Los Huérfanos 14
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Qiang conduce con imprudencia, a toda velocidad, arriesgando en los adelantamientos.

Está subiendo hacia la zona de Los Monteros.

Laura comprende que esta vez la reunión no será en el bazar chino.

Pasa miedo al lado de ese conductor temerario que no le dirige la palabra y actúa como si viajara solo.

El teléfono de Laura ha sonado tres veces, pero no se ha atrevido a contestar las llamadas, no sabe si está permitido hacerlo, la situación es ambigua.

¿Es una prisionera o es libre de parlotear al teléfono como si nada?

Comprueba que es Sergio quien llama con insistencia.

A la cuarta llamada, opta por contestar, mirando de reojo a Qiang, a la espera de un bofetón o un zarpazo del chino para arrebatarle el móvil.

Pero no es así: sigue siendo una presencia invisible en el coche.

—La operación ha ido bien. Papá está en la UCI, intubado, han extraído la bala.

—¿Hay daño cerebral?

—No lo saben. Hay que esperar a que se reabsorba el hematoma de la cabeza, si no sucede eso tendrían que operarlo de nuevo y la posibilidad de daños internos aumentaría.

—¿Cuándo le quitan el tubo? ¿Te lo han dicho?

—No sé nada, el médico quería parecer tranquilo, pero yo creo que no me lo cuenta todo. Estoy preocupado, Laura.

—Por lo menos está vivo. —Laura habla bajito, teme molestar al sicario.

—¿Dónde estás? —pregunta Sergio.

Ella detecta en su voz una nota de angustia.

—Volveré en cuanto pueda. —¿Por qué le ha dicho esto?, ni siquiera ella cree que vaya a seguir con vida tras el encuentro con la Hermana Mei—. Que no se quede solo, no dejes que papá se quede solo. Los que lo han intentado matar querrán terminar el trabajo.

No dice nada más, no se despide, corta la llamada.

—Hay dos hombres nuestros vigilando en el hospital —informa Qiang—. Son discretos, no los verás, pero están allí.

—¿Nuestros?

—De la Hermana Mei.

El destino es una de las mansiones de Los Monteros, en la calle del Ciervo.

Es un gran chalet clásico que no llama la atención en la zona, aunque al entrar se aprecia en cada rincón la influencia oriental.

En la entrada, una fuente circular de piedra, con un dragón que escupe agua en lugar de fuego, recibe al visitante.

Qiang conduce a Laura al comedor, donde la Hermana Mei está cenando.

Impresiona la imagen de esa mujer pequeñita, consumida por el trabajo, abrigada con una raída rebeca gris, sola en una estancia tan amplia, tan suntuosa.

Le pide que se siente. Qiang se marcha sin decir palabra.

Las dos mujeres se estudian en silencio, hasta que la Hermana Mei se limpia la boca con una servilleta e inicia la conversación.

—¿Has descubierto si tu padre tendió una trampa a tu madre?

Va al grano, no le gustan los rodeos, observa Laura. Detesta la sonrisa con que la china aguarda una respuesta que le puede costar la vida.

—Todavía no. Solo tengo indicios.

—No me interesan los indicios, hablo de certezas.

—No, no he descubierto nada nuevo.

—Yo, en cambio, sí he descubierto algo: que me puedo fiar de Alberto Pastor. Me dijo que apostara fuerte en el torneo de golf de Cortesín, una apuesta un poco rara. Y resulta que ha salido bien, he ganado mucho dinero gracias a él.

—Tiene dinero suficiente, ¿para qué quiere más?

—Porque he dedicado la vida a ganarlo. Igual que tu padre. Nosotros no nacimos en una cuna de oro, como tú, tuvimos que luchar por cada céntimo. Ganar dinero me hace feliz.

—Mi padre no está en condiciones de compartir su felicidad, está en el hospital. Lo han tiroteado.

—Lo sé.

—Ha salido del quirófano.

—También lo sé, hasta me han leído por teléfono el informe del cirujano. Es fuerte, sobrevivirá, falta saber si no le quedarán secuelas.

—¿Quién ha sido?

