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Laura conduce por una carretera de montaña en dirección a Alfarnate.
El navegador la lleva desde Loja, así que no ha tenido que pasar por Málaga o Marbella, tal como esperaba.
Ha amanecido hace un par de horas, eran las dos de la mañana cuando recibió el mensaje de Aras en el que le revelaba que tenía a Putin: «Me dijiste que necesitabas verlo.
Si te das prisa, podrás hablar con él». Salió de la cama, cogió el coche y se puso en marcha.
Su cabeza es una tormenta y necesita aplacarla, concentrarse en lo inminente, el encuentro con ese ruso que puede darle la libertad a su madre, pero no es fácil, ha sido una semana complicada.
El juicio contra Trevor Strummer no tardó en torcerse: después de la declaración de los policías que lo detuvieron, las pocas evidencias físicas con las que contaba se fueron desvaneciendo.
Strummer había tenido tiempo de deshacerse de la ropa que llevaba antes de la detención, debió de quemarla porque nunca dieron con ella, pero sí que tenían una pisada en la sangre que Ramón Castillo dejó en el asfalto y una muestra de ADN de Strummer en sus uñas.
Un pelo. Laura había citado a dos peritos para que confirmaran la fiabilidad de los análisis, hasta había logrado un informe en el que, por el tipo de pisada, se podía asegurar que la huella coincidía con la de Strummer.
Sin embargo, Losada, el abogado de Strummer, demostró que se había roto la cadena de custodia de esas evidencias —Laura está segura de que compró a los policías para arruinar las pruebas— y al juez no le quedó más remedio que excluirlas del juicio.
Durante estas jornadas del proceso, Losada ha sostenido la patraña de que Strummer había hecho un viaje de turismo a Madrid y que había tenido la mala suerte de parar a descansar un rato en el mismo parking en el que había estacionado el camión de Ramón Castillo, con el que no tenía ningún vínculo.
La policía, al buscar al asesino del camionero, se había confundido: su defendido no solo era inocente, sino que además era una víctima.
Fue frustrante escuchar a Losada desarrollar su defensa.
Un ejemplo perfecto de la pantomima en la que puede convertirse un juicio: todos los presentes sabían que Strummer era culpable, que su abogado no hacía más que mentir, que se habían manipulado las evidencias para excluirlas del proceso, que se estaban agarrando a las grietas de un sistema legal tan garantista que a veces dejaba escapar al asesino por un vicio de forma o porque había comprado la mano que debía custodiar las pruebas.
Liam Burke, Chris Griffin y Amber no se perdieron ni una sesión.
No estaban allí solo para apoyar a su hermano, querían dejar patente la amenaza.
Que el juez supiera con quién se las vería si la sentencia no les era favorable.
Trevor Strummer, en el banquillo de los acusados, vivió esos días con la misma actitud relajada con la que uno asiste a un partido de tenis.
Charlaba con su abogado, se reía cuando el juez desestimaba las protestas de Laura, bostezaba sin pudor, con aire de aburrimiento, soltaba una especie de chiflido entre sus dientes mellados para poner nerviosos a los testigos en sus declaraciones.
Como si ese juicio no fuera el suyo, como si se supiera intocable.
Javier Grimaldo, el fiscal jefe, se tomó un café con ella al final de una de las sesiones.
Estaba preocupado por el curso del juicio y, lo que es peor, por la estabilidad emocional de Laura.
«¿Estás bien? Estoy al tanto de la situación de tu madre.
¿Quieres que te sustituya?», le preguntó.
No hizo falta que fuera más concreto, había presenciado los interrogatorios y pensaba que se estaba dejando avasallar por el abogado de Strummer.
«Tranquilo. Todo lo que ha pasado hasta ahora era de esperar», le respondió ella, como si tuviera bajo control lo que estaba sucediendo en la sala.
Pero no era así. Laura notaba cómo iba perdiendo la batalla y que, además de las triquiñuelas de Losada o las presiones de los irlandeses, ella tenía parte de culpa.
No estaba al nivel, le faltaba concentración.
Por mucho que lo negara, la situación de Marimar la estaba afectando.
No había podido volver a visitarla en Alicante, no había tenido tiempo, solo había hablado un par de veces por teléfono con ella y tampoco habían sido exactamente conversaciones: Laura se interesaba por el estado de su madre, le preguntaba qué había comido y qué tal había dormido, pero al otro lado solo escuchaba una respiración débil y sibilante.
