Marbella, 1997
Donde de verdad se encuentra a gusto la Hermana Mei es en el pequeño despacho que está en la trastienda de su bazar, el Guanxi, en el centro de Marbella.
Lo llamó así como homenaje al pacto de sangre con el líder de la tríada, Ma Yueh-sheng, que es lo que le permitió viajar a Europa veinte años atrás.
Pasa la mayor parte del día allí, rodeada de cajas de artículos que proceden de fábricas de toda China, con su libreta, el ordenador portátil y una caja fuerte en la que se guardan muchos más millones de pesetas, de dólares, de libras o de francos que en ningún otro lugar de la ciudad y quizá de Andalucía.
Hoy tendrá que salir de su búnker: aunque evita los actos sociales, debe asistir a un evento del que todo el mundo habla, la inauguración de la nueva discoteca de Olivia Valère.
Una de las aficiones de la Hermana Mei es leer las revistas españolas del corazón, gracias a eso reconoce esa noche a muchos de los famosos que pululan por los salones del lugar, decorados con un barroquismo hortera que le produce un rechazo invencible.
Naomi Campbell, que sale de un sonado romance con Joaquín Cortés, el bailarín español, es quien ha cortado la cinta de inauguración simbólica con unas tijeras de oro.
También distingue a otras modelos como Claudia Schiffer y Kate Moss, a los habituales Gunilla von Bismarck y Alfonso de Hohenlohe —una muestra del glamour perdido de la ciudad—, al tenista Boris Becker, Enrique Iglesias...
Se dice que Sean Connery y Bruce Willis llegarán en cualquier momento.
Todos tienen mucho dinero, pero, si se excluye a los jeques árabes, nadie llega a la fortuna que ha amasado esa mujer china encorvada y de aspecto anodino, incómoda en el vestido de noche, que está deseando volver a casa y quitarse los zapatos que la están matando.
No es su ambiente y, además, está preocupada, ¿quién le asegura que ese local, mezcla de Europa y de Babilonia, no se va a venir abajo?
No se fía de las construcciones de lujo de su querida Marbella, las licencias que se otorgan tienen más que ver con el dinero de los promotores —y el que están dispuestos a repartir— que con la calidad del proyecto o los materiales.
Justo en la puerta coincidió con el alcalde, Jesús Gil y Gil, un personaje más de esa orgía de desproporciones.
Nunca ha hablado en persona con él y no sabe si lo aborrece o lo admira: es el causante de lo mejor de la ciudad, pero también de lo peor.
Tuvo que esperar a que él entrara para poder pasar ella.
Allí estaba Olivia Valère, que recibía a los invitados uno a uno con su sonrisa encantadora, su acento francés y su vestido negro de alta costura, como si cada uno de ellos gozara de su amistad en exclusiva.
—¿Qué tal te lo pasas?
Su mano derecha, Alberto Pastor, también anda por ahí.
Él se adapta mejor a esos ambientes, le gusta sentirse elegante de vez en cuando con su pajarita, aunque no se deja deslumbrar por el despilfarro de estas fiestas.
Tiene el don de integrarse con la misma facilidad en esa alta sociedad, con los políticos y con la gente del pueblo de toda la vida.
Fue una buena idea captarlo para sus negocios, es capaz de trabajar veinticuatro horas al día y es tan ambicioso como ella.
Qué pena que su esposo, Xen Hao, no sea como él, le habría evitado muchos dolores de cabeza.
Da igual que sean ricos y se hayan comprado una magnífica casa en Los Monteros, él hace lo mismo de siempre: ver películas de Bruce Lee y Jackie Chan, apostar en páginas de internet de Hong Kong y fumar cigarrillos americanos sin parar, enciende uno con la colilla del anterior.
Sigue siendo un vago, pero además ahora es soberbio, trata a los demás como esclavos, viste siempre con trajes blancos y lleva el pelo engominado.
En los últimos tiempos ha dejado la cerveza china que compraba antes y bebe whisky escocés, también consume cocaína de vez en cuando.
Se cree un mafioso de una película de serie B.
Su marido se ha convertido, más que en un estorbo, en un problema que pronto tendrá que afrontar.
La última vez que lo vio, hace media hora, bailaba con una colombiana, Ana Sofía.
La mitad de los hombres de la fiesta desearía estar con ella, ¿qué interés puede tener ella en un chino viejo, con el pelo teñido de negro y sin gracia?
—Esta fiesta es terrible, en cuanto consiga tirar de mi esposo, me vuelvo a casa. ¿Tú?
—Necesito hablar con un par de concejales. A ver si lo consigo antes de que estén demasiado colocados.
—¿Negocios?
—¿Crees que puedo hablar de otra cosa con esos descerebrados?
Esta noche terminará de afianzar los acuerdos para asegurarse una nueva ruta para el dinero, ahora a través de Puerto Banús.
