16
—¿Te importa si me quedo a dormir?
Dani le ha abierto la puerta de su casa sin hacer más preguntas. Estaba demasiado nerviosa como para conducir del tirón hasta Madrid. Su hermano ha llamado a Estrella para que ella se hiciera cargo de la escuela de buceo esa tarde.
—¿Dónde está Ingrid?
—Ha ido a rehabilitación. Tengo que recogerla luego.
—¿Puedo darme una ducha?
Necesita desprenderse de todos los olores que había en el altillo de esa casa en Alfarnate.
Cierra los ojos bajo el chorro de agua caliente.
Teme que las imágenes de la tortura a Putin la entierren como un alud: el hombre desnudo atado a la silla y, después, la furia sin control de Aras, la repetición de golpes hasta que la cara del ruso quedó desfigurada.
Pero no sucede así. ¿De dónde viene entonces este malestar?
¿Qué es esto que apenas la deja respirar?
Desde los diecisiete años, cuando su padre vengó la agresión del colombiano del Tatoo a su manera, ha sido consciente de hasta qué punto imperaba la violencia en su mundo.
Ajustes de cuentas, disparos por la espalda, palizas, pero siempre la ha vivido como una espectadora desde la barrera; en el salón de su casa las noticias aparecían en la televisión; las fotografías de cadáveres, de sangre en las aceras de Marbella y, más tarde, cuando empezó a ejercer como abogada, desde la seguridad de su despacho.
Leía informes, revisaba las fotografías de la Científica en las que aparecía todo tipo de violencia, de pandilleros a mafias, de accidentes a casos de violencia de género.
Su punto de vista era meramente profesional, eso se decía cuando otros compañeros le comentaban que no habían podido dormir por las fotos de una autopsia o por la barbarie de algún crimen.
Laura no se alteraba tanto porque sabía que la separaba muy poco de ese muestrario de horrores humanos, apenas una persona, su padre o el acusado que se sentaba en el banquillo, pero siempre creyó que, si tuviera que ser testigo directo de algo así, no lo soportaría.
Sin embargo, lo ha sido y no encuentra dentro de ella el desasosiego que debería encontrar.
Todavía bajo el chorro de la ducha identifica qué es eso que le hace temblar y que no es la sangre del ruso, ni siquiera su muerte o la violencia de Aras: es que en ningún momento se ha planteado llamar a la policía.
Ha erigido toda su vida alrededor de la idea de la ley.
De todo ese compendio de derechos y obligaciones, de límites legales que son los que garantizan que los seres humanos no se comporten como animales, o, al menos, que no lo hagan sin temor a una condena.
Es la ley la que permite aspirar a un mundo justo, uno en el que los más fuertes no impongan su fuerza.
Ha creído en la necesidad de esa ley como el católico cree en Dios, con una convicción inquebrantable.
No es una ingenua, sabe de todos los defectos que tiene el sistema, pero aun así es el mejor escudo para protegerse de seres como Trevor Strummer, como Alberto Pastor, como Aras.
Y, aun así, cuando se ha visto implicada en una situación de extrema violencia, no ha pensado en llamar a la policía.
¿Qué clase de fiscal es? ¿En qué se ha convertido?
Un aire frío, siniestro, recorre su espina dorsal y asume que podría perdonar lo que Aras ha hecho.
Quería vengar la muerte de su hija. Encuentra justificación a sus actos como encuentra lógico que ella haya aprovechado la tortura de Putin para sonsacarle información.
Cuando sale de la ducha y limpia el vaho del espejo, no se reconoce en el rostro que contempla: ¿qué tiene dentro?, ¿qué sombra está creciendo en su interior? Siente un escalofrío porque, sea lo que sea eso que está desarrollándose, le da miedo. Hay una parte de sí misma que le asusta.
—¿Me vas a contar qué ha pasado?
—Mejor no, Dani —le dice cuando se juntan en el salón.
Su hermano no insiste. Ha sacado una bandeja con una taza de café y un plato con bizcocho. Para su sorpresa, Laura descubre que tiene hambre y come con avidez. Su incapacidad para comer cuando está en Marbella se ha disipado.
