13
Llevan cuatro horas sin noticias. Han metido a Alberto directamente en el quirófano y lo están operando a vida o muerte.
Sergio ha ido a preguntar varias veces a la puerta de la zona de quirófanos, a recepción, pero no le dicen nada.
Aborda a cualquier enfermera, pregunta sin ton ni son.
No es capaz de estar sentado, pasea de un lado a otro.
De vez en cuando clava la mirada en sus hermanos.
No entiende que estén sentados, como si estuvieran esperando turno.
—¿Qué quieres que haga? —se justifica Natalia—. Solo se puede esperar.
Se dedica a mirar el móvil. La actitud de Nata se parece más a la de una adolescente que mata el aburrimiento navegando por redes sociales.
—Deja el móvil, anda —le pide Laura.
—Zach pincha esta noche en el Olivia Valere. Le prometí que iría a ese concierto.
Laura toma aire, no le sorprende la frivolidad de su hermana, pero a veces tiene ganas de estrangularla.
Dani también está nervioso, se le nota en el movimiento de la pierna, en que se muerde las uñas.
Parece un niño desvalido ante la posibilidad de perder al padre.
No importa que su relación sea fría, que la figura de Alberto sea tiránica: es su padre.
La asombrosa fuerza de la sangre, piensa Laura.
En momentos como ese no cabe la indiferencia.
Las rencillas y los agravios se dejan en un segundo plano, incluso los traumas de la infancia, que han crecido por la terrorífica influencia paterna, quedan sepultados por ese trance.
Seguro que la despreocupación de Natalia, su feroz egoísmo, son un escudo ante la tragedia.
Ella también siente la sacudida del atentado, es imposible que quiera ir a bailar cuando su padre se debate entre la vida y la muerte.
—Mira lo que has conseguido. Estarás contenta.
Laura tarda unos segundos en comprender que esa frase cargada de rencor va dirigida a ella. Levanta la mirada y encuentra a su hermano mayor frente a ella, tiene ganas de guerra.
—No es hora de discutir, Sergio.
—Te crees muy lista. Les sacas dinero a los irlandeses y te vienes arriba. Seguro que pensabas que lo habías hecho muy bien, papá te dio unas palmadas en la espalda... Pero los actos traen consecuencias.
—No sabemos quién ha sido.
—Han sido ellos, no hace falta ser un genio. No soportan que nos metamos en su negocio, los has cabreado.
—¿Te has metido en los negocios de papá? —pregunta Dani.
Hay una sombra de decepción en su mirada, para Laura es como si le estuvieran clavando un cuchillo.
—No es lo que imaginas, Dani.
—Vino a una reunión con los Huérfanos —explica Sergio—. ¿No se lo has contado? Yo te lo cuento, Dani, claro que se está metiendo en los negocios de la familia, está tocando los cojones y por su puta culpa han cosido a tiros a papá.
—Laura, esto no es lo que me dijiste que habías venido a hacer a Marbella.
—No te pido que lo entiendas, pero confía en mí —se defiende ella.
—Necesito un canuto. —Dani se levanta, muy nervioso. Se palpa los bolsillos para verificar que lleva fuego, papel, la bolsita de marihuana, todo lo necesario—. Estoy fuera.
Cruza la sala de espera hacia la salida. Laura amaga con seguirlo, pero Sergio la retiene del brazo.
—Déjalo solo un rato. ¿No ves que necesita relajarse? Estas cosas le agobian. Y no te metas más en nuestras vidas. Estábamos muy bien sin ti.
—Yo también estaba mejor sin vosotros.
—Pues vuélvete a Madrid, nadie te lo impide. ¿Te saco un billete ahora mismo?
—Dejad de pelear, por favor —suplica Natalia—. Papá se está muriendo y vosotros os dedicáis a discutir como críos. Un poco de respeto, por el amor de Dios.
Lo dice la misma persona que está deseando irse de fiesta. Pero es inútil hacerle ver la contradicción. Además, de pronto parece sinceramente afectada. O al menos deja escapar un hipido y un sollozo.
—No se va a morir, Nata —la intenta tranquilizar Laura.
—¿Tú qué sabes? —Sergio no está dispuesto a rebajar la tensión.
—Los médicos de este hospital están acostumbrados a tratar heridas de bala, por desgracia no son algo excepcional en Marbella.
—Hay mucha gente que lo quiere matar —suspira Nata—. ¿Por qué sabéis que han sido los irlandeses? Yo no veo a Burke haciendo una cosa así.
—¿Ahora vas a defender a tu amante? Vete a la mierda, Nata —se enfada Sergio.
