4
—Se llama Melca. No creo que tarden en dar con ella, hay un par de compañeros de la trena a los que les he prometido pagarles bien si la encuentran.
Trevor Strummer ha entrado en el Orphan’s y se ha acercado a sus compañeros, que están jugando al ajedrez. Griffin es el primero en levantar la mirada del tablero.
—¿Por qué no te olvidas de ella? Solo te va a traer problemas.
—Por su culpa he pasado dos años en la cárcel. No pienso quedarme de brazos cruzados.
—Veo que echas de menos tu celda, hermano —dice Liam Burke—. A mí me trae buenos recuerdos. Pero solo había ajedreces pequeños, para niños.
—Si alguien me da por el culo sin mi permiso, yo le doy más fuerte. Y esa puta Melca me quiso meter un trasatlántico entero.
—Tómate una pinta y relájate, Trevor. Olvídate de esa chica, no va a pisar Marbella en su vida —sugiere Amber. Está sentada junto a Griffin, que mueve un alfil.
—Mate en tres —anuncia.
Strummer se ríe chiflando entre sus dientes mellados.
—Estás muerto, Liam.
Griffin da la partida por terminada. Se levanta con una sonrisa.
—¿Quién quiere una pinta? Voy a servirme una.
—Tráeme una a mí —se apunta Amber.
—Contaba con la tuya.
—A mí también —pide Burke—. ¿Por qué mate en tres? No lo veo, grandísimo hijo de puta.
Finn, el camarero, aprovecha que Griffin pasa al otro lado de la barra para decirle algo.
—Hay ahí un tipo que quiere hablar contigo. Le he dicho que estabas ocupado, pero el cabrón dice que espera lo que haga falta.
Sentado en un taburete aguarda Aras, mirando cómo dos clientes juegan a los dardos.
—Pon dos pintas para Amber y para mí. Y otra para Liam de la suya, de Harp.
Griffin se acerca al armenio.
—Prefiero que nos llames antes si quieres hablar con nosotros, lo mismo no nos interesa que vengas al Orphan’s. ¿Qué quieres?
—Trabajo.
—¿De qué?
—De lo que me podáis dar, aunque sabéis qué es lo que se me da bien.
—Cagarla —se ríe Griffin—. ¿Ya te has gastado lo que te dimos?
—Los entierros no son baratos. —Aras levanta una mirada vidriosa, no le importa exhibir el dolor por la pérdida de su hija—. Estoy seguro de que a veces necesitáis a alguien como yo.
—Strummer está en casa, él hace mejor que nadie las cosas que hacen hombres como tú.
—Seguro que no quiere volver a Alcalá Meco. Ahora le vendría bien no mancharse las manos.
Griffin sonríe cuando Finn sirve las pintas. Con un gesto, indica a Aras que lo siga hasta la mesa donde están sus amigos. Burke ha dejado caer su rey, ya ha comprendido que no puede escapar del jaque mate.
—¿Qué te parece, Liam? ¿Tú crees que tenemos algún trabajo para alguien como el armenio?
—¿Y este quién es? —pregunta Strummer.
—Se llama Aras —lo presenta Griffin—. Hemos tenido alguna relación con él este tiempo que has estado lejos. Tendrías que verlo pelear en la jaula, una hostia suya es como si te dieran con una barra de acero.
Strummer y Aras se miran, se miden, por un instante parece que van a saltarse al cuello el uno al otro, como dos perros de presa.
—¿Qué quieres? —pregunta Burke, que no ha olvidado su última visita al pub.
—Dinero. Me lo podéis soltar sin más, por mí de puta madre, o me podéis contratar para lo que haga falta —contesta Aras.
—Según he leído en los periódicos, el cadáver de Putin apareció cerca de Alfarnate. No sé si nos conviene tener tratos contigo. Además, ¿cómo sabemos que no nos vas a traicionar? A Pastor lo traicionaste —interviene Griffin—. Las referencias que tenemos sobre ti no son muy buenas.
—He aprendido la lección: Alberto Pastor debería estar en el cementerio, y no mi hija.
—Ahora Pastor es nuestro amigo.
—No creo que vayáis a ser amigos para siempre, un día dejará de serlo y allí estaré yo, para ayudaros con él.
Burke y Griffin cruzan una mirada, considerando la cuestión.
—Si llega ese momento, no sé si tendrás huevos —resuelve Burke.
Trevor Strummer, que no ha parado de estudiar el aspecto de Aras, interviene.
