Los Huérfanos 17
66%

17

—¿Está todo cerrado con la danesa?

—Tres dobles bogeys en tres hoyos seguidos.

—¿Llamará mucho la atención?

El portugués se encoge de hombros, en un torneo de aficionados sería normal que un jugador cometiera esos fallos, en uno de profesionales no es algo tan común.

—Es la manera de que podamos sacar más beneficio con las apuestas. No queremos un banker , una de esas apuestas casi seguras, queremos una cuota por encima del cinco por ciento, y para eso no podemos hacer cosas normales.

João Martins Moreira Souza fue deportista profesional, aunque ahora padece un sobrepeso que disimula con camisas hawaianas muy holgadas.

Jugó al fútbol en la cantera del Sporting de Lisboa, donde coincidió un año —aunque nunca en el campo— con Cristiano Ronaldo.

Era un centrocampista combativo, sin demasiado talento; tuvo un par de temporadas buenas en el Oliveirense, en la segunda división de su país, después fichó por un equipo de la segunda B española, lo que ahora es Primera Federación: el Algeciras.

Fue entonces cuando él y Sergio Pastor se conocieron.

Primero se hicieron amigos de tomar una copa de vez en cuando, después socios en los negocios.

Souza ha resultado mejor empresario de deportistas que jugador, y tiene ojo para descubrir qué competidores recibirían con agrado un buen incentivo.

Esta vez se ha fijado en una golfista que tiene problemas con las drogas.

Por alguna razón, todavía no ha dado positivo en ningún control antidopaje.

La danesa Alma Hansen es una buena jugadora, aunque no haya cumplido las expectativas que se crearon sobre ella cuando a los dieciséis años ganó el Junior World Golf Championship de San Diego, en California.

Ahora tiene veintitrés y hace dos que no gana ningún torneo, pero su nombre todavía suena en los eventos menos punteros, como este de Andalucía Sol.

Souza nunca revela a qué ha recurrido, puede que Alma tenga una deuda o sepa que se avecina una suspensión por dopaje y necesite dinero.

Da igual, el hecho es que hará tres bogeys y cuatro si hiciera falta.

—Por si acaso, le he mencionado de pasada lo que sucedió con la familia del armenio después de no cumplir su compromiso de caer en el primer asalto —dice Souza, y, ante un gesto de incomodidad de Sergio, continúa—: Yo también he perdido dinero en las últimas apuestas, no quiero que se repita.

Las cosas, cuanto más atadas, mejor. Y si Aras no cuidó a los suyos, peor para él.

—Nosotros no tenemos nada que ver con eso.

—No, claro... Ha sido casualidad —ironiza el portugués—. Sergio, coño, que somos amigos. ¿Esto también es casualidad?

Le muestra una noticia en el teléfono móvil: ha aparecido el cadáver de un súbdito ruso en una cuneta, en la sierra de las Nieves.

—Yo sabía que me sonaba la cara del muerto —comenta Souza—. ¿No es Putin?

—Los calvos mazados se parecen todos unos a otros, ni idea —le molesta la ligereza con la que habla Souza, no sabe cuántas veces le ha pedido que no toquen esos temas en lugares públicos—.

Nosotros somos empresarios y nos dedicamos al dinero, no a los ajustes de cuentas.

Tres dobles bogeys en tres hoyos seguidos y todos seremos felices.

—Ahí traen más jamón. ¿No te apetece un poco?

Sergio conduce el BMW M4 que solía usar Marimar antes de marcharse a Madrid.

Le da la impresión de que llama más la atención en ese descapotable blanco que en el Brabus, pero ya no hay marcha atrás.

No va a rumiar la pérdida del Brabus, se dice por enésima vez, pero lo cierto es que lo seguirá haciendo.

La noticia de la aparición del cadáver de Putin le llegó unos minutos antes de empezar la rueda de prensa, no fue Souza quien se la descubrió.

Llamó de inmediato a su padre, pero no le respondió.

