Los Huérfanos 15
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La ubicación que le ha mandado Aras la lleva a una casa de pueblo en la calle del Panteón, detrás del cementerio.

Ha debido de verla llegar porque la puerta se abre antes de que llame.

Laura hace un esfuerzo por mantener la compostura al verle los nudillos manchados de sangre y las salpicaduras en su camiseta.

Siente un vértigo difuso dentro de ella, no sabe si es el temor a que el ruso esté muerto o a estar ingresando en un área peligrosa.

—¿Dónde está?

—Es duro el cabrón —le responde Aras con el aliento cargado de alcohol—. A ver si tú que eres fiscal puedes sacarle algo. Está arriba.

Se aparta para que ella entre. El interior de la casa es una cueva, las ventanas están tapadas con cartones.

Le llega un olor agrio y sucio, a sudor, a vasos de ginebra.

Duda si dar un paso atrás y volver al coche, sería la decisión más prudente, y, sin embargo, continúa.

Una fuerza tira de ella, la expresión perdida de Marimar, su voz como un lamento, «yo no puedo vivir así», y avanza hacia unas escaleras que suben hacia la falsa, el espacio donde antiguamente se guardaba el forraje.

La poca luz que se adentra en la casa se apaga cuando Aras cierra la puerta.

El olor se hace más intenso y también más desagradable conforme asciende las escaleras.

Se tapa la nariz y la boca con el pañuelo del cuello.

No es solo sangre, sudor y alcohol, son heces y orines, puede ver esa amalgama de excrementos mezclados con la sangre haciendo una plasta a los pies del hombre.

Está desnudo, atado a una silla en mitad de la habitación.

Una columna de luz polvorienta atraviesa un ventanuco e ilumina al ruso, que tiene la cabeza sin pelo caída sobre el pecho.

¿Está muerto o solo inconsciente? Debe de tener unos cuarenta años y, aunque no es muy alto, su cuerpo está esculpido en horas de gimnasio, pero su figura en la silla es la de un títere al que le han cortado los hilos, nada que ver con el sicario peligroso que Laura había imaginado.

—¿Está vivo?

Por respuesta, Aras le lanza un cubo de agua a la cara y Putin revive, desubicado, inmerso en una pesadilla de la que no consigue despertar.

Le faltan varios dientes. Los ojos están hinchados y negros, como higos oscuros a punto de reventar, la nariz, fracturada, la cara renegrida por plastas de sangre reseca, una sangre que en cambio supura, intensa y viva, de unos cortes en el pecho seguramente practicados con el cuchillo que Aras sostiene en las manos y con el que juguetea clavándolo y desclavándolo contra un viejo trillo de madera.

Esas heridas, todavía frescas, dibujan ríos de sangre hasta la cintura y gotean a sus pies.

—Dios mío...

Es todo lo que logra decir Laura, que tiene que darle la espalda a Putin.

—No pensaba avisarte. Son dos días ya. Dos días sin comer ni beber, cagándose y meándose encima, recibiendo hostias... Pero es de piedra, el muy cabrón, ¿a que sí, Putin? ¿A que eres de piedra?

Aras está borracho. Por el suelo ruedan dos botellas de Larios vacías.

—Hay que llamar a una ambulancia.

—No vas a llamar a nadie. —En su tono no hay sombra de simpatía, solo amenaza—.

Este hijo de puta va a morir, ¿sabes por qué?

Porque me da igual que lo confiese o no, yo sé que es un asesino, yo sé que se merece morir.

Esto no es la sala de ningún juzgado. —Aras deambula por la habitación, inestable—.

Díselo tú, Putin. Dile por qué vas a morir.

—Yo... no he hecho nada...

Apenas puede hablar. Le cuesta también respirar. Aras se ríe como un idiota y, después, le hunde un puñetazo en el estómago. Putin sufre una arcada, pero solo expulsa babas.

—¡¡Díselo!! —insiste el armenio.

Está fuera de sí. Laura mira las escaleras, tiene miedo, pero no se ve capaz de salir de la casa antes de que él le dé alcance.