—Eso lo podemos comprobar ahora mismo. Se viene conmigo a hablar con Nicasio —anuncia a sus compañeros.
Griffin enarca una ceja, eso significa abrirle la puerta a los negocios de los Huérfanos, enseñarle la trastienda, pero la mirada de Trevor es firme y a Burke no parece disgustarle la prueba. Al menos está sonriendo, como si le divirtieran las ideas locas de Strummer.
—¿Nos vamos? —dice el armenio, aceptando el desafío.
Strummer, por toda respuesta, enfila el camino de la salida. Aras sale del Orphan’s tras él. Se suben a un coche aparcado en la puerta, un Porsche Taycan.
—Mola el coche que me han regalado mis hermanos. Alemán, nunca había tenido un coche alemán. Vinieron a recogerme con él a la puerta de la cárcel, hasta le pusieron un lazo.
—¿Adónde vamos?
—¿Sabes lo que es una guardería? No de las de niños, claro, de las de drogas.
—Me lo puedo imaginar.
—Perfecto, pues ahora calla, que me gusta escuchar el sonido del motor.
Strummer conduce bastante deprisa, es agresivo también en esto. Salen de Marbella en dirección a los pueblos de la Sierra Blanca. Pasan largos minutos en silencio, es Strummer quien lo rompe.
—Así que tú eres el luchador. Estás viejo para meterte en la jaula.
—Tú también estás algo mayor para acabar en la cárcel.
Strummer lo mira con ira. De pronto suelta una carcajada.
—Eres de los bocazas, como yo. ¿Sabes lo que se dice en mi tierra? Que dos bocazas no pueden llevarse bien. Un bocazas necesita de compañero a un tipo callado y prudente. Tú y yo acabaríamos fatal.
—Yo no busco amigos, busco trabajo.
La conversación no ha empezado del todo bien. Pero Aras intuye que solo los caminos torcidos pueden provocar una conexión con Strummer. Cuenta que ha oído que era amigo de Gorbachov.
—Yo coincidía con él en el gimnasio, entrenábamos juntos de vez en cuando —explica.
—Un gran tipo, Gorbachov, bebía vodka como si fuera agua. Era uno de los mejores soldados de Marbella, qué pena que nos lo robaran los Pastor —se lamenta Strummer.
—Yo puedo ser tu nuevo Gorbachov.
—No hay nadie como Gorbachov. Tú no le llegarías ni a la suela de los zapatos.
—¿Y si no vuelve a Marbella?
—Volverá en cuanto haya algo que le interese. Yo me encargaré.
¿Significa eso que Trevor Strummer sigue en contacto con Gorbachov?
Aras no está seguro, ha conocido a muchos bravucones como ese irlandés que conduce como si el coche no tuviera freno, adelantando vehículos sin tener visibilidad, atravesando líneas continuas, acelerando en tramos de velocidad limitada.
Pero incluso los más fantasiosos presumen a veces de algo real. Si es así, Aras está donde quería.
Strummer va muy pendiente del teléfono. De los mensajes. Salta una llamada en el manos libres: es una conversación de muy pocas palabras.
—Tengo la dirección de la rata.
—¿Estás seguro? Dímela.
—Antes me das el dinero.
—Luego te llamo. Tendrás el dinero.
Strummer vuelve a quedarse en silencio después de cortar la llamada. Aras prefiere no indagar, no quiere parecer demasiado entrometido.
No cruzan ni una palabra más hasta llegar a una casucha en la sierra.
Es de un pastor. Strummer le explica qué van a hacer: el pastor tiene una cueva en sus tierras que han venido utilizando como escondite para la droga.
Les viene bien ese lugar, relativamente cerca de las calas en las que desembarcan los fardos, y libre de vigilancia policial.
El pastor se prestaba a colaborar, pero ya no quiere hacerlo, se ha arrepentido, dice que no pega ojo por las noches, que no quiere el dinero.
—Habrá que pagarle un poco más, todo el mundo tiene un precio —dice Aras.
—No quiere dinero, hay que encontrar la manera de apretarlo.
—¿No os planteáis buscar otra guardería? Hay mil posibilidades.
Strummer lo mira con una sonrisa sardónica.
—A ti te han dado tantas hostias en la cabeza que no te enteras de nada. Queremos esta puta cueva. ¿Alguna pregunta más?
Aras le aguanta la mirada unos segundos.
Abre la puerta del coche con un gesto brusco y baja.