Alberto y él apenas han hablado desde el desastre con Nata.

Siente que ha perdido la poca confianza que tantos años le ha costado alcanzar.

Su padre se muestra más reservado que nunca, casi no pisa el casino y, cuando lo hace, no le deja entrar en el despacho.

Supone que anda maquinando algo, Alberto no es el tipo de persona que se queda de brazos cruzados ante el problema de treinta millones de euros que tienen con la Hermana Mei, pero no imagina cuál es la solución que ha encontrado.

Le da miedo pensarlo. El caso de Aras es un ejemplo de que está fuera de control: enviar a Putin a matar a su familia era innecesario, un error de bulto, ¿para qué hacer tanto ruido por un luchador rebelde?

, solo sirve para ponerse en el punto de mira de la policía: a las autoridades no les gusta que aparezcan víctimas que no forman parte del crimen organizado, en esos casos suelen esforzarse por encontrar al culpable.

Espera que la aparición del cadáver del ruso ponga fin a esa investigación.

Sin embargo, no le dirá nada de esto a su padre, nunca se atrevería a decirle que se ha equivocado.

«Tenemos que hablar», dice un mensaje de Alberto que acaba de entrarle en el móvil.

Del Finca Cortesín Golf Club al restaurante El Parador, en Playa Bonita, hay casi ochenta kilómetros, algo más de una hora.

Tiempo de sobra para, si Sergio hubiera estado atento, percatarse de que un Dacia blanco lo sigue, a veces con un coche entre ellos, otras con dos.

Dentro va Aras, que no siempre se concentra lo suficiente y ha estado a punto de perder al BMW, sobre todo en el peaje.

Aras no hizo nada por ocultar el cadáver de Putin, se limitó a sacarlo de la casa de Alfarnate, meterlo en el maletero y tirarlo en una cuneta de un camino vecinal de la zona.

Como esperaba, no han tardado ni un día en encontrarlo.

La policía da por hecho que es ruso por un tatuaje en su espalda: svoboda , escrito en letras cirílicas, que significa «libertad», quizá recuerdo de algún paso por la cárcel en su país de origen.

Lo que todavía no sabe es si han descubierto su identidad, tampoco le importa.

Quería enviar un mensaje. Espera que haya llegado a oídos de los Pastor.

La resaca martillea su cabeza con un dolor persistente.

Los rayos de sol aguijonean sus ojos, solo quiere terminar con esto lo antes posible, aunque durante el viaje resuene en su memoria lo que le dijo Laura: «¡No quiero volver a saber de ti en mi puta vida!

». Tiene problemas más graves que ese, pero le afecta.

¿Rabia, odio, asco, qué sintió hacia él cuando perdió el control y mató a Putin?

Laura no podría entenderlo: esa melodía ridícula del móvil del ruso fue la misma que escuchó en la última conversación con Flor, mientras su hija gritaba aterrada.

Un instinto animal tomó posesión de él, ese hombre había cogido del pelo a Flor, la había estrellado hasta matarla contra el lavabo; un túnel se formó en su visión: solo veía al ruso y solo sentía el deseo irracional de destruirlo, de arrancarle la carne de los huesos, de reventar todos sus órganos.

¿Y después? Laura se marchó, asustada. Se llevó esa mirada que, durante un segundo, le había recordado a la adolescencia, cuando se enamoró como un loco de ella.

Echó de menos aquella candidez, la pureza que se va perdiendo con el curso de la vida, hasta que todos los sentimientos acaban infectados de rencor, de envidia o de deseo de poder.

Esa pureza ya solo la encontraba en el amor por su hija.

Pero ¿servía de algo la venganza? Después de matar a Putin, de tener su rostro destrozado a los pies, se derrumbó: ¿qué satisfacción había en matar al asesino de su hija?

¿En qué aliviaba su dolor? El vacío que sintió fue tan intenso que le hizo llorar.

Un nombre, Alberto Pastor, le sacó de ese agujero.