No solo hay que pagar a políticos y a las distintas policías, también hay que atraparlos de tal forma que, si un día caen, no se atrevan a contar nada.
Alberto Pastor es el mejor negociador. En los últimos años, conforme el negocio del dinero crecía, se han adueñado también de las mejores rutas.
La Hermana Mei advirtió hace tiempo que quien las controlara dominaría el mercado.
Todo el mundo necesita sacar su dinero de España para poder disfrutarlo.
Lleva casi veinte años en Marbella y todo ha funcionado a pedir de boca.
Primero fue el bazar, después los envíos de dinero de sus compatriotas a China, que ella misma hacía en los múltiples viajes a su tierra para visitar a sus padres, y que le permitieron idear el sistema de la hawala , después los préstamos a los recién llegados para que pudieran montar sus bazares o sus restaurantes.
Hace algunos años, sus clientes se internacionalizaron, no solo los asiáticos acudían a ella, también los británicos, los holandeses, los suecos, los norteafricanos...
La Hermana Mei se ha convertido en una banquera que lo mismo mueve dinero por todo el planeta que financia el viaje de un carguero lleno de contenedores desde Asia hasta Europa.
Presta dinero para cualquier negocio legal o ilegal.
Y todo desde la trastienda de su bazar y con la ayuda de ese abogado sin escrúpulos al que conoció por casualidad.
Uno de los concejales lo ha saludado desde la distancia y Alberto Pastor le devuelve el saludo.
—¡Suerte! —le dice Mei—. No te acuestes muy tarde, mañana iré a tu despacho, tenemos asuntos de los que hablar.
Se separan y ella pasea su mirada irónica por ese nuevo lugar de reunión de Marbella.
Arquitectura española, moruna, toques asiáticos y franceses.
Un antiguo palacio inspirado en Babilonia ahora convertido en un templo del lujo que trata de recordar a las mil y una noches en versión Hollywood.
Jardines con fuentes y palmeras despiden aromas embriagadores, camareros elegantes tientan a los invitados con bandejas de ostras y champán a lo largo de salones interconectados que desembocan en un gran salón central con aforo para casi mil personas, o eso aseguran, decorado como un palacio árabe.
Más allá, en la pista de baile, vuelve a ver a Xen Hao, que baila con la colombiana.
Saca el teléfono para hacer una llamada.
—Qiang, espérame en la puerta.
Recuerda sus dudas cuando trajo a Qiang a Europa.
Es el sobrino del Cabeza de Dragón de Tiān Xià, la tríada que la protege.
El mismo jefe, Ma Yueh-sheng, se lo impuso como acompañante en su nueva vida en España, y ella sintió que le ponía un centinela, un chivato que mandaría informes a su tío sobre sus andanzas.
Pero desde el primer día le mostró una lealtad sin fisuras, y sabe que Qiang daría su vida por ella.
—¿Y tu esposo?
—No creo que pueda sacarlo de aquí.
—¿Quieres que me encargue?
No busca escándalos, menos en una noche como esa. Su mayor afán es pasar desapercibida, siempre.
—Ya volverá a casa. Es lo bastante mayor para coger un taxi solo.
En el camino de regreso, Qiang es prudente y no desliza ningún comentario sobre Hao.
—Esta tarde ha salido un correo a Barajas con el dinero —le informa—. Irá primero a la sucursal de Milán y luego a Zúrich.
La red de la Hermana Mei se extiende por todas partes.
Tiene vecinos qingtianeses ubicados en las principales ciudades europeas y americanas: París, Berlín, Nueva York, Ginebra, Londres.
Una prima suya también tiene un restaurante en Milán.
En las trastiendas de sus locales se discuten los acuerdos de los envíos de dinero.
Ahora, ese dinero fluye en todas direcciones: a veces, rumbo a Suiza para ser blanqueado; en otras ocasiones, hacia Marbella para pagar un cargamento de cocaína...
, pero todavía hay que hacer equilibrios con el dinero en metálico.
Una compatriota ha salido con dos maletas rumbo al aeropuerto para abastecer de liquidez a las sucursales de Milán y Zúrich.
Mei se despide de Qiang en la puerta de su chalet.
Se quedó con el mejor en la urbanización que ella misma construyó cuando empezó a hacer dinero de verdad.
Al entrar en el salón, descubre que Jakob está viendo unos dibujos animados.
Llegó de Noruega hace cinco meses, con diecisiete años.
Dentro de dos, como mucho, le resultará demasiado mayor.
Al principio elegía amantes chinos, pero después sus gustos cambiaron y desde entonces siempre elige escandinavos, grandes y rubios, como Jakob.
—Desnúdate y ven a mi habitación —le ordena Mei.
En su cuarto, ella se da una ducha. El sexo, el Go y las máquinas tragaperras son lo único que la relajan. La anestesian, le permiten dejar de pensar en el negocio.