Marbella, 1997 #2
A las ocho de la mañana, como todas las mañanas, no importa que ayer asistiera a esa fiesta de inauguración, la Hermana Mei está en su despacho.
Repasa en su libreta las cifras del negocio en todas las sucursales.
No se fía de registrar en el ordenador esos datos, prefiere sus libretas y su propia letra.
A las ocho y media ha atendido a la camarera de un restaurante chino del puerto y, luego, ha hablado por teléfono con su corresponsal en Milán, que está inquieto por la falta de efectivo.
—Ha salido hacia allá un correo, espero que te llegue hoy a lo largo del día.
Xen Hao, su esposo, no ha aparecido por casa.
No le preocupa que le sea infiel, ella misma aloja a amantes como Jakob en casa, pero sí qué ha podido hacer y con quién: la última vez que lo vio estaba con Ana Sofía, la colombiana, una mujer que cada día aparece más en los acuerdos de los narcos, es intermediaria entre los cárteles de su país y las redes europeas.
No se fía de ella, y mucho menos de Hao.
Antes de las nueve, Qiang, que poco a poco se ha ido convirtiendo en su Bastón Rojo, aparece con malas noticias.
—Han atracado a la mujer que transportaba el dinero a Milán y a Zúrich. La han asaltado en el baño del aeropuerto. Se han llevado las maletas.
La Hermana Mei no se inmuta, su negocio es un nido de problemas y su deber es mantener la calma para solucionarlos.
Lo primero es reorganizar la llegada de dinero a Milán y Zúrich, allí lo esperan, saldrá otro correo con él.
Después, ocuparse de que no vuelva a ocurrir.
El poder de la Hermana Mei reside en que todos sepan que engañarla no sale rentable.
—¿Quiénes eran?
—Sudamericanos, quizá mexicanos.
—O colombianos... ¿Cómo sabían qué había en esas maletas?
Qiang no tiene respuesta, pero ella sí.
—Necesito que me lleves al despacho de Alberto Pastor en una hora.
Alberto Pastor dejó hace años el oscuro despacho que compartía con Leo Domínguez y se cambió a un bonito edificio en la plaza de la Victoria.
No tiene nada que ver con la covacha de la Hermana Mei: espacio amplio, buena luz, buenos muebles y una secretaria que les ofrece un café en cuanto se sientan.
A pesar de las diferencias, a la Hermana Mei le gusta esa estancia y allí se sabe a salvo de oídos indiscretos.
—¿La has llamado?
—Debe de estar a punto de entrar. ¿Estás segura de que ha sido ella?
La persona a la que esperan tarda todavía un cuarto de hora en llegar, y Pastor y la Hermana Mei aprovechan para poner otros asuntos en orden.
Hasta que por fin aparece una mujer exuberante, morena, con aspecto de protagonista de telenovela colombiana, con un vestido ajustado que marca esas curvas que tanto atraen a los hombres y unas gafas de sol para ocultar los estragos de la noche anterior en la inauguración de la discoteca.
—¿Un café? ¿Un zumo de tomate? —ofrece el abogado a Ana Sofía—. Es lo mejor para la resaca.
—Un zumo de tomate.
La Hermana Mei espera en silencio a que la secretaria lo haya servido. Apenas se mueve, sentada en el filo del sillón, como un cuervo en una rama.
—Mi marido no apareció anoche por casa. La última vez que lo vi estaba contigo.
—Xen Hao no es mi tipo —le contesta con ironía la colombiana—, no sabe bailar bachata. Te lo puedes quedar para ti.
—No me preocupa eso, eres una mujer joven y atractiva, entiendo que mi esposo quiera pasar la noche contigo. Lo que me preocupa es que es un hombre que habla por los codos. A lo mejor te comentó adónde iba después de la fiesta. O quizá dijo muchas tonterías, incluso cosas que no debería decir.
—No sé qué dijo, la música estaba muy alta y no se oía bien.
Quiere zafarse de la presión de Mei, pero la china tiene paciencia y en su mirada brilla la ira sin estridencias, como un felino agazapado que puede saltarte al cuello en cualquier instante.
—Me molesta que me mientan. ¿Conoces a Qiang?
—¿Quién no conoce a Qiang en esta ciudad?
—Se acaba de marchar hace veinte minutos —informa la Hermana Mei—. Le apetecía desayunar en Benalmádena, en el Café Albatros...
