Los Huérfanos Marbella, 2018
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Marbella, 2018

—Tengo que llevar a mi niño al médico, ha estado vomitando toda la noche.

A la Hermana Mei no le gusta tener empleadas españolas en el bazar por esto, cualquier excusa es buena para dejar el trabajo.

A una china no se le ocurriría, son las ocho de la mañana y hasta las diez no viene otra empleada.

Si el niño ha estado vomitando toda la noche, puede vomitar un poco más, no entiende por qué se va ahora.

Se tiene que contener, no quiere que la empleada la denuncie y sufrir una inspección en el local.

—Llévalo, me quedo yo hasta que llegue tu compañera.

—Gracias, señora Mei.

Y encima la llama señora Mei, en lugar de Hermana Mei. Esa chica acaba de firmar su carta de despido, aunque no se haya enterado. Dejará pasar un par de semanas y la pondrá en la calle.

Lo que debería hacer es cerrar el bazar Guanxi.

Ayer apenas entraron clientes, la gente cada vez compra más en Amazon, en AliExpress y en las demás plataformas de internet y menos en los bazares; no es que pierda dinero, pero no es tan rentable como antes.

Si lo mantiene abierto es por dos motivos: uno, por orgullo, le revienta perder y que otros marquen su camino; y dos, por conveniencia, el bazar es una magnífica tapadera para sus otros negocios.

Aunque los pasillos no estén llenos de clientes, el Guanxi permanecerá en Marbella más tiempo que el Puente Romano.

—Buenos días.

Ha entrado un joven de rasgos magrebíes.

No pregunta nada, tiene claro el pasillo al que se dirige, el de las herramientas.

La Hermana Mei lo sigue en la pantalla a través de las cámaras desperdigadas por el local.

Lo ve coger un martillo y hace una cuenta rápida, el precio son 13,95 euros y le deja de beneficio un setenta por ciento.

—¿Algo más? ¿Una bolsa?

Por respuesta, el joven agarra el martillo y golpea a Mei en la cabeza.

Cae del taburete, entre los cables del ordenador y las cajas de productos pendientes de etiquetar.

Le ha abierto una brecha en la sien y la sangre se derrama hasta su ojo izquierdo.

El joven rodea el mostrador y levanta de nuevo el martillo.

Mei intenta protegerse con los brazos, pero recibe un martillazo en el mentón y otro más violento que le abre una herida en la cabeza.

Entonces, todo se funde a negro.

No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando despierta en la cama del hospital.

Velándola, como una madre velaría a su hijo, está Qiang.

Una corriente de dolor la sacude al tiempo que recupera la consciencia.

Nota la cabeza a punto de explotar y le duele en cada respiración.

Qiang se levanta para pulsar el botón de llamada de la enfermera.

Tiene fracturadas tres costillas y, a pesar de los golpes recibidos, no ha sufrido daño cerebral.

Mei detecta algo parecido a la preocupación en el rostro usualmente inexpresivo de Qiang.

Son demasiados años juntos. Se han convertido en algo parecido a hermanos.

—¿Fue un robo?

—No, no se llevaron nada. No hemos averiguado quién lo mandó. Lo descubriremos, tranquila.

—Averígualo, pero no hagas nada. Antes tengo que pensar.

Pasan varios días en el hospital que a Mei se le hacen eternos, entre curas de los enfermeros y visitas de la policía.

Una vecina fue quien la encontró en el bazar, malherida, inconsciente.

Mei dice no recordar nada: ni quién la atacó ni cómo sucedió.

Es mentira, pero así evita cualquier investigación.

Lo primero que hizo Qiang fue duplicar y borrar las grabaciones de la cámara de seguridad.

Alberto Pastor pasa unas horas con ella todos los días. Unas veces le trae bombones; otras, una botella de baijiu . Tratan temas de negocios y, cuando el alcohol empieza a hacer efecto, se pierden en los recuerdos de todo lo que han vivido juntos.

—Marbella ha cambiado —murmura Mei—. Ya no es ese pueblo de la jet set al que llegué, ni siquiera el espantajo hortera de la época de Gil. Marbella se ha hecho mayor.

—Como nosotros, Mei. Ya no somos dos niños. —Alberto nunca ha sabido la edad exacta de Mei, calcula que debe de rondar los sesenta.

—Suecos, magrebíes, saudíes, colombianos, escoceses, rusos... ¿Hay algún país que no se haya instalado aquí?

—Creo que hay una isla en el Pacífico que todavía no ha llegado. Tepoto o algo así se llama —bromea Alberto.

Por detrás del escaparate que es Puerto Banús, una pasarela de coches de lujo y yates, se mueve el verdadero poder de Marbella.

