Los Huérfanos 7
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Sus ojos barren las paredes del restaurante y registran cada detalle, cada rincón.

Hace muchos años que no cena allí, pero hay lugares que nunca cambian, los clásicos, los que no pueden mejorar porque son perfectos.

El ambiente de La Parra, en la calle Monte Esquinza, es íntimo, mitad inglés, mitad sevillano, con azulejos mozárabes en las paredes, pero aspecto de club londinense, con algunos trofeos de caza, lámparas sobre las mesas, un piano...

Aquí tuvo su primera cita con Guillermo, todavía se acuerda de lo que comieron — steak tartar él y pollito Marrakech ella, para acabar con un apple crumble a medias, platos que hoy le generan repulsión—, también de lo que hablaron, de su grupo de música country, del trabajo de Laura en la fiscalía...

Han pasado desde entonces seis años y aquí es donde la ha citado él esta noche, quizá para convocar ese pasado común, como si esperara borrar el último mes y reiniciar su relación desde aquel punto lejano.

No pretende hablar de Strummer, de su intento de matar a Melca, del incidente en el aeropuerto.

Todo eso seguirá agrandando la porción de su vida que mantiene oculta a Guillermo, como si Laura se hubiera convertido en un iceberg y su pareja apenas alcanzara a distinguir la cima que emerge sobre la superficie del mar.

Supone que a esas horas ya habrán soltado al irlandés.

Se lo llevaron detenido, pero ella ni siquiera prestó declaración.

Sabe que no serviría para nada, no lo van a encerrar por unas carreras en una terminal de salidas y por llevar una pistola que no disparó.

Le habrán pedido el permiso de armas, le pondrán una falta, le darán un capón a modo de advertencia...

¿Qué sentido tenía alargar el contacto con ese animal?

Pero no olvidará su mirada, su gesto de amenaza, su sonrisa diabólica.

Trata de espantar esos pensamientos mientras espera a su novio con una copa de vino blanco portugués, un Esporão Reserva.

No debería beber alcohol, hace mucho que ha comido y tiene el estómago vacío, pero sin él no sería capaz de enfrentarse a este reencuentro.

Ha llegado hasta el restaurante como una autómata, evitándose la pregunta fundamental: ¿qué quiere de Guillermo? ¿Recuperarlo o separarse de él?

—Hola.

Ninguno de los dos sabe cómo saludarse, si con dos besos formales en las mejillas o con uno en los labios. Es Laura la que se decide por este.

—Estás muy guapa.

—No hace falta que mientas.

—Sí que lo estás, aunque hayas perdido demasiado peso.

—No vayas por ahí —ataja ella, más brusca de lo que pretendía.

Señala el sobre, quiere evitar, o al menos aplazar, la entrada en asuntos personales.

—¿Es la información sobre la empresa que te pedí?

—¿Para qué la quieres?

—Tiene que ver con Gorbachov.

No abre el sobre que él le da, lo dobla y lo guarda en el bolso.

El camarero se acerca y Guillermo pide una copa del mismo vino que bebe ella, aunque no ha preguntado cuál es.

Un detalle tan nimio como ese irrita a Laura, ¿por qué esa sumisión en él, que siempre ha sido un hombre fuerte?

, ¿por qué ese deseo de anularse para agradarla?

—¿Qué sabes de la situación de mi madre?

—Lo que te conté por mail: he pedido la libertad con cargos, estoy a la espera de la respuesta del juzgado. ¿La has visto?

—Sí, he estado con mi hermano Dani.

—Te voy a ser sincero, yo creo que lo mejor es que siga ingresada. No creo que le vaya a hacer bien estar libre.

—Deja que eso lo decida yo.

Otra vez muy brusca, ¿qué le pasa hoy? El comentario de Guillermo solo buscaba ayudar y, sin embargo, ella lo ha tomado como una agresión.

—Claro, tú lo decides. Pero en el juicio usaré la eximente de enajenación mental, y si sigue en esa clínica será más fácil.

