yo veo a hijos de puta a diario, ninguno tanto como ese. Si eres su amigo, no quiero saber nada de ti.
Gladys se da la vuelta y desaparece en las sombras del polígono. A Aras le vibra el móvil.
—Aras, estoy aquí —le dice Laura—. He aparcado en la entrada del polígono.
—Espérame allí. No encuentro a Strummer, vigilaremos su coche para seguirlo cuando salga de aquí.
Un par de minutos después, los dos están juntos, sentados en el Dacia de Aras. El Porsche de Strummer está aparcado a unos cien metros de ellos.
—¿Qué hace el irlandés?
—Espero que follar con un camionero. Es muy aficionado a estas cosas, nunca lo ha ocultado. Y mejor que sea eso a que haya quedado con Gorbachov ahí dentro y nos lo estemos perdiendo. ¿Qué tal tu padre?
—En la UCI, vivo. Saldrá de esta, si es lo que quieres saber, aunque todavía no sabemos cómo. ¡Mira, ahí está!
Strummer camina relajado hacia su coche, y después de subirse la bragueta, sube y arranca.
—Perfecto, el niño ha follado, a ver si ahora va al encuentro de Gorbachov.
Aras lo sigue a cierta distancia, sin encender las luces.
—Nos vamos a dar una hostia —se preocupa Laura.
—Cuando salgamos a la carretera las enciendo.
El Porsche corre mucho más que el Dacia y les cuesta seguirlo, Laura se agarra con fuerza al asa de su puerta.
Sufre con cada bache del camino, con cada volantazo para esquivar un obstáculo o para tomar un giro.
Siente alivio cuando se incorporan a la autovía y Aras enciende las luces, pero ahora ve que el Porsche de Strummer les va sacando más y más distancia.
—Se nos va.
—No puedo pisarle más —se lamenta él.
Laura se muerde los nudillos, un tic nervioso de la infancia para combatir el estrés. Es imposible perseguir a un Porsche en una autovía con poco tráfico, lo están perdiendo. Y, con ello, se esfuman las posibilidades de encontrar al ruso. De demostrar la inocencia de su madre.
Pero de pronto están recortando la distancia con el Porsche, Strummer ha reducido la velocidad y ha accionado el intermitente.
Se dispone a coger un desvío, pero no llega a hacerlo.
Un coche que ha adelantado hace unos segundos a Laura y a Aras se sitúa a la altura del Porsche y el cañón negro de un arma automática, un subfusil, emerge de la ventanilla del copiloto.
La ráfaga de disparos estalla como si fueran fuegos artificiales.
Más de veinte detonaciones que agujerean la carrocería del Porsche de Strummer y revientan su cristal.
El Porsche sale de la carretera y se estrella contra un poste.
Mientras el otro coche, un Toyota, se aleja, una nueva ráfaga de disparos elimina cualquier posibilidad de que Strummer sobreviva.
Luego, acelera y desaparece en la noche.