Ana Sofía sale de su letargo de golpe.
—¡Deja a mi hermano en paz! ¡Él no tiene nada que ver!
—Vamos a hablar del dinero que me han robado esta madrugada.
Alberto Pastor tiene una intuición infalible para adivinar en qué momento debe intervenir, es una de sus virtudes que más elogia la Hermana Mei.
—A tu hermano no tiene por qué ocurrirle nada.
Somos gente civilizada. Tú te dedicas a mediar en los asuntos de drogas y te va bien, muy bien.
¿Por qué meterse en vuelcos de dinero? Yo soy abogado, ¿te imaginas que me diera por hacer planos de edificios?
Sería un desastre, lo mismo te puede ocurrir a ti.
Hay un refrán español que lo define a la perfección: «zapatero, a tus zapatos».
—Mi abogado se ha explicado muy bien. ¿Por qué enredarnos en luchas si podemos colaborar?
Me ha gustado tu eficacia, organizar ese asalto en apenas unas horas.
Juntas podemos ganar mucho dinero. Tú necesitas mover la droga que te traen desde tu país y yo puedo ofrecerte rutas seguras.
En cuanto me digas cómo localizaste a mi correo y me devuelvas lo que me has robado, podremos empezar a hablar del futuro.
—¿En qué consiste ese futuro?
—Yo te ayudo y tú me das el veinte por ciento de tus beneficios.
—¿Me puedo negar?
—Claro —sonríe la Hermana Mei—, pero entonces morirá tu hermano, morirás tú y otro hará el trabajo. Creo que los términos están claros: dime, ¿cómo supiste que esa mujer llevaba dinero? ¿Te lo contó mi marido?
Ana Sofía medita su respuesta. Lo que diga puede significar una sentencia de muerte. Le intimida esa china de maneras pausadas, vestida de negro y gris, la falda y la rebeca parecen sacadas de un mercadillo, fría como un témpano de hielo.
—Anoche vino a mi casa —confiesa la colombiana porque no tiene otra alternativa—. Iba muy colocado y me lo contó todo. Luego, se marchó. No sé dónde está ahora.
—Gracias, Ana Sofía —dice la Hermana Mei—. Puedes cerrar con Alberto los detalles de nuestro acuerdo.
No necesita estar presente para saber que Alberto Pastor cuidará por sus intereses tanto como haría ella misma. Regresa al bazar dando un paseo por el centro de Marbella. Llama a Qiang.
—Olvídate del hermano de la colombiana, hemos llegado a un acuerdo con ella. Estaba en lo cierto con Xen Hao. Haz lo que te he pedido.
Hay mucho trabajo en el negocio, la Hermana Mei nunca deja el bazar antes de las ocho o las nueve de la noche y a menudo se lleva papeles para revisarlos en casa. Hoy hace una excepción y sale a las siete. Qiang no puede ir a recogerla, así que se dirige en taxi hasta su casa de Los Monteros.
—¿Está abajo?
—Puedo ocuparme yo —le ofrece Qiang.
—Es mi responsabilidad.
Xen Hao está desnudo, colgado de una viga.
Sus pies apenas rozan el suelo. Los puñetazos que le ha dado Qiang han servido para disipar los efectos de la borrachera de todo tipo de sustancias de la noche anterior.
En una mesa, su soldado le ha preparado un maletín lleno de bisturíes y escalpelos que podrían figurar en cualquier quirófano bien dotado. La Hermana Mei escoge uno.
—Esto es una estupidez —balbucea Hao—. Tú también te follas a esos niños.
—No es por Ana Sofía, eso lo entiendo. Me has traicionado, a mí y a la tríada Tiān Xià. ¿No lo recuerdas?: «Después de cruzar las puertas de los Hung, no cometeréis traición. Que quienes no obedezcan estas leyes mueran cortados por cuchillos en diez mil pedazos».
La Hermana Mei clava la punta del cuchillo sobre el pezón izquierdo de Hao.
Dibuja un círculo a su alrededor. El filo abre la piel como si fuera mantequilla.
Luego, arranca esa piel, se lleva el pezón.
Hao grita de dolor, pero, inmovilizado, no puede hacer nada para evitar la tortura que acaba de empezar.
Mei decide que será compasiva con él, al fin y al cabo es su marido.
En veinticuatro horas, si Hao no ha muerto, le seccionará el cuello con el cuchillo y dará fin a su sufrimiento.