—No quiero eximentes, quiero que defiendas su inocencia.

—Laura, sabes que las pruebas la condenan.

—¿Has tirado la toalla? Dímelo abiertamente, Guillermo. ¿Crees que mi madre es culpable?

—Creo que quizá no sea yo el abogado adecuado —responde él con un deje de hartazgo.

No ha sido capaz de contenerse más. Laura nota que ha ido demasiado lejos y debe recular. Llega el camarero para tomar la comanda, un buen momento para inspirar hondo, para serenarse, para recomponer la situación.

—Claro que quiero que la defiendas tú, eres el mejor. —Le coge de la mano, pero la suelta a los dos segundos—. Hace tiempo que no veníamos a este restaurante, no sé por qué, me gusta mucho.

—Sí, supongo que nos queda a desmano. ¿Qué tal en Marbella?

—Complicado... En unos días saldrá del hospital Ingrid.

Mi hermano ha conseguido alquilar un apartamento mientras se arregla la casa, no es tan fácil encontrar algo adaptado para la silla de ruedas.

Dani no iba a meterse en la casa de mi padre y ha estado viviendo con una compañera de la empresa de submarinismo, Estrella.

—Da un sorbo a su copa de vino, le preocupa el futuro de su hermano, está convencida de que se está negando lo que siente y así solo será infeliz—.

Le va a costar volver a vivir con Ingrid.

—Se supone que se aman, eso lo engrasa todo.

Si no ha sido un reproche, lo ha parecido. Hay un silencio incómodo, ninguno de los dos quiere continuar por ahí.

—¿Y tu padre?

—Tengo poco contacto con él. Uso la casa como un hotel. Estoy más con Dani —miente para no admitir que apenas ha salido de casa—. También hago lo posible por localizar a Gorbachov. Su compañero, el otro, al que llamaban Putin, apareció muerto.

—Ten cuidado.

—Lo sé.

Él se interesa por los pormenores de la muerte del ruso y ella se sorprende de su capacidad para mentir, para relatar lo sucedido sin entrar en detalles, sin mencionar a Aras, sin incluirse en la escena del crimen.

Más territorio oculto para Guillermo. Llega la cena: él come con apetito, ella se limita a probar la comida, a desmontar el plato, a ofrecerle un poco con la esperanza de que se coma la mitad; intenta no pensar en el asco que le produce cada bocado que traga, no sabe si tendrá que ir al baño a vomitar.

La charla es insustancial: la nueva maqueta que ha grabado su grupo, la separación de unos amigos comunes —la primera boda gay a la que asistieron juntos—, la sentencia absolutoria para un defendido de Guillermo que hasta él estaba convencido de que era culpable...

Temas que a ninguno de los dos les interesan, maniobras de distracción para evitar hablar de ellos mismos.

Antes del postre, ella se va al baño. Para su sorpresa, él la espera con cara de pocos amigos.

—¿Has vomitado la cena?

—No digas tonterías —se defiende Laura.

—No sé para qué hemos quedado, pero no me voy a marchar sin que hablemos de verdad. Si sigues así te vas a morir, igual que tu madre. Deberías ingresarte, tú eres la primera que sabe cómo puedes acabar.

—Como vayas por este camino, te juro que me levanto y me largo a mi casa.

—¿Eres consciente de que no puedes seguir en Marbella, con tu padre?

Por respuesta, Laura cumple su amenaza. Sale a la calle Monte Esquinza y toma aire mientras él paga la cuenta.

Quiere irse, no aguanta sus reproches ni sus cuidados.

En realidad, no aguanta su amor. Tiene un agujero negro en el estómago, un remolino que parece transmitir veneno a todo su torrente sanguíneo.

Guillermo no se ha equivocado cuando la ha acusado de vomitar.

—¿Has venido en moto? —le dice al verlo salir—. Yo me voy a coger un taxi. Supongo que lo más fácil es bajar a Almagro.