Necesitaba más. Acabar con el sicario solo era un paso para llegar al verdadero culpable.

El hombre que, siempre desde lejos, ha marcado toda su vida: primero apartando a Laura de Marbella, luego corrompiendo su carrera deportiva, destruyendo la poca autoestima que le quedaba y, al final, quitándole lo único que amaba en esta vida.

Cuando Putin acudió a su encuentro, cuando cayó en el engaño de citarlo a través de Ghost haciéndole creer que era Alberto Pastor, llevaba una pistola Glock de nueve milímetros.

Ahora esa pistola viaja en la guantera del Dacia que robó en Málaga.

Sergio Pastor sale de la carretera en el desvío de Mijas Benalmádena y de allí sigue hasta Playa Bonita.

Aparca el coche y camina hasta el restaurante El Parador, en la playa.

Desde su Dacia, que detiene a poca distancia, Aras presencia el encuentro de Sergio y Alberto, que espera a su hijo en una de las mesas de la terraza.

Palpa su bolsillo, allí está la Glock de Putin.

Se le ocurre de repente, ¿cuándo va a tener otra posibilidad así? Los dos hombres que pueden haber ordenado la muerte de su hija están juntos en un lugar desprotegido, si dispara y se larga estará en pocos minutos lejos de allí, aunque ponerse a salvo tampoco sea una prioridad.

Busca un buen ángulo de tiro, los dos están en la mesa, de perfil al mar.

Primero disparará a Sergio, ya que Alberto tendrá menos reflejos por la edad.

Aunque no es un gran tirador y solo ha disparado a botellas cuando era mucho más joven, esos dos son un blanco fácil.

Examina la mesa por si algo le estorba: hay una botella de Contino blanco, pero está apartada, no le impedirá acertar.

Se aferra al arma, pero en el último instante no se decide a sacarla y disparar.

Algo empieza a bullir en su interior, una inquietud, un aviso. Una voz le susurra que desista.

Acelera muy despacio y se aleja del restaurante sin entender qué le está pasando.

¿Por qué no ha disparado? ¿Está volviendo a fallar a su hija?

Conduce por el paseo marítimo, algo mareado.

Y de pronto cree ver a Flor con la misma mirada de decepción con la que lo miró en la plaza de San Ignacio, ¿se está volviendo loco?

Su hija se desvanece en el paseo igual que apareció, como si el viento se la llevara, pero algo ha cambiado dentro de él, una catarsis que le hace entender todo con una claridad absoluta.

No queda rastro del mareo ni de la resaca.

¿Qué está haciendo? Él no es un asesino, no es el monstruo que vio en la mirada de Laura cuando acabó con Putin, no es esa persona, y sabe que ese no es el camino para hacer justicia por la muerte de su hija.

Se ha dejado arrastrar por la rabia, sin darse cuenta de que eso lo estaba convirtiendo en alguien a quien su hija detestaría.

Es posible que sea demasiado tarde, ha cruzado una frontera.

Hay cosas que ya no puede remediar. Lo que le hizo a Putin, la decepción de Laura, nunca podrá ser la persona que era hace veinte años, aquel Aras queda demasiado lejos y quizá en su vida ya no quepa la redención.

Pero al menos no dejará que la rabia aniquile lo poco bueno que sobrevive en él, aquello que su hija sí veía: el valor, la honestidad.

Matar a Alberto Pastor y a su hijo solo volvería a hundirlo en el vacío que sintió al matar a Putin.

Va a hacer justicia, sí, va a hacer que los Pastor paguen por lo que han hecho, pero el camino no es meterles una bala en la cabeza.

El camino es llevarlos a juicio, obligarlos a confesar lo que hicieron y a asumir una condena.

Dejarlos vivir, pero quitándoles todo lo que han conseguido a base de violencia.

Eso es lo que Laura también decía buscar. Puede que, al final, sus caminos tengan que volver a cruzarse.