—Aunque tú no lo creas, es un hombre muy cariñoso.
—No puedo más. —Sergio se desploma en una silla y se aprieta la cabeza.
Nata lo mira, preocupada. Pero luego se dirige a Laura:
—¿Habrá guerra?
—Eso solo pasa en las películas.
De nuevo, Sergio encuentra la ocasión de corregirla.
—Se nota que hace mucho que te fuiste de Marbella. Los turistas no se enteran, los vecinos normales tampoco, pero aquí hay bombas, tiroteos... Unas veces son los escoceses, otras los suecos, los rusos, los serbios. ¿Guerra? ¿Por qué no? Claro que puede haber una guerra.
—¿De verdad me lo estás contando a mí, en plan mansplaining ? ¿Te recuerdo que trabajo de fiscal?
—Me había parecido que estabas en la luna. Puede que por la falta de alimento.
Laura lo mira de arriba abajo. Le gustaría que le empezaran a sangrar la nariz y las orejas, los ojos, que se retorciera de dolor en el suelo por una hemorragia interna que lo vaciara hasta no dejar una gota de sangre dentro de su cuerpo.
Pero, como ese milagro no se va a dar, opta por una actitud más pacífica.
—Salgo a tomar el aire.
Natalia también se levanta.
—Yo me largo, aquí no pinto nada. No depende de mí que papá se salve o no. Cuando Zach acabe de pinchar esta noche en el Olivia Valere, vuelvo.
—Ni se te ocurra ir a esa fiesta —dice Sergio.
—¿Me vas a dar órdenes?
—Siéntate ahora mismo.
—A mí no me da órdenes ni mi padre. ¿Te enteras?
—En serio, Nata, no te vayas. Hazlo por mí, no quiero estar solo.
Ella lo mira, sorprendida del cambio de actitud.
—Eso es otra cosa. Me quedo contigo, tranquilo.
Le da una palmada en la rodilla y le coge de la mano, encantada de tener una función importante.
Laura contempla la escena, aguardando a que él se deshaga de la mano de Natalia.
Pero Sergio agradece el apoyo, parece necesitar el contacto físico.
De pronto componen la estampa de dos hermanos muy unidos, que se ayudan y se quieren.
Laura se declara incapaz de entender a esta familia de locos.
Sale a la calle y no tarda en localizar a Dani a unos metros de la puerta, fumando.
—No me he metido en los negocios de papá, te lo juro.
—Joder, pensaba que eras distinta.
—Lo sigo siendo.
—¡Y una mierda!
—Dani, estoy intentando ayudar a mamá. Sé que papá está detrás de todo, y para demostrarlo tengo que investigar su mierda.
—¿Qué pasó en esa reunión con los Huérfanos?
—Fue una negociación. Llegamos a un acuerdo económico con ellos.
—¿Le han disparado por tu culpa?
Laura lo mira, detesta mentirle. Le gustaría contarle la verdad, explicarle todo lo que sabe, que el pulso con los irlandeses viene de lejos, que es posible que Trevor Strummer actuara por su cuenta, porque ni siquiera sus hermanos son capaces de contenerlo cuando pierde el control.
Pero no puede hacerlo. Quiere mantener a Dani fuera de todo ese infierno, él es lo único puro que ha salido de los Pastor.
—No es culpa mía, Dani. Necesito que confíes en mí. Papá no me está captando para su puta secta, no es nada de eso.
Un coche para junto a ellos justo para desmentir las últimas palabras de Laura. De él se apea Qiang.
—La Hermana Mei quiere verte.
—Dile de mi parte que hablaremos cuando pueda.
—Quiere verte ahora.
—No puedo, mi padre está en el quirófano.
Qiang no responde, pero sigue plantado delante de ella como un soldado del ejército de Xian. Hierático. No va a aceptar un «no» por respuesta. Dani decide intervenir.
—Te ha dicho que no va a ir ahora. ¡Lárgate de una puta vez! —lo encara, demasiado cerca.
Qiang le da un empujón, no es demasiado agresivo, pero lo desplaza un metro hacia atrás, y le hacer tropezar y caer al suelo.
—Tienes que venir conmigo —repite hacia ella.
Laura cruza una mirada patética con su hermano, que se incorpora, avergonzado porque sabe que no sería oponente para Qiang.
Le gustaría pedirle perdón y decirle que lo quiere, asegurarle que no va a pasar nada, pero se marcha sin hablar con él.
Cuando sube al coche tiene la sensación de que algo se ha roto entre ellos.