12
—Saludas a los niños y te vas.
De nada han servido los bombones y las flores que Sergio lleva en la mano, Candela ni le ha mirado a los ojos. El único mensaje que ha recibido de ella es para permitirle recoger una maleta con ropa y visitar a sus hijos.
—Candela, por favor...
—O haces lo que te digo o te vas ahora mismo. ¿Quieres que llame a la policía?
Sergio está convencido de que lo mejor que le ha pasado en la vida ha sido conocer a Candela.
Desde que la vio repartiendo cartas en la mesa del casino, comprendió que quería pasar la vida junto a esa mujer.
Después de un par de citas torpes en las que los nervios lo traicionaron, la invitó a pasar un fin de semana en la Feria de Abril de Sevilla y, para su sorpresa, ella aceptó.
Bailando sevillanas, con unas copitas de jerez, se soltó por fin y la hizo reír con las bromas que siempre le salen en esas ocasiones sociales, porque siempre ha sido un hombre ocurrente y divertido.
Ella, como buena gaditana, también tenía gracia.
Son quince años juntos, de risas y complicidad.
Nunca le ha sido infiel y está seguro de que nunca lo será.
Ahora no soporta su distancia, su mohín severo, seco, cuando lo ve entrar en casa.
—¿Has hablado con los niños?
—Pues claro. ¿Crees que se fueron a la cama tranquilos después de ver a su padre pegarle a un payaso?
—No sé qué me pasó, se me fue la cabeza. ¿Qué te han dicho?
—Estaban asustados. Pero preguntan por ti, te echan de menos.
Sergio atisba al fin una pequeña rendija en su resistencia.
—¿Y tú me echas de menos?
Ella no responde, se limita a fruncir los labios en un gesto de enfado.
—Candela, no puedes acabar con nuestro matrimonio porque yo cometiera un error.
—¿Te parece que pegarle un puñetazo al payaso del cumpleaños de tu hijo es un simple error?
—Es un error grave, ya te he pedido perdón mil veces. Desde que volvió Laura, mi padre se ha volcado en ella, aprueba sus propuestas, me deja de lado... Me ha desplazado por completo y estaba muy nervioso. Llegó ese hombre, el payaso...
—Con tus hijos delante, con los invitados delante. Se marcharon todos. Qué vergüenza.
—Es la presión del casino, de mi hermana, de mi madre acusada de asesinato, de las apuestas, de Souza...
—¿Qué pasó con Souza?
—Hablamos con él.
—No utilices eufemismos conmigo. Cuando dices que hablasteis con él, ¿a qué te refieres?
—No hace falta que te lo explique, ya lo sabes. No era el topo. Si hubiera sabido algo, se lo habríamos sacado. Fue una cagada —reconoce Sergio—. Otra más.
—Anda, entra a ver a los niños y luego hablamos.
Recorre el pasillo sintiéndose ligero, convencido de que ha quebrado la coraza de Candela y de que ha soltado un gran peso.
La necesita ahora más que nunca. Sin la inteligencia de su esposa no será capaz de plantarle cara a su hermana Laura.
Está dispuesto a arrastrarse ante ella todo lo que sea necesario.
Juega un rato con los niños, que al principio se muestran algo temerosos. Pero se los acaba ganando. Cuando vuelve al salón, no encuentra su maleta junto a la puerta. Candela está colocando su ropa en el armario.
—Que sea la última vez.
Él la abraza lleno de gratitud, de alivio y de amor.
Hace un día radiante en el Finca Cortesín Golf Club, sin viento, perfecto para la práctica del golf.
Los asistentes han ocupado la grada instalada en el tee de salida, y ondean las banderas de los países participantes en el Andalucía Sol Golf Challenge.
El torneo no tiene el prestigio de la Solheim Cup, pero ha logrado reunir a un importante número de jugadoras en este enclave privilegiado entre el Mediterráneo y la Sierra Bermeja.
Sergio se encuentra con su padre en un lateral donde están los buggies en los que se montarán para ir acompañando a las golfistas a lo largo del campo.
Cerca de ellos está Alma Hansen, la danesa con la que han pactado el amaño.
—¿Va todo bien?
—Según lo previsto —asegura Sergio—. Ha hecho dos dobles bogeys en el cinco y el seis. Solo le falta este hoyo, el siete.
—¿No va a llamar demasiado la atención? Vale que Alma Hansen no esté entre las mejores, pero eso es una puntuación de amateur.
—Queríamos una cuota por encima del cinco por ciento. Y, para eso, tenemos que hacer cosas que se salgan de la norma.
—¿Eso lo aprendiste de Souza? —le pregunta su padre sin esconder la burla. Sergio prefiere omitir cualquier respuesta—. Es una lástima que ya no podamos contar con él. Habrá que buscar otro contacto con los deportistas.
—Yo me encargaré. Tengo fichado a un médico que trata a muchos de ellos. Creo que podríamos entendernos.
—Me gustaría comer con él antes de tomar ninguna decisión.
Sergio promete que organizará ese encuentro.