Ha cometido un error al confiar en Aras, porque en realidad es un hombre al que no conoce, nada le garantiza que esa violencia que ha desatado contra el ruso no se vuelva ahora contra ella.

—Su hija... —balbucea el ruso con los dientes que le quedan tiznados de sangre—. Su hija... La mataron y se piensa que yo..., que... Yo no le hice nada. Lo juro. —Levanta la cabeza con un enorme esfuerzo para mirar a Aras, las lágrimas anegan sus ojos—. Te juro que yo no le hice nada.

—Eres un hijo de puta mentiroso.

Da la espalda a Putin. De repente, toda esa furia que Laura había detectado ha cobrado otro sentido, es desesperación, es desvalimiento, es dolor.

—¿Tienes... tenías —se corrige Laura— una hija?

—Entró en la casa de mi exmujer —Aras va cogiendo las botellas que encuentra en el suelo, busca un poco de ginebra, pero todas están vacías—, mató a Raquel y luego fue a por mi hija.

A por Flor. La cogió en el baño, le dio cuatro o cinco veces contra el lavabo, hasta que le partió la frente y la mató. Tenía dieciocho años.

Aras empina una botella hasta que una gota resbala a su boca. Mira a Laura. No llora, puede que ya no le queden lágrimas.

—Sé que fue él. Me da igual si lo reconoce o no.

Es evidente que no es así. Si lleva dos días buscando esa confesión es porque Aras sabe que, si no la consigue, la sombra de la duda lo perseguirá: ¿y si Putin no lo hizo? ¿Y si el verdadero asesino de su hija sigue vivo?

—¿Crees que matarlo te va a aliviar? ¿Que vas a sentir menos dolor?

—No te he avisado para que me hagas de psicóloga, Laura.

—Tampoco lo has hecho porque te importe lo que yo necesito.

—Tiene que ver con tu madre, ¿no? ¡¡Vamos!! Pregúntale.

Laura hace un esfuerzo para contener el asco que le provoca el olor que despide Putin y se acuclilla a su lado. El ruso está tiritando.

—¿Tienes frío? ¿Dónde está su ropa?

Aras le señala una esquina de la falsa, donde se amontonan una camisa, unos vaqueros y otras prendas. Laura coge una chaqueta y cubre los hombros de Putin.

—Te prometo que no voy a dejar que te haga más daño. Vamos a llamar a una ambulancia y te vas a poner bien, pero necesito que me ayudes. ¿Cómo te llamas? Tu nombre no es Putin...

El ruso la mira solo un instante, es difícil saber si con esos ojos inflamados es capaz de ver algo, para seguir después en silencio. Es como si tuviera que concentrar todas sus fuerzas en la tarea de seguir respirando.

—¿Sabes dónde puedo encontrar a Gorbachov? Es amigo tuyo, ¿verdad? Siempre trabajáis juntos.

De nuevo, no hay respuesta. Laura registra la chaqueta del ruso, busca en los bolsillos algo que pueda servirle para hacerle hablar. Saca un móvil. Cuando Aras lo ve, se acerca a ella para desbloquearlo.

—La contraseña se la saqué el primer día. 2000. El año en que Putin se convirtió en presidente. Es un cachondo el ruso. ¿A que sí? ¿A que eres la monda? —Lo agarra del cuello.

—¡Suéltalo! —le ordena Laura—. Déjame a mí.

Como si estuviera en uno de sus combates, Aras se retira a la esquina.

Laura repasa las últimas llamadas para buscar aquellas que son más frecuentes.

Todo el mundo tiene sus puntos débiles. De la misma manera que Burke y Griffin son la debilidad de Strummer, espera hallar la de Putin.

Una llamada de ese listado la paraliza, aunque no es una sorpresa.

—¿Conoces a Alberto Pastor?

—No sé quién eres..., pero... vete..., porque no vas a salir...

—Trabaja para tu padre, Laura —interrumpe Aras la amenaza de Putin—. No es más que un mierda que mata por encargo. Y los dos sabemos quién da las órdenes.

