18
—El juez Higueras ha aceptado mi solicitud —le dice Guillermo al teléfono—. Va a sacar a tu madre de Fontcalent para ingresarla en una clínica de Madrid bajo custodia policial... Laura, ¿estás ahí? Es lo que querías.
—Sí, es lo que quería. Es una noticia estupenda.
—Voy al juzgado y, en un receso, hablamos de qué clínica puede ser la mejor.
Laura cuelga. El semáforo se ha puesto en verde, pero no pisa el acelerador hasta que el claxon de los coches que tiene detrás la sacan de la parálisis en la que ha caído con esa llamada.
Su padre sigue adelante con este juego cruel, demostrándole que el futuro de Marimar está en sus manos, le basta una llamada para enviarla de un lugar a otro como si fuera un bulto.
Cuando deja el coche en el parking de los juzgados, se toma unos segundos antes de coger el ascensor.
Es el último día del juicio, tiene que hacer un buen interrogatorio, por la confianza que Melca ha depositado en ella, porque este mundo será un poco mejor si Trevor Strummer está entre rejas.
Tiene que expulsar a Alberto Pastor de su cabeza como si fuera una avispa que amenaza con su aguijón mientras ella conduce.
—Turismo. De vez en cuando, me gusta venir a Madrid. A ver las luces de Navidad, he ido a un par de partidos del Madrid, o a musicales de la Gran Vía. Me encanta El Rey León . Mi favorito.
Strummer podría haber exigido responder en su idioma natal, el inglés, pero ha renunciado a la traducción: habla un castellano con acento andaluz mezclado con el británico, como también ha desestimado su derecho a no responder a las preguntas de la fiscalía.
Sentado en la silla con su metro cincuenta escaso, han tenido que bajar el micrófono para ponerlo a la altura de su boca, se le ve relajado, con una seguridad en sí mismo que Laura cree que la beneficia.
—El parking del hotel Eurostars Arenas de Pinto no parece la mejor elección para hacer un descanso en su viaje a Madrid. Estaba muy cerca de la ciudad. ¿Qué le hizo detenerse allí?
—Me estaba planteando alojarme en ese hotel. Queda a un cuarto de hora del Parque Warner. Me gusta El Rey León , pero es que me gusta más todavía Batman. Lo malo es que no me dejan montarme en algunas atracciones, por la altura. Iba a comprarme unas botas con calzas para llegar al mínimo.
Strummer se ríe con su dentadura mellada.
Los dos años de cárcel han musculado aún más su cuerpo, que tensa la camiseta que se ha puesto bajo la chaqueta; ha debido de pasar los días de internamiento haciendo pesas.
Laura ve cómo el juez sonríe cuando el acusado bromea con su altura y, por unos segundos, teme que los Huérfanos lo hayan comprado.
Aparta esa idea, sabe que el juez Cáceres ha llevado otros juicios contra el crimen organizado y no le ha temblado el pulso en la sentencia.
—Un zapato del número treinta y ocho le costará encontrar —intenta retomar Laura—, no es una talla habitual en un hombre. Como la que se encontró junto al cuerpo de Ramón Castillo.
Losada, el abogado de Strummer, protesta por la alusión a una prueba que ha sido excluida y el juez le da la razón.
Puede parecer que Laura está perdiendo el control del interrogatorio: en la primera fila de la sala, Burke, Griffin y Amber sonríen satisfechos al ver cómo la fiscal no logra hacerse con Strummer, que sigue aliñando cada respuesta con sarcasmos mientras sostiene la estúpida versión de que todo se basa en una identificación errónea, que él no fue quien asesinó al camionero.
Sin embargo, no es más que un teatro: Laura quiere que Strummer se crea ganador para que se confíe, para que caiga en su trampa sin apenas darse cuenta.
—No, no vi a Ramón Castillo en ningún momento —responde a una pregunta de Laura—. Estuve en el coche dormitando y luego salí a estirar las piernas. Me di un paseo por allí y cuando me dirigía al hotel para ver si tenían habitación, me detuvo la policía.
—¿Un paseo por el polígono industrial?
—Me fijo en qué camiones compran los transportistas... Me gusta mirar las naves y cómo trabajan la carga y descarga. ¿No se ha fijado nunca en cómo se organizan? Si se hace bien, se puede ganar mucho tiempo.
—No, la verdad, nunca me he fijado ¿Qué clase de camiones había en ese polígono?