Guillermo no hace ademán de acompañarla, ni siquiera se despiden, la ve marchar sola. Antes de que llegue a la esquina, Laura se desploma. Corre hacia ella y la incorpora, Laura recupera la consciencia, aunque está muy desorientada. Él hace una llamada.

—Sí, es una mujer de treinta y nueve años, se ha desmayado en la calle.

—¡Cuelga!

Lo ordena desde su nebulosa. No quiere una ambulancia.

Anticipa la conversación de su novio con los médicos, contándoles que seguramente no habrá comido en muchas más horas de la cuenta, que es anoréxica.

Todo por su bien, porque está muy preocupado.

Si llega la ambulancia que él está pidiendo, la ingresarán, quizá varios días.

Le da un manotazo y le tira el móvil al suelo.

—¡Deja de tratarme como a una inútil!

—Laura, necesitas ayuda.

—¿En qué puto momento te has convertido en mi padre? No soy una niña.

Se levanta, recoge su bolso, se recompone con gestos bruscos.

—Siéntate un rato, respira hondo —le pide él.

La agarra del hombro y ella se escabulle del contacto físico.

—No me toques.

—¿Por qué cojones te empeñas en castigarte? Sabes que eres una enferma, necesitas ayuda médica. ¿Qué estás haciendo? ¿Matarte porque no estuviste al lado de tu madre todos estos años?

—Vete a la mierda. Quiero estar sola, Guillermo. ¿Vale?

—¿Qué te ha pasado en Marbella? Antes no eras tan cobarde. Antes se te podía decir la verdad.

—No quiero verte más. No puedo. Estoy hasta arriba y no tengo el cuerpo para tus estupideces. Si quieres dejar el caso de mi madre, lo entiendo perfectamente. Busco otro abogado.

Él suelta una risa de incredulidad. Cuando ve que ha levantado la mano para subirse a un taxi, la coge del brazo y tira con fuerza para encararla.

—¿Esta es tu solución? ¿Salir corriendo?

—Hay otro hombre —suelta ella.

—¿Qué? No me lo creo.

—Un antiguo novio, de cuando era joven en Marbella.

—No es cierto.

—Pues no te lo creas. Pero déjame en paz.

Se sube al taxi y cierra de un portazo.

La rabia que siente Guillermo aplasta por unos momentos la preocupación por esa mujer que se aleja. No entiende lo que ha pasado, en qué momento empezó a perderla, no sabe si Laura se ha marchado al calor de un arrebato o si lo ha hecho para siempre.

El agua de la ducha está tan caliente que duele.

Pero se queda un rato bajo el chorro, como si necesitara limpiar la conversación con Guillermo, su actitud hacia él.

Ha sido injusta, lo sabe. Ha sido muy dura.

Él tenía razón. ¿Por qué se comporta así, como si estuviera buscando castigarse?

No entiende lo que le está pasando. Al salir de la ducha se mira en el espejo, cubierto de vapor.

Lo desempaña y se queda contemplando su cuerpo.

Es verdad que está mucho más delgada, seguro que ha perdido cerca de diez kilos en las últimas semanas.

Ya casi no puede ni cogerse un pellizco de carne de la cintura.

La belleza de su cuerpo se ha esfumado, se ha transformado en un cadáver.

Se envuelve en el albornoz y va al salón a reunirse con Dani, que está viendo un partido de la NBA.

Con tristeza, comprende que no conoce a su hermano, ni siquiera sabía que le gustaba el baloncesto.

Pero también comprende que necesita acurrucarse a su lado, que esa es la definición más cercana de hogar que puede componer en ese momento.

Dani la abraza y ella se siente confortada por su olor, por su tacto, por su silencio. No le pide nada más a la vida.

Cuando suena un mensaje en su teléfono, supone que es Guillermo. Quiere ignorarlo, pero se siente culpable y no desea añadir más sal a la herida. Tal vez sea hora de entonar una disculpa. Coge el móvil. El mensaje es de un número que no tiene en la agenda: «Soy la Hermana Mei, quiero verte».