Los Huérfanos Hong Kong, 1980
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Hong Kong, 1980

El bazar se llama Xìng Yùn, «la buena suerte», como si quisieran convocarla desde el cartel que colgaron sobre la puerta el día que lo inauguraron.

En los dos años que Mei y su marido, Xen Hao, llevan en Hong Kong la ha habido buena y mala: se han mantenido y, además del negocio, han conseguido un pequeño apartamento de alquiler en un rascacielos desde el que pueden ver la isla de Stonecutters y el contorno urbano de Tsim Sha Tsui.

Lo peor es que Mei ha comprendido que no puede contar con su esposo, que se pasa el día bebiendo cerveza barata y apostando en garitos inmundos el poco dinero que ganan, mientras ella se encarga de abrir la puerta del negocio cada mañana, de barrer y limpiar, de los números, de regatear con los clientes y proveedores y, lo más importante, de negociar con las tríadas que le cobran por protección.

—No puedo pagar tanto. Déjame que hable con el Cabeza de Dragón.

—Más te vale que el Cabeza de Dragón no sepa ni que existes.

—Si quieres que el Cabeza de Dragón baje el precio de tu protección, entrégale a Xu Jian.

Mei se lo entregaría de buena gana, si pudiera hacerlo.

Xu Jian, al que todos llaman «el lobo solitario», es un antiguo Bastón Rojo de la región de Fujian que se ha levantado contra el poder de Ma Yueh-sheng.

Ella solo lo ha visto un par de veces, parece salido de una película americana de gánsteres chinos: chaqueta de cuero, pelo engominado, cigarrillos muy finos y muy largos.

Una vez entró en el bazar y se interesó por una escultura de un tigre; después de regatear, decidió llevársela gratis y Mei no pudo impedirlo. Le gustaría vengarse de aquello.

Hasta que se casó, a los dieciséis años, Mei nunca había salido de Qingtian, y los primeros meses en Hong Kong tuvo que aprender a moverse en un mundo distinto al suyo: de su pequeño pueblo rural a una gran ciudad de capitalismo despiadado, de las viejas tradiciones de respeto y sabiduría milenaria al poder y la amenaza de las tríadas, de los días que se suceden iguales a no saber qué deparará el nuevo amanecer.

Las jornadas en las que el negocio es rentable, cuando se venden en una sola tarde tres o cuatro esculturas de piedra verde de las que traen de Qingtian —dragones retorcidos o tigres rugientes—, a Mei le gusta cruzar al dai pai dong que hay enfrente de su bazar antes de regresar a casa.

Es un puesto callejero semicubierto, con un toldo raído y mesas plegables en las que sirven cerveza Tsingtao muy fría y platos de marisco seco.

Hace unos años habría sido indecoroso que una mujer como ella se sentara sola a beber una cerveza —en Qingtian se vería como un verdadero escándalo—, pero las tradiciones cambian poco a poco y Hong Kong no es tan pacato como su pequeño pueblo; Mei no es la única que disfruta de un momento de soledad en ese bar, y lo necesita antes de volver a su apartamento y encontrar allí a su esposo vibrando con una película de artes marciales después de haber pasado la tarde perdiendo dinero en un tugurio de mahjong .

Está sentada allí cuando ve pasar un plato de abalón seco —oreja de mar—, una exquisitez que ella no podría pagar ni aunque hubiera vendido diez budas de jade.

Al ver quién se comerá ese plato nota un acceso de vértigo: Xu Jian, el lobo solitario.

Si consigue avisar de su presencia allí al Cabeza de Dragón de la tríada a la que paga por protección, se habrán acabado sus problemas. Pero ¿cómo hacerlo?

Durante los siguientes minutos no deja de observar a su presa.

En lugar de la cerveza Tsingtao del resto de las mesas, bebe un whisky escocés que rellena de su botella de Johnnie Walker Black Label.

La cabeza de Mei no para de idear la forma de sacarlo de allí.

Su bazar tiene un sótano que usa de almacén, con una buena cerradura para evitar robos; si consiguiera que el lobo solitario bajara allí, le sería imposible escapar.

No se le ocurre cómo hacerlo. Tal vez podría avisarle de que lo han descubierto, ofrecerle un escondite hasta que pase el peligro, pero él desconfiaría de la maniobra.

Entonces, Mei advierte la mirada del lobo solitario sobre ella y el corazón le da un vuelco cuando el hombre levanta su whisky a modo de saludo y, acto seguido, se acerca a su mesa.

—Una mujer tan atractiva no debería beber sola —le dice.

Mei no sabe si el lobo solitario la ha reconocido del día que se llevó un tigre gratis, pero no es así.

Está un poco borracho, se traba en cada zalamería, y ella comprende que el azar le ha servido en bandeja una posibilidad, la de la seducción.

No es una mujer especialmente atractiva, es consciente de esa limitación, pero compone con facilidad el personaje de la mujer disponible, casquivana.

Parece suficiente para el lobo solitario, que la sigue hasta la tienda y no duda en bajar las escaleras hacia el almacén con la promesa de sexo fácil.

