Los Huérfanos 10
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Lo ha echado de casa. Y lo peor es que, desde entonces, no le coge el teléfono.

Ha pensado en volver al piso del paseo marítimo por la fuerza, pero eso no haría más que empeorar las cosas con Candela.

A su mujer no la puede tratar como a los demás, con ella no valen las bravatas ni los accesos de ira.

Ha cogido una habitación en Puente Romano, pero no ha dormido ni un minuto en las tres noches que lleva ahí.

Mientras esperan la llegada de los irlandeses, Sergio no puede pensar en otra cosa que en Candela.

Es el amor de su vida, no puede estar sin ella.

Triste, cansado por la falta de sueño, no se siente en condiciones de sostener una reunión tan importante como la que ha organizado su padre para hablar de Father Boyle Events con los Huérfanos.

—La negociación la llevo yo. Que quede claro. Esto va por ti, Sergio, dedícate a escuchar, no quiero que abras la boca ni para pedir agua. —El tono de Alberto Pastor deja a las claras que no está para bromas.

Sergio encaja la advertencia en silencio. En esos momentos, le da igual el desprecio de su padre.

—También te lo digo a ti, Laura, no eres más que una invitada, no tienes el hábito de tratar con este tipo de gente.

—Esta reunión no tendría sentido de no ser por lo que yo he descubierto. Y te aseguro que en la fiscalía no negociábamos con marquesas.

Alberto lo ha preparado todo, hasta la hora y el lugar del encuentro: el Parador de Antequera.

No es uno de esos edificios históricos que casi siempre funcionan como paradores, sino uno moderno y luminoso.

Desde sus grandes cristaleras se puede ver la vega antequerana y la Peña de los Enamorados, y, lo más importante, la carretera por la que se accede al edificio, por la que en unos minutos aparecerán los irlandeses.

Ha reservado una sala discreta en la que habrá café, bebidas y un refrigerio, lo necesario para dar la impresión de una reunión cordial.

Antequera es el centro geográfico, el corazón de Andalucía, cercano a todas partes y a la vez lejos de la Hermana Mei.

Si todo va bien, no tendrá que enterarse de esta reunión.

—Es la hora, ¿estos putos británicos no eran los más puntuales del mundo?

Sergio está muy nervioso y su padre se ve obligado a recordarle otra vez que debe estar callado, que allí solo habla él.

—Si no eres capaz de controlarte, te subes a una habitación y te echas la siesta mientras tratamos de todo.

—Es que ninguno tendríamos que estar en esta reunión. Si nos han jodido, lo que tenemos que hacer es ir a por ellos.

—Por eso no quiero que hables, para que no digas tonterías.

—Ya están aquí —los interrumpe Laura.

—En un Bentley, lo ideal para no llamar la atención —murmura Alberto Pastor mientras observa el cochazo blanco que casi siempre conduce Griffin—. Paletos...

De él se bajan los tres huérfanos: Burke, Griffin y Trevor Strummer. Laura acusa la presencia de este último.

—Te dije que no quería que viniera ese bestia.

—Eso es lo que tú dijiste, no yo. Nos conviene que esté aquí —la tranquiliza su padre—. Tendrán que estar pendientes de que no haga una barbaridad y dejarán de atender a lo importante. Es bueno que el adversario se distraiga.

Parece tenerlo todo bajo control, es la primera vez que Laura lo ve como un abogado competente, uno de esos que la han deslumbrado tantas veces en los tribunales, muy preparados, admirables, aunque se enfrentaran a ella.

Transcurren apenas dos minutos hasta que los Huérfanos entran por la puerta. Strummer va derecho hacia Laura para darle dos besos que ella encaja con cara de asco.

—Tenía ganas de verte otra vez. Te he echado de menos —la provoca.

Antes de que ella conteste, lo hace Alberto.

—Burke, habíamos quedado en que trataríamos de negocios, no sé por qué has traído al portero del Orphan’s. Ahora pedimos cacahuetes.

Laura sonríe, su padre no se achanta, da igual que no lleve un traje a medida, zapatos ingleses y una corbata de más de doscientos euros, prefiere los trajes modestos del sastre José Luis; este, el de las reuniones que pueden iniciar una guerra, es su ambiente y lo domina mejor que nadie.

Liam Burke pone una mano en el brazo de Strummer, para contenerlo. Logra fingir una sonrisa cordial.

—¿Nos sentamos?

Nadie presta atención a la comida o la bebida dispuestas para agasajarlos, quieren ir al grano. Los Pastor se sitúan en un lado de la mesa, los Huérfanos enfrente. Tres contra tres.

—Tenemos que hablar de las apuestas —abre el fuego Alberto Pastor.

—Ya sé que has tenido una mala racha —responde Burke con un matiz burlón—. El evento de las MMA fue un desastre.

—Parece que ese desastre os ha venido bien. En cambio, la Hermana Mei y yo hemos perdido dinero.

—El dinero de la Hermana Mei es historia. Esa deuda está saldada —interviene Griffin, que posa sus ojos amables en Laura—. No tuve la oportunidad de darte las gracias en el juzgado. Sin ti, nuestro hermano seguiría en la cárcel.

—Y volverá pronto —ataca Alberto—. Strummer tiene la cabeza llena de mierda y eso acaba saliendo por algún sitio.

Laura sonríe y, conforme lo hace, se le hiela el gesto.

