Los Huérfanos 2
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Ha pasado un mes desde el escándalo del juicio a Trevor Strummer, un mes desde que se jodió la vida, su carrera como fiscal, su estabilidad y todo lo que había construido día tras día, durante muchos años, lejos de esta casa marbellí en la que ahora se ha refugiado.

No le han comunicado si su suspensión es temporal o definitiva, aunque se teme lo peor.

Su jefe en la fiscalía, su supuesto amigo con el que desayunaba pinchos de tortilla, le ha dado la espalda.

Lo entiende, eso no le duele tanto como las palabras y la mirada de Melca a la salida de los juzgados.

—Me has vendido, me he jugado la vida por ti y me dejas con el culo al aire. Ojalá no hubiera confiado en ti, ojalá no me hubieras convencido de seguir adelante. Eres lo peor que me ha pasado en la vida.

Hoy se ha levantado de la cama, ha habido muchos días en el último mes en los que no ha conseguido ni eso.

Tiene la intención de llamar a su madre, lo hará más tarde, cuando se vea con fuerzas.

Desde que llegó, todas sus intenciones se suelen ir por el sumidero mucho antes de llevarlas a cabo.

Se dijo que, al menos, entrando en la casa de su padre encontraría la manera de sacar a su madre de la cárcel, pero no ha hecho nada para acercarse a su objetivo.

Una apatía enfermiza y la culpa la dejan encadenada a la cama, sin fuerzas para poner un pie en el suelo.

Ha llegado a desear que su madre no se hubiera presentado aquella noche con una maleta en la puerta de su casa, nada de esto habría sucedido, nunca habría vuelto a poner un pie en Marbella, no habría traicionado a esa chica, a Melca.

Imagina que su madre debe de estar cada día peor.

Halla un extraño consuelo en sentirse alineada con ella, las dos enfermas, deprimidas, languideciendo en sendas camas.

Laura en la casa de su padre, de la que huyó a los diecisiete años, Marimar en la clínica psiquiátrica de Madrid a la que fue trasladada gracias a la mediación de Alberto Pastor, un lugar más amable que la prisión de Alicante.

Al menos, eso le ha contado Guillermo por correo, la única vía de comunicación que su novio ha encontrado para hablar con ella.

Laura no se atreve a responder a sus llamadas.

No sabe bien por qué, puede que sea la vergüenza por el juicio o esta decisión masoquista de atrincherarse en su casa de la infancia.

En la boca del lobo. Desesperado por su mutismo, Guillermo se presentó un día en Marbella y su padre no lo dejó entrar.

Era lo que ella quería, no estaba preparada para hablar con él.

Sin embargo, notó una expresión de sadismo en su padre, feliz de quitarse al moscón de encima, de aislarla del todo, de mantenerla en su jaula de oro.

Está muy débil, no le entra la comida, solo pensar en ella le provoca arcadas, a veces piensa que se está volviendo loca.

Sueña con Strummer, con su expresión intensa de desprecio y de júbilo cuando ella retiró la acusación.

Mientras la miraba, mascullaba algo que no logró oír, que solo intuye.

Esa frase aparece en sus sueños: «Voy a matar a la testigo, voy a matar a Melca».

Sueña también con la explosión en la casa de Dani: por suerte su hermano solo pasó unos días en el hospital, el suficiente para que las pruebas médicas certificaran que no tenía nada más allá de algunos rasguños.

Ingrid sigue ingresada: su salud, más delicada, se vio afectada, se fracturó un brazo y temieron que pudiera producirse una pérdida de movilidad en sus extremidades superiores.

Ha ido recuperándose, pero debe seguir con la rehabilitación.

Mientras tanto, la investigación policial entró en un callejón sin salida: identificaron el tipo de explosivo —estaba fabricado con pirotecnia tipo Cobra, algo común en la Mocro Maffia—, pero no fueron capaces de averiguar quién lo había puesto ni para quién trabajaba.

Todo el mundo en Marbella sabe que los sicarios de la Mocro Maffia hacen trabajos para el mejor pagador y, en el fondo, a la policía le da igual quién mueva los hilos.

Se trataba de una guerra entre mafias, alguien había atentado contra los Pastor.

Si los delincuentes se matan entre ellos, es algo a lo que los cuerpos de seguridad del Estado no le van a dedicar mucho tiempo.

Laura podría haber señalado a los Huérfanos o a la Hermana Mei, pero tampoco habría servido de nada.

Necesita retomar las riendas de su vida, o de lo que quede de ella. Por eso se ducha y se viste. Quiere dejar de respirar el aire viciado de la casa.

