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Atraviesa en coche Madrid, rumbo a la calle Leganitos; cae una fina llovizna y el tráfico está imposible, ejecuta un par de cambios de carril que provocan bocinazos entre los demás conductores, se topa con un atasco.
Llama al teléfono de Melca, la chica no le contesta, lo más probable es que, después de la puesta en libertad de Strummer, se hiciera con otro número.
Intenta hablar con la policía para averiguar si ellos tienen su nueva dirección, su teléfono, pero se atasca en la burocracia: aunque ella misma pidió el cambio de residencia de Melca después de que la chica sufriera un ataque de pánico al creerse perseguida, la protección policial terminó con la anulación del juicio.
Está mareada, le cuesta concentrarse en la conducción, pero ahora no puede fallar.
Solo tiene el dato de la calle Leganitos, de que trabaja en algún local de uñas de esa calle.
Tiene que encontrarla antes de que lo haga Trevor Strummer.
Llega por fin a Leganitos, que sale de la plaza de España y desemboca en la plaza de Santo Domingo, muy cerca de la Gran Vía.
Como no hay forma de encontrar sitio para aparcar, abandona el coche en una zona de carga y descarga.
La multa está garantizada, pero espera que no se lo lleve la grúa.
La calle está plagada de negocios orientales, restaurantes, supermercados y locales de uñas, la mayor parte tienen letreros en chino o en otras lenguas asiáticas: Sugoy Space, Yanori, Hualian, Liang You, Tay Yang Feng...
Entra en el primero de los locales, debe convencer a la chica que la recibe de que no quiere que le pinten las uñas, tampoco un masaje.
—Busco a una chica española.
—Aquí no.
La chica no habla suficiente español para suministrarle más datos. Laura se va sin siquiera dar las gracias y entra en el siguiente. Allí, la encargada habla mejor y sale a la calle con ella.
—En ese local.
Le señala otro de los negocios de manicura de la calle. Hacia allá va Laura, aunque no sabe si ya es tarde para todo, quizá Strummer ha llegado antes que ella y ha cumplido con su venganza.
—Busco a Melca... —le dice a la encargada, sin rodeos ni saludos.
—No conozco a ninguna.
Laura imagina que ha podido usar una identidad falsa.
—Una chica de Málaga, delgada, morena, trabaja aquí desde hace poco. Tengo que hablar con ella, es muy urgente.
Todavía tarda unos segundos en convencer a la mujer de que sus intenciones son nobles. Y de que no hay tiempo para desconfianzas ni tonterías.
—Hoy libra. Vive en una pensión aquí cerca, en la calle de la Flor Baja.
La pensión se llama San Roque, está en la segunda planta de un edificio viejo y algo descuidado, no hay ascensor.
Laura sube por unas escaleras que crujen en cada peldaño.
En las paredes hay algunos desconchones.
Al llegar al piso empuja la puerta, está abierta.
Dentro, una especie de mostrador que debe de ser de la recepción preside el diminuto vestíbulo, aunque allí no hay nadie.
Laura se adentra por un pasillo que discurre frente a ella.
Una de las habitaciones está vacía, es pequeña, con una cama estrecha, una silla, un escritorio y un armario de madera.
La puerta siguiente es un baño, compartido con las otras habitaciones del pasillo.
La puerta contigua se abre y por ella sale una joven.
—¡Melca! —exclama Laura, que ya estaba perdiendo la fe en encontrarla.
—¿Qué haces aquí? No quiero saber nada de ti.
—Strummer te ha descubierto, está de camino.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé. Tienes que irte.
—Yo no me voy. Voy a llamar a la policía. Tienen que ayudarme, no pueden dejarme tirada después de todo.
Le lanza la frase a Laura como un dardo envenenado.
Ella intenta razonar, puede esperar a la policía, pero ¿es esa la solución?
Las dos saben que el irlandés no parará hasta matarla si sigue en España.
¿Quiere correr ese riesgo? No merece la pena mentirse: nadie puede darle la protección que ella necesita.
Laura la empuja al interior de la habitación y se sitúa junto a la ventana: en la calle, ve pasar el Porsche plateado de Strummer, que aparca en un vado y se baja del coche.
Ha debido de seguir los mismos pasos que Laura para llegar hasta aquí.
—¡Joder, joder, joder! Está abajo, Melca.
No hay tiempo, tienen que huir ya. Pero Melca se acerca a la ventana, aparta a Laura de malos modos y se asoma.
—Mierda...
Strummer entra en el portal. Melca coge su pasaporte y sale de la casa empujada por Laura.
Bajan las escaleras a toda prisa, pero es tarde, el irlandés ya sube por el primer tramo.
Corren hasta la azotea de la casa. Desde allí, pasan al edificio contiguo y vuelan escaleras abajo.
Melca trastabilla en un escalón de madera desgastado, se ha torcido un pie, pero Laura le prohíbe detenerse.