Estaba tan medicada que todo lo que le decía Laura le sonaba como un idioma extraño, ininteligible, y por eso no respondía.
Solo en la segunda llamada, poco antes de colgar, la escuchó decir en un murmullo: «Yo no puedo vivir así... ».
Laura no logró dormir esa noche. Se sentía en el centro de una catástrofe natural. Nada de lo que hiciera servía para detener los tsunamis, los terremotos que estaban destruyendo su mundo. Ella era insignificante a su lado.
Temió que la noche de insomnio le pasara factura en la declaración de Melca.
Por fortuna, no fue así. Losada, el abogado de Strummer, intentó minar la credibilidad de la testigo haciendo un repaso pormenorizado de todo el alcohol y la droga que había consumido esa noche para que el juez tuviera que dudar de la identificación que Melca había hecho de Strummer.
Arruinadas las pruebas forenses, el testimonio de Melca era fundamental.
Cuando llegó su turno, Laura le brindó la confianza suficiente para que relatara con seguridad cómo sucedió todo.
Derrumbó todo el trabajo de Losada con una pregunta que ninguno de los Huérfanos esperaba.
—Es cierto que, en una noche en la que hubiese consumido alcohol y diferentes drogas, habría sido difícil reconocer al acusado.
Sobre todo, si hubiera sido la primera vez que lo veía en su vida.
Si hubiera sido un desconocido. Sin embargo, usted ya había visto antes a Trevor Strummer, ¿no es cierto?
—Así es.
—¿Puede detallarnos en qué circunstancias lo había visto?
—El día que salimos de viaje, Ramón paró en una calle del Faro de Calaburras, en Mijas. Me dijo que tenía que hablar con su jefe. Yo me quedé en la cabina del camión, y entonces lo vi salir de una casa que tenía una verja verde.
—¿A quién vio salir? ¿Está ese hombre en la sala?
—Sí, creo que sí —contestó, y la pequeña duda obedecía a que contaba con protección y estaba declarando detrás de un biombo.
—¿Es este hombre? —Laura le mostró una foto de Trevor Strummer.
—Sí, es él. Iba en bañador y chanclas. Habló un rato con Ramón y volvió a la casa.
—Señoría, que conste en acta que la testigo ha identificado en esta fotografía al acusado —dijo Laura acercando la fotografía al estrado.
—Está bien, señora fiscal. Prosiga.
Laura regresó junto a Melca.
—¿A qué hora fue ese encuentro?
—A las once y media de la mañana, más o menos. Acababa de hablar con una compañera de la manicura.
Laura sintió cómo la atmósfera del juicio cambiaba, la prepotencia del abogado de Strummer se había evaporado y se respiraba una electricidad que le hizo recordar por qué había estudiado Derecho, por qué había decidido ser fiscal: presentó ante el juez Cáceres las pruebas que sustentaban el testimonio de Melca, registros de su móvil, su geolocalización, los datos de que la casa descrita era propiedad de Liam Burke, sintió cómo la ley aplastaba a la mentira.
Quiso celebrar el vuelco que había dado al juicio con Guillermo, ya solo le faltaba el interrogatorio a Strummer para que el proceso quedara listo para sentencia y estaba segura de la condena, pero la noche no fluyó como esperaba.
Ella presionó a Guillermo, quizá demasiado, para que consiguiera sacar a Marimar de la prisión psiquiátrica de Fontcalent, y, como él no hacía más que esgrimir los problemas jurídicos a los que se enfrentaba, Laura dejó caer un comentario del que se arrepintió al instante.
—Mi padre me dijo que deberíamos contratar al mejor abogado.
—Perfecto —le respondió él—. Contrata a quien quieras. ¿Quién soy yo para llevarle la contraria a tu padre? Lo que diga Alberto Pastor es santa palabra. Me alegra que haya bastado un viaje a Marbella para convertirte en una hija tan obediente.
—Vete a la mierda, Guillermo.
No se terminó la cena. Se marchó a su casa y, después de una ducha, se acostó.
En el fondo se merecía esa respuesta, era ella quien había puesto en duda su trabajo cuando sabía que estaba haciendo todo lo que estaba en su mano.
Hasta que no se abriera una falla en la acusación contra su madre, era culpable a todas luces, ningún juez le daría el más mínimo beneficio.
Apenas había conciliado el sueño cuando sonó el mensaje de Aras que la puso de nuevo rumbo al sur, a Alfarnate, a la promesa de que podría hablar con Putin.