Los Huérfanos 9
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—Están todos en el jardín.

Jasmina no prodiga las sonrisas en la casa de los Pastor, se limita a ser una presencia invisible que limpia, obedece y calla. Pero le deben de gustar las fiestas de cumpleaños, porque esa tarde se muestra más sonriente de lo habitual.

—Cuidado con el payaso, a mí me ha empapado dos veces con un chorro que sale de la flor que lleva en el ojal —se ríe la chica marroquí.

—Que tenga cuidado conmigo —le contesta Laura mientras saca la pistola de agua que ha comprado en el bazar de la Hermana Mei—. Vengo armada.

—Lo mejor será que la cargue en el baño de invitados.

Laura se ha propuesto dejar de ser una sombra en la casa familiar.

Esa posición pasiva no la va a librar de la amenaza de la Hermana Mei.

Tiene que fingir que se divierte mientras carga la pistola y prepara con Jasmina su celada para el payaso, y, aunque solo sea un teatro para integrarse en la vida de los Pastor, agradece la oportunidad de olvidar por un instante sus problemas, la preocupación por su madre, la desazón de haber perdido a Guillermo, las amenazas de Strummer, el desvío extraño que ha tomado su vida...

Son muchas las sensaciones que ha vivido en pocos días, quedan muy lejos aquellos tiempos en los que llevaba una existencia tranquila, la de una prometedora fiscal en un apartamento con vistas a la Torre Picasso y a la Castellana.

El jardín de la casa de Sierra Blanca es un enjambre de niños que corretean de aquí para allá.

Hay un castillo hinchable en el que botan y ríen varios invitados, una mesita verde llena de bocadillos de Nocilla, de gusanitos, de patatas fritas.

Candela, la mujer de Sergio, parece tener la función de controlar a los niños que se desmadran en cualquier punto del jardín: que no se acerquen demasiado a la piscina, que no se hagan daño al saltar en el castillo hinchable, que merienden.

También hay corrillos de padres, un universo en el que Laura no tiene la menor intención de entrar.

El payaso llega acompañado por Miguel, su sobrino que cumple los nueve años.

El niño va emocionado, se ríe en anticipación de lo que espera, que le pida a su tía Laura que huela la flor de la solapa y se lleve el chorro de agua en la cara.

No cuenta con que Laura sacará su pistola de agua y será ella quien enchufe al payaso.

El niño lo celebra como la venganza perfecta cuando su tía le da la pistola, y va mojando a todo el que encuentra en su camino.

De lo que no está segura es de que al payaso le haya hecho tanta gracia la broma.

Sentados a la mesa grande, la de los adultos, repleta de viandas, están Dani e Ingrid, que mantiene la envidiable presencia de ánimo de siempre, pese a que ha salido hace solo dos días del hospital.

Luce un vendaje en la muñeca, secuela de la explosión de su casa.

Charla con ella, se alegra de que esté mejor, vaya susto...

También charla con Dani, que no deja sola a su novia ni un minuto.

Se acerca a Candela y le pregunta por su hermano y su padre.

Ella le dice que han entrado hace un rato en la casa para tratar algo de negocios.

Le pide que le lleve a cada uno un trozo de tarta y que no tarden en volver, van a abrir los regalos.

Laura coge dos platos con tarta y entra en la casa.

Se topa con Nata, que bebe un vino blanco junto a su último ligue, un chulazo que viste una camisa blanca con tres botones desabrochados para que se le vea bien el collar de oro.

Se lo presenta como DJ Zach, uno de los mejores pinchadiscos de Marbella.

Laura no le presta demasiada atención. Su padre y su hermano están en el sótano, le dice Nata.

Baja las escaleras hasta la zona de juegos.

Allí destaca una gran mesa de billar que muy pocas veces se ha usado, también una para jugar a las cartas y, novedad, una ruleta que debe de proceder del casino.

Al fondo hay otra sala con la puerta cerrada. La custodia un italiano al que ha visto otras veces orbitando alrededor de Alberto Pastor, Baresi.

—¿Está mi padre dentro?

—Ahora mismo no se le puede molestar.

—Soy Laura Pastor. Dile que estoy aquí.

Baresi abre la puerta lo justo para que ella no vea nada del interior. Sale al cabo de unos segundos.

—Dice su padre que puede pasar.

Con más curiosidad que prevención, dado el secretismo, Laura entra.

Su padre y Sergio no están solos, con ellos hay otro italiano de piel negra, Ballotelli, cree que alguna vez lo ha visto acompañando a Baresi, y un hombre sentado en una silla: tiene la cara inflamada de golpes, un ojo medio cerrado y un río de sangre que desciende de su nariz, probablemente rota.

La camisa hawaiana que lleva está hecha jirones.

—¿Qué está pasando aquí?

—Una reunión de negocios —contesta Alberto Pastor—. Qué bien, nos traes tarta. Gracias, hija.

Laura quiere aparentar normalidad, pero es imposible. La paliza que ha recibido ese hombre es tremenda.

—¿Quién es?

—Souza, trabajaba para nosotros —responde Sergio—. Un representante de deportistas en el que confiaba, hasta me caía bien, coño, es un tío gracioso, pero resulta que nos estaba dando por el culo. Él es el topo que nos jodía las apuestas.

—Y lo dejas como un cromo el día del cumpleaños de tu hijo... ¿No había otro momento?

—Ha sido cuando lo hemos encontrado. El muy cabrón estaba escondido.