—Es bizcocho de limón. Lo ha preparado Ingrid.
Dani la observa comer en silencio.
—Sal de aquí. Vuelve a Madrid. Esta ciudad no te sienta bien.
—¿Me das un abrazo?
Su hermano se sienta junto a ella y la abraza. Laura cierra los ojos. Le gusta cómo huele Dani, a sal y a libertad. Es un bálsamo que le devuelve la esperanza.
—No debería decirte nada, pero... he vuelto a hablar con la hermana de Víctor Zamora. Ella no tenía ni idea de que mamá y Víctor tenían un lío.
Laura se separa ligeramente de Dani, expectante, y él continúa hablando:
—Me ha dicho que Víctor le dejó un mensaje el día antes de su muerte. Le decía que estaba seguro de que conseguiría anular todas sus deudas, que iba a empezar una nueva vida.
—¿Te dijo cómo?
—Por algo que había grabado, no le dijo qué. Podía ser un vídeo o un audio, no lo sé. Tampoco tenía ni idea de qué era lo que había grabado, pero por lo visto era algo gordo con lo que se iba a sacar un dinero...
—Un chantaje. ¿A papá?
—Su hermana no lo sabe. Ni vio ni sabe dónde puede estar esa grabación. Ni siquiera está segura de que sea verdad.
No es mucho, piensa Laura, pero prefiere no decirle nada a Dani.
Intenta aparentar normalidad, que el estado en el que llegó a su casa fue una crisis pasajera.
Solo necesita descansar y, en cuanto se sienta mejor, emprenderá el viaje de regreso a Madrid.
Dani le ofrece su habitación, él tendrá que ir más tarde a por Ingrid.
En la cama, más calmada, Laura repasa lo que le dijo Putin: Gorbachov tenía un trabajo en Madrid hace dos semanas, que debía eliminar a alguien por orden de Alberto Pastor.
La fecha coincide con el día en que Víctor Zamora fue asesinado, pero más allá de fortalecer la convicción de que Marimar es víctima de una emboscada, ¿de qué más sirve?
Putin ya no existe. No puede confirmar su declaración ante ningún policía.
Es posible que Aras haya troceado su cuerpo para deshacerse de él, o quizá mañana el hallazgo del cadáver de Putin abra los informativos.
Sería la manera de Aras de mandar un mensaje a Alberto Pastor.
¿No fue él quien ordenó a Putin que hiciera lo que hizo con su hija?
Debería dejar tirado el cuerpo del ruso en la puerta del chalet familiar en Sierra Blanca, así Alberto sabría que el próximo iba a ser él.
Todo el dolor proviene del mismo punto, como un río putrefacto que se bifurca en varios arroyos pero nace de una misma fuente envenenada: es Alberto Pastor destruyendo la vida de su madre, la de Aras y la de todo aquel que se cruce en su camino.
¿Cómo puede pensar nadie que es un buen hombre?
¿Es que no ven que detrás de esa fachada amable hay un monstruo?
—¿Salimos a dar un paseo?
Apenas hay luz, no sabe cuántas horas lleva durmiendo, si es que está despierta, porque no encuentra ningún sentido a esa voz, a esa silueta enorme a los pies de su cama.
—Vamos, Laura, necesito hablar contigo.
No espera a que se levante. Su padre sale de la habitación y Laura se incorpora.
Le duele la cabeza, todavía le cuesta encajar la presencia de Alberto allí, en la casa de Dani.
Se lava la cara con la esperanza de que, en efecto, todo esto sea una pesadilla.
Que la realidad se desgaje de alguna manera surrealista, con cielos de colores imposibles o lo que sea.
Cualquier cosa que le demuestre que es un juego de su imaginación la aliviaría, pero no es así.
Cuando sale al jardín de la casa, su padre la está esperando.
—¿Conoces el Castaño Santo de Istán? Una vez hice una excursión con tu madre para verlo. Todavía no habíais nacido. Fue un día muy bonito, quizá alguna vez podamos ir juntos, está a unos kilómetros —le dice después, paseando por las afueras del pueblo.