—Un Volvo FH Aero blanco, precioso, y un Renault Truck T que debía de ser por lo menos de 2015. Estaba machacado. ¿Quiere también las matrículas?
—No, gracias. Ya me ha demostrado sus dotes de observación.
—Cada uno es bueno en lo suyo, es normal. Y mi negocio es la importación y exportación.
—Además de regentar un pub en Marbella, The Orphan’s.
—Eso es un capricho que monté con mis hermanos.
Strummer lanza un guiño a Burke y Griffin. Laura se da cuenta de que Losada, el abogado del acusado, ha empezado a dudar del rumbo de sus preguntas. Lo ha visto tentado de protestar, pero no ha conseguido encontrar una excusa.
—Como usted es tan observador y sabe tanto de camiones y de transportistas, entiendo que se fijaría en que el camión de Ramón Castillo estaba aparcado a menos de veinte metros del suyo. Un Scania de la serie P, blanco.
Strummer tarda un segundo de más en contestar, no se lo esperaba. Laura evita mirar a Losada, que seguramente seguirá intentando descifrar la estrategia.
—No, no me di cuenta.
—¿Cómo es posible, señor Strummer? Se queda con todos los camiones que se cruzan en su camino, ¿y no ve que tiene aparcado al lado uno de su propiedad?
—Ese camión no era mío.
—¿Y de quién era? Ramón Castillo le dijo a la testigo protegida: «Tengo que hablar con mi jefe», cuando fue a verle al chalet de Liam Burke en Marbella. Usted salió y vio que allí estaba el camión.
—Eso no es verdad.
—¿Qué es lo que no es verdad, señor Strummer? Ha quedado demostrado que Ramón estuvo en esa dirección, que condujo su camión hasta allí y que le consideraba su jefe.
—No puede demostrar que yo lo tuviera contratado.
—No, no puedo hacerlo. Como no puedo demostrar que usted fuera quien le ordenó llevar el cargamento de cocaína que Ramón entregó a los magrebíes, razón por la que usted fue a buscarlo a Madrid para vengarse por darle un vuelco.
—¡Protesto! —estalla Losada—. Argumentativo. Está presentando como hechos cuestiones no demostradas y que no forman parte de este juicio.
—Hágase constar la protesta en el acta —dice el juez Cáceres.
—Es cierto que Ramón Castillo no tenía contrato con el señor Strummer —continúa Laura—, sino con una empresa llamada Three Little Boys, cuya propiedad es opaca.
Sin embargo, es curioso que otros tres trabajadores de esta empresa presentaran denuncias por agresiones contra el señor Strummer.
Tiene sus nombres y la copia de las denuncias en las pruebas presentadas, señor juez.
—Ninguna de esas denuncias llegó a juicio —vuelve a protestar Losada—, además de que no son el asunto que se trata en esta sala.
—En dos de los casos, los demandantes fallecieron en accidentes de tráfico antes de que hubiera fecha de juicio —explica Laura—.
En el tercer caso, el de un vecino de Benalmádena, fue retirada, a pesar de que había presentado un parte de lesiones con tres costillas fracturadas y traumatismo renal cerrado.
Mientras Laura espera a que el juez revise las pruebas que le acerca el procurador, su móvil empieza a vibrar.
Echa un vistazo y le extraña que sea su hermano Sergio quien la llama, pero cuelga sin responder y mira a Trevor Strummer; toda esa suficiencia de la que hacía gala se ha desvanecido.
Mueve nervioso una pierna. Ve en sus ojos cuánto le gustaría responder a sus preguntas con un puñetazo.
—Se admite la prueba presentada por la fiscalía —dictamina el juez.
—No sé con qué objeto ni qué aporta a este proceso —protesta débilmente el abogado defensor.
—Sirven para hacer un retrato del carácter violento del señor Strummer —remacha Laura—. Y, si no le importa, me gustaría volver sobre el hecho de que el acusado no reconociera un camión que estaba haciendo un trabajo para él.
El español de Strummer se resiente: los nervios, la rabia porque es consciente de que Laura lo ha desnudado en su testimonio, le impiden encontrar las palabras que busca.
Vibra una segunda vez el móvil, de nuevo es Sergio, y en esta ocasión, lo apaga.
Ha terminado la parte fundamental del interrogatorio, pero quiere disfrutar lo que queda, regodearse en cómo se deshace Trevor Strummer, incapaz de dar una sola respuesta coherente a sus preguntas.