—Yo no estaba escondido, estaba trabajando, tenía que hablar con una gimnasta búlgara y no quería que se supiera que estaba cerca de ella —lloriquea el portugués.

—Ballotelli —ordena Alberto Pastor.

El sicario negro se acerca a Souza y le da un fuerte puñetazo en la nariz, que si no estaba fracturada antes, ahora seguro que lo está.

Ha sonado el crujido del hueso. Laura aparta la mirada.

¿Por qué le permite su padre presenciar esta tortura?

Encerrados en el sótano, mientras los niños ríen y corren por el jardín.

Es demencial. Marbella es así: la felicidad de escaparate oculta una violencia subterránea, la misma que genera el dinero para que, arriba, los niños se emocionen con regalos carísimos y los padres los recojan en sus deportivos de gama alta.

Ballotelli descarga dos golpes más en el estómago de Souza. El portugués vomita una bilis amarillenta, apenas puede respirar.

—Basta —zanja Pastor—. Souza, es mejor que nos digas la verdad. Tú eras el topo, los Huérfanos te pagaban para arruinarnos el negocio...

—Juro que no sé nada, si yo también apostaba y he perdido dinero. Yo no he hablado con los irlandeses, ni con nadie.

Sergio, ya harto, le quita a Ballotelli la pistola del cinto y apunta a Souza.

—¿Quieres que te mate? ¿Es eso, quieres que te mate?

—¡Para de una puta vez! —grita Laura—. ¿No ves que no lo sabe?

—Vuelve a la fiesta, Laura, aquí no pintas nada —dice Sergio.

—Menuda fiesta —se burla ella—. Ya me imagino a todos los invitados corriendo si oyen un disparo.

Sergio apoya el cañón de la pistola en la frente de Souza.

—Dice que está arruinado, pero es mentira. Ha invertido unos cuantos millones en una promoción de pisos en Estepona: ¿de dónde ha salido todo ese dinero si no es de los Huérfanos?

—Putas —confiesa Souza casi llorando—. Capto deportistas jóvenes en Ucrania, en Georgia... Las traigo diciéndoles que van a entrar en una escuela de alto rendimiento y se las entrego a los colombianos que tienen prostíbulos. De ahí viene todo ese dinero.

Alberto interviene y se dirige a Ballotelli.

—Suéltalo. Está claro que Laura tiene razón. Con lo que lleva encima, Souza no es capaz de mentir. Tu pálpito de los cojones, Sergio.

Acto seguido, pide a Ballotelli que se lleve al portugués por la puerta de atrás, con total discreción. Hay niños en la casa y Souza es un andrajo.

—No os entiendo —dice Laura cuando se quedan a solas—. ¿Torturar a un pobre hombre mientras tu hijo canta el cumpleaños feliz?

—Cállate —se enfrenta a ella Sergio—. Vuélvete a Madrid y déjanos en paz. Aquí las cosas se hacen así.

—No parece que hayas conseguido nada con este método. Souza no te había traicionado, te has quedado sin un colaborador y sabes lo mismo que antes: una mierda.

Alberto Pastor se ha sentado mientras sus hijos discuten. Toma por fin la palabra.

—Necesitamos descubrir quién pasa la información a los Huérfanos. Mientras no lo sepamos, no vamos a estar tranquilos. Nos pueden joder las apuestas del campeonato de golf.

—Father Boyle Events —dice Laura.

—¿De qué estás hablando?

—La empresa que usan los irlandeses para pagar a los deportistas por los sobornos. Da igual quién sea el topo, con demostrar que son ellos los que están detrás, es suficiente.

Padre e hijo se miran.

—¿Cómo sabes lo de esa empresa? —reacciona Alberto.

—Eso no importa. Father Boyle Events es una sociedad opaca, pero si tiras un poco del hilo, aparece un nombre: Amber Walsh, la pareja de Chris Griffin. Ella es la administradora de la empresa.

—Te lo estás inventando —ataca Sergio.

—Tengo documentos que lo prueban. Yo no hago las cosas porque haya tenido un pálpito, como lo tuyo con Souza —se burla Laura—. Y ahora hazte un favor a ti mismo: vuelve a la fiesta de tu hijo, que le están dando los regalos.

Sergio la reta con la mirada. Resopla como un búfalo, y por un momento Laura piensa que se va a lanzar contra ella. Pero su hermano opta por regresar al jardín. También lo hacen Alberto y ella.

La fiesta de los niños no se ha apagado, ahora juegan con un balón y una portería que han colocado a un lado del castillo hinchable, tienen una energía infinita.

Los padres toman copas, Candela se encarga de que todos estén a gusto.

El único que parece contrariado es su marido. Alberto Pastor llega hasta los niños.

—A que ninguno es capaz de meterme un penalti. El que lo consiga tiene un regalo.

Todos se ponen en fila y él se sitúa en la portería, se ha integrado de inmediato en la fiesta de su nieto. Sergio, hosco, se aparta del gentío para fumar un cigarrillo. Su hijo Miguel se acerca con una mirada traviesa. Trae al payaso.

—Papá, ¿has visto lo bien que huele la flor?

Aunque Sergio ni lo mira, el payaso le enchufa el chorro de agua.

Sergio lo tumba de un puñetazo y, cuando está en el suelo, lo patea, fuera de sí, y, después, le clava la rodilla en el pecho para que no se levante y descarga una serie de puñetazos hasta que la sangre corre el maquillaje del payaso.

Al levantar la vista ve que todos lo miran y que Candela se abre paso hacia él.

Su hijo tiene lágrimas en los ojos y una expresión de verdadero pánico.