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—Dicen que tienes encerrada en casa a tu hija Laura. Me gustaría saludarla.
La Hermana Mei tiene la vista clavada en la máquina tragaperras. Va introduciendo monedas con aire robotizado. Pero Alberto no se engaña: le interesa mucho más la conversación que sacar el premio.
—Está cansada, demasiadas emociones.
No le dice que Laura lleva una semana metida en la cama, que ha perdido tanto peso como brillo en sus ojos, que apenas tiene fuerzas.
No responde llamadas de nadie, ni siquiera de su novio.
Los primeros días, cuando la repercusión por el juicio de Strummer se extendía por los corrillos judiciales, por las tertulias y por los periódicos, ella se mantenía en pie, como una leona malherida dispuesta a morir matando.
Pero eso duró apenas quince días. Cuando se apagaron los ecos del escándalo llegó la abulia, que al principio se parecía a la apatía y algo más tarde se reveló como lo que era: una depresión.
No le quiere dar detalles a la Hermana Mei, no le dice que Laura ya no habla de su madre ni pregunta por su hermano favorito, Dani.
Pero esa mujer adicta a las tragaperras tampoco necesita detalles, los adivina.
—Eres un vampiro, Alberto. Le chupaste la sangre a tu mujer, ahora se la chupas a tu hija.
—No estamos aquí por ser buenas personas —le devuelve él la pulla.
Ella no desmiente la acusación y se deja arrullar por la música estridente de la máquina (sí, a ella la arrulla) y por el rumor del casino a medio gas.
Las de los miércoles son noches tranquilas en el Benamar; hay clientes, pero no tanto como los viernes o los sábados, cuando el barullo de turistas que se mueven de mesa en mesa impide las conversaciones tranquilas.
Una mujer muy guapa destaca en una de las ruletas, le han dicho a Alberto Pastor que es una influencer muy conocida, aunque a él no le suena de nada.
Aun así, ha ordenado que la obsequien con una botella de champán.
No está seguro de si es un gesto excesivo, le cuesta adaptarse al nuevo canon de la fama.
Antes las celebridades salían en las portadas del Hola , ahora surgen de las redes sociales y él no comprende ese mundo.
—Pídeme algo de beber.
Alberto Pastor ordena al camarero que traiga la botella de Wuliangye, el licor de baijiu que solo consume la Hermana Mei.
Son muchos años juntos, no solo conocen los alcoholes favoritos del otro, su intimidad llega mucho más lejos, son capaces de detectar los deseos que los mueven, y Alberto sabe que el comentario de la Hermana Mei sobre Laura no ha sido casual.
Quiere hablar con ella y lo hará, aunque todavía no se siente capaz de adivinar para qué.
Sergio se acerca a ellos con aire contrariado, el que suele adoptar en presencia de su padre.
—La influencer esa que anda por el casino quería grabar un vídeo y otros clientes han protestado. Cada día hay más problemas con la gente que quiere grabar dentro de la sala de juego. ¿No entienden que no es cosa nuestra, que lo prohíbe la ley?
—La gente se graba hasta en el baño. Como si su vida le interesara a alguien —reflexiona Pastor.
—Hemos hecho un buen negocio, primero con las cámaras digitales y después con las de los móviles, de alguna manera los que las compran tienen que sentir que no tiran el dinero —justifica la china—. Vamos a lo nuestro... ¿Cuándo tenemos una nueva apuesta deportiva?
—Tenemos en el bolsillo a una danesa en el Andalucía Sol Golf Challenge, pero no creo que sea seguro seguir adelante, conviene dejar pasar un tiempo.
Como siempre que habla en presencia de la Hermana Mei, Sergio advierte su desdén. No lo tiene en consideración, no lo acepta como un interlocutor válido. ¿Por qué motivo? Ella ni siquiera lo mira, su socio, la persona con la que tiene el pacto de sangre, el guanxi , no es él, sino su padre.
—Nos aseguraremos de que esa chica, Alma Hansen, haga lo pactado —interviene Alberto Pastor—. Sabes que en el golf no se mueve tanto dinero como en las veladas de artes marciales mixtas.
—Tenme al corriente. Voy a meter un millón de euros fraccionado entre varios apostantes.
El estruendo de monedas —acaba de ganar el premio de la tragaperras— impide que Sergio responda; él no está tan seguro de que lo de la golfista danesa vaya a salir bien. La Hermana Mei mete el dinero en una bolsa de plástico de su bazar.
—Me voy, mañana tengo trabajo.
Se levanta con su botín y, en su camino hacia la salida, se cruza con el camarero que trae el licor chino que ella misma ha pedido.
Alberto le señala una mesa para que disponga la botella y los vasos e invita a su hijo a sentarse con él.
Sergio vacía el suyo de un trago. El baijiu le quema la garganta.
—Esa mujer me detesta.
—Es una cuestión de piel, no le gustas. Tendrás que preguntarte qué es lo que haces mal, hijo.
—Me lo pregunto todos los días y no tengo ni la menor idea. Intento hacer bien mi trabajo.
—No basta con intentarlo.
—Te voy a decir lo que pienso: deberíamos parar el amaño. No me creo que los Huérfanos vayan a dejarnos en paz por mucho que llegáramos al acuerdo con Strummer. Yo no movería nada hasta que encontremos a su topo.
—¿Has oído a la Hermana Mei? No se plantea esperar. Lo que tenemos que hacer es encontrar al topo antes de que nos fastidien una apuesta más —zanja su padre—. ¿Tienes alguna sospecha?
Sergio dirige la mirada hacia la mesa de ruleta más cercana a ellos.
Allí está Souza, el representante de tantos y tantos deportistas, el reclutador, la piedra angular de todo su negocio.
Se está riendo junto a una mujer de aspecto brasileño, una mulata bellísima, mientras recogen las fichas de una apuesta afortunada.
—¿Souza? Confiabas en él. Me dijiste que lo habías investigado y estaba limpio.
—Perdió casi un millón en el combate de Aras, pero... He oído que está metido en una sociedad que ha comprado varios pisos de una promoción en Estepona. Se suponía que estaba al borde de la ruina.
—El cabrón está lavando dinero.
—¿Y de dónde viene ese dinero? ¿Es lo que le han pagado los Huérfanos? Es un pálpito, pero no me fío de él.
—¿Es un pálpito tan fuerte como el que tenías hacia tu hermana?
Sergio intenta pasar por alto la pulla, aunque se le clava muy adentro.
—Intento ayudar, papá. No es fácil, yo no soy brujo.
—Esa es mi desgracia —dice Alberto—. Que he tenido un hijo normal, tirando a cortito, cuando yo quería un brujo.
Se levanta con aire perezoso, le da una palmada a Sergio en el hombro y se marcha. ¿Un brujo?
Sergio se sirve otra copa, esta vez la paladea a pequeños sorbos y piensa en su vida. Escruta a Souza, como si pudiera tener una revelación mirándolo así, tan fijamente. Desea con todas sus fuerzas que sea él el topo, que no se equivoque otra vez.
Que su padre lo felicite.