Al llegar al mirador Tajo Banderas, el sol se está poniendo por detrás de la sierra y tiñe de naranja el pueblo acunado entre montañas. Ella prefiere no responder al comentario de su padre, sabe que no lleva a ningún sitio.
—No es la vida que había planeado para mi hijo, paseando turistas en barca y encerrado en este pueblo, pero supongo que él es feliz.
—Si alguna vez te hubieras molestado en escuchar a Dani, lo entenderías.
Él encaja la pulla con un gesto breve, casi imperceptible. Siguen paseando en silencio.
—¿Qué quieres? —le pregunta al final Laura, directa—. Tengo que volver a Madrid.
Alberto Pastor tarda unos segundos en responder, como si realmente le costara hacerle esta confesión.
—Tengo problemas. Sí, no me mires así: soy humano, a veces yo también necesito ayuda.
—Y has pensado que soy la persona adecuada —responde con cinismo.
—Créeme si te digo que preferiría no estar aquí. Laura, hemos tenido contratiempos con las apuestas. Alguien de dentro le ha estado pasando información a los Huérfanos, nos han arruinado varios amaños.
—Combates de boxeo...
—El último, de las MMA, sí.
—¿Es posible que conozca al luchador? De cuando vivía en Marbella. Un chico de ascendencia armenia, Aras.
Conoce ese gesto de su padre, lo recuerda de la infancia, cuando ella le contaba una mentira pero él prefería no descubrirla.
Alberto siempre sabía si Laura le ocultaba algo y ella se derrumbaba ante esa mirada, no hacía falta que él le insistiera para que confesara la verdad.
Sin embargo, hoy, en Istán, frente a esos ojos ya flanqueados por filas de arrugas, Laura no titubea.
Le sostiene la mirada sin miedo. No va a contarle que se ha reencontrado con Aras ni que sabe que él ordenó la muerte de su exmujer y su hija.
—No es por eso por lo que he venido. Ya encontraré la manera de recuperar el control de las apuestas. Mi problema es un número. Treinta millones, Laura. Eso es lo que le debo a la Hermana Mei.
—Y quieres que yo te eche una mano. Es mucho para el sueldo de una fiscal.
—No te voy a pedir que me des dinero. Tengo quien haga el pago de esa deuda.
—¿A cambio de qué? No creo que nadie te regale treinta millones por nada.
—A cambio de que tú pongas en la calle a Trevor Strummer.
—Los Huérfanos —se da cuenta Laura—. Es la hostia. ¿De verdad tienes el valor de venir a pedirme algo así? Joder, sí que estás desesperado.
—Sé que las cosas entre nosotros se estropearon hace mucho tiempo. Como sé que estás convencida de que yo tengo algo que ver con la situación de tu madre, pero te juro que te equivocas. Yo quiero a tu madre, jamás le haría pasar por lo que está pasando.
—Y por eso has hecho que el juez Higueras la traslade a la prisión psiquiátrica.
—Pensé que era lo mejor. ¿Quieres que la devuelvan a Madrid? Haré lo que pueda. Ahora tienes que confiar en mí, por mucho que me odies.
—Te has vuelto loco, de verdad. No sé si será la edad o qué, pero has perdido la cabeza si piensas que voy a hacer algo por sacar a Strummer de prisión. Es un asesino y es donde debe estar. Me da igual que te arruines.
—No pagar una deuda con la Hermana Mei no se soluciona con la ruina. Solo se soluciona con dinero.
—Tú elegiste esta vida. Es asunto tuyo.
—No, no lo es. La Hermana Mei me necesita con vida, es la única forma que tiene de cobrar. No me va a castigar a mí, sino a mi familia, a tus hermanos, a los hijos de Sergio, a tu madre, a ti... No lo hagas por mí, hazlo por ellos.
Laura no espera a que su padre termine de hablar.
Le da la espalda y se aleja dejándolo abandonado en el mirador de un pueblo donde ya se encienden las farolas.
Se hace de noche y ella sueña con que bajen los lobos de la sierra y se abalancen sobre su padre cuando vaya de camino al coche.
Que le muerdan el cuello y la cara, que claven sus dientes en esas carnes bronceadas hasta matarlo.
Hasta hacer desaparecer el problema que ha estado jodiendo toda su vida.