15
—¿Una pinta?
Finn, el camarero, tiene orden de servir a Aras lo que pida. Ese armenio no es uno de los Huérfanos, pero trabaja para ellos, de lo que sea. Finn no quiere problemas, él atiende tras la barra, mira, escucha y calla.
—No, dame un vaso de agua.
Aras ha advertido que las cosas andan turbias en el Orphan’s y quiere estar en plenitud de condiciones, nada de actuar embotado por la cerveza.
Burke, Griffin y Strummer se han reunido en la trastienda.
De vez en cuando sale uno de ellos con la cara desencajada.
Imagina el motivo, la noticia del atentado contra Alberto Pastor ha corrido por toda Marbella y no hay que ser muy listo para deducir que ellos tienen algo que ver.
El termómetro de la gravedad de la situación lo marca Amber, que siempre se muestra sonriente y ahora es la viva imagen de la preocupación.
Sola, apartada en una esquina, bebe una pinta de Guinness a tragos cortos, con aire sombrío.
¿Podría sentarse a su lado y sonsacarle información?
No, esa mujer engaña, parece una borracha de libro, pero aguanta el alcohol mejor que nadie y es más lista que los tres irlandeses juntos.
No hay nada que hacer con Amber, es más fácil pegar la oreja a la discusión de los hombres, que son temperamentales, no miden el volumen de su voz y desconocen la discreción, sobre todo cuando se sienten a salvo en su bar.
Quizá pueda oír lo que dicen si está abierto el ventanuco de la parte trasera del local, donde se arrumban las cajas de cerveza, los barriles y los cubos de basura.
Claro que, si lo descubren, no habría forma de dar explicaciones.
Es arriesgado. Pero es ahora o nunca, la discusión acalorada no va a durar eternamente.
Aras rodea el bar. En el callejón oscuro, dos gatos hurgan entre los desperdicios.
El ventanuco está cerrado, pero cede al empujarlo un poco con un dedo.
Una simple ranura basta para que las palabras lleguen a sus oídos.
No sabe si entenderá el inglés barriobajero que usan los hermanos entre ellos, pero juega a su favor el hecho de que él no ha aprendido el idioma en una academia, sino trabajando como camarero en los peores bares de la Costa del Sol.
A través del cristal sucio, Aras cree distinguir a Liam Burke hablando por teléfono. Griffin, siempre tan calmado, está fuera de sí. Su voz cuando se dirige a Trevor Strummer es un grito estridente.
—Estabas mejor en la cárcel, ¡¿por qué cojones hemos pagado tanto para sacarte de allí?! Cada día de mi vida me voy a arrepentir de esto, te lo juro. Deberías haberte quedado en el orfanato.
—Nos había humillado —contesta Strummer, que no parece advertir la desproporción de sus actos ni los problemas que ha causado.
—Van a venir a por nosotros —resume Griffin—. Y no solo los Pastor, de los que podríamos defendernos. También la Hermana Mei.
Burke cuelga el teléfono y se incorpora a la conversación.
—Está vivo, ha salido del quirófano. Dime por lo menos que no te vio la cara.
—Sabe que fui yo.
—Joder. —Griffin es el más agobiado—. Joder, te daría de hostias hasta romperte los cuatro dientes que te quedan.
Strummer no responde, se mantiene callado, como un niño que aguanta el chaparrón por una travesura.
—Vamos a pensar con calma —los hace callar Liam Burke—. Ha salido del quirófano, todavía no está consciente y supongo que tardará bastante. Si dice que has sido tú, habrá guerra. A no ser que no consiga hablar con nadie.
—¿Qué propones? —pregunta Chris Griffin.
—Que no se despierte.
—¿Rematarlo en el hospital?
—¿Se te ocurre otro plan mejor?
Un silencio grave se apodera de todos, y Aras tiene la sensación de que van a conseguir oír su respiración, algo jadeante por el esfuerzo de mantenerse encaramado.
—Yo me encargo —se ofrece Strummer.
—Déjanos pensar, tú no hagas nada, que bastante has hecho —lo desprecia Griffin.
—Tiene que ser alguien ajeno, alguien al que no relacionen con nosotros —razona Burke, que es el más sensato en este conciliábulo.
—Gorbachov.
Aras contiene el aliento. Ha sido Strummer quien ha dado el nombre del ruso, y eso demuestra que su intuición era buena. Lo conoce. Lo tiene a mano.
—Que yo sepa, se fue de Marbella, nadie sabe dónde se ha escondido.
—Puedo localizarlo, Burke. En realidad, está cerca de aquí.
—Encuéntralo —ordena Griffin, que sigue furioso—. Tú nos has metido en esta mierda y tú nos vas a sacar. Encárgale el trabajo y vete de chaperos o emborráchate. Me da igual. Pero, sobre todo, no hagas nada más.
—Hace falta dinero, Gorbachov no es barato.
—Te puedo dar ahora mismo cien mil —dice Burke.
—Por cien mil, Gorbachov acaba con la familia Pastor al completo.
Aras ha escuchado suficiente. Sale de su escondite, corre hasta su coche y lo aparca cerca de la puerta del pub.
Confía en que Trevor Strummer asuma de inmediato la misión que le han encomendado.
En pocos minutos verá partir su Porsche, y ese hombre ha recibido una reprimenda tan gorda que estará obsesionado por cumplir con el encargo.
No advertirá que lo está siguiendo, no será precavido, lo llevará hasta Gorbachov como si fuera dejando migas de pan por un sendero del bosque.
Se siente bien consigo mismo, ha salido airoso del espionaje en el callejón y va a descubrir dónde está el ruso que puede llevar a la cárcel a Alberto Pastor.