El clima, la cercanía con África, la puerta de acceso del tráfico de drogas de Latinoamérica, las facilidades políticas que se han dado para la llegada de grandes fortunas: son muchas las razones por las que ese pequeño enclave de Málaga se ha convertido en el epicentro de las mafias de todo el planeta.

Algo así como el Wall Street del crimen organizado.

Quien no está aquí presente no existe. Da igual que los negocios se hagan en Colombia, en Ámsterdam, Moscú o Abu Dabi.

Los que deciden viven en esta ciudad, en las lujosas urbanizaciones con vigilancia privada.

La Mocro Maffia, los albaneses o los rusos, los británicos, unas veces irlandeses, otras escoceses, todos luchan por el poder.

Por estar en lo más alto de la pirámide.

Y, en esa batalla, se han rebasado fronteras que antes parecía impensable que alguien se atreviera a cruzar.

Mientras los turistas disfrutan del pescaíto frito o de la paella en un chiringuito de la playa, alguien es secuestrado, otro es torturado hasta la muerte, se incendian negocios, hay ajustes de cuentas a plena luz del día.

La violencia empieza a tomar las calles.

—¿Y si somos demasiado viejos para esta Marbella? —se pregunta Alberto en voz alta.

—Esta es mi ciudad —responde escueta Mei, y da un trago de baijiu .

Unos días después, Mei recibe el alta. En su casa, el espejo le devuelve un rostro lleno de moratones, inflamado.

Las costillas han comenzado a soldar y la medicación palia el dolor.

Se tiene que apoyar en un bastón para llegar hasta las sillas de mimbre del jardín. Allí la esperan Qiang y Ma Yueh-sheng.

Es un gran honor que el Cabeza de Dragón de la tríada Tiān Xià haya abandonado Hong Kong, que haya viajado hasta España para verla, una muestra del alto nivel al que ha llegado en la familia.

Hoy, que está sentado en su casa, recuerda la primera vez que lo vio en su pequeño bazar de Hong Kong, en la calle Des Voeux Road West. Han pasado muchos años desde entonces, toda una vida.

Ahora es un anciano de más de ochenta años, pero, como le prometió cuando la hizo parte de la tríada, el guanxi los ha mantenido unidos.

La Hermana Mei ha pagado religiosamente la comisión que la tríada le pedía y el Cabeza de Dragón ha acudido en su ayuda siempre que ha sido necesario.

Y, ahora, es posible que lo necesite más que nunca.

Son muchos los jugadores que hay sobre el tablero y es difícil mantener la posición de poder que Mei ha ganado, obligando a todos a pagar un peaje por hacer negocios en la Costa del Sol y usar sus rutas.

Son demasiados los que aspiran a ocupar su lugar.

Ante ese deseo, Mei tiene dos opciones: retirarse o dar batalla.

—¿Quién pudo atacarte? —le pregunta el Cabeza de Dragón.

—Tenía rasgos magrebíes. Podía venir de la Mocro Maffia o trabajar para los argelinos. O puede que fuera un soldado de los saudíes. Hasta los rusos contratan a árabes. Podría hacer preguntas hasta descubrir quién dio la orden; en realidad, no quiero hacerlo.

—¿En qué piensas, Hermana Mei?

—Necesito dejar claro que no pueden tocarme. Que, si alguien lo hace, será un problema para todos. Nadie, culpable o inocente, se librará de nuestra ira.

—Dos Bastones Rojos están de camino a España. Vendrán con sus soldados. ¿Tendrás suficiente?

—Creo que sí. Gracias, Ma Yueh-sheng.

—Después de cruzar las puertas de los Hung, ¿cómo sabremos que algo le sucede a uno de los nuestros? Si un día un hermano tiene problemas y alguien de nosotros es capaz de salvarlo y no lo hace, o no le informa de los medios que tiene para escapar, que el trueno lo aniquile.

Pronuncia la frase como un cura recita un salmo. Y coge las manos de Mei mientras el mensaje todavía resuena en el jardín.

Cuando han pasado seis meses desde la agresión en su bazar, cuando apenas quedan rastros de la paliza que sufrió la Hermana Mei, se desata la violencia.

Un hombre es desmembrado y su cuerpo queda abandonado en una carretera de la sierra.

Arden tres discotecas, con un balance de cinco muertos.

Asaltan un yate, donde el dueño y su esposa reciben una paliza con bates de béisbol, él queda en silla de ruedas.

A la salida de un colegio, un hombre dispara contra el padre que esperaba a su hijo.

A otro lo tirotean en el garaje de su casa.

Acuchillan a una mujer mientras tomaba el sol en una cama balinesa.

Una bomba explota en una cafetería del paseo marítimo, el atentado se salda con dos fallecidos.

Una familia saudí es asaltada en su casa, torturan a sus miembros durante tres días.

La hija adolescente muere de un disparo en la espalda al intentar escapar.