Laura busca con la mirada a Aras, pero, en la sombra del altillo, no puede ver su cara. No sabe si se ríe o si se apiada de ella. El nudo de la situación se tensa, ambos buscan al mismo culpable, a su padre, aunque ella no se decida a reconocerlo.

—¿Quién es Dasha? ¿Tu novia? ¿Tu hermana?

Laura repite el nombre, Dasha, es con quien más llamadas ha cruzado Putin. Puede que no sea nadie, aunque por la expresión del ruso cree que ha acertado, esa tal Dasha significa mucho para él.

—Él no le hará nada. Ni a Dasha ni a ti.

Te dejaremos ir, te lo prometo. —Laura coge de la barbilla a Putin, lo obliga a mirarla—.

Pero para creernos que no le hiciste nada a su hija, tienes que decirnos alguna verdad.

¿Qué sabes de Gorbachov? Vamos, no seas idiota.

Te estoy dando una oportunidad. Si me voy, en cuanto salga por esa puerta, te va a matar.

—No sé dónde está Gorbachov. —Y en su tono, Laura adivina que ha derribado la resistencia del ruso—. Hace un par de semanas me dijo que le había salido un trabajo en Madrid, que tenía que ocuparse de alguien y que, luego, estaría un tiempo fuera.

—¿Te dijo de quién tenía que encargarse? —Ante la negativa de Putin, Laura insiste—: ¿Quién le hizo ese encargo?

—Alberto Pastor.

Era la respuesta que esperaba, pero no por eso le impacta menos: su padre, tejiendo en la sombra el plan para destruir a su madre.

—Suéltalo —ordena a Aras—. Se lo he prometido.

Él no se mueve de su rincón.

—Está diciendo la verdad. Hay que darle de beber y curarle las heridas. Si sabe algo de lo que le pasó a tu hija, no te lo va a decir en estas condiciones.

—¿Qué estás haciendo? ¿Salvarle el culo a tu padre?

—Quiero acabar con él tanto como tú y, para eso, necesitamos a Putin. Él nos puede ayudar a meterlo en la cárcel. Te aseguro que no hay nada que desee más.

Le sorprende que Aras salga de la esquina y, parsimonioso, corte las bridas que mantenían a Putin atado a la silla. El ruso apenas puede ponerse en pie. El armenio lo carga por debajo del hombro.

—Ahora vamos a descansar —le dice Laura—. Nos tienes que ayudar a entender lo que pasó con la hija de Aras, ¿lo harás?

Putin parece que ha asumido que no le queda otra salida que colaborar.

De repente, el móvil del ruso empieza a sonar en la mano de Laura.

Esa melodía ridícula transforma la expresión de Aras, que había adquirido un tinte manso, para encresparla.

Todo sucede tan rápido que ella no es capaz de reaccionar ni de entender qué resorte ha activado la melodía del móvil en Aras, pero él coge a Putin de la nuca y lo empuja hacia delante, hacia el trillo de madera.

Le estampa la cara contra el pedernal, pero no se detiene ahí.

Sigue golpeando la cara de Putin contra el trillo hasta que no es más que un amasijo de carne informe, rotos todos los huesos, hasta que los tablones se parten y Putin es un cuerpo sin vida.

Aun así, Aras sigue estrellándolo una y otra vez, como si no pensara detenerse hasta que el ruso no fuera más que polvo.

—¡¡Para!! ¡¡Aras, para!!

Cuando lo hace, el cuerpo del ruso se derrama en el suelo. Su rostro ha quedado irreconocible, como una mancha de pintura roja y negra entre la que se cuelan los destellos blancos del hueso.

—Estás loco. ¡No quiero volver a saber de ti en mi puta vida!

Laura corre escaleras abajo. Sale a la luz de un día que la deslumbra y no se detiene. Cree que, si lo hace, Aras le dará alcance.

No sabe que él no ha salido tras ella. Se ha sentado en la falsa, junto al cadáver de Putin, y se ha roto en un llanto que no puede controlar.