Al salir a la calle, no sabe hacia dónde ir.

Una mancha gris de nubes, como una acuarela, oculta el sol.

Hay una luz mortecina y, aunque no haga demasiado frío, Laura se arrebuja en su chaqueta.

Octubre se encamina hacia su fin y cuesta recordar los días calurosos del verano.

Su coche está en el garaje, lavado, con el depósito lleno.

Podría conducir sin más, alejarse, quizá no regresar nunca a Marbella.

¿Será muy difícil empezar una nueva vida lejos de todo?

Sin dinero, sin un apellido como una marca de hierro candente en la piel, sin documentos, un lugar donde nadie la conozca, donde tenga que ganarse la vida de camarera en un bar, o en el campo, en la recogida de la fresa, de la uva o de lo que sea que se recoja ahora.

No deja de ser lo que ella le pidió a Melca que hiciera antes de dejarla tirada.

En lugar de eso, conduce hasta el centro de Marbella, aparca cerca del puerto y camina hacia la playa de la Fontanilla, está desierta.

Se quita los zapatos y se adentra en la arena, se aproxima a la orilla y se moja los pies.

El frescor del agua resulta vivificante.

—Por fin sales —oye a su espalda. Reconoce la voz, es Aras.

—¿Me has seguido?

—Imaginaba que tarde o temprano saldrías de casa de tu padre.

Le inquieta que él la siga. También, de un modo turbio, que no le mienta, que no finja un encuentro casual, que prefiera admitir que la espía, como un acosador.

—¿Paseamos?

Ella va con los pies por dentro del agua, poco a poco se acostumbra a la temperatura; él, que sigue calzado, va por la arena. A Laura le habría gustado que caminaran en silencio, pero no es la idea que trae Aras.

—Estaba preocupado.

—¿De que te detengan por asesinar a un hombre?

Él no recoge la provocación.

—Estaba preocupado por ti.

Ella asiente con desprecio, como si no mereciera un solo pensamiento de nadie.

—Laura, ¿qué estás haciendo en esa casa? Has puesto en la calle a Strummer, ¿es verdad lo que se dice en Marbella? ¿Que los Huérfanos pagaron la deuda de tu padre a cambio?

—No te he pedido que me entiendas.

—Necesito saber en qué bando estás. No hace mucho me dijiste que querías acabar con Alberto Pastor tanto como yo. Que querías verlo en la cárcel. ¿Eso ha cambiado?

—Sigo queriendo lo mismo. —Y las palabras de Laura suenan como una disculpa—. Pero he hecho daño a mucha gente.

—Ni tanto daño, ni a tantos como yo.

Aras sabe de lo que habla. Él mismo tiene mucho que reprocharse; en el pasado, por su vida errática, y ahora, la muerte de su hija.

Traicionó a los Pastor el día que no cumplió lo pactado en la jaula, desapareció del mapa, no estaba allí para proteger a Flor de la previsible venganza.

Es verdad que no imaginaba que pudieran llegar tan lejos, pero eso no evita los remordimientos.

Todo esto se lo cuenta a Laura. Se culpa, se siente infeliz, a veces parece que no puede llegar hasta el final del día.

Pero hay que salir adelante. Hay que luchar.

Él lo hace y a Laura no le queda más remedio que hacerlo también.

—Debes reaccionar. No puedes seguir en casa de tu padre, tienes que alejarte de él. Es un mal hombre.

—Soy su hija, quizá yo no sea mejor que él. Incluso puede que sea peor. Ninguno de los dos somos buenos, Aras: mataste a un hombre delante de mis ojos.

—Ese ruso había matado a mi hija. —Aras no responde con contundencia, como si se arrepintiera de aquella explosión de ira que acabó con la vida de Putin.

—¿Has cumplido tu venganza? Pues ya está, felicidades. Ahora desaparece, te van a matar cualquier día.

—No he terminado todavía: los dos sabemos que detrás de Putin estaba tu padre.

Alberto Pastor dio la orden y va a pagar por eso.

¿Sabes que pude matarlo? Lo tuve a tiro, pero me di cuenta de algo: ni tú ni yo somos como ellos.

Nos arrastran y hacen que nos convirtamos en asesinos, en monstruos, pero no lo somos, Laura.

—Yo ya no estoy tan segura.

—¿No quieres sacar a tu madre de prisión? —cambia de tema Aras—. Tienes que encontrar a Gorbachov.

—No sé cómo.

—Yo te ayudaré.

—¿Por qué? ¿Por mi cara bonita?

—Tu cara ya no es tan bonita, la has echado a perder.