Las víctimas son rusas, británicas, suecas, magrebíes, saudíes...

De todas las nacionalidades que se dan cita en Marbella: «Nadie, ni culpable ni inocente, se librará de nuestra ira».

Las autoridades están superadas: no son capaces de contener esta serie de crímenes ni tampoco acaban de entender qué patrón siguen.

Todas las organizaciones están siendo atacadas.

Puede que para ellos resulte un enigma, pero, para aquellos implicados en el negocio del crimen organizado, el mensaje es claro: si alguien toca a la Hermana Mei, todos sufrirán.

La violencia termina como empezó, de repente.

Los sicarios chinos, que durante unos meses han recorrido Marbella extendiendo el terror, desaparecen como fantasmas.

La Hermana Mei comprueba que ha obtenido el objetivo deseado cuando acude a la gala benéfica de Starlite.

Entre actores y músicos famosos, Antonio Banderas, Bisbal o la princesa Marta Luisa de Noruega, se codean los líderes de las mafias de Marbella.

Ellos suelen ser los más generosos en esta gala que lleva nueve años celebrándose.

La recaudación este año superará los seiscientos mil euros.

Todos y cada uno de ellos muestran su respeto a la Hermana Mei, que se sienta en una mesa al lado de Alberto Pastor.

Él llena unas copas de vino y brinda con su vieja amiga.

—Por la verdadera reina de Marbella.

—Nadie nos quitará lo que es nuestro, Alberto.

—¿Me vas a proteger como la tríada te ha protegido a ti?

—Siempre que me hagas ganar dinero, amigo.

Mei da un trago a su copa de vino y no tarda en marcharse de la gala.

No se siente cómoda en estos eventos sociales, solo quería asistir para comprobar en primera persona que las cosas han quedado claras, que los primeros interesados en su seguridad son las organizaciones instaladas en Marbella.

Dentro de poco, el chico magrebí que le dio la paliza será ajusticiado por el primero que lo encuentre. Por su culpa, todos han sufrido bajas.

Cuando llega a su casa, le sorprende encontrar a Ma Yueh-sheng, el anciano Cabeza de Dragón, sentado en una butaca con el gesto sereno del que está meditando.

Pensaba que había regresado a China tras su primer encuentro.

¿Le ha parecido excesivo el escarmiento y viene para amonestarla?

¿La va a castigar con la ceremonia de los mil cortes por poner en peligro a la tríada?

Un escalofrío recorre a la Hermana Mei, porque no es normal que ese anciano la espere en su propia casa.

—Estoy a las puertas de la muerte, Hermana Mei —le confiesa Ma Yueh-sheng—.

Debo entregar el bastón de Cabeza de Dragón de la tríada Tiān Xià a alguien que sepa dirigirla hacia el futuro.

Podría elegir a mi hijo o a uno de los Bastones Rojos que hay en Hong Kong, les tengo aprecio y han cuidado de mí en estos años, pero los sentimientos nunca han sido buenos consejeros para los negocios.

Eres fría. Eres ambiciosa. Cuando te conocí en ese miserable bazar de Hong Kong pensé que no eras una persona de confianza porque siempre decidirías lo mejor para ti.

Por encima de cualquiera. Por eso, también, creo que lo mejor es ligar tu vida y tus intereses a los de la tríada Tiān Xià.

Si tú eres la Cabeza de Dragón, tengo la seguridad de que ninguna debilidad nublará tu pensamiento.

Mientras se sigue celebrando la gala benéfica de Starlite, donde Antonio Banderas subasta una cena con él y Alberto Pastor puja por el beso de un actor de Hollywood para Marimar, en la casa de la Hermana Mei se celebra el rito que la convierte en la Cabeza de Dragón de la tríada Tiān Xià, con más de cinco mil hombres repartidos por todo el mundo.

En el sótano han preparado todo lo necesario: el vestido blanco que ella debe llevar como expresión de pureza.

Las sandalias de paja para conservar la humildad.

Los tres arcos que cruza mientras recita los mandamientos.

«Al trasponer el umbral, no sigáis adelante si no sois leales», «Ante la puerta de la lealtad y la justicia todos los hombres son iguales», «A través del Círculo de la Tierra y el Cielo han nacido los héroes Hung».

Y por fin llega el lance de los 36 juramentos.

«Después de cruzar las puertas de los Hung, si un miembro comete una ofensa de cualquier índole debe ser castigado y no puede acusar a otro.

Que quienes no respeten esta orden sean aniquilados por un rayo», dice el último de ellos, un rabioso alegato.

Luego, el anciano Ma Yueh-sheng le entrega el bastón de mando de la tríada Tiān Xià, que en español significa «todo bajo el cielo». Ese es el nuevo reino de la Hermana Mei.