Más que su muerte, ese es el final que desea para el hombre que ordenó el asesinato de su hija: una celda, una sentencia, una humillación pública.
Que pierda en vida todo el poder que ha amasado.
Que tome conciencia de que no puede salir impune.
Animado, llama por teléfono a Laura y la pone al tanto de la situación.
—Tenme informada. Estoy con mi padre en el hospital.
—¿Qué tal está?
—No lo sabemos todavía.
—No lo dejéis solo, siempre con escolta. Estos hijos de puta quieren rematarlo.
—Gracias, Aras.
—No me las des. Es solo que no quiero que tu padre se vaya sin darme la oportunidad de destrozarle la vida. ¿O es que tú has cambiado de opinión?
—Yo tampoco lo quiero muerto. Los dos nos merecemos ganar, ¿no te parece?
La frase de Laura, su susurro final, revolotea en su cabeza durante unos segundos.
El encanto se esfuma cuando ve salir a Strummer del Orphan’s caminando a paso vivo.
Se mete en su coche y arranca. Aras también arranca el suyo.
El corazón le late a mil por hora, intuye que está llegando al final del camino.
¿Qué le espera a continuación? No lo sabe.
Se pone a tararear una canción para conservar la calma y se sorprende al darse cuenta de que es aquella estúpida canción que cantaba con Laura en las discotecas cuando eran adolescentes: Ma-ia-hii, ma-ia-huu...
Laura barre la entrada al hospital con la mirada, pero no ve a nadie vigilando el acceso.
¿Dónde están los hombres que Qiang ha destacado allí para proteger a su padre?
Tal vez sean profesionales del sigilo. Aunque ella preferiría un batallón de soldados armados, confía más en su efecto disuasorio.
La llamada de Aras la ha pillado en la calle, volviendo de la reunión con la Hermana Mei.
En la sala de espera, solo está Sergio.
—¿Dónde te habías metido?
—Después hablamos. ¿Y Dani?
—Se ha ido a ver a Ingrid. Por lo menos ha esperado a que papá saliera del quirófano, no como tú.
Laura se contiene, no quiere decirle a su hermano que no se ha marchado por su voluntad, sino casi secuestrada por Qiang.
—¿Has podido ver a papá?
—No, no dejan entrar en la UCI. Y tampoco me han dicho nada nuevo.
—Si quieres irte a descansar, yo me quedo.
—Eso te gustaría, ¿no? Que papá se despierte y te vea a ti al pie de la cama. ¿Ahora vas de hija pródiga? Veinte años fuera, sin una puta llamada, y resulta que eres la más afectada por la tragedia.
—Sergio, no quiero discutir, de verdad.
—¿Qué quieres? ¿Quedarte el casino, la casa de Sierra Blanca? Te doy mi parte de la herencia, te la regalo, pero vuélvete a Madrid y déjanos en paz.
—No necesito nada, me gano muy bien la vida.
—Te la ganas tan bien que te han echado de la fiscalía.
El dardo acierta de lleno en el orgullo de Laura. Lo mira con rabia, pero se agarra a un último cabo de lucidez para no entrar al trapo.
—Estamos en un hospital, papá está respirando a través de un tubo. No vamos a fingir que nos queremos, pero ¿podemos mantener la educación por lo menos y estar unidos este rato?
—¿Estar más unidos? Qué buena idea, vamos a pensar juntos en una respuesta a lo que ha pasado. Porque estarás de acuerdo conmigo en que hay que responder a los irlandeses.
—No vamos a hacer nada de momento.
—Vaya, lo dices como si fueras la jefa de la familia.
—¿Qué es lo que propones, Sergio?
—Matar a Strummer esta misma noche. Reventarle su puta cabeza de irlandés.
—No digas tonterías. No queremos más violencia. La Hermana Mei no quiere guerras, hacen perder dinero.
—¿Cómo sabes lo que quiere la Hermana Mei?
—Porque he hablado con ella.
—¿Tú?
—Vengo de su casa, quería hablar conmigo.
—No entiendo. ¿Por qué no conmigo?
—Eso se lo tendrás que preguntar a ella. O a lo mejor puedes hacer autocrítica y preguntártelo a ti mismo.
Sergio se queda aturdido. No puede encajar que su hermana, después de tanto tiempo fuera de la familia, le haya tomado la delantera en apenas un mes.
—¿A qué has ido? Te ha faltado tiempo para pegarte a ella. ¿Cómo puedes ser tan miserable?
—Me ha llamado ella y me ha dicho que no quiere guerras. Y una cosa más, que yo seré su interlocutora. Que mientras papá no esté recuperado, yo tomo las decisiones.
—Los cojones. Tú no decides una mierda. Strummer va a morir esta noche. He hablado con Baresi y Ballotelli. Tú no tienes ni idea de cómo defender el negocio.
—No puedes ser tan idiota como para haber hecho eso.
Sergio la mira con aire desafiante. Parece disfrutar de la grieta que ha abierto en la resistencia de su hermana.
Laura no se puede creer que su propio hermano vaya a arruinarlo todo, justo ahora que Strummer los está llevando hasta Gorbachov.
No, es demasiado para ella. Encontrar al ruso es la única posibilidad de salvar a su madre.
—Y por supuesto, hablaré con la Hermana Mei —continúa Sergio—. Tú no vas a ser la persona que dirija los negocios de esta familia. Por encima de mi cadáver, Laura.
—Eres estúpido, completamente estúpido.
Ella no tiene tiempo para más discusiones. Corre hacia la salida en busca de su coche.