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La clínica Esquerdo tiene reservada la tercera planta para delincuentes psiquiátricos que están pendientes de juicio.
Es el caso de Marimar, que recaló aquí después de abandonar Fontcalent.
La institución parece un centro normal, una residencia para drogodependientes y enfermos de anorexia o depresión, otros con trastornos esquizoides, a la orilla de la avenida de los Poblados.
Un silencio denso flota en la habitación, roto solo por los alaridos delirantes de algún enfermo de vez en cuando.
Laura y Dani entienden que no es momento de abandonarse a una conversación distendida, que la clínica psiquiátrica impone sus normas incluso a los visitantes.
Tampoco pueden entretenerse con el móvil, lo han tenido que dejar en la entrada.
La tercera planta está custodiada por la policía.
No los hacen esperar demasiado, la puerta de la sala se abre y un celador acompaña a la sala de visitas a Marimar, que sonríe débilmente al ver a sus hijos. Nada de efusiones ni abrazos, una simple sonrisa, sin mayor muestra de interés.
—Mamá...
Se acerca a ellos, arrastra los pies y sus escasas fuerzas.
Se sienta en un sofá. Junto a ella se sitúa Laura, que la coge de la mano y se enreda en excusas para justificar tanto tiempo sin visitarla.
Dani ocupa un sillón frente a su madre. Ella ni lo mira.
Le impresiona verla tan demacrada, con la mirada ida, que, incapaz de fijarse en ningún punto concreto, baila de un rostro al otro y de ahí a las molduras del techo, a la pequeña estantería donde reposan algunos libros, al picaporte dorado de la puerta.
—¿Cómo estás? —le pregunta Laura cuando comprende que Marimar no escucha sus disculpas. Puede que ni siquiera sea consciente del tiempo que llevan sin verse.
—No voy a salir nunca de aquí.
—Claro que sí, mamá —dice Dani.
—Me voy a morir aquí. Me van a matar.
—Vas a salir muy pronto —le promete Laura—. Guillermo ha presentado un recurso, espera que te concedan la libertad condicional y que puedas venir a casa.
—Tu padre no lo va a permitir.
La mirada de Marimar carece de brillo, sus labios están resecos, se diría que ha envejecido diez años dentro de esos muros. Aun así, Laura aún encuentra dulce su expresión. No parece acusar la presencia de Dani, es como si no lo reconociera.
—Ha venido a verte Dani...
—¿Dani? —Se gira hacia él, pero solo un segundo. Enseguida vuelve a centrarse en Laura—. He pensado en suicidarme, pero no... No lo voy a hacer. Si tu padre me quiere matar, que lo haga él, que se manche...
—Pues claro que no te vas a suicidar, mamá. No pienses en eso. Y no pienses más en papá.
—Eso es imposible, cariño. Está dentro de mi cabeza.
Laura nota la desazón de Dani al verse ignorado de una forma tan clara. Mientras ella esté allí, eso no va a cambiar. Se levanta.
—Ven, Dani, siéntate con mamá. Yo voy a salir un minuto.
Laura cierra la puerta, está un poco mareada, quizá ha sido muy optimista al pensar que podía afrontar ese viaje desde Marbella. Espera que su hermano venza la resistencia de su madre. Se acerca a la entrada, donde está el policía que los recibió.
—Necesito mi móvil.
—No puede entrar con él.
—Es para mirar si me ha llegado un mensaje.
En realidad, no lo espera, es solo que necesita evadirse por un momento. El vigilante le entrega su bolso. Nada más encender el móvil, ve las llamadas de Aras y escucha un mensaje.
—Strummer ha descubierto que tu testigo protegida está en Madrid y que trabaja en un negocio de uñas de la calle Leganitos. ¿Se llamaba Melca? El irlandés está de camino, va en un Porsche grande, plateado.
El mensaje es de hace varias horas. Laura no se lo piensa dos veces. No tiene tiempo de esperar a su hermano.