Salen a la calle, han logrado evitar a Strummer. Llaman a gritos un taxi.
—¿Por qué vamos al aeropuerto? —pregunta Melca después de que Laura le dé la orden al taxista.
Laura, concentrada en el móvil, busca un billete de avión al primer destino que salga de Madrid.
—Hay un avión para Berlín en dos horas. Te compro el billete.
—Dios mío, ¿qué voy a hacer yo en Berlín? —llora Melca—. He conocido a un chico, el primero desde lo de Ramón, estoy saliendo con él, no me quiero ir. Mi vida está aquí.
—Escucha. —Laura le coge la mano—. Si no sales de España, ese hombre te va a matar, ¿entiendes? Tienes que desaparecer, no hay otra opción.
Melca la mira temblando de miedo.
—Me has jodido la vida... Es la segunda vez. ¡Puta mierda!
Se pasa el trayecto hasta el aeropuerto llorando. Laura le echa un brazo por el hombro y la acuna. Ella está tan hundida que se deja consolar. Se siente más desvalida que rabiosa.
Al bajarse del taxi, Melca se agarra a Laura para no caerse, el dolor del tobillo y los nervios apenas le dejan mantenerse en pie.
—¿Y si me sigue hasta Berlín?
—No lo hará. No se va a alejar de los Huérfanos. Allí estarás a salvo. Te mandaré dinero: no te voy a dejar sola, te lo juro.
La reacción de Melca es inesperada, le da un bofetón a Laura. Después se miran, no se sabe cuál de las dos está más sorprendida.
—Vale, necesitabas darme una hostia. Y yo me la merezco. ¿Estás mejor?
Ella no responde a esa pregunta. El pánico se adueña de su expresión en un segundo.
—¡Está ahí!
Laura se vuelve hacia donde mira Melca, el punto por el que Strummer acaba de entrar en la terminal. Ha debido de seguirlas en otro taxi, Laura iba mirando hacia atrás y no ha visto en ningún momento el Porsche plateado en el que llegó.
—¡Vamos!
Las dos corren hacia el control de seguridad.
También lo hace Strummer, que va apartando gente en su persecución.
Unos viajeros chinos protestan airadamente cuando él los empuja, pero no consiguen que se detenga.
Laura tira de Melca, pero la chica apenas puede apoyar el pie que se ha torcido.
No van a llegar al torno de acceso al control a tiempo, Laura lo comprende al darse la vuelta y ver al irlandés demasiado cerca de ellas.
Se ha llevado la mano al interior de su chaqueta y adivina la forma de la culata de una pistola en su mano.
—¡Corre! —ordena Laura.
Acto seguido, suelta a Melca y se gira hacia Strummer.
El irlandés sonríe, como si en el fondo le hubiera divertido esta persecución.
¿Será capaz de disparar en mitad del aeropuerto?
¿Es tan insensato? Laura lo conoce bien y sabe que la respuesta es sí.
Ya se ha escapado una vez de la prisión, ¿por qué no iba a escaparse en esta ocasión?
Un bebé llora en brazos de su madre. Un grupo de chavales jóvenes se ríen, ilusionados con su inminente viaje.
El vaivén de pasajeros del aeropuerto es ajeno a lo que está a punto de ocurrir.
Laura corre hacia Strummer, que acaba de descubrir su arma.
El irlandés no se espera que ella no se detenga y que siga corriendo hasta estrellarse contra él, eso la salva de recibir un disparo.
En el choque, Strummer trastabilla y cae al suelo.
La pistola se desliza fuera de su alcance.
Los chavales que iban de viaje gritan, dos empleados de seguridad se acercan.
Laura echa un vistazo atrás y comprueba que Melca ha cruzado ya el torno, está a salvo en la cola del control de seguridad.
Strummer no podrá alcanzarla. No hay razón para alargar más su presencia allí.
Ambos se levantan y se miran en silencio.
Ahora es Laura la que sonríe; ha vuelto a joderlo, como lo hizo en la sala del juzgado antes de echar por tierra todo el proceso.
Strummer va a decirle algo, pero un empleado de seguridad recoge la pistola y le pide la documentación al irlandés.
No entiende qué ha pasado y tampoco parece hacer responsable a Laura, que finge disculparse como si hubiera sido un encontronazo casual.
Strummer no hace caso a lo que le está diciendo el guarda de seguridad.
Tendrá que dar explicaciones, hasta puede que lo lleven a una comisaría, pero el irlandés solo tiene ojos para Laura.
La mira fijamente mientras ella se aleja.
Esa es la mirada que tantas veces se ha colado en sus pesadillas.
Brillante, con un punto de locura festiva.
Allí, en el aeropuerto, le sonríe enseñándole su boca mellada y traza una cruz en el aire con el dedo índice.
Laura intenta mantenerse en pie, pese a su debilidad, el mareo se hace más y más intenso cuando la adrenalina empieza a abandonarla.