Es obvio que ha perdido el poco prestigio que había ganado con su padre.
Ahora, cada decisión que tome, cada movimiento, tendrá que recibir la aprobación de Alberto Pastor, como cuando empezó a trabajar en el negocio.
Su padre saluda a algunos conocidos, ven a un exjugador que vive por la zona y que no se ha querido perder el evento.
Luego se suben en el carrito de golf para seguir de cerca los golpes de Alma Hansen.
—¿Viene la Hermana Mei?
—No creo, nunca asiste si no son las MMA. A ella le gustan los puñetazos, la sangre saltando de una ceja abierta. Ya la conoces. Pero ha hecho las apuestas. ¿Cuánto puede sacar?
—Unas quince veces lo jugado. Lo mismo que nosotros.
—A ver si los Huérfanos se están quietecitos. No me gustaría tener que repetir lo que pasó con el armenio.
Sergio nunca ha acabado de acostumbrarse a la manera que tiene Alberto de tratar los asuntos más sucios: fue él quien envió a Putin para darle un escarmiento a Aras, y por lo tanto es responsable del asesinato de la exmujer y de la hija del luchador, y, sin embargo, lo comenta como si les hubiera enviado al cobrador del frac.
Está de buen humor, está parlanchín. No siempre es así, últimamente se ha mostrado hosco y desconfiado con él.
Es un buen momento para enfocar el tema que más le preocupa.
—Papá, hay una cosa que no entiendo. Desde que volvió, confías más en Laura que en mí.
Alberto Pastor lo mira sorprendido.
—¿Y qué esperabas?
—Lleva fuera veinte años. Los mismos que hace que no se habla contigo. Y yo he estado siempre a tu lado.
—Lanzaste sospechas sobre tu hermana Nata, totalmente infundadas. Le hemos dado una paliza a Souza porque tenías un pálpito... ¿Sigo? No soy yo, eres tú el que no me ha dejado otra alternativa.
—Laura te odia.
—Gracias a ella les hemos sacado una pasta a los Huérfanos. Prefiero una hija que me odia y me hace ganar dinero a uno que no deja de cometer errores.
Llegan al punto donde Alma Hansen tiene que dar su tercer golpe.
El hoyo siete es un par 4 largo. La danesa debería llegar al green ahora, pero su golpe sale desviado y termina en un búnker.
Se oye un leve murmullo de incredulidad entre el público.
El doble bogey está casi asegurado, Alberto Pastor no necesita quedarse a la resolución para saber que hoy ganarán mucho dinero.
—Me voy al casino. Tú llega a la hora que quieras.
Su padre ni siquiera lo ha felicitado y Sergio siente cómo la frustración anida dentro de él.
Laura no es la única que hace ganar dinero a la familia, él acaba de dar un buen golpe con la golfista danesa.
Pero nada, ni una palmada en la espalda.
Las últimas palabras se le clavan en la cabeza a martillazos: «llega a la hora que quieras».
Como si su presencia en el negocio careciera de valor.
Hace una tarde muy buena y Alberto Pastor lleva abierta la ventanilla de su Audi.
Pone la música que le gusta escuchar cuando va solo, flamenco, bulerías del Zurraque, de Arcángel.
Considera al cantaor onubense el mejor ahora mismo.
Delante del resto de la gente no reconoce que le gusta el flamenco más jondo y que entiende bastante, es su secreto.
Prefiere arrancarse con canciones de Nino Bravo o de Camilo Sesto, con las que suele triunfar.
Recuerda cuando sus hijos eran pequeños y, en las cenas de Navidad, él les cantaba esas canciones, medio borracho.
Hoy, el peso de la edad, que otras veces le ha resultado excesivo, como si ya fuera un anciano sin ninguna ambición, es más liviano.
Con Laura a su lado puede seguir creciendo, quién sabe dónde está su techo.
Nada más salir del club de golf ha llamado a la Hermana Mei para contarle que han ganado la apuesta.
—No esperaba menos —ha contestado ella.
—Esta noche lo celebramos en el casino con unos vasitos de baijiu .
Ella no se ha mostrado eufórica, no le ha dado la enhorabuena, no le ha tributado su confianza.
Es rara, esa mujer. Después de tantos años de amistad, todavía no sabe por dónde le va a salir.
Quizá ese sea el truco de las relaciones largas, no conocer nunca del todo al otro.
Sin embargo, se le ha quedado un regusto amargo por esa reacción tan seca, tan poco entusiasta.
Se detiene en un semáforo, una moto se acerca.
Es una BMW F 900 XR. Mira a sus dos ocupantes por el retrovisor y se fija en la cara del de detrás.
Está riéndose y tiene la boca mellada: es Trevor Strummer, que saca una pistola del bolsillo de su cazadora.
Trata de arrancar a toda prisa y, en unos segundos de confusión, no entiende por qué el coche no le obedece.
Las balas han sido más rápidas que él. Su cuerpo cae sobre el volante y acciona la bocina a la vez que la moto se aleja.