11
Los rayos de sol juegan con el mar y crean destellos iridiscentes.
Laura mira el efecto y piensa, como cuando era una niña, que Marbella es un lugar bonito.
¿Qué le está pasando? ¿Está cayendo en el hechizo de su padre?
Después de la reunión con los irlandeses, él la miraba con admiración.
Era un padre orgulloso de su hija, feliz.
Y aunque ella sabe que es un manipulador y que adopta de forma convincente cualquier disfraz, notó el cosquilleo del amor paternal, una sensación olvidada.
Ahora intenta sacudírsela, es absurdo, tanto tiempo odiando a su padre y hoy se siente una simple jovencita feliz con su aprobación.
Debe sacar a la luz su verdadera cara: la del asesino sin empatía que es, tan cruel como para condenar a su madre por un crimen que no ha cometido.
Ya no solo para librar a Marimar de la cárcel, sino también para salvar su propia vida.
La Hermana Mei fue bastante clara al respecto: diez días para llevarle pruebas.
Sin embargo, se siente en un momento dulce, como si no le importara morir a manos de esa mujer.
Ha quedado con Dani en la terraza de uno de los bares del paseo, y, mientras lo espera, disfruta de una copa de vino blanco.
Pero quien cruza la calle como una sombra y se sienta en la mesa de al lado es Aras.
Ella no sabe si tuerce el gesto por coquetería o porque le molesta esta intrusión.
Aras llama a la camarera y pide una caña.
A Laura le irrita que ni siquiera la haya saludado, que finja no haberla visto. ¿Qué clase de jueguecito es ese?
—¿Me has seguido otra vez?
—No, esta vez no, esta vez te he visto por casualidad, pero te iba a llamar.
—¿Para qué?
—No te gires para hablar conmigo. Nunca se sabe quién está mirando —le dice. Está sentado de espaldas a ella—. Anoche estuve en el Orphan’s. Los irlandeses echaban humo. Hablaban de ti todo el rato, creo que no te tienen mucho cariño.
Laura sonríe, sabía que había conseguido descolocar a los Huérfanos, lo que no esperaba era tener un testigo de su reacción.
—¿Y qué decían?
Aras espera a que la camarera le sirva la caña para responder.
—El que estaba fuera de sí era Strummer, como siempre, los otros dos se controlan bastante mejor. Decía que los habías humillado, que no entendía cómo habían llegado a un acuerdo contigo.
—No les quedaba otra, pero no creo que ese troglodita sea capaz de entenderlo.
—«Tenía que haberla matado en el aeropuerto». Eso dijo.
—Claro que le gustaría matarme. Le revienta haber estado tan cerca de Melca y que se le escapara. Por cierto, no te he dado las gracias por avisarme.
—¿Sabes algo de ella?
—Solo he recibido un correo, está bien. Se ha ido de Berlín, pero no quiere que yo sepa dónde vive, y me parece lo más inteligente.
Melca hace bien en desconfiar de ella. Y en desconfiar de la justicia.
La han dejado a la deriva. Laura conoce los fallos de la Ley de Protección de Testigos: funciona mientras el testigo no ha declarado todavía; después, cuando se trata de ayudarlo en su futuro incierto y angustioso, dotarlo de una identidad nueva, de un piso, de un trabajo, faltan recursos, se agota el presupuesto y quizá también el interés.
Más aún en un caso como el de Melca, que ha terminado con la anulación del juicio.
Desde ese momento, ella no le importa a nadie.
La justicia no tiene un lado humano, ella misma lo ha comprobado muchas veces.
Y ahora, una vez que se ha visto castigada por la fiscalía y repudiada, reflexiona a menudo sobre esto y se deprime: la justicia presume de su garantismo y muchas veces ampara al delincuente.
La justicia deja huecos por los que escapar del castigo.
La justicia poco puede contra los poderosos.
Es subjetiva y corrompible, es temerosa.
Basta con que aparezca un Trevor Strummer para que todos estos defectos brillen como iluminados por luces de neón.
—Ese tío te odia, Laura. Creo que lo del aeropuerto lo decía en serio.
—Strummer es un imbécil.
—Y un asesino. Me preocupa que te haga daño.
—¿Te preocupas por mí?