Mei se sorprende a sí misma cuando le concede el primer beso, fogoso; no siente ninguna culpa.

Son solo unos segundos. Ella sabe que cualquier excusa es buena para salir un instante del almacén y echar la llave a la puerta.

Eso es justo lo que hace. Los gritos del lobo solitario suenan cada vez más alarmados al otro lado.

Mei se lleva la mano al corazón, que late con fuerza.

Tiene en su sótano al hombre más buscado por la tríada de su barrio.

Ya solo queda llamar a uno de esos chicos que hacen recados en la calle para que vaya a dar el aviso.

—¿Lo tienes encerrado?

Lo último que podía esperar Mei era que el Bastón Rojo viniera acompañado por Ma Yueh-sheng en persona, el jefe de la tríada, y por otro hombre vestido de negro y de aspecto terrible, con la cabeza afeitada a excepción de una larga coleta, y que nadie le presenta.

Es la primera vez que ve al Cabeza de Dragón, y su aspecto no encaja con lo que ella esperaba: lo imaginaba mucho mayor y es todavía joven, poco más de cuarenta años, aunque transmite un aire tranquilo y venerable, muy alejado de la reputación que tiene de hombre cruel.

—Dame la llave. Debes tener cerrado el local tres días.

—Yo vivo de mi bazar.

—No te preocupes, te daremos más dinero del que habrías ganado de mantenerlo abierto.

—¿Puedo estar aquí? No quiero que mi esposo se entere de lo que pasa, y si no estoy en el bazar preguntará.

—No será agradable, pero nadie te va a echar. Esta es tu casa.

Durante el primer y el segundo día, a Mei no le permiten bajar al almacén, los gritos de dolor del lobo solitario resuenan por toda la tienda.

Ella teme que se oigan incluso en la calle.

Otros miembros de la tríada vienen al bazar, bajan comida o bebida al sótano, del que no han salido ni el Cabeza de Dragón ni su acompañante, el inquietante hombre de negro.

Ella mata las horas haciendo inventario o jugando partidas de Go contra sí misma.

Al tercer día, el jefe de la tríada la invita a bajar.

—Sabes hablar y callar cuando corresponde cada cosa. Otras habrían huido o habrían exigido explicaciones.

El lobo solitario ha perdido el aspecto altivo del vividor que come abalones y los acompaña con whisky para que todos sean conscientes de su poderío.

Tiene las manos atadas a la espalda y la cabeza hundida sobre el pecho.

Da la impresión de estar muerto, aunque, si se escucha con atención, se puede distinguir el sonido sibilante de su respiración, trabajosa, débil...

Bajo él se extiende un charco de sangre en el que flotan partes de su cuerpo: un dedo, media oreja...

Está marcado por cientos de cortes y muchas mutilaciones: pezones, dedos, un ojo...

—Que quienes no obedezcan las leyes mueran cortados por cuchillos en mil pedazos —sentencia tranquilo el Cabeza de Dragón.

Es su brutal interpretación de la muerte de los mil cortes o de los cien pedazos, el Ling Xi, la que se aplica a los siervos que han tratado de matar a su amo.

Los cortes deben ser dolorosos, sin llegar a matar al condenado antes de haberle infligido un sufrimiento atroz.

La pericia del verdugo se mide por los cortes que haya practicado antes de la muerte, pueden ser cientos, pueden llegar a tres mil.

El verdugo, el hombre de negro con la larga coleta y mirada de reptil que acompañaba a Ma Yueh-sheng a su llegada, es uno de los mejores; a una señal de su superior, levanta la cabeza de Xu Jian y, con precisión quirúrgica, acerca el filo del cuchillo a su mejilla y dibuja una elipse en la piel, que se desprende como una lámina.

Mei no aparta la mirada. Advierte que el Cabeza de Dragón la observa y sabe que debe demostrar entereza.

—Esta noche acabaremos. Antes de que vengas por la mañana para abrir tu negocio todo estará limpio, nos habremos llevado el cadáver y tu sótano lucirá tan inmaculado como antes de que llegáramos. Quiero agradecerte lo que has hecho por mí. Extiende la mano.

Mei no puede dudar, no delante de ese hombre. Ma Yueh-sheng, con un cuchillo, le abre la piel de la palma con un corte limpio y a continuación se hace otro él mismo en la de su mano derecha. Después, frota su mano con la de Mei y la sangre de ambos se mezcla.

—Esta es la forma más poderosa del guanxi . Es un pacto de honor eterno, Hermana Mei. Nos une la sangre, la confianza, la lealtad: puedes pedirme lo que quieras, pero el verdadero beneficio para los dos llegará en el futuro. ¿Hay algo que desees?

Mei intuye que está cambiando su suerte, que la vida se le abre de pronto como un paraíso lleno de posibilidades. No quiere que la mirada del Cabeza de Dragón pierda ni un ápice de intensidad, no quiere que se rompa el hechizo que los envuelve.

—Quiero ir a Europa —dice con firmeza.