Los Huérfanos 20
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Decenas de gatos de la suerte lo saludan levantando su patita izquierda desde una estantería de la trastienda del bazar.

—No están saludando —lo corrige la Hermana Mei—. Lo que hace el Zhaocai Mao con su pata es atraer la riqueza.

—Desde luego, a ti te ha funcionado —responde con una sonrisa Alberto Pastor.

—Tú tampoco te puedes quejar. —La Hermana Mei sirve dos tacitas de baijiu , el licor típico de su región, y deja sobre la mesa la botella roja de Wuliangye, la marca que abre en las grandes ocasiones—. Esta mañana se han ingresado los treinta millones en mi sucursal de Medellín.

—Te dije que te pagaría.

—Nunca lo dudé; son muchos años juntos, Alberto. Te conozco bien.

Beben las tazas de baijiu , es su manera de firmar la paz, o al menos un armisticio.

—¿Te acuerdas de la primera vez que nos vimos?

—¿Cómo lo voy a olvidar? En un restaurante chino, el Hong Kong, después de que consiguiera la libertad de Qiang.

—En esa época eras un abogado novato, aunque se veía que eras ambicioso.

Los dos recuerdan algunos momentos de una relación que los ha hecho envejecer juntos, como si nada de lo que ha pasado en las últimas semanas hubiera sucedido: ni las amenazas de Mei ni el miedo de Alberto a su castigo.

Se detienen en aquella primera caja con billetes de diez mil pesetas, el pacto de hermandad que firmaron —el guanxi —, la inauguración del casino...

También la coartada que Alberto le brindó cuando Qiang se deshizo de un constructor o la conveniente muerte de Leo Domínguez, el amigo con el que Alberto abrió su primer bufete.

—Tantas experiencias juntos y, a veces, aún logras sorprenderme.

Los gatitos emiten un tac tac con cada movimiento de sus patitas, como si fueran un reloj.

En la mesa de cristal, las fichas de Go esperan a que alguien continúe la partida que la Hermana Mei está jugando.

Están solos, ella no ha citado a Qiang, Alberto sabe que es su manera de demostrarle su confianza.

—La persona que entregó el dinero en Medellín es el contacto de los Huérfanos en Colombia.

La red de sucursales de Mei se extiende por todo el mundo; allá donde hay un inmigrante de la provincia de Qingtian, hay un punto de la hawala de Mei.

Medellín, Ciudad de México, Miami, pero también pueblos que no sabía ni que existían en la América profunda o en los países escandinavos.

Podría competir con Barclays o con cualquier otro banco internacional.

—¿Qué más da quién entregara el dinero? Lo que cuenta es que ya es tuyo.

—Tienes razón, pero aun así... Me ha hecho pensar: sé que no tienes mucho aprecio a los Huérfanos, los culpas de todo, y... el día antes de que se produzca el pago, Trevor Strummer sale en libertad. En un juicio que lleva tu hija Laura.

—Simple coincidencia.

La Hermana Mei rellena las tazas de baijiu y Alberto cree ver en su rostro la sombra de una sonrisa. Mei no especula, tiene ojos y oídos en toda Marbella. Debe de estar al tanto del pacto que selló con los irlandeses.

—¿Cómo está Laura? Me acuerdo de cuando vivía aquí, era una niña preciosa.

Alberto coge la taza que Mei le tiende. El baijiu es fuerte, más de cincuenta grados, y tiene un ligero sabor a soja y a anís. Solo Mei es capaz de beberlo como si fuera agua.

—Y creo que ha tenido una buena carrera en la fiscalía.

—Así es.

—Una mujer comprometida con la ley, y, en el último momento, he oído que retiró su acusación contra Trevor Strummer. No sé qué pudo hacerle cambiar de opinión.

La Hermana Mei cierra la botella de Wuliangye.

—Tengo que marcharme —le dice Alberto—. Mi hijo...

—Dani, sí. Lo sé. En el fondo, tuvo suerte de que no le pasara nada. Ni a él ni a su pareja.

—Mucha suerte.

—De verdad, esto no me lo esperaba, Alberto. Nunca pensé que serías capaz de hacer algo así. Pensaba que la familia era tu límite, pero ahora veo que no.

—No creerás de verdad que fui yo.

La Hermana Mei prefiere no responder. No necesita la confirmación de Alberto Pastor.

—Tengo que ir al hospital. Esta desgracia al menos nos servirá para que toda la familia esté más unida que nunca, aquí en Marbella.

—¿Laura también está aquí?

—Laura también. Todavía no lo sabe, pero vendrá.

Alberto sale a la calle Alonso de Bazán.

Están a finales de septiembre y luce un sol radiante, ese verano en el que se sumerge la ciudad durante más de seis meses.

Cada vez que visita a la Hermana Mei en su trastienda se queda con la misma sensación: la de venir de una especie de lago subterráneo cuyas aguas se ramifican no solo por Marbella y Málaga, sino también por todo el globo, desde la provincia de Qingtian hasta Estados Unidos.

Unas aguas de las que, aunque no sean conscientes, bebe todo el mundo.