—¿Tú qué crees?

Lo dice mientras clava en ella una mirada intensa.

Laura se pregunta si no se habrá equivocado y, en lugar de Strummer, quien está detrás del atentado sea ella.

Por eso la marea con esas frases tan poco precisas.

Esa mujer le hace sentir un pelele. No consigue soltar ninguna palabra, la mirada de Mei ha cobrado un fulgor extraño.

—Te di diez días para demostrar que tu padre había inculpado a tu madre de un asesinato. Y solo tienes indicios. Eso es lo mismo que no tener nada.

—Necesito más tiempo.

—Las venganzas pueden esperar años, las decisiones no.

El fulgor no remite. Mei aprieta un timbre disimulado bajo la mesa.

Entra Qiang con una bandeja en la que lleva un cuchillo extraño, con relieves de batallas antiguas en el mango.

Se lo tiende a Mei, que lo coge y contempla el brillo que emite la hoja.

Parece en éxtasis. De pronto, Qiang agarra por detrás a Laura, la inmoviliza.

Mei se levanta y se acerca a ella con el cuchillo y descansa la punta contra el cuello de Laura.

Ella sabe que es el final. Su último pensamiento se centra en su madre: lamenta no haber podido ayudarla.

Mei presiona con la punta en el cuello y brota una gota de sangre.

La recoge con su dedo. Se la muestra a Laura.

Y hace algo inesperado: se chupa el dedo manchado.

Se bebe la sangre de Laura como si fuera un vampiro. ¿Es una loca o ejecuta un ritual chino?

Un gesto de Mei y Qiang afloja la presión sobre Laura, que ahora puede moverse, reaccionar al pánico que siente. El fulgor ha desaparecido de los ojos de la china. Se sienta junto a Laura.

—Tengo tu sangre dentro de mi cuerpo. Ahora se mezcla con mi saliva y pronto lo hará con mis jugos gástricos. Estamos unidas. ¿Sabes lo que eso significa?

Laura aguarda la explicación, asustada.

—Que confío en ti.

—¿Por qué? Solo he conseguido indicios.

—Porque te he amenazado de muerte y te has comportado con templanza. No has huido, no has llamado a la policía, no has intentado engañarme con un montaje burdo. Te has mantenido serena. Y eso significa que tienes la fuerza del dragón.

Laura intenta digerir lo que acaba de escuchar.

Que está delante de una loca es evidente para ella, por mucho respeto que pueda tener hacia las culturas orientales, con códigos que desconoce.

Ella, que no se tiene en pie, que sufre mareos y desmayos, que no tolera la comida, resulta que tiene la fuerza de un dragón.

—Yo pasé por una prueba similar en su día. Y actué igual que tú. Acepté mi destino de forma serena.

—Creo que me sobreestima, lo digo de verdad. Yo solo quiero sacar a mi madre de la cárcel.

—Necesito que hagas algo más que eso.

—¿El qué?

—Ahora que tu padre estará un tiempo fuera de combate, quiero que te pongas al frente del negocio.

—No puedo hacer eso, no pertenezco a este mundo, soy fiscal y me iré de Marbella muy pronto.

—Solo tú puedes sustituir a tu padre. No voy a aceptar a nadie más.

—Está mi hermano Sergio.

—Él no es una opción, se hundiría todo. Eres la única persona que puede ponerse al frente de los Pastor. ¿Lo entiendes? Si no lo haces, tendré que pasar página y encargar a otros los negocios que llevaba tu padre.

Laura asiente, atrapada en la telaraña de la china, que relaja la expresión.

—¿Tienes hambre? Podemos cenar juntas.

—Quiero volver al hospital.

Mei murmura unas palabras en chino, parece contrariada; Laura ignora si la ha ofendido, si va a coger de nuevo el cuchillo, si le hará otro corte. La china se limita a abrir los brazos en un gesto de resignación.

—Qiang te lleva. Gracias por venir.

Limpia el filo del cuchillo con una servilleta. Laura se levanta y sale despacio del comedor, aunque su mente le grita que escape de allí a toda prisa.