Laura no puede evitar buscar su reacción con aire burlón y se gira para mirarlo. La luz del sol verdea sus ojos negros y, por primera vez desde que se reencontraron, le parece que está muy guapo. Aras se acomoda en su silla para darle la espalda de nuevo.
—Déjame que te proteja.
—No necesito ningún guardaespaldas. Si quieres ayudarme, ve al Orphan’s, emborráchate con los Huérfanos y sácales dónde está Gorbachov.
—Creo que Strummer lo conoce. Es más, creo que siguen en contacto.
Laura reprime el impulso de darse otra vez la vuelta. Aras tiene razón cuando dice que nunca se sabe quién los puede estar vigilando.
—¿Cómo lo sabes?
—Le ofrecí hacerme cargo de un trabajo, le dije que sería tan eficaz como Gorbachov. Me dijo que, si quisiera a alguien tan eficaz como Gorbachov, le llamaría a él. No me pareció que fuera de farol.
—A ver si logras enterarte.
—Vale, pero tú ten cuidado. Ya sé que te parece ridículo, pero me preocupo por ti.
—Sé cuidarme sola.
—No, Laura, no sabes. Me necesitas. Y yo te necesito a ti.
Se hace un silencio entre los dos. Sentados en mesas contiguas, de espaldas, y, sin embargo, ella lo siente más cerca que nunca. Le ha sorprendido que esa bestia solitaria que es Aras reconozca una fragilidad.
—Viene mi hermano, márchate.
Aras se bebe la cerveza de un trago y deja unas monedas en la mesa.
Ella no puede darse la vuelta para ver cómo se aleja contra el sol su figura de luchador que ha perdido demasiados combates.
¿Por qué siente esta corriente de cariño hacia él?
¿Ha enterrado ya en su memoria al Aras que mató a Putin?
Una idea que le asusta empieza a tomar forma dentro de ella: su atracción por hombres contradictorios, cargados de oscuridad, pero también de luz.
Su padre, Aras. Son capaces de lo peor y de lo mejor.
El oasis que ha sido su relación con Guillermo, un hombre transparente, sin una gota de maldad, le resulta ahora un espejismo.
—¿Estás bien? —le pregunta Dani después de darle dos besos. Ha debido de notar el nubarrón que ensombrecía el pensamiento de Laura.
—Sí, todo bien. ¿Has conseguido hablar con la hermana de Víctor Zamora?
—Caminamos hacia mi casa y te cuento. No quiero dejar mucho rato sola a Ingrid.
El apartamento que su hermano ha alquilado está en el centro de Marbella, cerca del Faro. Los dos caminan hacia allá.
—He hablado con ella, por fin se ha abierto —empieza a contarle Dani—.
Entraron a robar en su casa un día después de la muerte de Víctor.
Se llevaron el ordenador, ahí era donde estaba la famosa grabación, esa que le iba a resolver sus problemas.
Encontraron huellas de quien entró en la casa.
He llamado a mi amigo Pino, el de la UCO. ¿A que no sabes quién fue?
—¿Quién?
—Te lo digo si me dices qué te pasa.
—Dani, por favor...
—Es que no me gusta que tengas secretos conmigo.
—Ya te he dicho que estoy bien. —Laura se impacienta. Le da un caderazo a Dani—. Dime quién entró en casa de Víctor para llevarse su ordenador.
—Vale, vale. Un ciudadano ruso: Vitali Baburin.
—Gorbachov... Entonces, después de matar a Víctor Zamora en Madrid, volvió a Marbella. Todo el mundo creía que había desaparecido, que estaría perdido por la estepa rusa. Pero podría seguir aquí.
—Eso parece, aunque nadie sabe dónde. Ni qué había en esa grabación.
—Víctor tenía problemas con el juego, le debía dinero a media Marbella, entre otros a tu padre. Si tenía una grabación que podía saldar sus deudas, debía de ser algo muy gordo.
—Alguien se entera de esa grabación y lo mata —lanza Dani.
—Lo manda matar. Le encarga el trabajo sucio a Gorbachov. ¿Te das cuenta de lo que eso significa?
—Que si aparece esa grabación o el puto ruso, podremos demostrar que mamá es inocente.