Ella se queda atónita. No sabe si defenderse del insulto o admirar la transparencia de Aras, su falta de hipocresía en un mundo cuajado de ambiciosos, de arribistas y aduladores.

—Te ayudaré porque es la mejor forma de llevar a tu padre a la cárcel —añade él.

Caminan unos pasos en silencio, el tiempo que Laura necesita para pensar. Para valorar con qué armas puede entrar en esta guerra silenciosa contra Alberto Pastor.

—Mi padre cree que los irlandeses te pagaron para arruinar la apuesta.

—Me lo propusieron, yo no acepté. Lo hice por mi hija, para que no pensara que su padre era un armenio borracho y fracasado.

—Es lo que eres.

Ya está, ya le ha devuelto la ofensa. ¿O lo piensa de verdad? Da igual, Aras no se ofende, parece que la frase alimenta su victimismo, su espíritu autodestructivo y maldito.

—Lo sé. Traicioné a tu padre y encima no cobré por hacerlo. Después sí, los Huérfanos me ayudaron, me dieron un lugar donde esconderme y me hicieron una transferencia.

—No me lo creo, no pueden ser tan torpes, una transferencia deja rastro.

Es raro, pero no descabellado. En su trabajo como fiscal se ha topado con criminales buscados por la Interpol que cometen errores de principiante.

Una foto en Instagram con una chica y un mojito, dando datos increíblemente precisos de su paradero: «Preciosa puesta de sol en la mejor compañía posible», y al segundo, cientos de policías geolocalizando al incauto.

—Me la hicieron desde una empresa. Se llama Father Boyle Events.

«No son tan descuidados, de acuerdo», piensa Laura, esa empresa debe de ser opaca.

Aun así, es una buena pista. Seguro que Alberto Pastor estaría muy feliz de tener ese dato, sus apuestas se malogran a través de Father Boyle Events.

Da igual que los Huérfanos hayan prometido una tregua y que pagaran su deuda a cambio de la libertad de Trevor Strummer: las alianzas entre familias de delincuentes duran poco; volverán a ser enemigos y le vendría bien saber el método de pago de los chantajes.

—¿Cómo crees que podrás encontrar a Gorbachov?

—A través de Strummer. Son amigos, los dos igual de salvajes. Seguro que el irlandés sabe dónde está.

—¿Y piensas preguntárselo? Strummer no es un hombre de muchas palabras.

—Sabré ganarme su confianza.

—Ten cuidado con él. Es un loco.

—¿Quieres que te ayude con Gorbachov?

—Prefiero no tener cuentas contigo, Aras.

—¿Me tienes miedo?

—Te tengo un cariño inmenso, pienso en ti y me viene a la cabeza la masa encefálica de Putin saliendo de su cráneo. Es superbonito.

—Somos iguales, Laura. Yo pierdo el control con los puños y tú con las palabras.

—Sí, al pobre Putin lo maté yo con una subordinada y un par de ironías. Son un arma mortífera. Déjame sola, por favor. He venido a la playa para respirar un poco, no para hablar contigo.

Aras no intenta prolongar la conversación.

Se aleja hacia el paseo marítimo. Laura camina por la orilla a pasos cortos.

Se fija en los remolinos que las olas forman en torno a sus tobillos.

Le irrita Aras, no puede tolerar que se comporte como si no hubiera sucedido nada.

Pero lo cierto es que con él ha recuperado parte de su esencia, el sarcasmo, la energía para discutir, para marcar límites.

Al menos no se ha sentido como una enferma, su condición en las últimas semanas.

Ha cometido errores. Se arrepiente de haber retirado la acusación, de haberse dejado asustar por la explosión en casa de Dani. Se ha alejado de su madre y de Dani porque se culpa de los infiernos en los que han caído sus vidas.

Se sienta en la arena y contempla el mar, y así se queda un buen rato, ofreciéndose al hechizo de las olas, de la brisa y de la línea del horizonte.

Y, como por ensalmo, sin que se produzca un terremoto en sus entrañas, comprende que ella no es la verdadera culpable, sino Alberto Pastor.

No puede bajar los brazos. Todo lo que ha hecho en los últimos meses tenía un sentido: sacar a su madre de la cárcel, demostrar que su padre le había tendido una trampa. Y no puede fallarle ahora.

De pronto siente la necesidad de verla, de estar al lado de Marimar, de pedirle que resista y prometerle que ella no parará hasta verla en la calle.

No se ve capaz de hacer el viaje sola, así que llama a su hermano Dani.

Solo con oír su voz al teléfono, desde el saludo inicial, advierte cuánto lo echaba de menos. Cuánto lo necesitaba.