Los Huérfanos 8
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Laura empuja con curiosidad la puerta del bazar chino de la Hermana Mei.

Recuerda haber comprado allí muchas veces cuando era una niña, era donde se surtían las compañeras del colegio de todo lo que necesitaban, desde bolígrafos hasta gomas para el pelo o unas diademas cutres que ahora no entiende cómo podían gustarles.

Entonces era el local de una clienta de su padre, una mujer agradecida que, de vez en cuando, enviaba regalos a casa.

Porcelana china, figuras de jade. No podía imaginar, como después ha sabido, que en ese bazar tenía su cuartel general, que esa oriental ajada por los años y la falta de descanso estaba muy por encima de su padre, el punto más alto de la pirámide del delito en Marbella.

Todo sigue tan abigarrado como recuerda.

Nunca se ha hecho una reforma en el bazar y muy pocas veces se ha debido de limpiar a fondo.

Junto a la caja, un hombre paga dos sacos de arena para gatos.

En la cola, una mujer con dos plantas pequeñas y unas adolescentes con varias caretas de fiesta.

Se dirige a un chino muy flaco que trabaja como empleado, le dice quién es y que ha quedado con la Hermana Mei.

El hombre la conduce a lo largo de un pasillo estrecho y ella avanza rozando sartenes y baterías de cocina hasta una puerta con un letrero de PROHIBIDO EL PASO .

Llama a un intercomunicador, habla en chino y enseguida le franquean el acceso.

Todavía tiene que recorrer un pasillo, un almacén y otra puerta blindada que se abre en cuanto llega.

Hay cámaras en las esquinas del techo, la vigilan.

Por fin, entra en una pequeña habitación llena de cachivaches, carpetas, un tablero de Go y una mesa con un portátil barato.

Sentada en una butaca está la Hermana Mei, que cierra una libreta donde estaba anotando algo y se levanta para recibirla.

—Tenía ganas de reencontrarme contigo, no te veía desde que eras una niña y ahora eres una mujer hecha y derecha.

—Le coge las dos manos, la mira con calidez y Laura intuye que detrás de esa amabilidad se esconde un chacal.

En una mesita baja descansan una tetera y dos tazas.

La china la suelta y sirve las infusiones—.

La fiscal que ha liberado a Trevor Strummer.

¿Cómo te sientes después de dejar en la calle a un hombre tan peligroso?

Lo ha dicho sin aparente agresividad, pero ha logrado que a Laura le suba una corriente helada por la columna vertebral. Y algo le dice que es mejor agarrar la pregunta de forma directa, sin balbuceos.

—Si le soy sincera, me siento fatal. No es agradable romper con lo que siempre has creído. Con la ley.

—No me gusta la gente que se salta sus principios. Y, sin embargo, estoy dispuesta a que me caigas bien. ¿Por qué lo hiciste? Háblame con franqueza.

—Para salvar a mi familia. —Laura decide omitir que sospecha que ella está detrás del atentado a Dani, tampoco tiene las pruebas para señalarla—. Se trataba de conseguir que los irlandeses pagaran cierta deuda que tenía mi padre.

La Hermana Mei sonríe complacida.

—Gracias a ti esa deuda está saldada. Así que te doy las gracias. Ha sido un paso muy difícil, estoy segura. Y también estoy segura de que todavía pagas las consecuencias.

—No duermo bien por las noches, si se refiere a eso.

—Me refiero a mucho más que eso, a la paz interior. Solo se me ocurre una cosa peor que faltar a tus principios morales. ¿Quieres saber cuál es?

—Sorpréndame.

—Traicionar a tu familia. —Mei sorbe su té de forma ruidosa—.

No te hablo de la familia que te toca al nacer, sino de la que una elige a lo largo de su vida.

Puede que, a veces, esas personas sean tus hermanos o tu madre, pero también pueden ser otras personas.

También puede ser que para salvar a esa familia elegida tengas que sacrificar a alguien.

¿Es eso lo que estás haciendo con Alberto?

¿Intentas destruir a tu padre para salvar a los demás?

Laura tarda unos segundos en contestar. Su cabeza busca a toda prisa una explicación a lo que sucede en ese lugar, entre puñaladas verbales y traguitos de té.