¿De dónde viene este orgullo cuando su padre la defiende?

Se obliga a no bajar las defensas, no puede olvidar por qué está en esta reunión ni quién es su padre, por mucho que disfrute al comprobar cómo encaja mal Trevor Strummer las palabras de Alberto, con una mirada de odio que delata su nerviosismo.

—La próxima vez que me detengan, será en Berlín, donde tu hija ha mandado a una tal Melca. ¿Te creías que no la iba a encontrar?

—¿Por qué no cierras la boca, Trevor?

La orden de Burke es contundente y deja claro quién manda allí. Es posible que, al igual que Alberto ha pedido a sus hijos que le dejen llevar la voz cantante, él haya hecho lo mismo con Strummer.

—Tenemos previstas unas apuestas en el Andalucía Sol Golf Challenge —reconduce la conversación Alberto Pastor—.

Para que no tengáis que usar un topo, os decimos quién es nuestra baza: Alma Hansen.

Una golfista danesa que prometía mucho pero que lleva un par de años sin ganar un título.

Se rumorea que le va a caer una suspensión por dopaje y necesitaba dinero.

— Spoiler —se ríe Liam—. Este campeonato tampoco lo va a ganar.

—Claro que no. La Hermana Mei piensa apostar bastante, nosotros también. Alma Hansen hará tres dobles bogeys en tres hoyos seguidos. El cinco, seis y siete. Si no fuera así, todos sabríamos que habéis sido vosotros los que habéis reventado las apuestas.

—¿Cómo podríais saberlo? —pregunta Griffin con suficiencia.

Alberto les extiende una carpeta con documentos fotocopiados.

—Father Boyle Events, ¿os suena? Administradora, Amber Walsh.

¿No es esa tu novia, Griffin? Ahí hay copias de los ingresos a todos los deportistas que nos han fallado.

También alguna información más sobre movimientos de dinero que a la Hermana Mei seguro que le interesan.

¿Sabéis qué hará ella si se entera de que le estabais haciendo perder dinero?

Burke y Griffin dedican unos minutos a analizar los documentos de la carpeta. Strummer no participa, juguetea con la lengua entre los dientes mellados sin apartar la mirada de Laura. Por fin, Griffin levanta la vista.

—¿De dónde habéis sacado esto? —pregunta.

—¿A quién le importa?

Burke le hace un gesto a Griffin para que se levante.

Se acercan a la zona de las viandas, pero no prueban nada.

Simplemente, intercambian impresiones. Desde la mesa, apenas oyen un bisbiseo.

Strummer, mientras tanto, continúa con la vista clavada en Laura, como un psicópata.

Ella se muestra tranquila, le gusta comprobar que conserva más fortaleza de lo que pensaba.

Los irlandeses regresan a sus sitios. Es Burke quien habla.

—Está bien, ¿qué queréis?

—Que no os volváis a meter en ninguna apuesta. Si alguna vez perdemos, aunque no tengáis nada que ver, esta carpeta acabará en manos de la Hermana Mei.

—De acuerdo.

Alberto Pastor recoge los papeles y los guarda en la carpeta con aire satisfecho. Una conversación directa, sin fisuras, se ha conseguido el objetivo. Pero Laura piensa de otra forma e interviene por primera vez en la reunión.

—Y un quince por ciento de vuestros negocios. Es el precio de estos años jodiéndonos la vida y de que ese asesino esté en la calle. —Mira a Strummer—. Aunque todos sepamos que su sitio es la cárcel.

—Hija de puta. —Strummer hace ademán de levantarse para agredir a Laura, pero Burke lo impide.

—¡Te he dicho que te calles! —le grita en inglés. A Laura no le cuesta entender lo que dice a continuación, a pesar del marcado acento irlandés—: ¿Es que tiene razón Alberto Pastor y solo tienes mierda en la cabeza?

Griffin es el único que sigue centrado en la negociación.

—Alberto, ¿estás de acuerdo con esta locura que plantea tu hija?

—Ella habla por mí —la respalda, y Laura advierte una nota de orgullo en su voz.

—No podemos pagar el quince por ciento, la Hermana Mei se lleva el veinticinco, y eso nos arruinaría. Tal vez seríamos capaces de llegar al cinco.

Alberto se gira hacia Laura. Ya que ha sido ella quien ha abierto el melón, le corresponde cerrar el trato.

—Diez —dice ella.

Burke enarca una ceja y esboza una sonrisa de incredulidad. Griffin le susurra algo al oído.

—Hecho —dice Chris Griffin sin disimular que detesta ceder.

Extiende la mano a Laura para sellar el pacto.

Burke se levanta de la mesa, cabreado, pero también acepta, no tiene otra opción.

Strummer la mira con rabia: si cree que ha ganado, está muy equivocada.

La partida no ha terminado, eso parece decir con sus gestos tensos, con el portazo que da al salir de la sala.

La reunión se disuelve. Alberto Pastor mira con una sonrisa satisfecha a su hija.

—Deberíamos celebrarlo esta noche en el casino.

Sergio se mantiene ajeno, con la mirada hundida en sus propios zapatos, no quiere que nadie detecte que está a punto de llorar.

No tanto porque su hermana le haya tomado la delantera en los negocios familiares en una sola reunión, sino porque acaba de consultar el móvil y Candela no ha contestado a ninguno de los mensajes que le ha enviado.