Se dirige a buen paso hasta la caseta destartalada del pastor, que ha salido a recibir a los recién llegados.
Es un hombre de unos setenta años, con los ojos acuosos y la piel curtida en la intemperie.
Una expresión amable, casi beatífica, enturbiada por el miedo.
Su mujer, arrugada, morena, se agarra a su brazo.
—¿Tú eres Nicasio? —pregunta Aras con ferocidad.
—Sé a lo que vienen ustedes... —musita el hombre.
—Mejor, así me ahorro las explicaciones. Vamos a seguir usando la cueva. ¿Está claro?
El pastor menea la cabeza como un muñeco. No volverá a permitir que usen sus tierras para guardar droga. Teme tener problemas con la Guardia Civil.
—Te aseguro que es mejor tener líos con la Guardia Civil que con nosotros.
La amenaza es contundente, pero recibe como respuesta un silencio orgulloso, pétreo. A su lado, la mujer tiembla, a punto de llorar. Aras nota la vigilancia de Strummer a su espalda, está expectante por saber cómo maneja la situación.
—A ti no te puedo convencer, lo leo en tu mirada —dice el armenio—. Prefieres morir antes que ceder, he visto a muchos como tú. Pero todo el mundo tiene un punto débil.
Aras agarra a la mujer del brazo y la arrastra hasta la casucha. Ella grita y patalea. En cuanto entran, Aras da un golpe brutal con una silla contra la pared.
—No te voy a hacer daño, pero grita. Quéjate —susurra.
No es fácil saber si la mujer le está obedeciendo o si grita y llora en pleno ataque de pánico mientras Aras la emprende contra los muebles y las paredes.
—¡Suéltala! ¡No la mates!
Aras se detiene al oír la súplica de Nicasio. Sale de la casucha.
—Podéis usar la cueva una vez más —concede con la voz quebrada—. Pero solo una vez, por el amor de Dios, una y nunca más...
—Una vez. Y luego hablaremos de nuevo —zanja Aras.
Vuelven al coche sin que el irlandés añada una sola palabra.
—¿Tengo el trabajo?
—¿Por esta mierda? ¿Por conseguir la guardería para una sola entrega?
—Volveré a hablar con él y lo convenceré.
—Ya veremos. Me parece a mí que tú quieres ir demasiado deprisa. Y a mí me ponen de mala hostia los impacientes.
—Lo dices tú, que eres el mejor ejemplo de la paciencia en este mundo —se burla Aras.
De un zarpazo rápido, Strummer lo agarra del cuello.
—No te pases de listo porque te arranco la cabeza.
—Más te vale hacerlo rápido, porque como falles, te la arranco yo a ti.
El rostro del irlandés tiembla de ira. Aras trata de mantener la calma, no está dispuesto a achantarse. Por fin, Strummer libera el cuello del armenio y resopla con fuerza para tranquilizarse.
—Cómo odio a los listillos...
De pronto, se pone a dar puñetazos al volante mientras grita como un animal herido, la saliva se le escapa por sus dientes mellados. Aras aguanta el tipo, pero no es fácil compartir habitáculo con ese hombre fuera de sí.
Suena el móvil de Strummer y el irlandés se calma de golpe. Lee un mensaje que le acaba de entrar y marca un número de inmediato.
—¿Calle Leganitos?... ¿En cuál? Allí hay un montón de sitios de uñas... Okey, lo busco. ¿Estás seguro de que es Melca?
Ahora sí, Aras sabe a qué se refiere, tiene que estar hablando de esa chica del juicio, la testigo protegida. No sabe si se llama Melca, Laura se lo confirmará.
—Bájate —le ordena Strummer—. Búscate la vida para volver a Marbella.
—Estamos a más de cuarenta kilómetros y en medio del campo —protesta Aras.
Aun así, advierte la impaciencia del irlandés, la rabia contenida, a punto de explotar, y decide que es mejor no tensar más la cuerda. Se apea del coche.
El Porsche levanta una nube de polvo según se aleja por el camino.
Aras llama a Laura, está seguro de que le va a interesar la información que ha conseguido.
Pero el teléfono no da señal, parece apagado.
Mierda, está seguro de que es urgente hablar con ella.
Lo vuelve a intentar, pero nada. Se gira hacia la casucha.
Allí está Nicasio agarrando la mano de su mujer, los dos sentados en un banco de piedra adosado al muro de la casa.
Lo miran con aire de derrota, pero Aras cree distinguir también una nota de gratitud.