¿Cómo sabe esa mujer tantas cosas de ella?

No es una china misteriosa como la que podría aparecer en una película, vestida con un kimono rojo y fumando cigarros finos con boquilla, es solo la dueña de un bazar, la que controla en qué pasillo están las escobillas para el váter.

¿Quién le ha contado que quiere acabar con su padre?

Solo se le ocurren dos opciones: Aras o Guillermo.

Y advierte enseguida que confía sin motivo en Aras y no tanto en Guillermo.

Aun así, le cuesta imaginar el contacto entre su novio y esa mujer de aspecto vulgar y modales escurridizos.

—Antes me ha pedido sinceridad, así que le voy a ser franca. Es mi padre el que empezó esta guerra: intenta destruir a mi madre. Yo solo quiero averiguar la verdad. Si mi madre mató a un hombre o si le han tendido una trampa.

—Es muy fácil descubrir si alguien miente o dice la verdad. Y ahora es transparente que eres sincera. ¿Por qué buscas a Gorbachov?

Esa mujer lo sabe todo. Es inútil intentar juntar las piezas, trazar el camino que la lleva a estar enterada de cuanto se cuece en Marbella.

Simplemente, lo sabe. La butaquita forrada de terciopelo que ocupa Laura la han ocupado varios criminales en otras ocasiones: los irlandeses, los serbios, los rusos, su padre. También ellos han sorbido ese té tibio.

—Lo busco porque creo que está involucrado en el homicidio del que acusan a mi madre. ¿Usted sabe dónde se esconde?

—No lo sé, querida. Yo no lo puedo saber todo, solo lo que me cuentan.

—Necesito encontrarlo. Ayúdeme.

—Si te ayudo, me deberías un favor. Es mejor que no te ayude, al menos no tan pronto. Nos acabamos de conocer.

—No tengo tiempo, necesito encontrarlo.

La Hermana Mei bebe otro trago y mira a Laura por encima del borde de la taza.

—Muchas veces nuestros actos tienen consecuencias inesperadas para nosotros mismos.

Tu llegada a Marbella ha provocado un pequeño terremoto.

Strummer no soporta que lo hayas tenido encerrado dos años.

Y tampoco soporta que sus hermanos hayan pagado la deuda de tu padre.

Ese hombre es un peligro. No deberías haberlo soltado.

—Entonces usted no habría cobrado su deuda.

—Oh, claro que la habría cobrado. Tu padre tiene mucho dinero, no te fíes de lo que te diga o de lo que le diga a tu hermano Sergio. Encontró este atajo para pagar sin tener que perder nada.

—¿Me engañó?

—Alberto Pastor es mi hombre de confianza. Aunque lo amenace, lo necesito. No quiero perderlo por tu culpa.

—Yo solo quiero sacar a mi madre de la cárcel.

—Y yo no quiero que tu llegada a Marbella perjudique mis negocios.

—No veo en qué puedo perjudicarla. No tengo poder.

La Hermana Mei la estudia durante unos segundos.

—Te doy diez días para que me demuestres que tu padre ha traicionado a su mujer, que ha sido él quien ha organizado el asesinato de ese hombre para inculparla a ella.

Si ha hecho eso, le retiraré mi protección.

Marimar no se merece ese final. Pero si no es así y eres tú la que traiciona a tu padre, que es mi mano derecha, pagarás las consecuencias.

—¿Me ha citado aquí para amenazarme?

—Sí —dice Mei con sencillez—. Y para compartir una taza de té.

Laura intenta descifrar a esa mujer avasalladora. Pero no es fácil. La calidez impostada vuelve a adornar las facciones de la Hermana Mei, que la toma del brazo para acompañarla a la salida.

—No hace falta que me acompañe. Voy a comprar un regalo a mi sobrino Miguel. Es su cumpleaños.

La Hermana Mei sonríe, sorprendida.

—Seguro que hay tiendas con mejores regalos.

—Es un niño, se divierte con cualquier cosa.

Laura disfruta de su pequeña victoria. Ha conseguido descolocar a Mei, una mujer acostumbrada a que la gente quiera alejarse de ella cuanto antes. No lo va a hacer, se quedará en el bazar el tiempo que haga falta, como una clienta más, paseando por el pasillo de los juguetes.