Los Huérfanos 19
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Sale de la sala en un receso. Laura busca su móvil, quiere contarle a Melca cómo ha destrozado a Strummer, está convencida de que conseguirá los veinticinco años de condena por asesinato con ensañamiento.

Sin embargo, cuando enciende el móvil aparece una catarata de avisos de llamadas perdidas, doce, trece, de Sergio y de Nata.

Al levantar la mirada, ve que Guillermo avanza hacia ella por un pasillo.

Su gesto fúnebre le anticipa que algo ha pasado. Algo muy grave.

—¿Has hablado con Sergio? —le pregunta él nada más llegar a su lado—. Te ha estado llamando, pero no respondías y ha conseguido mi número. Estabas en la sala, ¿no?

—¿Qué ha pasado?

Guillermo la coge del brazo para apartarla del bullicio de la puerta, donde se amontonan público y letrados del juicio.

—Se trata de tu hermano Dani. Ha habido una explosión en su casa.

—¿Una explosión? ¿De qué? Si ni siquiera tienen gas... ¿Él está bien? Quiero hablar con Dani.

—Ahora no puedes. —Guillermo le coge el móvil en el que ella había empezado a buscar el número—. Está bien, sí. Ingrid y él están bien, pero los han trasladado al Hospital Clínico de Málaga.

Laura exhala aire, más que aliviada, intentando tranquilizarse al descubrir que no ha pasado lo peor.

—¿Seguro que están bien?

—Después de hablar con tu hermano, he llamado a Miguel Ros, es el coronel de la Comandancia de Málaga. Me ha dicho que todavía tienen que hacerles pruebas, pero que no parecía que tuvieran nada grave.

—¿Por qué has llamado a la Guardia Civil?

—Istán entra en su demarcación y... la explosión, Laura: no creen que haya sido un accidente.

—¿De qué estás hablando?

—Lo más seguro es que fuera un artefacto explosivo.

Laura regresa a la sala envuelta en una nube.

Guillermo ha insistido en que no está en condiciones de continuar con el juicio, pero no ha logrado convencerla.

Ella le ha dicho que solo faltaba una formalidad para dar el proceso como listo para sentencia, ha mentido.

Cruza la sala camino de su silla sin oír el ruido del público al sentarse ni el de los letrados y procuradores que ocupan sus lugares, no hay más sonido dentro de su cabeza que lo que le dijo su padre en Istán: «La Hermana Mei no me va a castigar a mí, sino a mi familia, a tus hermanos, a los hijos de Sergio, a tu madre, a ti... No lo hagas por mí, hazlo por ellos».

Es posible que el procurador le haya dicho algo, pero Laura no lo ha oído.

El juez vuelve a la sala. Piensa en Dani e Ingrid, en el mundo que intentaban construir al margen de lo que significa ser un Pastor.

En su precioso jardín, en el emparrado, los limoneros.

En esa casita blanca que ha saltado por los aires.

Un artefacto explosivo. No es la primera vez que se usan bombas en Marbella.

Cree que el abogado defensor está exponiendo sus conclusiones.

En la primera fila del público, Burke y Griffin la miran con una media sonrisa, como si supieran lo que ha pasado.

«No lo hagas por mí, hazlo por ellos».

Laura hunde la mirada en su mesa, aunque no la fija en ningún punto.

No sería capaz de vivir con la culpa de la muerte de Dani o la de cualquier otro de sus hermanos sobre su conciencia.

Es posible que no sean capaces de entenderse, pero los quiere.

Tanto como quiere a su madre; ¿y si vuelven a atacar a Dani? ¿Y si la siguiente víctima es Marimar?

Mira hacia donde está Trevor Strummer. Alguien ha tenido que decirle lo que han hecho en Marbella, porque ya no ve al hombre nervioso e impotente que había dejado tras el interrogatorio.

Imagina el fuego arrasando la casa de su hermano, Dani desesperado por poner a salvo a Ingrid, atrapada en su silla de ruedas. Nunca olvidarán este terror.

—Es el turno de la acusación.

Laura levanta la mirada, no sabe cuántas veces la ha llamado el juez.

—Por favor, señora fiscal, es el momento de sus conclusiones.

Laura mira el micrófono que flota delante de su boca. Presiona el botón que se enciende con una luz roja y suena un ligero acople en la sala. Todos la están mirando. Todos esperan sus palabras.

¿Qué es lo que debe decir?

«No lo hagas por mí, hazlo por ellos».

¿Qué pasa con mi vida, con mi carrera?

«La Hermana Mei no me va a castigar a mí».

¿Y Melca? No puedo decepcionarla así.

«A cambio de que tú pongas en la calle a Trevor Strummer».

Basta, por favor. ¡Basta! Yo no he pedido estar aquí.

«No lo hagas por mí, hazlo por ellos».

—Señora fiscal, ¿va a ratificar las conclusiones de su escrito de acusación? —le insiste el juez arrancándola del diálogo infernal que se ha entablado en su cabeza.

—Señor juez —logra articular Laura. Su vuelta a la realidad también le descubre que hay un murmullo generalizado en la sala—. Señoría, quiero modificar las conclusiones provisionales. Retiro la acusación contra el señor Strummer.

El murmullo se convierte en un guirigay. No sabe si Guillermo está también en la sala, no se atreve a levantar la cabeza de la mesa para encontrarse con su mirada de decepción o con la soberbia de los irlandeses. El juez pide silencio.

—Señora fiscal, ¿sabe lo que significa retirar la acusación? El acusado sale libre de los cargos y usted nos ha hecho perder el tiempo a todos. ¿Puedo saber a qué se debe su cambio de parecer?

—He comprendido que no hay carga probatoria suficiente, señoría.

Un agujero se abre a los pies de Laura. Es una traición a Melca, lo sabe, es la puntilla a su carrera en la fiscalía, está burlándose de la ley que tanto respetaba y dejando libre a un asesino despiadado.

Le gustaría que ese agujero negro la succionara y la escupiera a un lugar muy lejano para no tener que enfrentarse a Guillermo ni a los compañeros de la fiscalía, un lugar donde ni ella recordara cómo se llama: Laura Pastor. Un apellido que es una condena.